Sonríe, es Dios Capítulo 10 Dos balas, un casquillo #3
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Capítulo 10 Dos balas, un casquillo #3

—Dumitru. Soy Arben. El policía, Pedro ha cantado. Van a por nosotros. Huye si estás aún a tiempo. Que no te cacen lo saben todo.

Colgó y se adentró en el templo caminando despacio mezclado entre turistas.

Dumitru estaba en una terraza plácidamente comiendo un bocadillo de panceta y un vaso de vino.

Escuchó atento lo que decía el capo albanés. Se le cambió el rostro, pasó de la felicidad al temor en cuestión de segundos.

Se levantó sin pagar confundiéndose entre el gentío. Se marchó todo lo rápido que pudo. Confundido y mirando atrás.

Vestía un look que no pasaba desapercibido, vestía un traje oscuro con rayas diplomáticas en un color más claro y un poblado bigote canoso resaltando su tez oscura lo hacían inconfundible.

Caminaba tenso. Temeroso y desconfiado.

Dos agentes lo seguían a distancia sin perderlo de vista con la orden de detenerlo. Esperaban el momento.

Bajo los soportales de plaza de España, se detuvo frente a un escaparate. Miró a través del reflejo del cristal y los vio. Estaban cerca de él. Demasiado para su gusto.

No lo pensó, sin darse la vuelta corrió desesperado. Los policías emprendieron un auténtico esprint detrás suyo.

Corrían por las calles esquivando a peatones, coches. Todo se mezclaba en la cabeza de Radu, este apretó su carrera al límite.

Vio un autobús parado con las puertas abiertas. Ese fue el objetivo que se fijó e hizo un último esfuerzo. Subió. Las puertas se cerraron. Estaba a salvo.

El vehículo arrancó e inició la marcha.

Uno de los agentes se detuvo porque estaba exhausto, sin aire. El otro siguió corriendo, tuvo fe en llegar al autobús.

El conductor miró por el espejo retrovisor.

Entendió la situación, eran muchos años al volante y había visto de todo.

Frenó. Abrió la puerta e indicó sin mirar con el pulgar la parte trasera.

El policía subió.

Dumitru, agarrado a la barra, respiraba agitado, apenas con fuerzas para sostenerse.

Se creía a salvo.

El autobús no avanzaba y seguía detenido. Radu se giró con precaución y buscó al conductor con la mirada.

Pero lo vio era un agente con pistola en mano. Lo encañonó ante la atenta mirada de los pasajeros.

—Dumitru, está usted detenido…

Basílica del Pilar, Zaragoza

Martí, llevaba menos de una hora allí.

En la penumbra de la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, permanecía arrodillado, cabizbajo, oraba y pedía intermediación ante la virgen por el padre Miguel.

El cura se había quitado la vida un día antes, incapaz de soportar la culpa, el silencio y la pérdida de fe en sí mismo.

—Virgen María… intercede por Miguel. Recíbelo. Él dedicó su vida a levantar a otros y terminó hundido solo. No lo juzgues como nosotros juzgamos. Dale descanso en paz entre los justos.

La basílica estaba concurrida de turistas y a la vez tranquila.

Entonces, una silueta siniestra se detuvo cerca de él, distrayendo su mirada por un instante.

Era un hombre que vestía en chándal, su aspecto era tenebroso, la rara forma de su cabeza no era un detalle menor, infundía temor mirarlo. Era un extranjero más dentro del templo.

Miraba a todos lados asustado, como alguien buscando refugio más que una visita espiritual a la virgen.

El hombre en silencio, se sentó en el banco, separado unos metros de Martí.

Podía oírse su respiración agitada, esta perduró unos segundos.

Martí trató de evitar su presencia y prosiguió rezando. Pero ya no era lo mismo, no podía conectarse, la cara de su hermano aparecía en su mente con reiteración.

Aquella cara…ese extraño le pareció familiar.

Tenía la certeza de haberla visto antes. "Recuerda, Martí, piensa", se dijo. Trató de recordar sin conseguirlo.

Echó de nuevo una mirada de reojo a aquel sujeto.

Permanecía sentado, sudando a borbotones a pesar del aire fresco que corría por el interior de la iglesia. Se frotaba la palma de la mano continuamente por la cara, estaba nervioso. Con el antebrazo se quitaba el sudor incesantemente.

Martí creyó reconocerlo, tuvo pocas dudas, era él, pero esta vez mostró templanza. Trató de ignorar su presencia y simular que seguía con sus rezos.

Sacó el móvil del bolsillo, lo puso en silencio y envió un mensaje a Jimeno. Le pidió un favor: ver nuevamente la foto de sospechoso del asesinato de su hermano.

Guardó el teléfono y trató de serenarse.

Contuvo la rabia, no estaba seguro y podía ser una sospecha infundada en la casa de Dios.

La curiosidad le pudo, giró levemente la cabeza.

Allí seguía, con rostro serio y empapado en sudor. Esta vez se dio cuenta de que le habían echado una mirada fugaz.

Se miraron unos segundos y los dos a la vez se enviaron una leve sonrisa de complicidad. Uno por miedo y otro por inseguridad.

La pantalla del teléfono de Martí parpadeó iluminándose.

Este agachó la cabeza y abrió un mensaje adjunto. Abrió este y allí estaba la fotografía. Era él.

El asesino de su hermano.

Y ahora estaba allí. Dentro de la misma iglesia sentado a su lado.

Reenvió la foto con un mensaje de vuelta a Jimeno. — "Aquí está"—, y a continuación envió la ubicación.

Martí sintió en cuestión de segundos una cascada de pensamientos e imágenes entrecruzadas, no sabía qué hacer.

Primero sintió rabia pura y venganza. Pero después fue consciente del peso del lugar. Estaban en el Pilar.

Frente a este tipo de situaciones llevaba años intentando sostener su fe. Acababa de pedir misericordia para un suicida que faltó a la confianza que requería su cargo con consecuencias fatales… y ahora tenía delante al hombre que más odiaba en el mundo.

El fugitivo levantó la vista apenas un instante y oteó a ambos lados, se vio seguro en aquel refugio improvisado.

—¿Es usted católico? —rompió el silencio Martí.

El hombre lo miró sorprendido.

—No, soy albanés musulmán.

Martí se giró y con una sonrisa trató de conversar.

—Esta es la casa de Dios y Él nos acoge a todos indistintamente, sean o no creyentes. En el cristianismo, cualquiera puede entrar en una iglesia: incluso los ateos.

El hombre, sonreía escuchando aquellas palabras ignorantes del significado real para un no creyente.

—Llevo viviendo muchos meses en esta ciudad y es la primera vez que visito esta iglesia —dijo Arben.

El albanés no bajaba la guardia y parecía estar vigilante en todo momento. Respiraba tensión.

—Yo soy un hombre de fe, vengo y rezo por los demás. A mi lado puedes estar seguro.

El albanés se acercó a Martí y bajó la voz.

—No vine a buscar problemas ni convertirme en cristiano —murmuró en un español correcto—. Solo… descansar y esperar un rato.

Martí miró en dirección a la virgen del Pilar.

—Bienvenido entonces, los caminos del señor son inescrutables.

El hombre sonrió.

Al final del pasillo, caminaba de forma distraída Jimeno simulando ser un turista más, este pudo divisar desde la distancia la presencia de los dos conversando.

El «Metralla» no alcanzó a verlo, estaba con la guardia baja, se relajó mientras conversaba con Martí.

—La iglesia siempre es un refugio para todos: acoge al pecador, pero no protege el pecado.

Este lo miró con extrañeza. Vió en Martí un hombre osado.