Sonríe, es Dios Capítulo 9 La iglesia y la mafia. #2
87%

Capítulo 9 La iglesia y la mafia. #2

Sacudió un portazo. El viento resoplaba fuera de la casa.

—Soy un alma sin descanso.

El aire silbó por los pasillos y todos oyeron un nombre.

—Octavio.

Martí se estremeció.

—¿Eres Octavio?

Se apagó todo y la oscuridad fue total en ese momento.

—¡No!

El grito retumbó. El padre Miguel alzó la cruz.

—¡Abandona esta casa!

La voz se repitió.

—Octavio…

Entonces ocurrió.

Martí habló. Sin pensar.

—La lealtad no se compra ni se vende. Joel… mi hermano no te traicionó. Te quiso. Fue leal hasta el final.

Siguió un silencio absoluto.

A continuación las luces se encendieron. El fuego revivió.

El padre Miguel bajó la voz.

—Si eres un alma perdida… busca la luz, abandona este mundo de pecadores y abraza el camino que te lleve a Dios.

Nada más sucedió. Todo cesó. El ritual había terminado.

Se miraron. Nadie habló. Había abandonado la casa y quizás este mundo…

Después, el abrazo. Largo y necesario, entre todos.

El sacerdote recogió sus objetos y se apartó para rezar.

Jimeno fue a la cocina.

Regresó con una botella de vino y cuatro vasos.

—Estáis en mi casa. Esto nos va a venir bien a todos. Juro que no vi nada igual, me tiembla aún todo.

Sirvió el vino.

Claudia miró a Martí.

—No sé qué ha sido… pero no era sugestión.

Jimeno añadió:

—Cuando esto termine, venid a Zaragoza. Estamos a punto de cerrar el caso… Y detener al responsable de la muerte de tu hermano.

Zaragoza

Marcelo irrumpió en el despacho con el gesto endurecido y varios folios en la mano.

—Tenemos un problema.

El inspector Soldevilla levantó la vista de inmediato. No necesitó más.

—Habla.

Marcelo dejó las transcripciones sobre la mesa.

—El topo ha llamado a su contacto albanés. Las escuchas lo han interceptado hace unos minutos.

Soldevilla empezó a leer con rapidez.

El policía corrupto alertaba de la presencia en Zaragoza de numerosos agentes llegados desde Madrid. —Demasiados movimientos por comisaría, tomar precauciones—. Transmitió a su enlace albanés.

Mientras leía se sonrojó, no daba pábulo.

—«Se prepara una operación importante. Hay mucho secretismo. Puede que se esté trabajando fuera y aquí solo se practiquen las detenciones…» —leyó en voz alta.

Marcelo golpeó el respaldo de una silla.

—Ese cabrón no solo filtra matrículas o antecedentes. Está dentro de la mafia hasta el tuétano. Les da todo: movimientos, rumores, cualquier anomalía que detecta de manera interna.

Hubo un silencio denso.

La operación estaba prevista para la madrugada siguiente. Meses de trabajo pendían de un hilo.

Soldevilla pensó rápido.

—Retiren todas las vigilancias visibles en los puntos —ordenó—. Están localizados. No creo que huyan.

Alzó la mirada.

—Nada de equipos cerca… salvo en la guarida del «Metralla».

Miró con la certeza de que todo saldría bien.

—Esa la llevas tú. Vigilancia exquisita sin dejarse ver. Es preferible que huya a que nos detecte Marcelo. Tenemos una oportunidad y si sale bien, los tendremos a todos.

Marcelo asintió, tenso.

—Jefe, hay que detener ya al topo. No sabemos qué más puede filtrar.

Soldevilla negó con la cabeza.

—Déjelo a mí. Tengo una idea brillante.

Llamó al comisario e informó del plan improvisado. Todo con un mínimo riesgo calculado.

Dos horas después, funcionó tal y como lo había previsto.

El topo mordió.

