¡Sorpresa! Vas a ser padre (¡Sorpresa! Los hermanos Rich se enamoran 1) 2
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Hunter

Miré las manecillas del reloj de pared que colgaba en la recepción y roté mis hombros para intentar aflojar la tensión acumulada en ellos.

Me faltaba menos de una hora para acabar un turno infernal.

Necesitaba una ducha, dormir y desconectar del hospital.

En los últimos tiempos me sentía un poco saturado en general.

No por lo que hacía, que me encantaba, sino porque sentía una especie de vacío difícil de explicar.

Mi hermano Mason estaba convencido de que se trataba de una crisis por edad sin más, pero mi hermano era abogado y práctico hasta la médula.

Las emociones no eran lo suyo, así que no le hacía mucho caso.

Tampoco es que fueran lo mío, si teníamos en cuenta que pasaba gran parte de mi vida en el hospital de mi padre, en el que trabajaba como médico ginecólogo, y el poco tiempo libre que tenía estaba en casa solo, con mi novia o con mi familia.

Eran pocos los ratos que me permitía salir de mi mundo, desconectar de la rutina y conectarme a mis emociones.

Según Lauren, tenía un grave problema de bloqueo emocional.

Tal y como yo lo veía, el problema era que no quería pasar mi poquísimo tiempo libre discutiendo acerca de mis emociones cuando podría pasarlo follando para destensar.

Pero si lo decía quedaba como un insensible y no lo era, así que me tragaba mi frustración mientras oía en bucle lo mal novio que era.

Hacía meses que no me sentía completamente relajado. Notaba una tensión en los hombros constante, como una piedra que cada día se hacía un poquito más grande.

—Doctor Rich, tenemos una emergencia.

Miré a la enfermera que reclamaba mi atención e hice mi mejor esfuerzo por mantener el gesto neutro.

Ella no tenía la culpa pero, por lo general, cuando se presentaba una emergencia a tan poco tiempo de acabar el turno, significaba que no iba a salir a tiempo.

Joder, necesitaba salir o iba a volverme loco.

—Dime.

—Es un embarazo críptico. —La emoción de la enfermera era tal que resultaba difícil no contagiarse.

—¿Segura? —pregunté. Era algo raro, nunca me había tocado vivir uno, aunque sí había oído a compañeros hablar de ello. Incluso a mi padre en alguna ocasión.

—Segura. Ha entrado por emergencias pensando que tenía un cólico nefrítico y ha roto aguas mientras la inspeccionaban. Ya está en paritorio. La hemos monitoreado para comprobarlo pero casi no hacía falta. Está prácticamente dilatada y lista para pujar.

—De acuerdo, ¿hay señales de preocupación o…?

Comencé a caminar con mi enfermera mientras esta se apresuraba y me iba dando el material necesario para entrar en paritorio. El batín, el gorro y lo demás.

—No, parece una chica sana y con suerte el embarazo se habrá desarrollado con normalidad, pero no sabemos con qué vamos a encontrarnos y la madre está en shock.

—Normal, si no lo esperaba.

—Es increíble. Siempre he oído hablar de estos embarazos pero no sabía si me tocaría asistir uno alguna vez.

Su emoción era tan evidente que se me contagió. De repente ya no importaba tanto el cansancio de un turno eterno, porque estábamos ante un parto bastante inusual.

Recorrí los pasillos del hospital hasta llegar al paritorio y, cuando abrí la puerta, lo hice preparado para encontrarme con una chica al borde de una crisis de nervios. Llorando, gritando o haciendo las dos cosas a la vez porque:

A— parir duele mucho.

B— parir en estado de shock debe ser tremendo.

Pero no encontré nada de eso. Sobre la camilla de parto había una chica con el rostro lleno de sudor, los ojos desencajados y la mirada perdida, que no lloraba ni gritaba, seguramente porque el trauma no la dejaba.

Pero no fue eso lo que me dejó en shock a mí, sino el reconocimiento inmediato de ese rostro.

Esos labios entreabiertos y agrietados habían besado cada parte de mi cara y cuerpo meses antes mientras yo ansiaba hacer lo mismo con ella.

Ella era…

—Sally —dije en un suspiro entrecortado, sin poder creer aquello.

—No, doctor Rich. Se llama Madison Clark.

La corrección de mi enfermera no hizo sino aumentar mi desconcierto. En la sala el ambiente era vibrante y todo el mundo se movía para hacer algo, pero yo estaba quieto en el sitio, sin mirar a las enfermeras, ni a las matronas, absorto en esos ojos de cervatillo asustado clavados en mí.

Si albergaba una mínima duda de si era ella o no, se fue en el instante en que me miró. Me reconoció, lo supe de inmediato, igual que supe que, si mi enfermera estaba en lo cierto, y era lo más normal porque había visto su documentación, me había dado un nombre falso.

Quise preguntarle por eso. Reclamarle. Pero una contracción la asaltó e hizo que su cara se arrugara de dolor mientras soltaba un quejido que, por alguna razón inexplicable, pues como ginecólogo había asistido un sinfín de partos, se me ancló en el pecho.

