Capítulo 10 Dos balas, un casquillo
Zaragoza
En la tarde del jueves, Martí y Claudia llegaron a Zaragoza.
Pasearon sin prisa por el centro, entre terrazas llenas y el constante trasiego de gente y vehículos.
Por primera vez en su vida, Martí pasó de largo frente a la basílica del Pilar sin sentir la necesidad de entrar.
—Por fin te tengo para mí sola —dijo Claudia, rodeando con el brazo la cintura—. Voy a ser egoísta: estaba celosa de tus policías, de tus fantasmas… y hasta de la Iglesia.
Martí sonrió, con la mirada cansada.
—Lo siento. Te he dejado en un segundo plano demasiado tiempo. Pero te quiero… y nunca antes se lo había dicho a nadie. Ni siquiera sé decirlo bien.
Ella lo besó en mitad de la calle, sin importar las miradas.
Había en él algo frágil. Y, al mismo tiempo, firme.
Más tarde, ya en el hotel, se acomodaron en el vestíbulo.
Hablaron del futuro juntos. Sin reservas. Querían empezar de nuevo y aprovechar el tiempo perdido. Sabían que no había margen de error y la sinceridad entre los dos fue el pilar desde su inicio.
Lejos del ruido de la gran ciudad. De las cargas impuestas por el trabajo. Torrefarrera sería su hogar, allí decidieron tener un nuevo inicio en sus vidas, reinventarse.
—Hace unos días no nos conocíamos —dijo Claudia—. Pero cuando te vi otra vez en la playa supe que no era casualidad. Era mi destino...
Lo miró con descaro.
—Soy psicóloga. Tengo las cosas claras. Y además… me prometí no volver a enamorarme —su divorcio aún dolía.
Martí dejó escapar una risa suave.
—Pues te ha tocado un caso curioso. Un hombre célibe y virgen. Soy todo tuyo. Analízalo.
Claudia negó, divertida.
—Lo nuestro es una locura —dijo él—. Pero me encanta. Nunca pensé que mi vida cambiaría así… y menos por alguien a quien no conocía absolutamente de nada.
Ella entrelazó sus dedos con los suyos.
—Como sigas así de romántico, no salimos de la habitación en toda la noche. Mira que juré no volver a caer en la tentación de juntarme con otro hombre.
Se detuvo un instante.
—Y por cierto, tenemos una cena con Jimeno.
Martí asintió.
Sacó el teléfono para llamarlo.
Entonces se quedó quieto. Tenía registradas varias llamadas perdidas del padre Miguel. Todas de esa mañana.
Frunció el ceño. Era extraño tanta insistencia, algo no debía ir bien.
Abrió el buzón de voz. Oyó el pitido, seguido de un silencio. Y después, la voz del sacerdote.
—«Hola, Martí… voy camino de un lugar incierto. Ya no puedo seguir viviendo con esta culpa. Dos vidas quedaron marcadas por una decisión mía. Fui desleal a Dios, a Octavio… y a Joel. Creí ayudar informando a tus padres y solo sembré dolor. Hubo consecuencias irreparables. Perdóname».
El mensaje terminó.
Martí se quedó pálido. Sin palabras.
Le pasó el teléfono a Claudia. Ella escuchó en silencio. Al terminar, levantó la mirada.
Lo entendió todo.
Había sido él quien confirmó las sospechas a los padres de Octavio. Sin desearlo, encendió la mecha que destruiría la vida de los dos jóvenes.
Martí apretó los dientes. Sintió rabia. Dolor. Pero no odio ni siquiera rencor con el cura.
Solo una certeza: había perdido a dos hermanos.
Claudia lo abrazó con fuerza.
—No cargues tú con esto —susurró—. No es tu culpa.
Pero Martí apenas la escuchaba.
En ese instante lo comprendió. El peso de toda aquella historia… no había sido la muerte. Había sido la culpa.
Barrio Arrabal, Zaragoza
La noche había sido un infierno. Pesadillas, insomnio y un calor sofocante en la habitación. Una combinación perfecta para no descansar.
Arben se incorporó.
A su lado, sobre la cama, una prostituta dormía profundamente. Formaba parte al servicio de la organización.
Desnudo, caminó por la habitación. Estaba inquieto. Tenso. Miró la mesita y vio que el vaso estaba vacío. Abrió el armario, se puso un batín y salió.
Cogió una botella de vodka y un paquete de cigarrillos.
Salió al balcón.
Se apoyó en la barandilla pensativo. Tenía un mal presagio que le impidió conciliar el sueño.
El piso estaba en el barrio del Arrabal, cerca del centro. Al otro lado del río.
Desde allí, en aquel pequeño baluarte veía cómo la ciudad dormía bajo las farolas.
Una noche cerrada. Sin estrellas. A lo lejos, el río Ebro discurría tranquilo. Y las cúpulas iluminadas del Pilar lo acaparaban todo con gran majestuosidad. Las observó un instante. Sin mucho interés, era parte del skyline que observaban sus cansados ojos.
Su mirada se perdió en el horizonte. Algo no encajaba. Algo lo inquietaba más de lo debido.
Bebió en silencio. El cansancio marcaba su rostro.
Uno de sus guardaespaldas alertado por la presencia del jefe salió al balcón.
Estaba en alerta.
—¿Está todo bien?
Arben no lo miró. Alzó la mano. Un gesto fue suficiente.
El hombre asintió y volvió al interior de la vivienda.
Arben se quedó solo en el balcón, con una botella de vodka como única compañía. Y con la sensación de que… algo estaba a punto de romperse.
