Sonríe, es Dios Capítulo 10 Dos balas, un casquillo #4
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Capítulo 10 Dos balas, un casquillo #4

—Jesús mismo convivió con pecadores, criminales y marginados de su tiempo. Acabó crucificado entre dos criminales en el fin de sus días. Pero eso no significa que la Iglesia apruebe esconderse para escapar de las consecuencias de los actos.

El hombre cambió el semblante con aquel comentario.

—¿Qué mal aspecto tengo para juzgarme como un criminal? ¿Aparento ser un delincuente?

Martí veía los movimientos policiales dentro de la basílica, agentes de paisano. En cambio el albanés se centró en la conversación, estaba sorprendido con Martí.

—Sí, veo en ti un culpable de crímenes atroces, por entrar en un sitio sagrado, sea una iglesia o mezquita, uno no se convierte automáticamente en una persona inocente a los ojos de Dios o Alá. No borra la responsabilidad civil o penal.

Clavó su mirada desafiante sobre Martí.

—Aquí se busca cumplir con el lado espiritual: el arrepentimiento si es auténtico implica asumir la verdad y sus consecuencias.

Arben miró a Martí con esa mirada fría y penetrante. Comenzó a hartarse del atrevimiento de Martí.

—¿Tú sabes quién soy? —dijo Martí finalmente.

Este negó con un giro de cabeza. Era la primera vez que lo veía.

—Pero yo sí sé quién eres tú. Te conozco y viniste a mí.

Ahora Martí con valentía fijó su mirada en él y no se la retiró.

El albanés entendió algo en aquella mirada.

Retrocedió a un lado en el banco. No respondió con violencia. Solo con cansancio.

—Esa mirada tuya… la reconozco, me recuerda a una persona que no está entre los vivos.

Comenzó a sudar y ahora su semblante se volvió temeroso. Se puso nervioso, desapareció la imagen de hombre cruel y autoritario.

—¿Quién eres? ¿De qué me conoces?

Martí se vio protegido. Había regalado el tiempo necesario para un seguro despliegue policial.

Ahora, sin miedo, quiso dar visibilidad a Octavio, pero de un modo distinto. Siendo él mismo.

—Soy un humilde siervo del Señor, sigo sus directrices. Él es quién me guía.

Se tomó un leve respiro antes de continuar.

—Esta mañana, Él dispuso en sus planes que mi lugar estaba aquí, en este mismo sitio: su casa.

Se armó de valor.

—Soy el cebo… el cordero que se ha de sacrificar esperando al lobo antes de caer en la trampa.

Arben, no daba crédito a la osadía de aquel desconocido. Este parecía conocerlo. No entendía nada de lo que estaba sucediendo y escuchando de aquel extraño. Pero a la vez veía en él detalles de un muerto.

Tenía temor a lo desconocido.

—¿El lobo?... ¿Crees que soy yo?

Martí le sujetó el brazo y lo obligó a sostenerle la mirada.

—Sí, el lobo. Tú eres el lobo… y Dios te ha traído aquí, hasta su casa —sin miedo lo miró—. Aquí tienes al cordero, el cebo para darte caza. No soy quien crees… aunque su espíritu está dentro de mí. Es él quien te ha traído aquí junto a mí.

A escasos metros, Jimeno observaba la escena en pie, en silencio, en espera.

Detrás de él, el dispositivo policial se iba cerrando, varios agentes se desplegaron con sigilo a escasos metros de ellos.

—Mi hermano era un pobre desgraciado al que la vida le dio la espalda… y tú lo conociste, lo mataste por la espalda con dos tiros. No tuviste misericordia de él. Asesinado a quemarropa. Tenía un nombre: Octavio.

El asesino palideció al escuchar el nombre, miró a Martí y bajó la cabeza sin dar crédito a lo que sucedía en la basílica. No comprendía nada, era irreal.

Entendió aquella escena como un castigo divino. No había otra explicación.

Por primera vez, no parecía un monstruo ni un vencedor, sino un hombre derrotado. Sintió el peso de sus crímenes caer sobre él como una losa. No supo qué decir ni qué hacer.

Alzó la vista hacia la Virgen del Pilar. La contempló en silencio.

Luego cerró los ojos y, abatido, separó las manos con las palmas hacia arriba, hizo lo único que podía hacer en un lugar y momento como ese: rezó una sura del Corán.

Luego, abrió los ojos y se dejó caer en el asiento del banco apoyado en el respaldo.

Jimeno se acercó rápido a él, se identificó como policía y lo detuvo.

No hubo resistencia ni pronunció una sola palabra.

Su rostro reflejó desconcierto y resignación, entonces buscó a Martí con la mirada.

—Agente… por favor, me permite un momento.

Jimeno dudó, pero accedió.

—El cebo… el lobo… Tú aquí esperándome. Esto no estaba preparado en ningún guión salvo en el de Alá. No es cosa de hombres.

Se miraron un breve instante.

—No lo conozco, pero lo siento por su hermano, no significó nada para mí. No fue personal, soy un criminal. Entendí su mensaje, pido a Alá misericordia.

Martí no le retiró la mirada en ningún momento, buscaba cierta humanidad ante sí.

—Sé lo que tengo que hacer. Cumpliré mi penitencia siendo el responsable de todos y cada uno de mis actos. Maté a su hermano y pagaré por ello ante la ley.

Martí negó.

—No fue mi mensaje. Ni siquiera vino del más allá por obra de mi hermano Octavio. Nadie en este mundo es capaz de trazar un plan así… y verlo cumplir. No es cosa de hombres. En eso tienes razón.

El albanés lo miró, confundido, intentaba asimilar lo que decía Martí. No alcanzaba a comprender lo sucedido, mientras esposado era conducido por Jimeno fuera de la Basílica.

Martí sostuvo su mirada, pero esta vez en paz consigo.

Gritó en mitad del templo a viva voz:

—¡Arben!

El albanés se giró y miró a Martí.

—Sonríe, es Dios.

Fin