12
Madison
Besar a Hunter había sido un error.
Un error que me había encantado cometer, pero que no podía volver a repetirse.
Sí, empezaba a sentir algo por él. Y sí, estaba cagada de miedo.
Porque admitir que Hunter empezaba a gustarme significaba poner en riesgo el pequeño ecosistema que habíamos creado juntos.
Un ecosistema que funcionaba a las mil maravillas y que podía venirse abajo si decidía dar alas a mis sentimientos.
Por eso, durante los días siguientes, hice lo único que se me ocurrió: evitarlo.
¿Fue cobarde? Sí.
Pero, a veces, evitar un conflicto era la mejor manera de enfrentarse a él.
O eso me repetía yo para sentirme un poco mejor.
Además, Hunter había empezado a trabajar de nuevo en el hospital. Solo iba unas horas porque había pedido una reducción de jornada, pero, aun así, que no estuviera las veinticuatro horas del día en casa hacía que mi estrategia de evasión resultara mucho más efectiva.
No infalible.
Porque cuando regresaba del trabajo e insistía en que hiciéramos algo los tres juntos, no siempre se me ocurría una excusa lo bastante convincente para quitármelo de encima.
Pero hacía lo que podía.
Aquella tarde, por ejemplo, decidí salir a dar un paseo por Central Park justo a la hora a la que sabía que él regresaría del hospital.
No estaba huyendo.
Estaba… gestionando estratégicamente nuestros horarios.
Hacía una tarde espléndida, así que metí a Noah en el capazo y me adentré con él por los senderos del parque. Todavía me costaba creer que viviera a pocos minutos de allí. Ni en mis mejores sueños habría imaginado que algo así pudiera formar parte de mi vida.
Bajé la capota del carrito y dejé que Noah contemplara las copas de los árboles que se mecían sobre nosotros mientras avanzábamos por uno de los senderos más tranquilos.
Mi móvil vibró dentro del bolso.
No lo miré.
Estaba convencida de que sería Hunter y, si le respondía, tardaría cero coma en venir a buscarnos para hacernos compañía.
Suspiré, sintiéndome un poco culpable, pero seguí caminando hasta llegar al lago.
Allí había bastante más movimiento. Unos niños jugaban al escondite entre los árboles, corriendo de un lado a otro mientras sus padres charlaban sentados en el césped.
Una pareja paseaba cogida de la mano junto al agua y, un poco más allá, alguien intentaba convencer a un perro de que soltara una pelota que, por lo visto, había decidido convertir en su posesión más preciada.
Entonces me fijé en una niña que no jugaba con los demás.
Estaba sentada sobre una manta de cuadros extendida en el césped, concentrada en un dibujo. A su lado había una chica que parecía algo más joven que yo.
Las reconocí enseguida.
Eran Holly, la hija de Mason y su niñera.
Ella también me vio y levantó una mano para indicarme que me acercara.
—¡Hola! Tú eres Madison, ¿verdad? —preguntó en cuanto llegué hasta ellas, con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía un acento que no supe identificar de inmediato, pero que dejaba claro que no era estadounidense—. Soy Isla. Todavía no nos han presentado formalmente.
—Es verdad. Aunque, con toda la gente que hay en esta familia, tampoco es fácil coincidir con todo el mundo.
Isla soltó una carcajada.
Me agaché un poco hacia Holly.
—Hola, Holly.
La niña levantó los ojos del dibujo y me dedicó una sonrisa mientras movía la mano a modo de saludo, aunque no dijo nada.
Ya me había dado cuenta de que Holly no hablaba. La había visto utilizar una libreta para escribir cuando necesitaba comunicar algo, pero todavía no había tenido ocasión de preguntarle a nadie por qué.
Holly miró entonces hacia el carrito y señaló a Noah, antes de mirarme a mí como si estuviera pidiendo permiso para acercarse.
—Claro —le dije.
Su cara se iluminó.
Se levantó de la manta y se acercó al capazo con una emoción tan evidente que no pude evitar sonreír yo también.
—Noah, saluda a Holly. Es tu primita y, dentro de poco, jugaréis mucho juntos.
Holly asintió con entusiasmo, como dando a entender que ella también esperaba que ese momento llegara cuanto antes.
—¿Hunter no está con vosotros? —preguntó Isla, mirando a mi espalda como si esperara verlo aparecer por el sendero.
Negué con la cabeza sin dar más explicaciones.
—¿Queréis acompañarnos? —Señaló la manta sobre la que habían estado sentadas.
Me lo pensé unos segundos y llegué a la conclusión de que no me vendría nada mal un poco de conversación con una mujer adulta.
Quitando a Hunter, apenas tenía con quién hablar durante el día.
Kendall trabajaba mucho y, aunque venía a verme siempre que podía, yo seguía pasando la mayor parte del tiempo sola con un bebé que apenas tenía un mes.
Así que acepté su ofrecimiento, saqué a Noah del capazo y me senté en la manta con él sobre mi regazo. Holly regresó enseguida a su dibujo mientras Isla y yo empezábamos a hablar.
—No eres de aquí, ¿verdad? —pregunté después de un rato de charla ligera.
—Soy española. De Barcelona —explicó—. Vine a Nueva York como au pair.
La miré con entusiasmo.
—¿En serio? Siempre he querido visitar Barcelona. Me encanta Gaudí. ¿La Sagrada Familia es tan impresionante como parece?
