Sororidad de silencio (Crímenes de Cornualles 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Capítulo Dos

Carly no había vuelto a casa.

—Se suponía que iba a ayudarme con este concurso esta noche —se quejó John Taylor, y mezcló un montón de posavasos pegajosos antes de esparcirlos sobre las mesas recién ordenadas.

—Se llevó sus pinturas a la playa esta tarde. Ya sabes cómo es; se entusiasma y se le va el tiempo —respondió su esposa Alice, y se estiró para limpiar los dispensadores con un paño húmedo.

—Tú quédate en la barra, amor; yo iré a buscarla —dijo John.

—No va a querer que la traigas a casa como si fuera una niña; tiene dieciocho, no diez. Mira, te ayudo a preparar todo; no tardará —lo tranquilizó ella, pero cuando el crepúsculo empezó a teñir el horizonte, cedió y lo dejó ir.

La clientela de la noche era animada; el espíritu competitivo estaba en alto, pero Alice, distraída y vacilante en su manera de hablar, tuvo que repetir varias preguntas mientras sus ojos saltaban entre el reloj y la puerta.

Ya había pasado la mitad del concurso, a punto de comenzar la sección de literatura, cuando John regresó al bar; solo.

—Última pregunta —dijo Alice, con el micrófono suspendido mientras escudriñaba su rostro en busca de una explicación.

—Pero faltan cinco más —protestó una voz desde el fondo.

—¿Estás sordo o qué? Ha dicho última pregunta —ladró John por encima de las cabezas de los concursantes, agrupados en equipos de cuatro, con los bolígrafos en alto como si fueran misiles.

El lugar quedó en silencio.

Alice, apretando con más fuerza el micrófono, intentó controlar el temblor en su voz mientras la preocupación ascendía hasta convertirse en pavor. Apenas podía leer las palabras en la hoja que había impreso de internet esa misma mañana.

—¿Quién escribió: «Es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca»?

La cita se le atascó en la garganta como una advertencia.

John le puso una mano firme en el hombro.—Encontré esto en la playa —susurró, metió la mano en el bolsillo trasero y desplegó una hoja arrugada de papel—. Estaba revoloteando junto al muro del muelle, donde ella suele sentarse.

Alice bajó la vista al dibujo en su mano: dos gaviotas tridáctilas, con las alas de puntas negras inclinadas mientras surfeaban térmicas invisibles.

Uno de los temas favoritos de Carly. Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras John se giraba y tiraba de la cuerda de la campana del barco, justo encima del bar. —Hora de marcharse, señores.

—Pero si apenas son las diez —protestó Harry Dyer, uno de los habituales, mientras John lo empujaba junto con los demás rezagados hacia la acera y cerraba la puerta con cerrojo tras ellos.

—¿No crees que se ha caído del muelle o de las rocas y no ha podido pedir ayuda? ¿Se habrá golpeado la cabeza y llevado la marea? —preguntó Alice, mientras jugaba con el San Cristóbal que colgaba de su cuello.

—No lo sé, cariño, pero voy a llamar a la policía ahora mismo.

Alice se quedó a su lado mientras él hacía la llamada.—Asegúrate de contarles lo del problema de nuestra Carly, si no, no moverán un dedo hasta que hayan pasado veinticuatro horas.

A John se le oprimió el pecho al intentar no imaginar todas las cosas que podían pasarle a una chica como Carly en veinticuatro horas. Le tembló la mano al pasarle el teléfono a Alice.

—No puedo... hazlo tú, amor.

Él podía oírla hablar con la mujer al otro lado de la línea, pero no lograba concentrarse en las palabras.

Su mente estaba en otro sitio. Recordaba el día en que Carly nació, cómo había besado su mejilla aterciopelada y supo que nunca volvería a ser el mismo.

Cómo con el paso de los meses se hizo evidente que su hija era diferente de otros niños pequeños. Carly no hablaba; ni una palabra.

—Tu hija es una muda electiva —dijo el especialista—, ha elegido no hablar; ni con nosotros, ni contigo; con nadie. Puede que con el tiempo cambie; algunos ME deciden comunicarse con una o dos personas, pero a menudo nunca llegan a hablar.

La tristeza era paralizante y durante un tiempo él y Alice también perdieron la voz; una especie de orden de silencio autoimpuesta, como si no hablar de la discapacidad de Carly significara que no era real.

Hasta que finalmente una mañana despertó; la verdad lo azotó como un látigo y le inflingió un dolor tan intenso que casi lo destruyó. Luchó contra el duelo por el bien de Alice, y con el tiempo, empezó a creer en el enfoque positivo que inventaba para ella.

—Mira, no es ningún secreto que la gente puede ser una mierda ignorante con las discapacidades, pero al menos aquí, en Penzance, todos serán amables con ella por nosotros, y nunca tendrá que irse; estará segura aquí —había prometido, y tenía razón.

El pueblo aceptó a Carly, y los turistas lo bastante tontos como para comentar el silencio de su hija de cabello dorado se encontraban vetados en el pub.

John convirtió en su misión de vida mantener a salvo a su única hija, y había funcionado hasta ahora.

Ahora, en plena adolescencia, Carly era una belleza, y John sabía que era solo cuestión de tiempo antes de que todos los chicos llenos de granos de los alrededores empezaran a rondarla. Podía haber lidiado con eso, pero no con esto; esto era un robo. La habían tomado justo delante de sus narices.

La policía llegó en menos de una hora.

—Le he dicho una y otra vez que se lleve el móvil, para que pueda mandar mensajes, pero como siempre está ahí en su tocador —dijo Alice a la joven agente que registraba la habitación de Carly.

—No se preocupe, señora Taylor, seguro que está bien. A todos nos ha pasado; quedamos con amigos y se nos va el tiempo. ¿Sabe la contraseña de su teléfono o de su portátil?

—No... no, no la sé —respondió Alice, y recordó todas esas series policiales en la tele donde descubren la vida secreta de algún fugitivo por su historial en internet.

—¿No creerá que ha estado hablando con alguien por internet? Parece mucho más joven de lo que es. ¿No pensará que ha sido víctima de algún...? —Alice no pudo soportar decir la palabra.

—Por favor, intente no preocuparse. Ahora mismo no podemos asumir nada. Solo es útil revisar sus contactos. ¿Podría echar un vistazo para asegurarse de que no haya hecho la maleta?

Alice se dio la vuelta y abrió la puerta del armario. Todo estaba tal y como lo había dejado el día anterior, cuando colgó la ropa planchada de Carly.

—Está todo; no falta nada —dijo aliviada antes de preguntarse si eso era algo bueno o no. Si había hecho la maleta, significaba que lo había planeado; si no, ¿podía significar algo mucho peor? Empezó a sollozar.

—¿Por qué no baja y se sientas con tu marido? Tómese una taza de té. Yo puedo encargarme aquí.

Alice hizo lo que ella le sugirió. Se sentó con John, tomó té y escuchó el giro de una llave en la cerradura que nunca llegó.