3
Madison
Era horrible. Todo era horrible: la vida, aquella situación y la forma en que Hunter me miraba, dándose cuenta de que era el padre del hijo que yo no esperaba tener.
Para mí no había duda, porque no había estado con nadie más en el último año.
El recuerdo de Hunter todavía me acompañaba en las pocas noches en las que no estaba tan cansada por el trabajo que tenía ganas de masturbarme.
Pero la realidad es que, entre el trabajo y que no me había estado sintiendo bien (y ahora ya sabía por qué) no había tenido tiempo, ni ganas, de salir a socializar con nadie que no fuera Kendall. Y vivíamos juntas, así que no contaba.
—Tú… yo…
Si algo me fascinó de Hunter desde que lo conocí fue el aura de seguridad en sí mismo que desprendía.
Fue una sola noche de sexo casual y le di un nombre falso porque lo último que quería en mi vida era empezar una relación al mismo tiempo que exploraba una oportunidad única laboral.
Mi año en Nueva York era un año para dedicarlo al trabajo duro y no a enamoramientos que podían quitarme el foco de lo que de verdad quería.
Pero eso no quería decir que no lo hubiese recordado o que la noche que pasé con él en un hotel cualquiera no fuera la mejor noche de sexo de mi vida.
Durante meses recordé el modo en que sus abdominales se contraían cuando empujaba dentro de mí o las palabras sucias que susurraba junto a mi oído sin ningún pudor.
Por eso verlo así, en shock y sin saber qué decir, me desconcertaba.
Sobre todo porque, al parecer, era el médico encargado de atender mi parto. El parto de su propio hijo… o hija.
—Necesito que me ayudes —susurré—. Luego hablaremos, pero yo… por favor, ayúdame.
No ayudó que mi última frase se transformara en un quejido de dolor por una nueva contracción.
Según me dijeron, ya no podían ponerme la epidural porque todo estaba muy avanzado, así que el dolor era ensordecedor.
No estaba en condiciones de mantener una conversación.
Ni siquiera estaba en condiciones de mantenerme cuerda.
Hunter asintió de inmediato, rodeó mi cuerpo de nuevo y se colocó entre mis rodillas con decisión. Volvió a tocarme con profesionalidad, pero empezaba a no notarlo, porque sentía un aro de fuego en mi vagina. Como si algo estuviera atravesándome de la peor forma posible.
—Vale, Madison, vamos a hacer esto, ¿de acuerdo? Necesito que seas muy muy fuerte y me hagas caso. Empujarás cuando te lo pida y dejarás de hacerlo cuando te lo ordene.
Asentí frenéticamente, desesperada por hacer que aquello ocurriera cuanto antes.
Los minutos siguientes fueron un frenesí de pujos, gritos y llanto descontrolado. El mío por el dolor, el de Kendall porque le apreté la mano tan fuerte que creo que le partí algún dedo y el de… el de un bebé.
Mi primera imagen del bebé la tuve mientras intentaba recuperar el aliento. Hunter lo cogió contra su pecho y lo miró tan estupefacto como yo. En él era más sorprendente, porque se dedicaba a traer niños al mundo. Claro que este era distinto… Este era suyo. Y mío. Nuestro.
Sus ojos se alzaron, me miraron y en ese instante sentí que el mundo entero se detenía y solo existíamos él, yo y el pequeño ser humano que sostenía entre sus manos.
—Es un niño —dijo con la voz estrangulada antes de rodearme y ponerlo sobre mi pecho con cuidado—. Un niño sano y precioso.
Lloré de emoción, y posiblemente también por el shock.
Había ido allí unas horas atrás convencida de que tenía un cólico nefrítico y ahora tenía encima de mí un bebé que respiraba y vivía y era todo mío.
Y no tenía nombre, ni ropa, ni una cuna, ni absolutamente nada que ofrecerle salvo mi pecho y mis brazos.
Miré a Kendall, que sollozaba emocionada a mi lado, y a Hunter, que seguía mirándonos como si fuéramos una aparición.
—¿Qué nombre vas a ponerle, Maddie? —preguntó una matrona con una sonrisa, ajena a la situación que se estaba desenvolviendo.
Abrí la boca. La cerré. Hiperventilé y escuché a Kendall cuando dijo:
—Todavía lo estamos decidiendo.
La matrona sonrió, acostumbrada a que otros padres dijeran que no había nombre para el bebé, supongo.
Nos dio una mini clase acerca de la lactancia materna y ayudó al bebé a engancharse a mi pecho.
La sensación fue… indescriptible. El día anterior mis pechos no eran más que una parte cualquiera de mi cuerpo y ahora alimentaban a un bebé.
—Creo que voy a necesitar terapia después de esto —murmuré sin dejar de mirar la cabecita calva del bebé.
—Yo también. —Miré a Hunter sorprendida, porque no me había dado cuenta de que seguía ahí, a mi lado, pero con la vista clavada en el bebé. Inspiró hondo y carraspeó—. Voy a dejarte unos minutos, pero luego tengo que inspeccionarlo y hacerle algunas pruebas.
