6
Hunter
—¿De verdad estás rompiendo conmigo?
Miré a Lauren con algo de remordimiento, aunque la verdad es que no me arrepentía de nada. Llevábamos saliendo apenas dos meses y no era algo serio. Para mí no lo era, pero en aquel momento estaba dándome cuenta de que tal vez para ella era diferente.
Era una compañera del hospital, una de las mejores enfermeras que había conocido.
Al principio incluso yo mismo pensé que éramos un cliché con patas, pero sinceramente, no lo pensé mucho.
Estaba buena, era inteligente, tenía una conversación agradable y me ayudaba a bajar los niveles de estrés.
Pensé que para ella yo era más o menos lo mismo, pero las cosas se habían ido complicando por momentos.
Y por cómo me miraba, era evidente que ella sentía otra cosa.
—Oye, las cosas se han complicado muy rápido. La chica del embarazo críptico… ¿la recuerdas?
—Sí, Hunter, claro que la recuerdo. No es como si hubiéramos atendido cinco embarazos crípticos en la última semana, ¿verdad?
—Vale, estás siendo muy borde.
—¡Estás rompiendo conmigo! —exclamó.
Me arrepentí de haberla citado en un restaurante concurrido. Algunas miradas se posaron en nosotros y si algo odiaba yo era ser el centro de atención. Sobre todo si lo era para mal, como en aquel instante.
—En fin… es mi hijo.
—¿Qué?
—El bebé del embarazo críptico… es mío.
Pensé que, llegados a aquel punto, lo mejor que podía hacer era sincerarme y hacerlo cuanto antes.
Lauren se quedó mirándome como si le hubiera dicho que había cambiado la estatua de la Libertad de sitio.
Podía entenderla, incluso a mí me costaba manejar el shock de lo ocurrido, pero yo en ningún momento había engañado a nadie y eso tenía que entenderlo.
—Vale, empieza por el principio.
Eso hice. Le conté que conocí a Madison una noche cualquiera en un pub, tuvimos sexo y no volví a verla…
hasta el día en que parió. Lo que no dije fue que me había costado más de lo que quería no pensar en ella.
Tampoco le conté a Lauren que, durante semanas, busqué a Madison por un nombre falso y que me sentí bastante patético al saber que me había engañado.
—Vale, bueno, no es tan grave —dijo sonriendo—. Es fuerte, pero… pero no es como si estuvieras casado y me lo hubieras ocultado.
—No soy de esos —dije haciendo un gesto de desagrado—. Y mi vida y la de mi familia son de dominio público, así que tampoco habría podido, ni aunque quisiera.
—Entonces no hay ningún problema. Tienes un hijo, ¿y qué? ¿Sabes cuánta gente está divorciada con hijos hoy en día? —preguntó riendo—. No tiene por qué cambiar nada.
—En realidad, sí. Quiero centrarme en el bebé.
—Es comprensible. No seré un estorbo en ese sentido. Podemos seguir saliendo cuando las agendas lo permitan… y pasando algunas noches juntos. Ahora mismo el bebé dormirá con su madre.
Eso, técnicamente, era cierto. El problema era que su madre vivía conmigo y tenía que decírselo a Lauren cuanto antes, porque podía ver el modo en que sus esperanzas crecían y yo tenía que cortar aquello. Lo tenía clarísimo. No solo por el bebé sino por… por todo.
—Me he llevado a Madison y al bebé a vivir a casa.
—¿A casa?
—Sí.
—¿A tu casa? ¿Esa a la que no me has invitado nunca porque siempre está rodeada de familia cotilla, según tú?
—Es la verdad.
—¿Pero la metes a ella a vivir de pronto, sin conocerla?
—Es la madre de mi hijo. Quiero a mi hijo cerca. ¿Qué otra opción ves?
No debería haber preguntado eso, porque parecía que estaba tratando de justificarme y no era así.
Lauren empezó a tener un montón de altibajos entonces.
En una frase se mostraba comprensiva y en la otra hiriente a más no poder.
Lo entendía, no contaba con cortar aquella relación que para ella era algo mucho más serio que para mí.
Intenté mostrarme paciente y comprensivo, incluso cuando me tiró mi propia copa encima, como toda una mujer despechada.
Me limpié los ojos, dejé un billete sobre la mesa y me marché antes de poder fijarme en todas las personas que nos miraban, porque el bochorno a aquellas alturas era indescriptible, sobre todo porque tenía que seguir viendo a Lauren en el hospital.
Solo esperaba que se hubiera quedado tranquila con esa actitud y no quisiera repetirla cada vez que nos cruzáramos.
De camino a casa miré el teléfono por si Madison me había escrito o llamado, pero no. Del único lugar que procedían un sinfín de mensajes era el grupo de mensajería que tenía con mis hermanos y las hermanas Montgomery.
Ryder: ¿Creéis que Lauren se ha tomado bien la ruptura?
Cassidy: Por supuesto que no. Tiene pinta de arpía, nunca me ha gustado. Deberías haber ido con él, Ryder.
Ryder: ¿Yo por qué?
Cassidy: Por si la cosa se pone caliente y necesitan un bombero para apagar el fuego.
Ryder: Ja ja, qué graciosa.
