Capítulo 8
Capítulo Ocho
Una de las chicas de Jem había dejado entrar a Carly. No era la primera vez que aparecía por allí. Normalmente, golpeaba la puerta un rato, pero al cabo de un tiempo se rendía y se iba. Hoy había seguido golpeando, y no estaban seguros de que pudiera oírlos cuando le decían que se largara.
Una vez dentro no causó problemas. Cuando Jem entró, ni siquiera se dio cuenta de que ella estaba sentada en la barra bebiendo jugo de naranja. Solo cuando se quitó la sudadera con capucha y, sin previo aviso, se dirigió hacia el escenario, levantó la vista y la reconoció.
Había oído que seguía regresando. Al principio, eso lo preocupó, pero su contacto en la comisaría le había dado el visto bueno: la chica no recordaba nada. Sospechaba que no estaba del todo bien de la cabeza. ¿Quizá no se daba cuenta de que ya no vivía allí?
La habían llevado con los ojos vendados cuando los chicos la trajeron antes de abandonarla.
También la habían amordazado, hasta que él les dijo a los idiotas que no hacía falta, porque la pobre desgraciada no podía hablar.
Al mirarla ahora, no veía rastro de la chica muda y trastornada que había visto la noche en que la tomó.
Se aflojó el cinturón que sujetaba su vestido y lo dejó caer al suelo.
Se preguntó qué demonios estaba haciendo. Entonces lo comprendió: quería bailar, y siempre había tenido debilidad por las bailarinas.
Semidesnuda, se subió con cuidado a una de las barras.
Mientras Jem observaba, una cálida sensación de satisfacción le invadió; esa sensación que siempre le embargaba cuando tenía el control. Todo estaba saliendo mejor de lo que había imaginado. Habérsela llevado había obligado a su terco padre a ceder y venderle ese lugar, y ahora ahí estaba ella.
Esa criatura gloriosa había llegado a él, y no podía permitirse perderla.
Podía hacerle ganar dinero. Mucho dinero.
Había estado rodeado de mujeres hermosas durante la mayor parte de su vida adulta, y de una forma u otra siempre había pagado por ese privilegio, pero nunca había visto nada como ella.
Lo estaba atrapando. Hechizado, ansiaba enredarse en esos cabellos cobrizos; tocar su piel lechosa y suave.
Ella deslizaba su cuerpo sinuoso de un lado a otro; sus movimientos eran fluidos y sin esfuerzo al ritmo del chirriante sistema de sonido.
Era hipnótico, como si con cada ondulación de su cuerpo en movimiento prometiera algún secreto primitivo.
Por el rabillo del ojo pudo ver a las otras chicas con los brazos cruzados, balanceándose sobre sus tacones de aguja.
Sus ojos también estaban fijos en la extraña chica pálida, que alzaba su torso delgado, enroscaba las piernas alrededor del tubo y se inclinaba hacia atrás, de modo que su cabello barría el suelo.
Jem sabía que los hombres volverían una y otra vez para ver a una mujer que los hiciera sentir así; una mujer que los ayudara a perderse y a olvidar el trabajo de mierda y la hipoteca.
Se había enfadado con sus chicos por no hacer bien su trabajo y dejar cabos sueltos que podrían incriminarlo en la desaparición de la chica.
Pero ahora agradecía su ineptitud; agradecía que ella no hubiera muerto.
Tenía clarísimo por qué estaba allí. Carly Taylor estaba destinada a ser suya. Había sobrevivido por una razón.