Isla ladeó la cabeza.
—Cuando consigues dejar de pensar que sus torres parecen mazorcas de maíz gigantes, sí.
Solté una carcajada.
—Genial. Ahora, si algún día voy, será lo único que vea.
—De nada —respondió con una sonrisa—. Los barceloneses estamos aquí para mejorar la experiencia turística.
En aquel momento, una niña rubia con dos coletas se acercó a Holly. Esta levantó los ojos del dibujo y le dedicó una sonrisa. Por la forma en que se le iluminó la cara al verla, era evidente que se conocían.
—¡Hola, Holly!
—Hola, Elsie —respondió Isla por ella—. Anda, pero qué zapatillas tan chulas llevas hoy.
Elsie bajó la mirada hacia sus zapatillas cubiertas de purpurina y dio un pequeño saltito, encantada de que se hubiera fijado.
—¡Gracias! Me las compró mi mamá.
—Pues tu mamá tiene muy buen gusto.
La mujer que acompañaba a Elsie sonrió.
—Gracias. Al menos alguien aprecia mis esfuerzos.
Isla soltó una risita.
—¿Puede Holly jugar conmigo? —preguntó Elsie.
Isla miró a Holly, que ya estaba asintiendo con entusiasmo.
—¡Pues claro! Mientras no os alejéis demasiado.
Elsie agarró a Holly de la mano y esta se levantó de un salto, dispuesta a seguirla.
Se sentaron en una manta un poco más allá, junto a la madre de Elsie, que sacó de una mochila varias muñecas diminutas.
Las dos niñas empezaron a repartirlas sobre la manta y a montar una historia que, a juzgar por sus gestos, parecía bastante más complicada que muchas de las series que yo había visto.
Las observé durante unos segundos antes de volverme hacia Isla.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto. Aunque me reservo el derecho a fingir que no entiendo inglés si la pregunta no me gusta.
Sonreí, aunque la expresión se me borró enseguida.
—¿Por qué Holly no habla?
Isla pareció sorprendida.
—¿No te lo han explicado?
Negué con la cabeza.
—Holly dejó de hablar después de que muriera su madre —respondió, bajando un poco la voz—. Ella también iba en el coche cuando ocurrió el accidente. Estuvo hospitalizada unos días y fue muy traumático para ella.
Sentí que se me encogía algo por dentro. Recordaba que Pauline había mencionado a la madre de Holly la primera vez que nos vimos. Sabía que había muerto cuando ella era pequeña, pero no que Holly hubiera estado presente en el accidente.
—Dios...
—Físicamente no hay nada que le impida hablar.
Es una respuesta al trauma. Se llama mutismo traumático.
—Isla dirigió la mirada hacia Holly, que en aquel momento colocaba una de las muñecas en las manos de Elsie—.
Puede ocurrir después de vivir una experiencia muy fuerte, sobre todo en niños.
No es que no quiera hablar ni que haya decidido dejar de hacerlo. Simplemente, ahora mismo, no puede.
Volví a mirar a Holly.
De pronto, aquella libreta que siempre llevaba encima adquirió un significado completamente distinto.
—¿Y se sabe si volverá a hablar?
Isla suspiró y se encogió ligeramente de hombros. La vi mirar a Holly con un cariño que iba mucho más allá de la simple responsabilidad de cuidar de ella. Era evidente que la quería muchísimo.
—Confiamos en que sí. Ha mejorado mucho desde que empecé a trabajar con ella, pero nadie puede asegurarnos cuándo ocurrirá. Su psicóloga insiste en que no debemos presionarla. Cuanto más segura se sienta, más posibilidades hay de que poco a poco vuelva a comunicarse con normalidad.
—Debe de ser difícil.
—Lo es. Sobre todo porque a veces se nota que quiere decir algo y no puede.
—Su expresión se suavizó mientras observaba a Holly jugar con Elsie—.
Pero es una niña increíble. Y ha avanzado muchísimo.
Ahora se relaciona más con otros niños, escribe, se hace entender...
Así que celebramos cada pequeño paso y procuramos no obsesionarnos con el siguiente.
En aquel momento, Noah empezó a quejarse, dejando bastante claro que ya había tenido suficiente conversación de adultos y requería mi atención. Bajé la mirada hacia él. Movía la cabecita de un lado a otro con la boca abierta, buscando algo a lo que engancharse.
Tenía hambre.
—¿Te molesta si le doy el pecho?
Isla abrió mucho los ojos.
—¿Molestarme? Es lo más natural del mundo. Adelante.
Me acomodé a Noah entre los brazos y empecé a alimentarlo mientras los últimos rayos de sol de la tarde me acariciaban la cara. Nos quedamos allí un buen rato más, charlando de cosas sin importancia mientras Holly seguía jugando con Elsie y Noah terminaba de comer.
Poco a poco, el sol empezó a esconderse y el aire se volvió algo más fresco. Cuando Holly regresó junto a nosotras, Isla y yo decidimos que era hora de volver a casa.
Recogimos nuestras cosas y emprendimos juntas el camino de regreso.
Cuando llegué al apartamento, me encontré a Hunter sentado en el sofá con cara de pocos amigos.
Noah se había quedado dormido en el capazo, así que decidí aprovechar la única vía de escape que tenía disponible.