Sonríe, es Dios Capítulo 10 Dos balas, un casquillo #2
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Capítulo 10 Dos balas, un casquillo #2

Arben cogió la botella de vodka del suelo y dio un último trago antes de contestar.

—¿Qué quiere ese idiota de mí?

Tomó el teléfono.

—¿Qué pasa?

La voz al otro lado sonaba tensa.

—Jefe… ha salido algo. Están analizando el arma del homicidio. Dicen que hay una huella parcial distinta a la de Ibrahim.

Arben escuchaba en silencio.

El tono del agente temblaba. Arben podía oler el miedo entre líneas.

—Van a identificarla. Y… lo van a implicar a usted. El principal sospechoso es Arben, alias el «Metralla». Van a ir a por usted.

Arben estalló.

—¡Hijo de puta! Me has vendido a la pasma… estás muerto.

Se incorporó de golpe. Furioso.

—¿Me tomas por imbécil? ¿Crees que voy a confesar un crimen por teléfono?

Al otro lado, hubo nervios. Pedro se acojonó literalmente, sabía cómo las gastaba Arben.

—Arben, lo siento… no ha sido cosa mía. Me han obligado. Lo saben todo. Van a por ti. Perdóname…

La llamada quedó suspendida en el aire.

Y, en ese instante… todo empezó a precipitarse.

Toulouse, Francia

La orden se esperaba desde la Direction nationale de la police judiciaire. Todo estaba listo.

La brI, la Unidad de intervención, aguardaba en furgonetas camufladas. Preparada para intervenir. En las inmediaciones, agentes de la Policía Judicial, de paisano, vigilaban todo lo que se movía. Listos para intervenir en cuanto el objetivo estuviera asegurado.

El commissaire divisionnaire, junto al fiscal, mantenía comunicación directa con el prefecto. El caso había generado un interés inusual. Era una oportunidad.

La orden llegó.

De forma simultánea, actuaron en Francia y España.

Al mismo tiempo. En distintos puntos de Toulouse se activaron los operativos: entradas en domicilios, registros, detenciones coordinadas.

El cerco se cerró, sobre todo, sobre la red corsa. Pietro se resistió. Abrió fuego. Los agentes respondieron a la agresión y fue reducido. Herido y detenido.

La brI irrumpió en la pizzería. No hubo violencia, todo quedó controlado. Una actuación precisa. Todo ocurrió en segundos. Sin margen de reacción.

Uno a uno, los presentes fueron reducidos. Todos. Salvo Francesco. Este intentó huir por la puerta trasera. Corrió desesperado apenas unos metros. No llegó lejos, fue interceptado. Derribado y esposado.

Desde el suelo, insultaba a los agentes en español.

Los registros confirmaron todo: cocaína, lingotes de oro, joyas sin fundir. Y, oculto en el interior del local… un pequeño taller de fundición. La pieza clave. Había caído.

Comisaría de Policía, Zaragoza

Jimeno observaba concienzudamente las fotografías de la escena del crimen de Octavio. No se dio por vencido, tenía que vincular el arma homicida con el «Metralla».

Y, de pronto, la imagen del padre Miguel se le vino a la mente incesantemente, no podía quitarla de su cabeza.

El fluorescente emitió un chasquido metálico. Parpadeó unos instantes. Jimeno se tensó por un instante; se puso en lo peor. Pero no se apagó. Solo fue un sobresalto.

Jimeno reflexionó en voz alta: "En el lugar no había aparecido ninguna prueba concluyente." Revisó la calzada, la acera, el cuerpo… todo. Nada. Ningún hilo del que tirar.

Volvió a las fotos. Cogió una panorámica general, se veía el cadáver de Octavio y parte del tramo de la vía. Y entonces lo vio. Un detalle… Un imbornal situado entre la acera y la calzada.

Se encontraba cerca del cuerpo.

Jimeno imaginó a Octavio de pie dando la espalda al asesino, alineado con el ángulo de tiro. Se quedó mirándolo fijamente unos segundos.

—Vale la pena intentarlo…¿Por qué no?

Jimeno, ahora creía en todo. Se levantó.

Salió apresurado de la comisaría en busca de su milagro.

No tardó mucho en llegar al lugar, se encontraba junto a un compañero en la escena del crimen.

Señaló el punto exacto.

—Allí, en el acceso del imbornal, es posible que al disparar una de las dos vainas pudiera haberse introducido dentro. Que esté en el sistema de alcantarillado.

El compañero lo miraba con cara de incredulidad.

—¿De verdad crees que después de semanas va a quedar un casquillo ahí? —dijo el agente—. Sería un milagro. Lo normal es que recogieran todos.

Jimeno no apartaba la mirada del imbornal.

—Sí… quizá tengas razón. Sería un milagro, pero me aferro a él. Es la única posibilidad que tenemos salvo que confiese el crimen… y no se dará.

El policía fue al vehículo y sacó la "pata de cabra".

Hicieron palanca con el imbornal. La tapa cedió. La retiraron, miraron dentro y solo había oscuridad.

Jimeno alumbró con la linterna del teléfono móvil.

Allí abajo, sólo había barro de las últimas lluvias. Una posibilidad remota. Y, aun así…

—Jimeno, lo has intentado, mira… solo un lodazal infecto. Milagros no existen.

A Jimeno le vino la imagen de Miguel nuevamente y eso solo significaba una cosa: fe.

Se agachó de nuevo, miró atento a todo por última vez antes de cerrar el imbornal, escudriñó todo lo que su vista alcanzó a ver.

No dio crédito. Vio la forma de la base de la vaina incrustada en el fango. La extrajo con meticulosidad. Era un casquillo.

