¡Sorpresa! Vas a ser padre (¡Sorpresa! Los hermanos Rich se enamoran 1) 11
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Hunter

Me despertó el silencio. Y eso fue lo que me puso alerta.

No había oído el llanto de Noah en toda la noche.

Ni a Madison caminando por el pasillo. Por lo general, cuando oía mucho alboroto me levantaba y me ofrecía a cogerlo para que descansara.

Me gustaría hacer más, pero la lactancia materna tenía ese inconveniente.

Pese a lo beneficiosa que era, hacía que las madres cargaran con casi todo el peso nocturno.

Yo cambiaba pañales y daba paseos, pero en las noches en que Noah solo parecía consolarse al pecho de su madre… poco podía hacer.

Por eso era tan raro todo aquello. Miré el reloj, eran las siete de la mañana y no me había levantado ni una sola vez. Me sentí el peor padre del mundo.

Salí del dormitorio listo para pedir perdón por no haber oído al bebé llorar. Recorrí el pasillo, todavía medio dormido, y me percaté de la música suave que provenía del salón.

Cuando llegué allí, me detuve en seco.

Madison estaba vestida con unos leggins negros y un sujetador deportivo que se ajustaban a su cuerpo como una segunda piel. Tenía el pelo recogido en una coleta alta y estaba descalza sobre una esterilla, haciendo movimientos de pilates. Me costó un mundo dejar de mirarla.

A su lado, Noah permanecía tumbado en la hamaca, sin llorar, observando con fascinación uno de los juguetes que colgaban sobre su cabeza.

Me apoyé contra el marco de la puerta y suspiré aliviado al ver que, al menos, no se había desatado una guerra mientras yo dormía.

—Buenos días —murmuré mirando de más su precioso culo envuelto en esa malla.

Ella dio un respingo y me privó de inmediato de las vistas, incorporándose y sonriendo.

—Joder, me has asustado.

—Perdón. —Me froté la cara intentando despertarme del todo—. ¿Cuánto llevas despierta?

—Desde las seis.

—¿Y por qué no me has despertado?

—¿Para qué? Noah ha dormido bastante bien esta noche. Y tú parecías agotado anoche.

—Gracias, pero no quiero que cuides de mí. Bastante haces cuidando del bebé.

—De nada. Y tú también cuidas de mí. ¿O acaso no me haces de comer a diario?

—La mayoría de los días pido la comida a la cafetería del edificio, pero no vamos a discutir, porque no quiero quedar mal. —Reímos los dos y estiré los hombros mientras volvía a mirarla—. Sabes que tenemos un gimnasio abajo, ¿verdad?

—Sí.

—Hay una sala para clases también. Y entrenadores.

—También lo sé. Tengo el folleto informativo. No comentaré lo fuerte que me parece que haya un folleto informativo del gimnasio privado que hay dentro del edificio privado de tu familia.

Me reí y me acerqué más.

—Y si sabes todo eso ¿por qué haces pilates en el suelo del salón?

Madison dejó escapar el aire mientras estiraba la espalda.

—Porque no estoy entrenando de verdad. Solo estaba aprovechando que Noah estaba distraído y tranquilo para moverme un poco. El rato de Spa de ayer fue fantástico, pero es hora de empezar a ser más activa.

Cogió una botella de agua que había sobre la mesita del salón y dio un sorbo largo.

—El deporte siempre es positivo y hará bien en el posparto —comenté.

—Lo sé. Además, ahora que sé que los diez kilos que gané no eran por ansiedad y por comer fatal, sino porque había una persona creciendo dentro de mí, quiero recuperar poco a poco mi figura. —La miré extrañado, como si hubiera dicho algo en otro idioma—. ¿Qué pasa?

—Nada.

—Me has mirado raro.

Reflexioné un momento antes de hablar con cautela.

—Estoy intentando decidir cómo responder sin meterme en un problema.

Madison entrecerró los ojos.

—Eso nunca precede a nada bueno.

Sonreí y caminé hacia la cocina para prepararme un café.

—Solo digo que acabas de tener un bebé. No tienes que recuperar nada ahora mismo.

—Ya lo sé. No estoy obsesionada.

—Bien.

—Pero tampoco me gusta mirarme al espejo y no reconocer mi cuerpo.

Eso hizo que me girara. Madison seguía de pie sobre la esterilla. No parecía enfadada, sino incómoda después de haber admitido sus inseguridades físicas.

Miré su cuerpo y lo hice a conciencia. No de una manera profesional, sino dejándole claro que estaba dándole un repaso visual increíble.

—Yo te veo preciosa.

—Hunter…

—¿Qué?

—No tienes que decir esas cosas para hacerme sentir mejor.

