10
Madison
Estar sola con el bebé no me preocupaba. No demasiado. Hasta el momento, me había quedado muchas veces a solas con él mientras Hunter iba a hacer gestiones rápidas, a la cafetería del edificio o a alguna de las casas de sus hermanos/padres/Montgomery.
No solía tardar horas, así que aquella primera vez que ocurrió, que tuvo que salir durante horas, sentí una ansiedad que no me gustó demasiado, porque me demostró que me había acostumbrado increíblemente rápido a tener a Hunter en casa.
Me había acostumbrado demasiado rápido a aquella vida, más bien. Y me parecía un dato preocupante que debería tener en cuenta.
Noah protestó en su cunita, así que lo cogí en brazos y lo pegué a mi pecho.
—Bueno, peque, estamos solos tú y yo —le dije mientras él me miraba con esa expresión que me hacía pensar si los bebés eran más listos de lo que creíamos y, en realidad, mi hijo me juzgaba como madre pese a ser un recién nacido—.
Vamos a intentar estar tranquilos, ¿verdad?
Nada de llenarlo todo de caca, ni llorar hasta quedarte afónico porque el de los masajes buenos de verdad es papi, que para eso tiene un título en medicina, y no está aquí.
Noah bostezó y me reí, porque lo tomé como una señal de que estaba acatando mi petición.
Me senté en el sofá con él en brazos, porque intuía que si lo dejaba en su cuna de nuevo iba a perder todo rastro del sueño que parecía estar invadiéndolo. Y no había hecho más que encender el televisor para distraerme, cuando sonó el timbre.
Fruncí el ceño, porque no esperaba a nadie.
Durante unos segundo me bloqueé pensando quién podría ser, pero luego recordé que estaba rodeada de los Rich y los Montgomery. Podía ser cualquiera de ellos porque esa familia me había demostrado en pocas semanas la unión tan inquebrantable que poseían.
El timbre volvió a sonar y me di cuenta de que seguía sentada como un pasmarote, sin hacer nada. Me levanté, aún con Noah en brazos, y fui hacia la puerta.
Al otro lado me encontré con Cassidy, la pequeña de los Rich, junto a Delilah y Brielle Montgomery. Detrás de ellas estaba Declan, el hermano tatuador de Hunter.
—Vístete —ordenó Cassidy.
Parpadeé, confusa.
—Hola a ti también.
—Hola. Vístete, vamos a salir.
—Es una mujer libre e independiente, Cassidy, no tu esclava. No le des órdenes así —le dijo Declan.
—Además, estoy vestida —repuse intentando entender a qué se debía aquella visita.
Cassidy Rich me miró de arriba abajo, desde mi pantalón de chándal hasta la camiseta enorme que llevaba puesta.
—Me niego a considerar eso ropa de verdad.
—He tenido un bebé sorpresa hace menos de un mes. Creo que puedo llevar chándal durante, al menos, un año, y nadie puede decir nada en mi contra. Es posible que sea incluso un asunto legal. Podría denunciarte por decirme que visto mal.
Respondí con soltura, porque había aprendido en tiempo récord que, con Cassidy, si no eras así se te subía a la chepa. Era, de hecho, un consejo del propio Hunter.
—Si quieres lo investigo —dijo Delilah, que era la verdadera abogada. No me pasó por alto su pequeña sonrisa satisfecha al ver el ceño fruncido de Cassidy—. Lo que nuestra querida amiga quiere decir es que hemos venido a secuestrarte.
—Que digas eso siendo abogada no es nada tranquilizador.
Esta vez rieron todas. Me gustó aquella sensación de empezar a bromear un poco con ellas y sentirme más o menos cómoda. Aun así, apreté a Noah contra mi pecho porque empezó a quejarse.
—Vamos al Spa —dijo Brielle—. Hemos pensado que te vendría bien un rato de desconexión y calma.
Las miré, miré al interior de la casa por inercia y, por último, a Noah.
—No puedo. Hunter no está y creo que los Spa no son un buen sitio para recién nacidos.
—Por eso traemos refuerzos —dijo Cassidy antes de tirar de su hermano, que estaba un paso por detrás—. Mira qué hombretón tan fuerte para hacer de canguro.
Observé a Declan, que hasta ese momento tenía la vista clavada en su teléfono y la alzó como si no supiera bien qué pintaba allí.
—No —dije.
—¿No qué? —preguntó Cassidy.
—No voy a dejar a mi bebé con él.
Me sorprendió que, esta vez, todos fruncieron el ceño.
—¿Y por qué no? —insistió la pequeña del clan Rich.
Lo miré de arriba abajo. Llevaba una camiseta negra sin mangas que dejaba a la vista sus brazos tatuados. Del cuello asomaban otros tantos. No podía descifrar sobre qué eran, pero de todos modos tragué saliva.