Se quedó inmóvil. Incrédulo. Lloró emocionado: se lo debía a Octavio, a Martí y al padre Miguel.

—Ahí está… tuve fe. Ahora es una evidencia, pero será nuestra prueba.

Avisó de inmediato a la Policía Judicial para consignarla como prueba: fotografías, recogida, cadena de custodia, laboratorio. Todo según el protocolo.

Jimeno pidió prioridad máxima a la Científica.

Tenía el arma. Tenía el móvil. Y ahora… posiblemente la huella dactilar del autor en el casquillo.

El compañero lo abrazó con fuerza.

—Eres grande, Jimeno. Creíste en los milagros y se dieron.

Sonrió y le agradeció el apoyo.

—Últimamente creo en todo. En fantasmas, en milagros… y hasta en Dios.

Barrio de Arrabal, Zaragoza

El Metralla no perdió tiempo.

Supo de seguida que estaba siendo vigilado. Agarró un chándal y unas zapatillas. Se vistió con rapidez. Llamó a los muchachos y los previno de la encerró a qué se venía encima.

—Encapuchados. Salimos a la calle y nos dispersamos —ordenó—. Cada uno por su lado. Hay que generar confusión y aprovechar para huir.

El cerco se estrechaba. Ya había comenzado.

El tiempo jugaba en su contra.

Los albaneses bajaron por las escaleras, corriendo.

Él tomó el ascensor. Fue directo al parking. Allí lo esperaba la moto.

Se colocó el casco.

Arrancó. Dio un golpe de gas. Otro. Aceleró con la tensión contenida.

La puerta del garaje comenzó a abrirse. Al otro lado, vio movimiento. Policías esperando. Sin dudarlo, salió a toda velocidad del parking.

Ejecutó una maniobra brusca. Sin miramientos, no podía caer. Rozó el flanco de los agentes. Y escapó.

Circulaba a gran velocidad en dirección al Puente de Piedra. Tenía que cruzar el río Ebro y entrar al otro lado de la ciudad.

El motor rugía. Arben huía desesperado. Conducía con temerario desprecio a la vida.

La operación a pesar de todo prosiguió…

Detrás, en el portal del inmueble, los GEO irrumpieron en cuanto vieron salir a los albaneses. Redujeron al resto de sus miembros. Sin resistencia a pesar de que iban todos armados.

La banda caía. Pero el jefe… seguía en fuga.

Basílica del Pilar, Zaragoza

En el interior de la basílica de Nuestra Señora del Pilar, Martí buscaba recogimiento. Permanecía en silencio rezando por el alma del padre Miguel. Su amigo y mentor durante años.

Se apartó del flujo de visitantes, del constante ir y venir alrededor de la Santa Capilla. Buscó algo de recogimiento en una capilla lateral. Discreta, menos transitada.

Allí, la luz era tenue. El murmullo de los visitantes se apagaba.

Se sentó en un banco apartado. Lejos del eje central. Martí había aprendido a ignorarlo todo, a aislarse mientras meditaba orando.

Zaragoza

La moto zigzagueaba entre el tráfico en una trepidante persecución. Detrás, varios vehículos patrulla lo seguían a distancia sin aminorar.

La persecución mantenía en vilo a toda la comisaría que escuchaban a través de la emisora.

Soldevilla estaba fuera de sí.

Golpeaba la mesa. No daba crédito.

—Inspector, cálmese —dijo uno de los mandos llegados desde Madrid—. Lo necesitamos ahora más concentrado que nunca. Ya está hecho, no hay remedio. Mantenga la cabeza fría.

Soldevilla respiró más tranquilo y preguntó.

—¿Los pisos? ¿Las naves?

Uno de los responsables seguía en línea directa el desarrollo de la operación.

—Todo según lo previsto inspector. Están cayendo todos. Pisos, garajes, naves… La operación hasta el momento va camino de ser un éxito. Arben también caerá. Está cercado.

El inspector negó con la cabeza.

—Siempre es lo mismo. Trepas, oportunistas, gente que aparece al final de las operaciones para colgarse medallas. Pero esto… es demasiado.

Apretó los dientes.

—Avisar al capo antes de su detención… nunca lo había visto en mi carrera profesional.

Uno de los presentes miró hacia la puerta.

—Cuidado, inspector. Son palabras graves.

Soldevilla dio un paso al frente.

—Lo dejamos aquí. Ahora toca trabajar.

Enseguida tuvo novedades del desarrollo de la operación en Francia. Progresaba según lo esperado y era hora de activar la otra vertiente de la operación. Ordenó la detención inmediata de Dumitru y su clan.

Mientras tanto, la persecución de Arben seguía por las calles de la ciudad. Este alcanzó el Puente de Piedra, cruzó el río Ebro a toda velocidad.

La basílica se alzaba frente a él.

Subió circulando por la calle ubicada en la parte trasera del templo.

Las patrullas redujeron la marcha, había demasiada gente. Demasiado tráfico. Era un peligro.

Arben escuchaba las sirenas a lo lejos. Tenía cierta ventaja que le proporcionaba el desplazarse en moto.

Decidió arriesgar todo a una carta.

Subió la moto a la acera. La abandonó bien estacionada sobre la misma.

Y echó a correr en dirección al centro de la ciudad.

Se internó en las calles aledañas y apareció en la plaza del Pilar. Esta se encontraba llena de gente, turistas que deambulaban de un sitio a otro.

Miró al frente y admiró la majestuosidad de la Basílica, pensó que no había mejor escondite.

Sacó el móvil y realizó una última llamada.