8
Hunter
Me arrepentí de haber bajado a la cafetería del edificio en el mismo instante en el que me acerqué a la mesa junto al resto.
Estaban todos mis hermanos, incluso Delilah y Brielle Montgomery.
De vez en cuando encontrábamos ratos muertos en los que bajar todos a tomar café y ponernos al día de nuestras vidas, aunque últimamente había tenido que saltarme las reuniones improvisadas por culpa de un bebé que, pese a no pesar más de cuatro kilos, había conseguido apoderarse de todo mi tiempo libre.
—Hunter, ¿qué tal la convivencia con Madison? Nos tienes en ascuas —preguntó Cassidy, moviendo los dedos de las manos con una expresión que recordaba inquietantemente al señor Burns de Los Simpson .
Para mi hermana pequeña no había nada más emocionante que un buen cotilleo. Tenía alma de reportera de prensa rosa. Podría haber sido la próxima gran estrella del periodismo sensacionalista si hubiera conseguido decidir qué demonios quería hacer con su vida.
—Joder, Cass, podrías al menos haber esperado a que me sentara para empezar con el interrogatorio.
—No es un interrogatorio, solo me intereso por ti.
—Pues gracias por el interés. Respondiendo a tu pregunta, la convivencia con Madison va bien.
—¿Bien, bien? —Levantó los pulgares hacia arriba—. ¿O bien, meh ? —Esta vez los giró hacia abajo.
Mason, que estaba sentado a su lado junto a Holly, que dibujaba en una hoja, puso los ojos en blanco.
—Tienes veintitantos años, Cassidy. Creo que ya puedes expresar una idea sin recurrir a los pulgares.
——Pero me has entendido, lo que significa que mi método es del todo eficiente, hermanito. —Cassidy volvió a mirarme como si Mason hubiera dejado de existir—. Entonces, ¿qué clase de bien es?
Suspiré. Definitivamente había sido un error bajar.
—Bien normal. Aún nos estamos adaptando. Lo importante es que Noah está bien. Que Madison está bien. Y que yo estoy bien.
Ella me miró poco satisfecha mientras sorbía por una pajita su café.
—Esperaba una respuesta mucho más suculenta teniendo en cuenta que se te cae la baba cada vez que la miras.
—¿Qué? A mí no se me cae la baba.
—Claro que sí. Cada vez que paso a haceros una visita, estás pendiente de ella. Que si «Madison, siéntate», que si «Madison, ¿has comido?», que si «Madison, yo cojo al bebé». El otro día te faltó masticarle la comida y dársela directamente en la boca.
—Acaba de dar a luz, Cassidy. Es normal que me preocupe por ella.
—Ajá.
—¿Qué significa «ajá»?
—Nada. —Volvió a sorber de la pajita—. Que se te cae la baba.
—Que no se me cae la baba.
—Hunter, se te cae tanto que cualquier día vamos a tener que poner un cubo debajo. —Me miró con una sonrisa cómplice—. Puedes sincerarte con nosotros. Te mueres de ganas de acostarte con ella, ¿verdad?
Al decir aquello, Holly levantó la mirada del dibujo y nos observó con curiosidad, lo que hizo que Mason reaccionara de inmediato.
—Bailar con ella —corrigió a Cassidy con tono de advertencia—. Hunter se muere de ganas de bailar con ella.
—¡Yo no quiero bailar con Madison!
A nuestro alrededor todos se echaron a reír. Todos menos Declan, que había permanecido ajeno a la conversación, absorto en su teléfono. Al escuchar las carcajadas y mi grito, levantó la mirada de pronto.
—¿Bailar? ¿Y por qué tendríais que bailar?
—A veces me pregunto cómo fuiste capaz de sacarte una carrera —lo pinchó Delilah, como era habitual en su dinámica de pullas constantes.
Declan frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver mi carrera con que Hunter quiera bailar?
—¡Que yo no quiero bailar! Además, Madison todavía está recuperándose del parto. No soy un psicópata que esté pensando en bailar con ella ahora mismo.
—No sabía que bailar estuviera contraindicado después de parir —comentó Declan rascándose el mentón.
Ryder lo miró durante un par de segundos.
—Alguien debería explicarle a Declan que bailar no significa bailar antes de que vaya por ahí afirmando que las mujeres recién paridas tienen prohibido mover las caderas por prescripción médica.
Ryder todavía llevaba la camiseta del parque de bomberos, lo que significaba que había pasado por la cafetería directamente al terminar su turno.
Declan paseó la mirada entre nosotros y entonces pareció hacerse la luz.
—Ah. Bailar . —Una sonrisa lenta y perezosa se prendió de sus labios.
—Bienvenido a la conversación —dijo Delilah.
-—¿Así que bailar, eh? —Declan alzó las cejas dos veces, en un gesto cargado de insinuación.
—No empieces tú también.
—Yo no he empezado nada. Solo intento ponerme al día. Por lo visto, quieres bailar con la madre de tu hijo.
—¡He dicho exactamente lo contrario!
Chase, que había permanecido en silencio durante toda la conversación, más pendiente de su teléfono que de nuestro interrogatorio familiar, miró la hora y se levantó de la mesa mientras se guardaba el móvil en el bolsillo.
—Bueno, pues aquí uno que sí quiere bailar y que no tiene ningún problema en admitirlo. De hecho, llego tarde.
—¿Con quién vas a bailar? —preguntó Cassidy.
—Con una clienta. Tiene una cartera de inversión considerable y unas piernas todavía mejores.
Mason lo miró horrorizado.
—Por favor, dime que no acabas de decir eso.
—¿Qué? Sé apreciar los activos de mis clientes.
