9
Madison
—Cariño, tienes muy mala cara. ¿Sigues sin dormir bien? Ese trabajo te tiene esclavizada. Quizás deberías replantearte dejarlo —dijo mamá con expresión preocupada.
Estaba en mi cuarto, pegada a una de las pocas paredes completamente vacías que había encontrado para hacer la videollamada que mis padres habían insistido en tener. Había cerrado tanto el plano que en la pantalla apenas cabían mi cara y un trozo de pared blanca detrás de mí.
Mis padres no sabían que me había mudado y, por el momento, prefería que siguieran sin saberlo.
Explicarles por qué había dejado el apartamento que compartía con Kendall para instalarme en casa de un hombre al que apenas conocía habría resultado complicado sin mencionar el pequeño detalle de que ese hombre era el padre de su nieto.
Hunter se había quedado con Noah en el salón para facilitarme la misión.
Y sí, mamá tenía razón. Mi aspecto era pésimo. Tenía unas ojeras que parecían haberse instalado permanentemente bajo mis ojos y estaba tan cansada que habría podido dormirme allí mismo.
Pero no era por el trabajo, como ella creía.
Era porque su nieto había decidido que dormir aquella noche estaba sobrevalorado.
Aunque eso tampoco podía decírselo.
—Bueno, en unos meses, cuando termine el contrato, ya veré —respondí, repitiendo el mismo discurso que llevaba tiempo soltándoles para no levantar sospechas.
—¿Cómo que ya verás? Cuando termines el contrato te vuelves a casa, ¿verdad? Siempre dijiste que volverías.
—Sí, mamá, ese era el plan.
—¿ Era ?
Mierda.
—Es —me apresuré a corregir—. Es el plan.
—Pues no ha sonado como si lo fuera.
Mi padre apareció por detrás de ella con unas gafas de sol puestas y un cóctel en la mano.
—Déjala tranquila. La chica puede cambiar de opinión si quiere.
—No he dicho que no pueda. Solo digo que lleva meses quejándose de ese trabajo y de lo caro que es vivir en Nueva York. No entiendo qué tendría que pensar.
Un bebé de cuatro kilos y su padre absurdamente atractivo, por ejemplo.
—No estoy pensando nada. Solo digo que todavía faltan unos meses. Ya decidiré qué hago cuando llegue el momento.
Mamá no pareció demasiado convencida.
Y yo tampoco.
Hasta hacía unos días, volver a casa cuando terminara mi contrato no era una posibilidad. Era el plan. El único que tenía.
Ahora Noah tenía un padre en Nueva York.
Y yo empezaba a tener demasiadas razones para no querer marcharme.
—Entonces, ¿en qué continente estáis ahora? ¿Qué habéis visitado? —pregunté para cambiar de tema antes de que mamá siguiera tirando del hilo.
Por suerte, funcionó. A mamá se le iluminó la cara.
—¡Estamos en Oceanía! No sabes lo bonito que es esto, cariño. Tu padre no para de hacer fotos.
—Porque probablemente no volvamos a estar aquí en la vida —se defendió él desde algún lugar fuera de cámara.
—Ayer estuvimos en Sídney y mañana navegamos hacia Nueva Zelanda. —Mamá giró el teléfono para enseñarme el camarote y durante unos segundos solo vi techo, una lámpara y medio brazo de mi padre—. Espera, que quiero enseñarte las fotos.
Sonreí mientras ella empezaba a buscar en el teléfono, emocionada como una niña.
Aquello era precisamente por lo que todavía no se lo había contado.
Mis padres habían esperado toda la vida para hacer aquel viaje. Y si en ese momento les decía que, mientras ellos recorrían el mundo, yo había tenido un bebé que ni siquiera sabía que estaba esperando, no tendría que pedirles que regresaran. Lo harían sin que nadie se lo pidiera.
Media hora más tarde, regresé al salón tras haberme despedido de mis padres.
Lo hice sintiéndome un poco culpable por estar escondiéndoles la existencia de Noah, pero también convencida de que había tomado la decisión correcta.