—No sé —dije.
—¿No te fías de mí? —preguntó el propio Declan, haciéndome sentir fatal.
La realidad era que hasta ese momento no me había tenido a mí misma como alguien que discriminara a los demás por los tatuajes que tuviera o no, pero es que me costaba mucho ver a Declan como a un adulto eficiente para cuidar de un recién nacido.
—Yo no he dicho eso. Es solo que… —Volví a observarlo—. No tienes pinta de cuidar muchos bebés.
—¿Y qué pinta tiene alguien que cuida muchos bebés?
Abrí la boca.
La cerré.
En realidad, acababa de darme un carpetazo tremendo. Y con razón.
—Se le dan genial —aseguró Brielle—. Cuando Holly era un bebé, Declan la cuidaba muchísimo.
—¿En serio?
—Sí. —Cassidy asintió con entusiasmo.
—Desprende un aura magnética con los niños. Debe ser por los dibujitos en la piel. Los entretiene.
Declan miró a su hermana con expresión aburrida.
—Sí, seguro que es eso.
—O será que se entienden porque tienen la misma edad mental —añadió Delilah.
Declan giró lentamente la cabeza hacia ella.
—¿No tienes ningún juicio al que ir para arruinarle la vida a alguien?
—Hoy no. Me he reservado toda la mañana para arruinarte la vida a ti.
—Qué suerte —murmuró antes de suspirar y mirarme—. Bueno ¿qué? ¿Me dejas ser niñero o no? Porque me estoy cansando de ser un tipo agradable y estoy empezando a sentirme ofendido por tanto escrutinio.
Titubeé. No era que no confiara en lo que me decían. Era que, desde que me había convertido en madre, un instinto sobreprotector se había apoderado de mí y me costaba mucho darle mi bebé a cualquier persona que no fuera Hunter.
—Madison —insistió Cassidy—. Vamos a bajar literalmente unas plantas. No saldremos del edificio. Si Noah necesita algo, tardarás tres minutos en volver.
—Dos —dijo Brielle.
—Uno, si corres mucho —añadió Delilah.
Bajé los hombros, dándome por vencida. En realidad, quizás me vendría bien darme un rato para relajarme. Miré a Declan y le pasé a Noah con sumo cuidado.
—Hay leche guardada en el frigorífico.
—Perfecto —dijo Declan—. Caliento al baño maría y se la doy.
Lo miré un poco atónita.
—Vaya… sí que sabes.
—Te lo dije. También sé cambiar pañales y no me dan arcadas cuando están llenos de caca, como a casi todos mis hermanos —Sonrió orgulloso y me reí con él.
—Eso es genial. Y si llora…
—Lo cojo y me lo pego al pecho.
—Y si…
—Madison, estás colmando mi paciencia. Te prometo que no voy a tatuarlo, ni a enseñarle a decir palabrotas en las próximas dos horas. Y ahora: largo, tenemos que hacer cosas de hombres.
Me reí de nuevo. Quizás necesitaba aquello. No había estado separada de Noah prácticamente nada desde que nació y una parte de mí sentía que dejarlo, aunque fuera dos horas, me convertía en una madre horrible.
Pero otra parte necesitaba desesperadamente sentir que seguía siendo una persona.
Me despedí de mi hijo hasta que me arrastraron de camino al ascensor, hartas de mi indecisión.
Una hora después estaba embutida en un albornoz blanco y esponjoso que se sentía como ser abrazada por una nube, sentada en una tumbona junto a una piscina climatizada que parecía pertenecer a un hotel de lujo.
—Es ridículo —murmuré.
Brielle, tumbada a mi lado con los ojos cerrados, sonrió.
—¿El qué?
—Que esto esté en vuestra casa.
—Teóricamente esta no es nuestra casa. Es el edificio —dijo Delilah.
—Es vuestro maldito edificio.
Cassidy soltó una risita desde mi otro lado.
Habíamos pasado primero por la sauna y después nos habían hecho un masaje que casi consiguió que olvidara que tenía un hijo algunas plantas por encima de mi cabeza.
Casi.
Había mirado el móvil unas siete veces.
—Declan no va a matar a Noah —dijo Delilah sin levantar los ojos de la revista que estaba leyendo.
—No estaba pensando eso.
—Acabas de mirar el teléfono otra vez.
—Podría tener un mensaje.
—Pero no lo tienes.
Suspiré.
—Lo siento. Soy un desastre.
Esta vez, ninguna de las tres intentó lanzarme puyas. Incluso Cassidy se incorporó y me miró muy seria.
—Lo estás haciendo genial teniendo en cuenta las circunstancias, Madison. No seas dura contigo misma.
La miré sorprendida por la seriedad d su voz y levemente emocionada.
