Capítulo 9 La iglesia y la mafia.
El padre Miguel acababa de oficiar la primera misa de la mañana. Era aún de madrugada en un colegio católico del Opus Dei.
Los alumnos residentes abandonaron la capilla en silencio. Después, el sacerdote, sin más oficios previstos, rezó las oraciones finales ante el altar y purificó los vasos sagrados.
Al terminar se dirigió a la sacristía: una pequeña estancia contigua.
Comenzó a despojarse de las vestiduras litúrgicas: el alba, el cíngulo, la estola, la casulla, una a una, con gesto mecánico.
Sin la parafernalia, se colocó frente al espejo y se ajustó el alzacuellos.
Entonces, el fluorescente del techo se apagó con un chasquido seco.
—Ahora no… —dijo.
Avanzó a tientas hacia la puerta. Palpó el pomo.
Lo giró. Nada. No se abrió.
Lo intentó de nuevo. Parecía estar bloqueado. El bombín no respondía. Golpeó la puerta con la palma de la mano.
—¿Hay alguien? ¿Me oís?
Nadie respondió.
Tanteó la pared hasta encontrar una mesa. Abrió un cajón y sacó una caja de cerillas que guardaba en su interior.
Encendió una. La llama tembló mientras él sujetaba el palito de madera. Buscó el armario con la poca luz que llegaba.
Sacó un cirio largo, de marfil, y a continuación lo encendió.
La luz cálida devolvió algo de claridad a la estancia.
Respiró profundo. Ahora más tranquilo, caminó hacia la puerta. Giró de nuevo el pomo. Se abrió a la primera.
Se quedó inmóvil.
La capilla se iluminó con la llama del cirio. Ahora, repentinamente, todo estaba en orden. Demasiado normal.
Se giró hacia la sacristía. Escuchó un chasquido fuerte. El fluorescente volvió a encenderse.
Miguel alzó la vista. Miró al entorno y nada parecía fuera de lugar.
Frunció el ceño, empezó a inquietarse, a mostrarse algo nervioso.
Miró la puerta y la cerró. Comprobó el pomo: funcionaba correctamente.
Se acercó al espejo. Y se detuvo frente a él.
El cristal estaba cubierto de vaho. Habían escrito con un dedo un nombre propio: Octavio.
El padre Miguel retrocedió aterrado.
Salió de la sacristía casi a la carrera. Asustado.
Avanzó por el pasillo del colegio con una sola idea: llegar a la sala de profesores. Alejarse de la sacristía y no estar solo.
El silencio pesaba mientras caminaba por los pasillos. Las aulas estaban cerradas. Las clases ya habían comenzado. No había nadie a su paso.
Entonces, un golpe seco lo hizo detenerse.
Un cuadro cayó de la pared. El cristal estalló contra el suelo.
El sacerdote se sobresaltó, con la respiración agitada. Se agachó. Apartó los fragmentos de cristal con cuidado.
Levantó el marco. Y se quedó helado. Era la orla del último curso de Octavio.
Sus ojos recorrieron los rostros de todos los alumnos, uno a uno, hasta detenerse en uno concretamente: el muchacho que se había suicidado meses después de la marcha de Octavio.
Miguel sintió un frío profundo. No en la piel, sino más adentro. En su interior.
Y, por primera vez en muchos años… comprendió que quizá nunca habían querido ver la verdad. El daño que infligió a los muchachos.
Comisaría de Policía, Zaragoza
Jimeno permanecía sentado en un extremo de la mesa.
Era poco más que un invitado en aquella reunión, presente por deferencia del inspector Soldevilla.
A su alrededor, mandos de la unidad y responsables llegados desde Madrid.
El ambiente era solemne, sobre la mesa: carpetas, planos, direcciones y fotografías de vigilancia acumuladas tras semanas de trabajo.
La puerta se abrió.
El comisario entró como una exhalación. Llega tarde.
Todos se pusieron en pie.
Avanzó despacio a un extremo de la sala, ajustándose la chaqueta, y con un gesto calmado indicó que se sentaran.
—Por favor, señores.
El silencio regresó. El comisario recorrió la mesa con la mirada.
—Antes de empezar, quiero felicitarles. Han realizado un trabajo excepcional. Sé perfectamente las horas, la presión y el desgaste que hay detrás de una investigación de esta magnitud.
Algunos de los presentes en la sala intercambiaron miradas complacientes, otros permanecieron impasibles.
El comisario cedió la palabra al inspector.
Soldevilla se levantó.
Su exposición fue precisa. Metódica.
Explicó la estructura de la organización: rutas del oro, cultivos de marihuana, robos en viviendas, blanqueo de capitales. Y la conexión con Francia. En la pantalla aparecían fotografías, matrículas, escuchas, organigramas.
—La Gendarmería francesa ha concluido su parte —dijo—. Están preparados para detener al capo: un malagueño afincado en Toulouse.
Regenta una pizzería que sirve de fachada para el tráfico de drogas, receptación de joyas y compraventa ilegal de oro.
Hizo una pausa y miró a Jimeno. Un gesto breve de reconocimiento a su trabajo.
—Solicitan una intervención coordinada. Si actuamos a la vez a ambos lados de la frontera, evitaremos fugas y destrucción de pruebas.
Jimeno lo observaba con orgullo.
Sabía lo que había costado llegar hasta allí. Meses. Riesgo personal y vivencias imposibles.
Soldevilla concluyó:
—La operación comenzará el viernes a las nueve. El primero en caer será el topo: el policía corrupto. Hay que predicar con el ejemplo, barriendo nuestra casa.
Nadie habló.
—Jimeno, será para usted. Le cedo ese honor. Dé ejemplo atrapando al corrupto.
El comisario asintió, satisfecho.
