4
Madison
Me quedé mirando la fachada del edificio que se erigía frente a mí con la boca abierta. Cuando acepté la propuesta de Hunter de irme a vivir con él, apenas le pregunté nada sobre su casa; suficiente tenía con lidiar con el shock de ser madre por sorpresa.
Pero nunca imaginé aquello, que viviera en un lugar como ese.
¿En qué momento mi vida había dado semejante giro?
Frente a mí se levantaba una torre imponente, sobria pero sofisticada, con enormes ventanales de cristal que brillaban bajo el sol de la tarde, reflejando la vegetación de Central Park.
Me froté los ojos. ¿Hunter vivía ahí? ¿En el Upper East Side, frente a Central Park, en pleno Manhattan?
—¿Con lo que te pagan en el hospital puedes permitirte un sitio como este? —le pregunté incrédula, mientras él salía del coche y sacaba con destreza el portabebés en el que dormía nuestro pequeño milagro.
Hunter arqueó una ceja con diversión, como si mi incredulidad no le sorprendiera en absoluto.
—No, exactamente. Mi padre es el dueño del hospital donde trabajo. Digamos que el dinero nunca ha sido un problema en mi familia. Me regalaron el piso donde vivo al cumplir la mayoría de edad.
Parpadeé varias veces procesando lo que acababa de escuchar. ¿Qué clase de padres podían permitirse algo así? Los míos no, por supuesto. Bastante tuvieron con hacer malabares financieros para poder pagarme la universidad.
Sin poder evitarlo, mis ojos fueron hasta una pequeña placa dorada cerca de la entrada principal. Edificio Rich-Montgomery.
—Espera… ¿El edificio se llama Rich? —dije en voz alta antes de poder controlarme—. ¿No era ese tu apellido? ¿Vives en un edificio que lleva tu apellido?
—Más bien lleva el apellido de mis padres y sus mejores amigos, los Montgomery. Compraron el edificio a medias cuando se casaron, para vivir todos juntos y criar a sus hijos en plan comuna rica y pija.
Lo miré con los ojos muy abiertos, incapaz de decidir si estaba bromeando o hablaba totalmente en serio. Nunca había escuchado algo parecido. ¿Comprar un edificio entero solo para dos familias?
—Entonces, ¿toda tu familia vive aquí?
—Sí, y están deseando conocerte —respondió Hunter con absoluta naturalidad—. Venga, entremos.
Él avanzó hacia la entrada, saludando con una sonrisa amable al portero que respondió con una inclinación discreta y educada.
¿Su familia quería conocerme? Sentí que mis piernas flaqueaban.
—¿Voy a conocer a tus padres ahora mismo?
—No, ahora mismo no. En un rato.
—Ah, eso me deja más tranquila —ironicé.
—Me alegro, porque también estarán mis hermanos.
—¿Qué? No hablamos nada de padres. Ni de hermanos.
Él se giró para mirarme, arqueando ligeramente las cejas con aire divertido.
—Tampoco hablamos nada de tener hijos y ya ves, aquí estamos.
Mientras esperábamos el ascensor aproveché para admirar el espacio.
Todo allí transmitía lujo y elegancia: suelos de mármol pulido, paredes revestidas de madera oscura y piedra natural, una lámpara de diseño colgando del techo alto que emitía una suave luz cálida.
Parecía más un vestíbulo de hotel de cinco estrellas que la entrada de un edificio residencial.
En mi escrutinio, una placa plateada llamó mi atención.
En ella se detallaba lo que había en cada planta.
Gimnasio privado, piscina interior climatizada, spa, sauna... ¿cine privado? Oh, Dios mío.
Mis ojos siguieron leyendo en silencio hasta que se detuvieron en un punto concreto: Planta baja: Cafetería.
Anonadada, alcé la vista del cartel y miré a Hunter con la boca entreabierta.
—¿Tenéis vuestra propia cafetería?
Él volvió a sonreír, como si le encantara ver mi reacción ante cada pequeño descubrimiento.
—Veinticuatro horas —respondió encogiéndose de hombros con naturalidad—.
¿Que te apetece una hamburguesa gourmet a las tres de la madrugada?
Vienes aquí y te la hacen, o pides que te la suban.
Fue idea de mi madre; es una cocinera espantosa, además aprovecha para traer aquí a sus clientes cuando tiene que hablar sobre algún tema delicado sin exponerse a oídos indiscretos.
—¿De qué trabaja tu madre?
—Es abogada. Tiene uno de los bufetes más prestigiosos de Nueva York junto a Clare.
—¿Clare?
—La señora Montgomery —explicó, observándome con ternura al ver mi expresión de absoluta confusión.
Suspiré dramáticamente, fingiendo un ligero mareo mientras intentaba ordenar mentalmente toda aquella información.
—Creo que voy a necesitar un croquis para entender quién es quién en este lugar.
Hunter rio y llegó el ascensor. Las puertas se deslizaron en silencio frente a nosotros y entramos.
—Vivo en la planta cinco —dijo con naturalidad, pulsando el botón correspondiente.
Lo miré sorprendida.
—¿Tienes toda una planta para ti solo?
Hunter pareció pensarlo.
—A ver cómo lo explico sin que te explote la cabeza…
Cada hermano tiene asignada una planta entera del edificio.
