¡Sorpresa! Vas a ser padre (¡Sorpresa! Los hermanos Rich se enamoran 1)
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Prólogo
Madison
Era mi primera noche en la ciudad. Mi mejor amiga Kendall, que había crecido conmigo en el mismo pueblo perdido de Ohio y me había hecho un hueco en su minúsculo piso durante mi aventura neoyorquina, me convenció para salir a celebrarlo en uno de esos pubs de moda del SoHo, con luces de neón rosa, camareros guapísimos y música tan alta que parecía vibrarte dentro del cuerpo.
—¡Tía, no me lo puedo creer! Después de tanto desearlo, por fin estoy viviendo en Nueva York. Y nada más y nada menos que para trabajar en el despacho de interiorismo de mis sueños. ¡Un año entero!
Alcé mi copa y la choqué con la suya.
Un año. Solo un año. El contrato era temporal. Una oportunidad increíble para aprender, hacer contactos y luego volver a casa con experiencia y un currículum de lujo.
—Vas a pasarlo en grande, Maddie. Nueva York es un lugar lleno de posibilidades —dijo Kendall. Sus rizos oscuros saltaron sobre sus hombros desnudos. Su piel morena brillaba bajo las luces—. Ya verás como, después de vivir aquí, no vas a querer regresar al pueblo.
El pueblo.
Mi hogar.
Las calles tranquilas donde todo el mundo se conoce.
El dinner de la esquina con sus tortitas de los domingos.
Los partidos de béisbol del instituto. El lago al atardecer.
Las barbacoas en el jardín de mis padres.
Siempre dije que sería allí donde me asentaría.
Donde tendría una casa con porche blanco y niños corriendo descalzos.
—No creo que eso pase. Solo estaré aquí un año, Kendall. En cuanto termine el contrato, volveré a casa.
—Eso dices ahora —replicó ella con una sonrisa ladeada—. Pero en cuanto pruebes los placeres de la ciudad, cambiarás de opinión. Y hablando de placeres…
Alzó las cejas y señaló hacia la barra.
Oh. Dios. Mío.
Se trataba de un hombre moreno, alto, con hombros anchos marcados bajo una camisa blanca arremangada. Tenía la mandíbula perfecta, cubierta por una barba de dos días que le daba un aire peligrosamente sexy.
Y me estaba mirando.
No. Mentira. Me estaba devorando con los ojos
—Seguro que a ese no le importaría darte una buena bienvenida a Nueva York —añadió Kendall.
Aparté la mirada, sonrojada.
—¡Pero qué dices! Ya sabes que el sexo ocasional no es lo mío.
—Eso lo diría la Madison del pueblo. Pero no la que ha aterrizado en Nueva York, que viene a comerse el mundo… y lo que haga falta.
Me reí por lo bajo. Kendall siempre había sido mucho más lanzada que yo. Incluso cuando éramos adolescentes y lo más emocionante que podía ocurrirnos un viernes por la noche era que alguien organizara una fiesta en un granero.
—Estás loca.
—Y tú llevas demasiado sin echar un polvo. Venga, ¿qué mejor manera de celebrar tu llegada que acostándote con un tío guapo con cara de buen follador?
—Kendall…
—¿Qué? Es la verdad.
Puse los ojos en blanco, pero, mierda, volví a mirar hacia la barra.
El hombre sexy seguía ahí, sin apartar la vista. En mi pueblo no había especímenes así. Allí los chicos llevaban gorras de béisbol y camionetas. Este parecía sacado de una serie de Netflix.
Nuestros ojos se cruzaron otra vez y… en esta ocasión no aparté la mirada. Entonces, algo pasó. Un escalofrío me recorrió la espalda y se extendió por todo mi cuerpo. Antes de que pudiera entender qué demonios acababa de pasarme, él se levantó del taburete y caminó hacia mí.
—Tía, que viene hacia aquí —dije—. ¿Qué hago?
Kendall se rio.
—Soltarte y disfrutar. Total, solo estarás aquí un año. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
En ese momento pensé que lo peor que podía pasar era una noche incómoda.
Nueve meses después supe que estaba muy equivocada.