—No digo estas cosas para hacerte sentir mejor. Las digo porque es lo que pienso.

Madison sonrió y se ruborizó ligeramente, lo que me hizo sonreír a mí. Me preparé el café y regresé al salón, junto a ella.

Justo entonces Noah soltó un bostezo diminuto y cerró los ojos. Los dos nos quedamos quietos mirándolo. Esperando. Pasaron cinco segundos. Diez. Quince.

—¿Se ha dormido solo? —preguntó Madison entre susurros.

—Creo que sí. No hagas movimientos bruscos, por si acaso —susurré.

—Oh, Dios —Soltó una risa nerviosa—. Esto es histórico.

Me senté en el sofá sonriendo con cuidado mientras ella recogía su botella de agua y se acercaba.

—Aprovecha para seguir, o ducharte. Lo que quieras —dije—. Igual tenemos unos minutos de libertad.

—Qué vida tan emocionante llevamos últimamente.

—Hace un mes mis mañanas eran bastante distintas.

—Las mías también. Principalmente porque no tenía un hijo.

Se sentó a mi lado. No demasiado cerca, pero tampoco tan lejos como para sentir la situación rara.

—Y podías dormir —añadí.

—Y podía estornudar sin preocuparme por mi suelo pélvico.

Solté una carcajada que volví silenciosa de inmediato.

—Eso mejorará, te lo prometo.

—Bueno, te creo. Eres ginecólogo, así que lo consideraré una garantía profesional.

Sonreí y nos quedamos en un silencio que no se sintió incomodo, sino todo lo contrario. Volví a mirarla. Seguía teniendo las mejillas ligeramente sonrojadas por el ejercicio y algunos mechones de pelo se habían escapado de su coleta.

Estaba preciosa.

—Lo decía en serio antes.

—¿El qué? —preguntó pestañeando en mi dirección, como si no me entendiera.

No podía juzgarla. Últimamente ni yo me entendía.

—Que estás preciosa.

Madison bajó la mirada, avergonzada.

—Bueno, tú tienes una visión un poco sesgada de la realidad.

—¿Por qué?

—Porque vivimos juntos. Tenemos un hijo en común, así que supongo que tu cerebro intenta convencerte de que la madre de tu hijo es atractiva para que toda esta situación resulte menos traumática.

Me reí en silencio, pero con tantas ganas que mi cuerpo entero se agitó.

—Mi cerebro ya pensaba que eras atractiva mucho antes de que supiera que serías la madre de mi hijo.

—Ah ¿sí?

—Madison, me fijé en ti nada más entrar en aquel pub. No hagas como si hubieras olvidado el modo en que te miraba fijamente.

Carraspeó e intentó sonreír, pero en su rostro había más rubor que otra cosa.

—Estabas en la barra. Recuerdo que Kendall me avisó de que no parabas de mirarme.

—Kendall estaba en lo cierto. No podía quitar mis ojos de ti.

—Eso suena un poco exagerado.

—No lo es. Eras exactamente mi tipo.

—¿Tienes un tipo?

—Desde luego que tengo un tipo. Tú. —Ella soltó una risa nerviosa, otra vez, pero no parecía incómoda, así que… me lancé. No lo pensé demasiado. Me apetecía ver hasta dónde podía llegar con mis verdades—. Ojos enormes, cuerpo de infarto, sonrisa preciosa. Un poco bajita.

—¡No soy bajita! —exclamó antes de mirar rápidamente a Noah para asegurarse de que seguía durmiendo.

—Eres bajita, pero me encanta.

—Estoy dentro de la media. Lo miré en su día.

—Si tú lo dices…

Me golpeó el brazo riéndose y sonreí con ella.

—Además, no fue solo tu aspecto lo que me encantó.

—Nos acostamos aquella misma noche, Hunter. Tampoco nos dio tiempo a profundizar demasiado.

—Hablamos, además de tener sexo. Hablamos incluso durante el sexo. Lo suficiente para saber que eras lista, avispada, descarada en la cama y mordaz cuando te lo proponías, pero lo bastante dulce como para sentirte vulnerable al llegar al orgasmo.

Madison me miró durante un instante sin parpadear siquiera.

—Vaya.

—¿Qué?

—No pensaba que hubieras prestado tanta atención a una noche de sexo casual.

—Pues lo hice.

Madison bajó la mirada hacia sus manos.

—Yo también me acuerdo.

—Entonces imaginarás que me sentó fatal despertarme y descubrir que te habías marchado.

Sus ojos volvieron a los míos.

—Lo siento.

—Y que el número que me diste no existía.

Hizo una mueca.

—También lo siento.

—Y que Sally tampoco existía.

—Técnicamente existe. Seguro que hay miles de Sallys en Nueva York.