Mason: Sois tan infantiles que dais vergüenza ajena. Dejad a Hunter y su vida privada en paz.
Declan: Ya salió el defensor del pueblo.
Mason: no soy el defensor del pueblo, pero Hunter acaba de ser padre por sorpresa. Como sé lo que es afrontar una paternidad fuera de lo usual, estoy en todo mi derecho de decir que sois idiotas.
Chase: No entiendo la relación de ideas para insultarnos, pero vale.
Leí un poco más los mensajes infinitos que habían escrito, pero en definitiva todos consistían en que ellos se metían conmigo y yo me agobiaba dándome cuenta de que, incluso visto desde su perspectiva, estaba en una situación jodida.
Aquello era raro y repentino, pero pensaba afrontarlo de la mejor manera posible.
Por el bebé, sobre todo, pero también por Madison y por mí.
***
Llegué a casa y me encontré con la madre de mi bebé dando vueltas por el salón con nuestro hijo en brazos y llorando.
—Está histérico —me dijo—. No sé qué hacer para calmarlo. Le he dado el pecho, pero no quiere, y si lo suelto se pone mucho peor. No estoy preparada para esto.
Agradecí la insonorización del piso, no porque me preocupara mi familia, sino la propia Madison. Si oyeran llorar así al bebé invadirían la casa sin el menor remordimiento. Y no quería que agobiaran a Madison más de lo que ya lo estaba.
—¿Has probado el piel con piel? —pregunté.
—¿Como en el hospital?
Asentí, me acerqué a ella, le cogí al bebé y la guie hacia el sofá, donde la senté con cuidado.
—Quítate el jersey. —Ella me miró mal y sonreí—. No es algo sexual, créeme. El piel con piel estimula al bebé, lo calma porque es capaz de sentirte sin barreras de por medio. Piensa que ha estado dentro de ti nueve meses. Eres lo único que conoce. Lo único que él quiere y necesita.
—Eso es bonito… y asusta.
—Lo sé —sonreí. Y lo hice más cuando ella obedeció y se quitó el jersey. Intenté no mirar sus pechos hinchados, era una mujer en pleno posparto y yo era ginecólogo, así que no me costó demasiado, pese a que esos pechos me hubieran vuelto loco meses atrás.
Quité la ropa a nuestro hijo, a excepción del pañal, y lo puse sobre ella, como en el hospital.
Se calmó casi de inmediato, fascinando a Madison y haciendo que yo sonriera como un bobo.
Acaricié la espalda del bebé hasta que estuvo lo bastante tranquilo como para sugerirle a Madison que intentara amamantarlo entonces. Se enganchó sin problemas.
—Es una salvación que seas ginecólogo. No tengo ni idea de bebés —reconoció al borde del llanto—. No sé cómo hacerlo feliz.
—No te preocupes, te ayudaré en todo. Lo básico es aprender que tenemos un concepto un poco raro de los bebés humanos.
Todas las especies duermen encima de sus mamás los primeros meses, solo nosotros nos empeñamos en que duerman solos y con ropa que ni siquiera sabemos si les resulta cómoda.
Los bebés se regulan con tu calor y oyendo los latidos de tu corazón.
Él solo te necesita a ti para ser feliz, Madison.
Nada más. —Ella me miró emocionada, así que intenté animarla—.
¿Quieres pedir algo de cena y que veamos una peli? Prometo que te dejaré elegir.
Asintió, pero no habló. Creo que intentaba no echarse a llorar y podía entenderlo. El posparto ya era algo complicado en situaciones normales. En una como aquella… debía ser infernal.
Pedimos unas hamburguesas en la cafetería y, cuando nos la subieron, lo organicé todo en la mesita frente al sofá para que ella estuviera cómoda. Cuando por fin nos colocamos, con el bebé aún sobre el pecho de Madison, le pregunté qué peli quería ver.
—El diario de Noah.
—¿En serio? ¿No la has visto?
—La he visto millones de veces, es mi peli favorita. Creo que me hará bien. Además, Noah… es todo lo que está bien.
Me reí un poco de ella pero acepté. Comenzamos a ver El diario de Noah y, conforme la película avanzaba y Madison se calmaba, vi cómo le costaba mantener los ojos abiertos.
—Deja que te ayude con eso —susurré antes de quitarme la chaqueta y la camisa, coger al bebé de su pecho y colocarlo sobre el mío. Ahora que estaba saciado parecía feliz… y yo también quería sentirlo sobre mí.
Madison no se opuso. Al revés, se retrepó en el sofá y nos miró con una sonrisa somnolienta que hizo que algo revoloteara en mi interior.
—Deberíamos llamarlo Noah —dijo de pronto.
—¿Al bebé?
—Mmm. Noah le compró a Allie una casa. Tú me has traído a esta increíble casa. No sé. Deberíamos ponerle Noah.
Sus ojos se mantenían tan somnolientos que dudaba que estuviera hablando en serio, pero cuando miré a nuestro hijo pensé que Noah encajaba perfecto.
—Me encanta el nombre.
Madison sonrió de un modo que me dejó sin aliento y luego se durmió, sin ser consciente de lo que podía provocar en mí solo con mirarme.