—Buen trabajo, señores. Muy buen trabajo.
El teléfono vibraba en el bolsillo de Jimeno.
No contestó hasta que el briefing terminó.
Soldevilla se reunió aparte con los mandos de Madrid. Ataron algunos flecos finales del operativo.
Jimeno salió al pasillo. Entonces volvió a vibrar el móvil. Miró la pantalla. Vio varias llamadas perdidas.
—Martí.
Devolvió la llamada.
—Buenos días, Martí. He visto tus llamadas. Perdona, estaba reunido. Trabajo, ya sabes. ¿Qué ocurre?
Se hizo un silencio al otro lado.
—Jimeno… no sé muy bien cómo explicarlo.
El subinspector cerró la puerta del despacho.
—Empieza por el principio. Te escucho.
Martí dudó en un principio, pero lo soltó.
—El padre Miguel quiere que nos reunamos los tres. Dice que debemos hacer algo… un ritual.
Jimeno se quedó sorprendido.
—¿Un ritual?
—Sí. Ya sé cómo suena. Pero después de todo… las apariciones, los sueños, las coincidencias, ya no sé qué pensar. Y esto ha sido cosa del cura. Algo le ha pasado. Y ha tenido que ser algo grave.
Jimeno apoyó una mano sobre la mesa.
Por primera vez en mucho tiempo, no encontraba una explicación lógica.
—¿Y qué pretende conseguir?
Martí respondió en voz baja:
—Dice que hay que averiguar quién está detrás de las apariciones… si queremos que esto termine.
Jimeno sintió un escalofrío. Finalmente habló.
—Bien… ¿dónde? ¿Cuándo?
Martí no dudó.
—En Bielsa. Lo más pronto posible y en tu casa. Allí se manifestó. Según Miguel ha de ser en un espacio cerrado y familiar para el espíritu.
Bielsa, Pirineo Aragonés
Al día siguiente, según lo acordado, los cuatro se trasladaron a Bielsa.
Se reunieron en la casa de Jimeno. Tomaban café mientras aguardaban el momento acordado. El ambiente que respiraba era de cordialidad. Sereno. Demasiado, quizá, para lo que estaba a punto de suceder.
El padre Miguel rompió el silencio.
—Antes de empezar… debo preguntarlo una vez más. ¿Queréis seguir adelante con el ritual?
Nadie respondió de inmediato.
—Mi teoría —continuó— es que no se trata de Octavio, sino de alguien vinculado a él.
Martí sostuvo su mirada.
—Era un estudiante. Se llamaba Joel. Se suicidó poco después de la desaparición de tu hermano. Se sospechaba que entre ellos había algo más.
Martí asintió levemente.
Para él, aquello siempre había sido una herida incompleta.
—Ese joven —prosiguió el sacerdote— podría haber quedado anclado. No hablo de condena ni de dogmas. Pero sí de algo pendiente. Y debemos saber a qué nos enfrentamos.
Claudia intervino. Su tono era firme: sacaba a relucir su lado racional.
—Entiendo lo que cree haber vivido, padre. Pero el miedo y el agotamiento pueden hacer que interpretemos como reales cosas que no lo son.
Lo miró directamente.
—No creo que haya ninguna entidad. El miedo deja huella. Y lo que veo en vosotros son respuestas humanas: estrés, culpa, trauma.
Martí escuchaba en silencio.
—Las "apariciones" crecen cuanto más las alimentamos —añadió ella—. La mente necesita dar forma a lo que no entiende. El cerebro busca patrones. Es supervivencia.
Ella los miró a todos.
—No creo que él esté aquí. Creo que vosotros no habéis podido dejarlo ir.
Jimeno intervino.
—Todo eso tiene sentido. Pero lo que he visto… no es sugestión.
El padre Miguel cortó la discusión.
—Si alguien quiere retirarse, este es el momento. Una vez empecemos, nadie abandona la casa.
Claudia negó. Se quedó también.
El sacerdote asintió.
—Para esto, un sacerdote debe estar autorizado por el obispo. Y no cualquiera puede hacerlo. Yo sí.
Acto seguido, y en silencio, sacó todos los elementos preparatorios para el exorcismo.
Puso en orden sobre la mesa el crucifijo, agua bendita, la Biblia y la medalla de San Benito.
Se colocó la estola morada.
Abrió el libro sagrado en las páginas adecuadas y sin más demora se volvió hacia ellos.
—No intervenir nunca. Pase lo que pase, no os mováis. No contestar, obviar lo que podáis oír. Rezad. No os dejéis arrastrar por lo que ocurra.
Comenzó a rezar el Padrenuestro. Salmos. Todo en latín.
La voz del padre Miguel se hizo omnipresente en el comedor, llenó la estancia.
—Te ordeno, espíritu, en nombre de Jesucristo, que te manifiestes…
Repitió la invocación. Una vez. Otra. Otra más.
Entonces, un soplo de aire avivó las brasas del fuego en la chimenea.
—¿Quién eres? —preguntó.
Se hizo el silencio.
—En nombre de Dios, responde.
Las luces se apagaron.
Claudia gritó asustada y Martí la abrazó de inmediato.
El fuego era la única luz.
El sacerdote roció agua bendita por la habitación de manera continua.
—¿Eres Satanás? —preguntó.
Una voz resonó. Era metálica.
—No soy Satán.
El cura alzó el crucifijo.
—Mientes.
Las luces parpadearon.
—Sal de esta casa, Satán.
La voz esta vez era más clara.
—No soy Satán,
Intervino el cura.
—Entonces dime quién eres.
Se hizo un gran silencio.
Y después se oyó con nitidez.
—Un inocente atrapado.
El sacerdote tensó la voz.
—Mientes.