Se despidió con un guiño y salió por la puerta de la cafetería. Nunca antes había sentido tanta envidia por la capacidad de mi hermano para largarse en el momento oportuno.
Yo también quería irme.
Preferiblemente antes de que alguien volviera a preguntarme por mis ganas de bailar con Madison.
Así que me tomé el café a toda prisa, quemándome la lengua en el proceso, y me puse en pie con la excusa de que no podía escaparme mucho tiempo dejando a Madison sola con Noah.
Era una excusa bastante mala, porque Madison era perfectamente capaz de quedarse sola con nuestro hijo. Pero también era cierto que no me gustaba estar demasiado tiempo lejos de ellos.
Me despedí de todos con un movimiento de mano y me acerqué a Holly para darle un beso en la cabeza.
Fue entonces cuando vi lo que estaba dibujando.
Había dos personas en el centro de la hoja. Una mujer y un hombre cogidos de las manos. Al lado había un bebé diminuto metido en algo que, con un poco de imaginación, podía ser una cuna.
Fruncí el ceño.
—Holly, ¿esos somos Madison y yo?
Mi sobrina levantó la mirada y asintió con una sonrisa.
Holly no hablaba. Era una historia larga y bastante triste.
La cuestión era que, a sus seis años, se comunicaba con nosotros mediante gestos o por escrito.
Nos habíamos acostumbrado tanto que la mayoría de las veces ni siquiera reparábamos en ello.
Volví a mirar el dibujo.
—¿Y qué estamos haciendo?
Holly cogió uno de los lápices que tenía esparcidos sobre la mesa y escribió algo debajo de las dos figuras. Después giró la hoja hacia mí para que pudiera leerlo.
«BAILAR».
Me quedé mirando la palabra unos segundos.
Joder.
A mi espalda, Cassidy soltó una carcajada.
—Hasta Holly lo tiene claro.
Cerré los ojos y respiré hondo.
Sin duda alguna, no tendría que haber bajado a por café.
Subí al apartamento incapaz de sacarme de la cabeza las bromas de mis hermanos, porque, aunque había negado cada una de las veces que quisiera acostarme con Madison, lo cierto era que… no estaba exento de culpa.
Porque sí, era verdad. Se me caía la baba con Madison casi tanto como con Noah.
No sabía que fuera posible cogerle cariño tan rápido a dos personas que, hasta hacía poco más de unas semanas, ni siquiera formaban parte de mi vida. Bueno, Madison sí lo había hecho durante una noche.
Y menuda noche.
Por mucho que intentara quitarle importancia, la había buscado durante semanas después de aquello.
Había vuelto al mismo pub más veces de las que estaba dispuesto a reconocer, había preguntado por ella y hasta había intentado encontrarla en redes sociales.
Todo para acabar descubriendo que ni siquiera sabía su verdadero nombre.
Así que tal vez Cassidy tenía algo de razón.
Solo un poco.
Madison me había gustado desde el primer momento. Me había gustado tanto que, después de una única noche, quise volver a verla. Y ahora que la conocía de verdad, el problema era que me gustaba todavía más.
Aunque eso no significaba que quisiera acostarme con ella, ¿verdad?
Abrí la puerta del apartamento dispuesto a dejar de darle vueltas al asunto y escuché un grito procedente de la habitación de Madison.
—¡Noah!
El llanto de Noah se unió a sus protestas antes de que llegara siquiera al dormitorio.
—¡No, no, no! ¡No te muevas! ¡Por favor, Noah, no te muevas más!
Recorrí el pasillo a toda prisa y entré en su dormitorio preparado para encontrarme prácticamente cualquier cosa, excepto aquello.
Madison estaba de pie junto a la cama con Noah en brazos y una expresión de absoluto horror. El bebé berreaba como si alguien estuviera intentando asesinarlo y los dos estaban cubiertos de una sustancia amarillenta que reconocí de inmediato.
—¿Qué ha pasado aquí?
—¡No lo sé! —exclamó ella—. Estábamos en la cama, ha puesto cara de estar haciendo caca y, de repente… el pañal ha dejado de cumplir su única función en esta vida.
Señaló las sábanas. Había caca por todas partes, incluso en los cojines y el suelo.
Tuve que apretar los labios para contener la risa.
—No te rías.
—No me estoy riendo. Estoy intentando entender cómo un bebé de cuatro kilos ha conseguido semejante radio de destrucción.
—¡Pues imagínate yo! Estaba tumbado tranquilamente y de repente ha empezado a salir caca por todas partes.
He intentado cogerlo, pero entonces se ha puesto a patalear y a esparcirlo todo como si fuera un aspersor.
—Bajó la mirada hacia su camiseta y su expresión se volvió todavía más trágica—.
Tengo caca hasta en el sujetador, Hunter.
Aquello fue demasiado. No pude contenerme más. Me doblé sobre mí mismo y empecé a reírme.
—Eres un imbécil.
—Perdona —conseguí decir mientras intentaba recuperar el autocontrol—. De verdad que lo siento.
—No tienes pinta de sentirlo.
Otra carcajada amenazó con escapárseme y tuve que apretar los labios.
—Vale. —Inspiré hondo y conseguí ponerme serio—. Dame al pequeño aspersor.
Madison me lo entregó sin oponer resistencia.
—Todo tuyo. Yo necesito una ducha. Y posiblemente quemar esta ropa.
—Yo me encargo de él.
—Gracias.
La vi alejarse en dirección al baño mientras se quitaba la camiseta por el camino, con el pelo revuelto, agotada y todavía con una mancha amarillenta en el brazo.
Y fue entonces cuando tuve que admitirlo.
Mis hermanos tenían razón.
Quería bailar con Madison.
Joder, quería bailar con ella incluso cubierta de caca.