—Respira, Madison —susurraba la matrona acariciando su hombro—. Justo como te he enseñado.

—¡Se lo han enseñado hace dos minutos! —gritó una chica a su lado—. ¡No se puede aprender nada con efectividad en dos minutos!

—¿Es usted la acompañante de la señorita Clark? —pregunté acercándome y obligándome a superar mi sorpresa.

La chica me miró y asintió. Al lado de Madison se veía fiera, como una leona en tensión por si alguien hacía daño a su cachorro.

Me resultaba familiar y me llevó solo unos segundos recordar que estaba en el bar con Madison la noche que nos conocimos.

No me fijé mucho en ella, porque Sally, o más bien Madison, me tenía prendado, pero aun así la reconocí.

Ignoré la mirada de Madison cuando me acerqué por un lateral hasta estar a su altura.

Decidí sobre la marcha que, si ella me había mentido sobre su nombre, no tenía sentido que yo sacara a colación que nos conocíamos.

Sobre todo porque, evidentemente, era una mujer con una relación.

De haberlo sabido jamás me habría acostado con ella, pero no lo sabía.

Me dejé llevar como algo excepcional porque necesitaba relajarme y ella era…

era la mujer más preciosa que había visto en mi vida.

Y también la más mentirosa, según parecía.

—Soy el doctor Hunter Rich. Me encargaré del parto de su amiga. ¿Su nombre? —pregunté, al ver que ninguna de las dos respondía.

—Soy Kendall —dijo con voz tensa y escueta—. ¿Va todo bien? Necesito que me diga que todo va bien con Maddie.

Miré a Kendall, evidentemente asustada por su amiga, y luego a Madison, alias Maddie.

Me tragué un nudo de resentimiento, un poco por ninguna razón en concreto.

Sí, vale, había tenido una noche de sexo increíble con ella meses atrás.

Claro que a mí me dijo que se llamaba Sally, razón por la que durante semanas estuve dejándome caer en el pub y preguntando a los camareros si habían visto a una chica de sus características llamada Sally.

La busqué en redes sociales, pese a que yo no tenía.

Intenté poner su nombre y zona en Google, aun sabiendo que era inútil y, si en aquel instante ya me sentía absurdo y patético por perseguir a una mujer solo porque me había acompañado a tener el mejor polvo de mi vida, no era nada comparado con lo absurdo y patético que me sentía ahí, sabiendo que para ella había sido un polvo tan insignificante como para mentir sobre su nombre y desaparecer después, seguramente para volver a su vida real, esa en la que tenía una pareja lo suficientemente seria como para tener un bebé.

—¿Hunter?

Miré a un lado, a la matrona que había pasado a llamarme por mi nombre, seguramente porque no atendía de otro modo.

—Sí, perdón.

—Ya le hemos dicho a Kendall y Madison que el parto está siguiendo su curso normal, pero quieren que la explore un ginecólogo.

Asentí. Intenté centrarme y carraspeé para adoptar mi pose más profesional.

—Madison, tengo que hacerte un tacto, ¿de acuerdo? Será un poco molesto, pero nada con lo que no puedas.

Tragué saliva, sobre todo al ver que, incluso en la situación en la que estábamos, sus mejillas se teñían de rojo. Y recordé de inmediato que pronuncié esa última frase en su oído mientras empujaba en su…

Tenía que centrarme. Era vital que me centrara.

Me puse unos guantes, me coloqué entre sus piernas y le hice un tacto de un modo completamente profesional, sobre todo porque me bastó ver cómo estaba su pelvis para recordar que estaba allí para ayudar a traer un bebé al mundo y todo lo demás podía esperar.

—Está coronando —le dije a las matronas—. Hay que prepararlo todo, es la hora.

Oí un sollozo y, al mirar arriba, vi las lágrimas de Madison y, pese a todo, sentí compasión por ella, porque imaginaba el shock que estaba atravesando.

—Esto no puede ser verdad —le dijo a Kendall.

—Tranquila, cielo, todo va a salir bien.

—Yo no puedo tener un bebé— gimoteó.

Miré de nuevo entre sus piernas. No solo iba a tener un bebé, sino que iba a tardar muy muy poco en llegar al mundo, así que rodeé su cuerpo, me coloqué a su lado y hablé con voz suave y calmada, para que entendiera que yo no pensaba ponérselo más difícil, sino todo lo contrario.

—Oye, Madison, sé que es difícil y te ha pillado de sorpresa, pero el caso es que el bebé va a venir, quieras tú o no.

Así que necesito que te concentres y nos ayudes para que podamos traerlo al mundo, ¿de acuerdo?

—ella asintió y yo hice un esfuerzo titánico por sonreír—.

Buena chica. ¿Quieres que alguien avise al padre?

¿Te sabes su número? Podemos encargarnos de llamarlo.

En cuanto acabé de hablar lo sentí. Su mirada.

Su sollozo profundo y el modo en que su vida y la mía acababan de cambiar para siempre.

Porque la realidad de aquello me golpeó con la fuerza de un cañón.

Hice un cálculo rápido, rapidísimo, y llegué a la conclusión de que no hacía falta llamar al padre.

Porque el padre era yo.