En esa planta está el apartamento donde vivimos ahora mismo, pero además hay un espacio extra pensado para que, en el futuro, pueda convertirse en apartamentos independientes para nuestros hijos.
Así, cuando llegue el momento y crezcan, tendrán la posibilidad de independizarse dentro del mismo edificio.
Nuestros padres lo tenían claro desde el principio: querían asegurarse de que la familia estuviera unida siempre, pero sin asfixiarnos unos a otros.
Me quedé en silencio, pestañeando un par de veces mientras procesaba aquello. La magnitud de esa planificación me dejó completamente desconcertada.
—¿En serio tus padres planearon ya dónde vivirán sus nietos, incluso antes de que existieran? Los míos se estresaban solo para elegir las vacaciones familiares…
—Ya te irás acostumbrando. Mis padres suelen anticiparse bastante a todo.
Solté una risita nerviosa y sacudí ligeramente la cabeza, consciente de que mi vida acababa de cambiar mucho más de lo que imaginaba.
En apenas una semana había pasado de ser una chica normal, sin más responsabilidades que un trabajo exigente, que lo único que sabía sobre bebés era que eran pequeños, lloraban mucho y olían genial, a tener uno propio en brazos que ni siquiera tenía nombre todavía y que dependía completamente de mí para sobrevivir.
Joder, ¿en qué momento se había vuelto todo tan surrealista?
El ascensor se detuvo con suavidad, Hunter salió con el portabebés y lo seguí en silencio, notando cómo el corazón me latía con fuerza cuando entramos en su apartamento.
Antes de que pudiera darme cuenta, estaba paralizada en el recibidor, con la boca abierta.
Aquello era un sueño hecho realidad para alguien como yo, que había estudiado diseño de interiores.
Desde el recibidor pude ver un salón amplio, luminoso y decorado con un gusto impecable: muebles de líneas limpias, paredes en tonos claros y un suelo de madera natural que brillaba bajo la luz suave que entraba por los grandes ventanales.
—Tiene cuatro habitaciones —explicó él—. Mi dormitorio, un despacho, una habitación de invitados que será para ti y la habitación del bebé, que ahora mismo, evidentemente, no tiene nada preparado. Siéntete libre de redecorar el apartamento a tu gusto.
Sentí que se me aceleraba el corazón. ¿Total libertad para redecorar aquel lugar?
Mi mente ya había empezado a visualizar ideas, colores y texturas que encajarían a la perfección allí.
Pero entonces me recordé que no debía emocionarme de más.
Había aceptado ir a vivir con él, sí, pero era algo temporal, solo hasta que decidiera qué hacer exactamente con mi vida tras aquel monumental traspié.
Porque aunque Kendall me había dicho que no le importaba que llevara el bebé a nuestro piso compartido, no creía que un cuarto piso sin ascensor y con una sola habitación fuera el lugar más adecuado para criar a un recién nacido.
El bebé se agitó en el portabebés y comenzó a hacer pequeños ruidos que rápidamente se convirtieron en llanto. Hunter reaccionó enseguida, sacándolo y acunándolo contra su pecho, murmurándole palabras tranquilas mientras le acariciaba la espalda con delicadeza.
—Creo que tiene hambre —dije tomándolo en brazos.
Hunter asintió, indicándome con un gesto que lo siguiera.
—Ven, te acompaño a tu habitación para que estés más cómoda. Mi familia nos espera más tarde en la cafetería, así que tienes un par de horas para descansar antes de enfrentarte a ellos.
Lo seguí por el pasillo hasta la habitación de invitados, que ahora sería la mía.
Al abrir la puerta, sentí una punzada en el pecho.
El dormitorio era precioso, acogedor, decorado con tonos cálidos y suaves, y tenía justo lo necesario para empezar mi nueva vida: una cama grande con sábanas que parecían increíblemente suaves, una cunita de colecho ajustada a su lateral, y una cómoda mecedora junto a la ventana.
—Aunque el bebé tiene su propia habitación, pensé que durante los primeros meses preferirías tenerlo contigo.
Es lo más cómodo para las tomas nocturnas y facilita el contacto piel con piel —explicó con tono profesional, propio de un ginecólogo acostumbrado a explicar estas cosas—.
Además, favorece la lactancia materna y ayuda a regular su temperatura y respiración.
—Vaya, gracias. Te has tomado muchas molestias.
—Solo quería que os sintierais cómodos. Instálate tranquila. Vendré a buscarte en un rato.
Cuando salió, dejé la maleta en un rincón y me senté despacio en la mecedora, acomodando al bebé contra mi pecho con delicadeza.
Al instante, empezó a comer con pequeños movimientos tranquilos.
Tomé entre mis dedos su manita diminuta y la acaricié con ternura, mirando su rostro perfecto mientras se alimentaba plácidamente.
Nunca me imaginé que pudiera sentir algo así, una sensación tan profunda de paz y plenitud, simplemente por tenerlo allí conmigo.
De repente, todo lo demás pareció volverse secundario, lejano y casi insignificante.
Y entonces, una certeza me atravesó con fuerza: por muchas dudas y miedos que tuviera sobre lo que estaba por venir, por muy caótica que se hubiera vuelto mi vida, lo único absolutamente claro era que ya no podía imaginarme un mundo en el que él no estuviera.
Había llegado por sorpresa, poniéndolo todo patas arriba, pero ahora que lo tenía conmigo, sabía que jamás podría dejarlo ir.