Hacía mucho tiempo que no veía a mis padres tan felices y no quería ser yo quien pusiera fin a su viaje antes de tiempo.
Ya habría tiempo para confesiones.
En el salón me encontré a Noah tumbado boca abajo sobre la alfombra de juegos, en una de sus sesiones de tummy time .
Hunter había colocado varias tarjetas de contraste frente a él y estaba tumbado a su lado, con la cara casi a la misma altura que la suya, animándolo como si nuestro hijo estuviera a punto de ganar una competición.
—Venga, campeón, ya lo tienes —dijo cuando Noah consiguió mantener la cabecita levantada durante unos cinco segundos—. Eso es. Muy bien.
Noah dejó caer la cabeza sobre la alfombra y yo sonreí observándolos desde el marco de la puerta en silencio. Hunter se tomaba el desarrollo de su hijo como un reto personal y me parecía muy tierno.
Siguieron con aquello varios minutos, hasta que Noah empezó a quejarse y Hunter lo cogió en brazos, atrayéndolo contra su pecho.
Habían pasado tres semanas desde que Noah había llegado al mundo y todavía me costaba creer lo mucho que había cambiado mi vida en tan poco tiempo. Tres semanas atrás no sabía que estaba embarazada.
Al verme, Hunter me señaló con la cabeza.
—Mira quién está ahí. Mamá acaba de hablar con tus abuelos. Esos que todavía no saben que existes y que algún día se enfadarán muchísimo cuando descubran todo lo que se han perdido.
Puse los ojos en blanco y me acerqué a ellos.
—No pongas a mi hijo en mi contra.
—También es mi hijo. Y yo solo le cuento los hechos.
Hice una mueca de fastidio.
—No te creas que para mí es fácil, pero tenías que haberlos escuchado hablar de Australia.
Mi padre casi se emociona contándome que ha visto la Gran Barrera de Coral.
Mañana ponen rumbo a Nueva Zelanda y después van a Fiyi.
Mis padres llevan toda la vida soñando con hacer algo así, Hunter.
Toda la vida. Nunca habían salido del país, han trabajado durante cuarenta años y han ahorrado durante no sé cuánto tiempo para poder dar la vuelta al mundo cuando se jubilaran.
No puedo ser yo quien haga que se bajen del barco ahora.
—No serías tú, sería este señor —señaló a Noah.
Negué con un movimiento de cabeza. Él no podía entenderlo.
Sus padres eran ricos. Seguro que siempre habían podido hacer lo que quisieran sin pensar demasiado en el dinero o sin tener que ahorrar durante años para permitírselo.
Mis padres no. Para ellos aquel crucero no era simplemente un viaje.
Era el premio después de toda una vida trabajando.
—No es solo que quieran hacer el crucero, Hunter. Es que han esperado cuarenta años para poder hacerlo. Si vuelven ahora, no sé si tendrán otra oportunidad.
Él pareció entenderlo entonces, porque su expresión se suavizó.
—Vale. No voy a insistir.
—Gracias.
—Pero cuando vuelvan y tu madre quiera matarte por haberle ocultado a su nieto durante meses, pienso mantenerme al margen.
—Menudo cobarde.
—Sensato. Soy demasiado joven para morir.
Me quedé unos segundos en silencio, pensando en la conversación que había mantenido con mis padres. Había algo que llevaba días rondándome la cabeza y que, después de hablar con ellos, había vuelto a hacerse presente.
—Ahora que ya han pasado unas semanas desde que nació Noah, creo que debería empezar a pensar en mi futuro.
Has sido muy amable al traernos aquí contigo, pero no puedo monopolizar tu casa eternamente.
Dentro de nada volverás al hospital y lo último que necesitas es llegar después de un turno agotador y no poder dormir porque Noah ha decidido que las tres de la madrugada son una hora estupenda para ponerse a llorar.
—Eso no será un problema. Además, voy a pedir una reducción de jornada durante una temporada.