—¿Por qué? ¿Crees que está mal?
—No. No, es rutinario. Aunque, en realidad, me vendría bien saber si durante el embarazo has tomado drogas o…
—Nada de drogas —lo interrumpí—. Alguna copa de alcohol puntual, sí. ¿Crees que afectará a…? No tenía ni idea —dije al borde del llanto—. Jamás habría bebido si hubiera sabido…
—Tranquila. Si has llevado una vida más o menos sana, estará todo bien. Pero tengo que mirarlo, ¿vale?
Me sorprendía tanto su capacidad de concentración que me quedé observándolo. Estaba en shock, como yo, y lo sé porque miraba al bebé como si no pudiera creerse su existencia, aunque había hecho todas las preguntas correctas y oportunas.
No hablamos mucho más. Se fue un momento sin dar explicaciones y en ese momento Kendall me preguntó si era él. Asentí y ella soltó una carcajada.
—Te juro que esto no pasa ni en las mejores películas. El caso es que su cara me sonaba muchísimo, pero claro, yo lo vi menos que tú. Joder, nena, pensé que habíamos hablado en su día de los condones y…
—Usamos condones —dije tajante—. No sé qué pudo fallar, pero ya da igual porque esta cosita está aquí y tengo que pensar en cómo solucionar mi vida. No tengo tiempo de pensar más en el pasado.
—Poco a poco, amiga. Me tienes a mí. Siempre me vas a tener, ¿vale? —asentí, emocionada, pero entonces Kendall decidió cargarse el momento—. Y la parte buena es que no tienes que buscar al padre por toda Nueva York. Ha aparecido él solito.
Me reí, porque era una bestia, pero la adoraba y, en realidad, sin ella mi vida sería infinitamente peor. Eso sin contar que iba a pasar de acogerme a mí durante un año a tener que acoger también a un recién nacido.
—No pienses demasiado ahora —dijo Kendall—. No vas a solucionar nada y estás agotada. Intenta descansar, yo estoy aquí con los dos.
Eso hice. Me aseguré de que el bebé estaba enganchado al pecho y cerré los ojos un momento.
Me ardía el cuerpo, todavía estaban cosiendo mis partes íntimas y estaba intentando asimilar el hecho más traumatizante que viviría jamás, seguramente.
Sobre pensar no tenía mucho sentido, por más que la ansiedad estuviera matándome.
Por desgracia el descanso duró poco, porque Hunter volvió, se llevó al pequeño y mientras tanto a mí me alojaron en una habitación preciosa.
Demasiado bonita y demasiado cara, seguramente.
No iba a poder pagar aquello. Me agobié, pero Kendall me obligó a mantener la calma y me dijo que iba a ir a mi restaurante favorito a por comida.
Yo me quedé sola intentando asimilar todo aquello, pero se me dio fatal.
Cuando Hunter entró en la habitación con el bebé envuelto en llanto casi agradecí la interrupción.
—La mejor parte de la exploración es que me ha llevado muy poco darme cuenta de que tiene unos pulmones increíbles.
Me reí y luego me eché a llorar. Intenté reponerme y me acordé de lo que dijo Kendall antes de irse: que llorara tanto como lo necesitara porque había leído que las mujeres se vuelven un poco locas en el posparto por las hormonas y era mejor dar rienda suelta a mis emociones.
No sabía hasta qué punto hacerle caso, pero tendría que ir sobre la marcha.
—Gracias —farfullé intentando calmarme mientras me lo devolvía e intentaba que se enganchara al pecho.
Hunter me ayudó y aquello fue un poco humillante, porque la última vez que vio mi pecho fue para atrapar mi pezón con sus dientes y ahora… bueno, ahora alguien lo atrapaba para algo completamente diferente.
—Tengo algunas preguntas que hacer, Madison. —Lo miré asintiendo, porque entendía que él estaba igual que yo—. ¿Hay un marido? ¿Un novio? ¿Alguien con quien vivas y a quien vayas a tener que explicarle… esto?
—¿Me estás preguntando si le puse los cuernos a alguien contigo? —pregunté ofendida.
—Me diste un nombre falso, desapareciste y ahora estamos aquí. Esa es toda la información que tengo, así que…
Tenía sentido, la verdad. No podía volverme loca del todo así que intenté mantenerme racional.
—No hay nadie. No tengo novio, ni pareja, ni siquiera amigos del sexo masculino. Vivo con Kendall y mi única relación con los hombres es laboral.
Estaba a la defensiva, pero era mejor que echarse a llorar otra vez. Hunter asintió intentando aparentar calma pero vi el modo en que soltaba un pequeño suspiro de alivio.
—Bien, genial. Así será mucho más fácil que os vengáis a vivir conmigo.
—Perdona ¿qué?
Hunter me miró y, por primera vez, no vi rastro del hombre amable que me había hecho alcanzar infinitos orgasmos meses atrás.
—No pensarás que vas a desaparecer de nuevo ahora que tienes un hijo mío, ¿verdad?