Sonríe, es Dios Capítulo 9 La iglesia y la mafia. #3
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Capítulo 9 La iglesia y la mafia. #3

El comisario apareció acompañado por dos inspectores de Asuntos Internos. Pedro se incorporó, sobresaltado al reconocer al comisario al pie de la camilla.

—¿Señor comisario?

El jefe sonrió. Una sonrisa medida.

—Pedro, ¿cómo se encuentra? Me han dicho que se había dado por indispuesto. He querido interesarse personalmente por usted.

El agente parpadeó. Descolocado.

—Gracias, señor… no era necesario.

—Al contrario —respondió el comisario, tomando asiento junto a la camilla—. Sé lo doloroso que puede ser un cólico renal.

Pedro intentó recomponerse.

—Sí… la verdad es que…

El comisario lo interrumpió.

—Aunque me temo que ese dolor va a parecer insignificante dentro de unos segundos.

El gesto de Pedro cambió.

La sonrisa desapareció del rostro del comisario.

—Porque usted, es una rata traidora y ha vendido a sus compañeros.

A gente que se juega la vida cada día… y eso, es algo imperdonable.

Le diré una cosa, es la primera vez que me he tomado la libertad de hacer un uso personal de mi cargo.

Quería representar como máximo jefe de la comisaría a todos y cada uno de sus compañeros haciendo personalmente su detención.

Los inspectores de Asuntos Internos se colocaron a ambos lados de la camilla.

Uno de ellos sacó la documentación.

—Pedro, queda usted detenido por su presunta participación en una organización criminal, revelación de secretos, cohecho y colaboración continuada con miembros de la red criminal a la cuál se le atribuyen crímenes de una extrema gravedad.

El agente palideció.

—No… no sé de qué me hablan…

Nadie respondió.

—Tiene derecho a guardar silencio. A no declarar contra sí mismo. A designar abogado…

Las palabras cayeron como un martillo.

Pedro entendió rápidamente su situación. No estaban allí para preguntar. Ya lo sabían todo, trían los deberes hechos y él no se había enterado.

El comisario se levantó.

Lo observó unos segundos.

—¿Sabes cuál ha sido tu error? Pensar que eras más listo que los demás.

Se inclinó levemente.

—Ahora dime… ¿quién te va a proteger en prisión? ¿Tus amigos albaneses?

Pedro bajó la mirada.

Y, por primera vez… el dolor que sintió no venía del riñón.

Monasterio de Montserrat, Barcelona

El padre Miguel ascendía junto a varios feligreses por el "Camí de les Aigües", un sendero que serpenteaba cumbre arriba por la montaña de Montserrat.

La marcha tenía algo de penitencia. Y algo de promesa cumplida.

Avanzaban despacio, venciendo el desnivel de piedra y escalones, mientras la cruz del mirador de Sant Miquel aparecía y desaparecía entre la ligera niebla a lo lejos, parecía un sitio inalcanzable.

Para el Padre Miguel la mañana amaneció triste y el tiempo no acompañaba.

El sacerdote apenas hablaba. El cansancio pesaba en él. Las piernas pedían descanso. Pero seguía adelante con paso firme.

Al llegar a la explanada del monasterio, el grupo de excursionistas se detuvo unos minutos. Después, Miguel continuó solo hacia la ermita de Sant Miquel caminando por otro sendero que bordeaba el macizo rocoso.

Era una ermita pequeña hecha de piedra. Encajada entre la roca.

Empujó la puerta y cedió con un leve crujido.

Entró. Se santiguó frente al altar. Frente a la Virgen. Cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, sintió una grata paz interior. No era plenitud. Era un intenso silencio desde su interior. El gran vacío seguía ahí… Pero ya no dolía.

—Gracias… por tu protección. Por apartar el mal de nosotros.

El silencio lo envolvió. Por un instante, creyó percibir algo.

Una presencia.

Miró alrededor. Nada. Respiró hondo. La tranquilidad volvió a invadirlo, sentía una agradable paz, mucha calma. Se acercó a la imagen de la virgen.

Se inclinó. Sacó dos fotografías y con una sonrisa sincera las expuso y las depositó a los pies de la imagen.

—Son hijos del Señor, Octavio y Joel. Intercede por ellos. Merecen más que yo entrar en el reino de los cielos.

Rezó mirando la foto de ellos dos juntos. Los recordó, los guardó como un tesoro en su memoria.

—Señor, perdona a estos inocentes.

Alzó la vista. Negó suavemente.

Algo había cambiado. El peso de la culpa era soportable.

Salió de la ermita.

Tomó el sendero hacia el mirador de Sant Miquel, ubicado a unos minutos caminando.

Se detuvo en el saliente a los pies de la cruz. Apoyó las manos en una barandilla forjada a hierro.

Desde allí vio un inmenso valle salpicado de pueblos y un serpenteante río. Miró a un costado y vio, a lo lejos, el monasterio. La basílica imponente con toda su grandeza encajada entre las inmensas moles de piedra.

Veía en la distancia a peregrinos y turistas moviéndose como hormiguitas. La vida seguía. Ante él, Montserrat se abría en piedra y cielo. Las agujas acariciaban las nubes. El valle le transmitía un dulce silencio. Toda esa belleza se quedó allí en la retina de sus ojos.

Luego, el padre Miguel los cerró.

—Perdón… Por haberles dicho la verdad, no supe lo mal que hice.

Sonrió.

Sin miedo. Sin angustia. Solo sintió una calma absoluta.

El viento agitó suavemente su sotana.

Abrió los brazos. Y, sin dudarlo… se dejó caer al vacío.