Lo miré sorprendida.
—¿En serio?
—En serio.
Hunter sostuvo mi mirada y durante unos segundos tuve la extraña sensación de que la conversación acababa de volverse mucho más seria.
—Madison, quiero que Noah y tú estéis aquí conmigo. Es donde quiero que estéis. Somos una familia ahora. —Hizo una pequeña pausa—. Me parece bien que empieces a pensar qué quieres hacer con tu vida, pero no necesitas preocuparte por dónde vas a vivirla.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué quieres decir?
—Que quiero que la vivas aquí. Conmigo.
Noté cómo cada célula de mi cuerpo reaccionaba a sus palabras. Nuestras miradas seguían conectadas y algo se removió dentro de mí.
¿Qué había querido decir exactamente con aquello?
¿Hablaba del vínculo que nos unía por Noah o había algo más?
No pude preguntárselo. No quise hacerlo. Me daba demasiado miedo escuchar la respuesta cuando ni siquiera yo sabía qué esperaba que dijera.
Hunter carraspeó ante mi silencio.
—¿Acaso tú no quieres lo mismo?
Aparté la mirada.
—Yo… no lo sé, Hunter. Todo ha pasado demasiado rápido.
Hasta hace tres semanas estaba convencida de que volvería al pueblo cuando terminara mi contrato en Nueva York.
Ahora sé que no puedo hacer eso. Noah es también tu hijo y no sería justo alejarlo de ti, pero tampoco me parece bien quedarme aquí para siempre aprovechándome de tu hospitalidad y de la de tu familia.
—No te estás aprovechando de nada.
—Vivo en tu casa, Hunter. No pago alquiler, prácticamente no tengo gastos y tu familia no deja de ofrecerme ayuda. No puedo convertir eso en mi plan de vida solo porque todos vosotros seáis demasiado amables para echarme.
—¿Echarte? Mi madre te adoptaría si pudiera.
Todos queremos que estés aquí. Y yo el primero.
—Hizo una pequeña pausa sin apartar los ojos de mí—.
Quiero que conviertas mi casa en tu hogar, que redecores tu habitación a tu gusto y que te ilusiones preparando la de Noah, que sigue completamente vacía.
Siento que para ti esto solo es un lugar de paso y no quiero que sea así.
Quiero que te instales de verdad, Madison.
Que dejes de pensar que cualquier día tendrás que hacer las maletas y marcharte.
Tragué saliva.
—Hunter...
—Quiero que te quedes.
Nuestras miradas quedaron enlazadas una vez más, en un silencio que hizo que mi corazón empezara a latir desbocado. No tenía ni idea de si la intención de Hunter había sido sonar romántico, pero lo había conseguido.
Entonces alargó una mano hacia mí y me apartó un mechón de pelo detrás de la oreja. En lugar de retirarla, dejó la palma apoyada contra mi mejilla.
Y yo, como una idiota, incliné el rostro sobre ella.
Hunter me acarició el pómulo con el pulgar.
Tenía unas manos grandes, pero delicadas. Manos de ginecólogo, pensé, y no supe por qué aquella idea me llevó de golpe a la primera noche que habíamos pasado juntos.
A esas mismas manos acariciándome.
A lo mucho que me había gustado que lo hicieran.
Justo entonces, Noah soltó un pequeño quejido entre nosotros y el momento se rompió.
Bajé la mirada hacia él, agradeciendo en parte la interrupción.
—Creo que tiene hambre.
Noah volvió a protestar, como si quisiera confirmar mi diagnóstico.
—Sí, creo que tienes razón —dijo Hunter.
Me lo entregó y nuestros dedos se rozaron durante apenas un instante. Suficiente para que mi corazón volviera a hacer de las suyas.
—Voy a darle de mamar.
Hunter asintió.
Me marché hacia mi habitación con Noah en brazos y sin atreverme a mirar atrás.
Necesitaba poner un poco de distancia entre Hunter y yo.
Al menos hasta que mi corazón recuperara un ritmo normal.