—Gracias —susurré.
—De nada. Además, tienes suerte.
—¿Por tener un spa en casa?
—También —contestó riendo—, pero sobre todo hablaba de Hunter. De todos mis hermanos, es el que mejor podría lidiar con una situación así. Además…
Me miró con una intención que no entendí. Mucho menos cuando las hermanas Montgomery se unieron al escrutinio.
—Además, ¿qué?
—Nada.
—No, nada, no. Es evidente que estáis pensando algo que no me decís.
—Solo nos preguntábamos si Hunter te gusta. Nada más —dijo Brielle con falsa inocencia.
—Es el padre de mi hijo —respondí.
—Eso no responde la pregunta.
—Lo conozco desde hace tres semanas.
—Técnicamente lo conociste hace nueve meses —apuntó Delilah.
—Durante unas horas —me defendí—. Y no estábamos hablando precisamente.
Di un sorbo a mi botella de agua para intentar paliar el calor que sentía de repente.
—Eso está claro. Fueron unas horas de lo más productivas —añadió Cassidy.
Escupí el agua por miedo a atragantarme.
—¡Cassidy!
—¿Qué? Noah existe. No creo que nadie piense que apareció por generación espontánea.
Me tapé la cara con las manos.
—Dios mío.
Las tres se echaron a reír.
—No tienes que contarnos nada que no quieras —dijo Brielle—. Cassidy es una cotilla, pero no tienes que hacerle caso.
—Gracias.
—Aunque a todas nos interesa muchísimo el tema.
—¡Brielle!
—No sé qué queréis que diga.
—La verdad —respondió Cassidy—. ¿Te gusta mi hermano?
Me quedé callada.
La respuesta fácil era decir que sí. Hunter era atractivo, divertido, atento, buen padre y probablemente la persona que más estaba haciendo por mantenerme cuerda.
Pero decir que me gustaba significaba reconocer algo que intentaba no analizar demasiado.
—Es complicado.
—Eso es un sí —sentenció Delilah.
—No necesariamente.
—Soy abogada. Sé detectar cuándo alguien evita responder una pregunta.
—Pues debe de ser agotador hablar contigo.
—Muchísimo —confirmó Brielle.
Sonreí.
—Hunter es… increíble conmigo. Y con Noah. Mucho más de lo que esperaba.
—Eso es porque le gustas —dijo Cassidy.
Mi estómago dio un pequeño vuelco.
—Soy la madre de su hijo. Es normal que se preocupe por mí.
—No así.
—¿Cómo que no así?
Cassidy abrió la boca, pero Delilah habló antes.
—No le hagas caso. Hunter tendrá que decirte lo que siente cuando quiera decírtelo.
La miré agradecida.
—Gracias.
—Aunque se le cae bastante la baba —añadió.
—¡Delilah!
—¿Qué? No he dicho nada que no sea evidente.
Sentí calor en las mejillas.
Mierda.
Aquello era exactamente lo que no necesitaba.
Porque desde aquella conversación en el salón, cuando Hunter me había pedido que convirtiera su casa en mi hogar y había acariciado mi mejilla, no podía dejar de pensar en él.
En su mano.
En su mirada.
En lo cerca que habíamos estado.
—No quiero complicar las cosas —admití finalmente—. Bastante complicada es ya nuestra situación. Tenemos un bebé sin conocernos prácticamente. Vivimos juntos. Estoy intentando descubrir qué hacer con mi trabajo y con mi vida. Meter sentimientos en medio sería…
—¿Desastroso? —sugirió Brielle.
—Exacto.
—O podría salir bien —dijo Cassidy.
La miré.
Se encogió de hombros.
—Solo digo que también existe esa posibilidad.
No respondí.
Porque sí, existía.
Y probablemente eso era lo que más miedo me daba.
Mi teléfono vibró sobre la mesita y lo cogí tan rápido que las tres se echaron a reír.
Era una foto de Noah. Declan estaba tumbado en el sofá con mi hijo dormido sobre su pecho.
El bebé tenía una de sus diminutas manos apoyada justo encima de uno de sus tatuajes y parecía completamente relajado. Debajo había un mensaje.
Declan: Sigue vivo. Yo también. De momento.
Me reí sin poder evitarlo, haciendo que las chicas se asomaran para leer el mensaje.
—¿Ves? —dijo Cassidy—. Les gustan los dibujitos.
Delilah resopló.
—Sigo pensando que es porque reconocen a uno de los suyos.
Y mientras las tres volvían a discutir acerca de la edad mental de Declan, me acomodó en la tumbona y cerré los ojos pensando en todo lo que acabábamos de hablar.
Porque tal vez Cassidy tenía razón. Quizás las cosas también podían salir bien con Hunter.
O quizás el problema era que estaba deseando que salieran bien…