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Madison
Sentí un latigazo recorrerme la zona lumbar con tanta intensidad que creí que iba a partirme en dos.
Llevábamos horas en la sala de espera de Urgencias y cada minuto que pasaba el dolor era peor. Como si algo dentro de mí se estuviera rompiendo.
Maldito cólico nefrítico.
Con razón decían que era uno de los peores dolores que existían.
Me incliné hacia delante en la silla de plástico, incapaz de encontrar una postura que aliviara aquella tortura. Me movía. Me levantaba. Volvía a sentarme. Nada funcionaba.
—Joder… —murmuré entre dientes.
Apreté con fuerza la mano de Kendall, que me había acompañado hasta allí en cuanto le escribí que algo no iba bien.
—Respira, Maddie. Ya queda poco —dijo, intentando animarme.
Otra punzada me atravesó la espalda y bajó hacia el abdomen.
Me doblé hacia delante.
—No, no, no… otra vez no…
La oleada me arrancó un aullido de dolor que duró varios segundos tortuosos y terroríficos. Cuando finalmente la intensidad bajó, me acerqué a la mujer que estaba detrás del mostrador de recepción, que levantó la vista con evidente fastidio al verme. Era la tercera vez que reclamaba su atención.
—¿Van a tardar mucho en atenderme? Esto cada vez va a más y empieza a ser insoportable.
La mujer suspiró.
—¿No ha visto la sala de espera? Estamos saturados.
Claro que la había visto.
La había visto mientras me retorcía en la silla. Mientras respiraba como si hubiera corrido una maratón. Mientras intentaba no gritar. Pero estaba llegando al límite.
Si aquello seguía empeorando, iba a perder el control.
Iba a acabar tirada en el suelo, rodando entre las sillas de plástico, chillando como una actriz secundaria en una serie médica barata.
Y lo peor no sería el dolor. Lo peor sería que todo quedaría grabado en el móvil de algún adolescente aburrido y terminaría siendo «la loca de urgencias» en TikTok.
—¿Y no pueden administrarme un calmante, una inyección, un martillazo en la cabeza… algo que me deje inconsciente durante al menos cinco minutos?
La mujer me miró imperturbable.
—En cuanto un médico la vea, decidirá qué necesita. Hasta entonces, tiene que esperar.
Abrí la boca para protestar, pero otra oleada me dobló sobre el mostrador y me robó el aire. Me agarré al borde, cerré los ojos y conté mentalmente.
Uno.
Dos.
Tres.
El dolor subió, se expandió y después descendió despacio, dejando una presión baja, profunda e incómoda.
Mierda. La culpa de que hubiera terminado así era del estrés que había sufrido los últimos meses.
Entrar en el trabajo de mis sueños había sido gratificante, pero también agotador.
Jornadas interminables. Entregas ajustadas.
Clientes que cambiaban los planos a última hora.
Demasiado café. Muy poca agua. Cero descanso.
Mi cuerpo había pasado factura.
Primero fueron las migrañas. Luego el insomnio. Después aquellas infecciones de orina que iban y venían. Nada grave, pero suficiente para que el médico me dijera que me cuidara más.
¿Y yo, en lugar de cuidarme, qué hice?
Trabajar más horas. Dormir menos. Sustituir el agua por café y el café por vino barato cuando necesitaba desconectar. Pedir comida a domicilio a las once de la noche y convencerme de que «esa sería la última vez». Había ganado diez kilos por culpa de mi ritmo de vida caótico.
Y aquí estaban las consecuencias.
A papá le pasó lo mismo.
Estuvo años diciendo que el estrés no le afectaba. Que él podía con todo. Hasta que una noche acabó doblado en el suelo del salón, agarrándose la espalda y jurando que prefería romperse una pierna antes que volver a sentir ese dolor.
Yo siempre pensé que exageraba.
Ahora ya no.
Otra punzada me atravesó y me dejó sin aire.
Estuve a punto de suplicar. De olvidarme del orgullo y rogarle que hiciera algo. Pero justo entonces, escuché mi nombre por megafonía.
—Madison Clark, pase a triaje tres.
Casi se me aflojaron las piernas del alivio.
Kendall me cogió de la mano y me llevó hasta la sala correspondiente, donde un enfermero joven nos esperaba.
Me indicó la camilla con un gesto.
—Siéntese ahí, por favor.
Intenté subir con dignidad, pero otra punzada me dobló por la mitad y tuve que apoyarme en Kendall.
—Despacio, Maddie —susurró ella.
El enfermero me colocó el tensiómetro en el brazo y el pulsioxímetro en el dedo mientras observaba la pantalla.
—Vale, cuéntame qué te pasa.
Inspiré hondo, aunque me temblaba todo.
—Tengo un dolor lumbar muy fuerte… empezó hace unas horas. Va y viene, pero cada vez es más intenso. Me baja hacia el abdomen. Tengo náuseas. Y siento presión aquí… —Me llevé la mano al vientre—. Estoy casi segura de que es un cólico nefrítico.
El enfermero alzó la vista del papel donde estaba anotando lo que decía.
—¿Ha tenido otro antes?
Negué con la cabeza mientras otra punzada empezaba a formarse en mi espalda.
—No, pero mi padre sí. Recuerdo los síntomas. Se doblaba del dolor y decía que le atravesaba la zona lumbar. Es muy parecido.
El enfermero asintió y abrió la boca para hacer otra pregunta. Pero no llegó a formularla. Un sonido extraño nos interrumpió. Como agua cayendo sobre el suelo.
Plop.
Plop.
Plop.
Fruncí el ceño.
Y entonces lo noté. La humedad extendiéndose entre mis piernas. La tela empapándose.
Bajé la mirada despacio.
Un líquido transparente se deslizaba por mis muslos y caía al suelo blanco de la sala formando un pequeño charco brillante bajo la camilla.
El enfermero también miró.
Kendall se quedó muda, con la mandíbula ligeramente abierta, y yo me quedé en blanco, incapaz de entender lo que estaba pasando.
—Eso… eso no le pasó a mi padre.
El enfermero dejó los papeles a un lado y cuando volvió a mirarme, su expresión ya no era rutinaria.
—Señorita Clark —dijo, y su voz sonó firme—, esto no es un cólico nefrítico. Acaba usted de romper aguas. Está de parto.
El shock me golpeó al mismo tiempo que una nueva oleada me atravesaba por dentro.
Porque… eso era imposible.
Para estar de parto antes tendría que haber estado embarazada, y si hubiera estado embarazada yo lo habría notado, ¿verdad?