Pronto informó a la mafia y se obtuvo una nueva transcripción de las escuchas de su teléfono.

—«La operación será el sábado. Actuarán en el parking exterior de Parque Venecia. Tráfico de armas vinculado a islamistas franceses. Nada que temer…».

Todo era una información falsa. Controlada. Filtrada dentro de comisaría.

El topo la recibió. Y la transmitió al momento.

Soldevilla sonrió.

—Perfecto. Ya no hay dudas. Han mordido el anzuelo y caerán.

Minutos después, el comisario entró al despacho acompañado por Asuntos Internos.

—Inspector, entiendo que toda la operación real no corre ningún peligro.

Negó.

—Todo está bajo control —respondió Soldevilla—. Equipos distribuidos, listos los GEO y UIP.

Nadie fuera del núcleo conoce los objetivos.

El comisario asintió, conteniendo la ira.

—Entonces quiero un pequeño privilegio para mí. Es algo personal. El señor Pedro, el topo. Quiero detenerlo yo mismo, en persona.

—¿Es su comisaría?—respondió el inspector—. Se lo había dejado a Jimeno.

El comisario interrumpió.

—Jimeno no objetará, él me entenderá y sabrá por qué lo hago. Es un acto ejemplarizante para todos.

—Adelante. Es suyo.

El comisario se dirigía a la puerta cuando Soldevilla añadió:

—Y una cosa más.

Se giró.

—No lo detengan por colaboración con grupo criminal.

Sonrió.

—Hágalo por integración en organización criminal. Con esas llamadas ya forma parte de ella. Es uno más en el clan de los albaneses.

El mensaje quedó claro para el comisario.

Este salió feliz y Soldevilla se quedó solo en la oficina.

Extendió sobre la mesa los informes llegados de Toulouse.

Un taller donde el oro robado era transformado en lingotes. Documentación falsa. Relojes de alta gama manipulados con certificados falsificados. Todo encajaba. Empresas pantalla. Intermediarios. Hasta ese punto se extendía… y más allá.

El inspector suspiró. Casi satisfecho. Le faltaba una cosa.

Terminar de esclarecer el asesinato de Octavio. Tenía el arma, pero le faltaba la prueba. No podía regresar a Madrid con la misión cumplida y dejar una deuda con Jimeno.

Mientras tanto, en otra zona de la comisaría, el comisario irrumpía con Asuntos Internos en la de servicios de seguridad ciudadana.

—¿Dónde está?

Nadie respondió.

—No puede ser…

El responsable de la sala 091 dudó.

—Diga —exigió el comisario—. El agente Pedro, ¿dónde diablos está?

—Señor comisario se ha marchado. Ha dicho que se encontraba indispuesto… un cólico nefrítico.

El comisario lo miró fijo.

—¿Un cólico?

Se giró sin mediar palabra con el interlocutor.

Ya en movimiento, saliendo de la sala.

—Vamos al hospital más cercano con servicio de urgencias. Y más vale que sea verdad. Porque si no…

Nadie se hizo preguntas, sabían lo que significaba.

Hospital de Nuestra Señora de Gracia, Zaragoza

Varias dotaciones policiales se desplegaron discretamente alrededor del centro médico. Cubrían accesos. Entradas y salidas.

Nadie quería asumir riesgos.

El comisario se dirigió al mostrador de admisiones de Urgencias. Tras identificarse, confirmó que el agente estaba siendo atendido por un cólico nefrítico.

Pedro yacía en una camilla, separado por una cortina. Una vía intravenosa le le pendía del brazo, esta le administraba medicación para calmar el fuerte dolor.

El efecto del dexketoprofeno comenzaba a aliviar el incesante dolor que postró sobre la camilla al policía. Cerró los ojos y respiró con cierto alivio: la medicación empezaba a hacer efecto. Se sentía mejor.

Un instante de calma que le iba a durar bien poco.

La cortina se abrió de golpe.