—Ninguna era tú.

El humor desapareció poco a poco de su expresión.

—No quería que me encontraras.

—Eso quedó bastante claro.

—No fue por ti.

—Ya lo sé.

Y era verdad. Ahora lo sabía. Incluso lo entendía. Durante meses había pensado que yo había hecho algo mal aquella noche. Que quizás para ella había sido horrible, aunque a mí no me lo pareciera. Pero después de conocerla mejor, entendía por qué había actuado así.

—Estaba obsesionada con que nada me desviara del plan —explicó, aun sin que yo se lo pidiera—. Un año en Nueva York. Trabajar. Aprender. Volver a casa. Tú eras…

—¿Una distracción?

—Sí, eso. Una distracción tremendamente atractiva.

Sonreí, pagado de mí mismo.

—Pues odio decirte esto, pero tu plan salió regular y ahora vas a tener que verme el resto de tu vida.

Se rio y miró a Noah, que seguía dormido. Él nos uniría para siempre. A veces, cuando lo pensaba, todavía me sentía sobrepasado, pero en el buen sentido. Como si la vida me hubiera mandado un mensaje inmenso con luces de neón. Un mensaje imposible de esquivar.

El silencio regresó, pero esa vez fue distinto. Más denso y tenso, no para mal. Había algo… una tensión sexual que estaba quemándome por dentro.

Me pregunté si ella se sentía igual, y cuando la vi morderse ligeramente el labio inferior constaté que sí y aparté mis ojos de los suyos para desviar la vista hacia su boca.

—Estos días he descubierto algo más —dije.

—¿El qué?

—Que tenía razón. Que eres preciosa, divertida, lista, sexy… Que me encanta hablar contigo, criar a Noah contigo y estar envuelto en esta situación. Me encantas tú, joder.

Madison no respondió, pero su respiración se aceleró tanto que me alteré por completo.

Ya está. Lo había dicho en voz alta. Ella no respondió de inmediato y eso me estaba matando, pero no me arrepentía de haberlo dicho. De pronto, una de sus manos subió con temblor hacia mi mejilla. Acarició mi mandíbula de un modo tan ligero que supe que estaba actuando llevada por sus impulsos.

No necesité nada más. Me incliné despacio hacia ella, dándole tiempo de echarse atrás.

Cuando no lo hizo, me sentí el rey del mundo.

Acorté la poca distancia que quedaba entre nosotros y, esta vez, hice que sus labios se encontraran con los míos.

El primer roce fue suave. Casi prudente.

Muy distinto a nuestro primer beso meses atrás.

Madison apoyó una mano sobre mi pecho y se entregó al beso. Lo sentí en su postura corporal, así que sujeté su cara con mis manos y profundicé el beso, invadiendo su boca con mi lengua, intentando decirle sin palabras lo mucho que deseaba aquello.

Y joder. El sabor de su boca me golpeó como si los dioses hubieran decidido dejar de prohibirme mi helado favorito.

Ella suspiró contra mi boca y me volví loco.

Deslizó los dedos por mi nuca y solo con eso me hizo gemir.

Bajé una mano a una de sus caderas y la arrastré hacia mí, pegándola a mi cuerpo tanto como nos lo permitía el sofá y estar sentados juntos.

Su lengua buscó la mía y en mi mente desapareció todo.

El apartamento. La conversación. Los últimos meses. Solo quedamos Madison y yo besándonos de aquel modo que estaba volviéndome loco.

Mi pulgar acarició su mejilla mientras intentaba besarla más y, al mismo tiempo, intentaba recordarme que no teníamos ninguna prisa. Ella me rodeó el cuello con los brazos y di el último paso, alzándola y colocándola sobre mí, sentada a horcajadas y dejando que notara la erección que ya tenía.

Sonrió, gimió y volví a besarme. Me sentí en el paraíso, pero entonces el llanto ensordecedor de Noah nos congeló a ambos, devolviéndonos a la realidad.

Se separó de mí y me miró un instante, aun con la respiración agitada y los brazos rodeando mi nuca.

—Tengo que… el bebé.

—Sí, claro —murmuré.

Ella asintió y, entonces, se movió, pero mis brazos al retuvieron contra mí por inercia. Se rio, nerviosa, y carraspeó.

—Tienes que soltarme para que pueda cogerlo.

—Sí… Sí, perdona.

Madison bajó de mi regazo, cogió a Noah de la hamaca y lo acunó contra su pecho mientras se iban hacia su habitación.

No miró atrás ni una vez. Y casi mejor, porque lo que habría visto era a un hombre con el anhelo más grande del mundo pintado en la cara.

Un hombre que no tenía ni idea de cómo iban a ir las cosas de ahí en adelante.