Viernes, fin del operativo en Zaragoza.
Eran las cinco de la mañana y el inspector ya estaba en el despacho. No había dormido nada en toda la noche.
Era algo habitual en la fase final de cualquier operación. Para él, todas acababan igual: tensión, nervios y la amenaza constante del fracaso. Ni siquiera su fe en la planificación lograba apartar del todo ese peso.
No estaba solo en la oficina. Minutos después comenzaron a llegar más agentes.
Primero el comisario. Después Marcelo. Luego el resto de mandos. En menos de media hora, el briefing estaba completo.
—Buenos días, señores —comenzó Soldevilla—. Con su permiso, comisario.
Un gesto bastó.
—Adelante Soldevilla.
Ese fue el momento más difícil para el inspector, la tensión se mascaba en el ambiente y cara era un poema, lo decía todo.
—He fijado tres objetivos principales: la estructura albanesa en sus tres vertientes —continuó—: jefatura, robos y marihuana.
Encendió el proyector.
La pantalla se llenó de rostros, direcciones y esquemas.
—Este es Arben, el "Metralla". Y estos cuatro, su guardia pretoriana. Los más peligrosos. Serán el primer objetivo.
Señaló la imagen.
—Tenemos un equipo vigilando la vivienda en el barrio del Arrabal. Intervendrán los GEO ( operaciones especiales), con cordón de seguridad de la UIP (Unidad de Intervención).Recuerden, el «Metralla» ha matado estas semanas atrás a dos personas. Es peligroso y temerario.
Nadie interrumpió.
—De forma simultánea, se actuarán sobre pisos francos, guarderías y caletas vinculadas a los robos. Detendremos a todos los objetivos vigilados.
El inspector mantuvo la mirada firme a todos.
—Exijo rapidez y autoprotección. Van armados. No les demos ninguna oportunidad ni siquiera si nos ofrecen bombones de licor.
Hubo cierta distensión con el comentario. Quiso romper la tensión de momento.
Continuó.
—Después entraremos en las naves de cultivo de marihuana restantes en los distintos pueblos.
El comisario intervino.
—Estamos ante una operación de gran envergadura, Soldevilla. Más de quince objetivos en esta primera fase. GEO, UIP, Información, Policía Judicial, autoridad judicial… Es un despliegue excepcional sin precedentes en la región y es el primero al cuál asisto en mi carrera.
Miró alrededor.
—Y quiero reconocer el trabajo realizado por todos ustedes. Devuelvan la paz y seguridad a las calles de Zaragoza.
El inspector asintió.
—La segunda fase será la detención de Dumitru y su clan.
El comisario interrumpió a Soldevilla y retomó nuevamente la palabra.
El tono de voz esta vez cambió.
—Ayer vivimos uno de los peores momentos en esta comisaría. —Se hizo un silencio en la sala —. Detuvimos a uno de los nuestros. Un agente integrado en la organización.
Un murmullo recorrió la sala.
—Eso nos deshonra. Pero puede servirnos.
Miró a Soldevilla.
—El topo está dispuesto a colaborar. Podemos utilizarlo para sacar información sobre un crimen: la confesión del homicidio del confidente policial. Se lo debemos a Octavio. Y él puede darnos al culpable en bandeja.
El inspector interrumpió al comisario, negando esa posibilidad.
—No va a funcionar. Es un capo desconfiado, sumamente desconfiado. Detectará cualquier intento de embaucar.
El comisario no cedió.
—He diseñado una trampa. No perdemos nada por intentarlo. La decisión está tomada.
En otro punto de la comisaría, el ambiente era distinto. Más denso. Más íntimo.
Jimeno estaba solo en su despacho.
Acababa de ser informado de la muerte del padre Miguel. Apenas lo conocía. Pero lo vivido… pesaba y mucho en él.
Abrió el expediente de Octavio: fotografías, informes, escena. Nada concluyente. Tenía el arma, pero no podía vincularla con el «Metralla»; la confesión de Ibrahim por sí sola no se sostenía en un juicio.
Miró el reloj. Quedaban minutos para la operación.
Cerró la carpeta. La miró con detenimiento. Bajo esta esperaba otra; ese otro crimen sí lo llevaría a juicio: el caso Tripilla.
La comisaría entera contenía la respiración. Todo estaba a punto de empezar.
Basílica del Pilar
Martí se levantó temprano y, en ayunas, salió del hotel. Caminó hacia el centro con paso sereno. El destino lo tenía claro: la basílica del Pilar.
Tenía un compromiso. Asistir a misa y rezar por el padre Miguel.Era lo único que a esas alturas podía hacer por él.
Al entrar en la Basílica del Pilar, se sintió pequeño. Uno más. Diluido en la inmensidad del templo.
Avanzó en silencio hasta distinguir, al fondo, la pequeña figura de la Virgen del Pilar.
Se sentó en silencio y escuchó la misa. Participó más por el respeto al padre Miguel que por la convicción que tenía en aquellos momentos. Permaneció sentado en el banco, en silencio. Pensativo. Recorriendo por sus pensamientos todo lo vivido en los últimos días.
Barrio de Arrabal, Zaragoza
—Las nueve en punto —dijo el inspector—. Todos los equipos, iniciamos el operativo. Suerte.
En el interior del piso, Arben estaba sentado en el sofá.
Cabeceaba. La televisión estaba encendida. Medio ebrio, esperando que el sueño lo venciera.
Uno de los hombres de seguridad le tocó el brazo.
—Tiene una llamada, jefe. Es el policía, Pedro. Dice que es urgente, quiere hablar con usted.