Sonríe, es Dios Capítulo 8 El hermano.
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Capítulo 8 El hermano.

Martí llevaba días indeciso, temeroso de abrir el sobre que le había entregado el albacea.

Era una carta de Aymerich dirigida a su hermano. Dudaba. Leerla le parecía una intromisión en la intimidad personal de ambos. Pero, por otro lado, los dos estaban muertos y, quizá, en aquellas líneas encontraría respuestas.

Claudia insistió:

—Martí, si quieres comprender a tu hermano, necesitas saber cómo vivió y qué fue de su vida.

Finalmente, tomó el sobre y lo abrió. Dentro encontró una carta manuscrita, escrita a bolígrafo. La leyó en silencio.

"Octavio, si lees esta carta es porque mi tiempo se ha terminado. Viví libre, como un verso suelto en este mundo, pero nunca pude escapar del peso de haberte fallado.

Cuando me diagnosticaron el VIH, pensé que era mi sentencia de muerte, pero tú permaneciste a mi lado. Me cuidaste con una ternura y una lealtad que yo nunca supe devolverte. Mientras todos se alejaban, tú te quedaste, asumiendo riesgos propios de aquel tiempo. Y yo no te protegí.

Te fuiste en silencio, sin un reproche. Te busqué durante años. Pregunté por ti en Barcelona, seguí rumores, recorrí lugares oscuros con la esperanza de encontrarte vivo.

Cuando comprendí que te había perdido, huí de todo y me refugié cerca del pantano, donde nos vimos por última vez. He vivido buscando paz, acompañado por tu ausencia.

Escribo esta carta con la esperanza de que te llegue algún día. Acepta todo cuanto te deje. Lo mereces por ser la persona más noble que conocí. Cambia y rompe definitivamente con el pasado y el presente. Te doy la base para iniciar una nueva vida: aprovecha el momento que te regalo."

Martí cerró los ojos un instante, apretó los párpados con fuerza y dejó de pensar por un instante.

Un soplo helado le rozó el lóbulo de la oreja y lo hizo estremecerse. Alzó la vista y vio a su pareja absorta leyendo la carta.

Claudia, con gesto serio, seguía leyendo en silencio.

Entonces, Martí volvió a sentir otro aliento frío en la nuca.

Se giró bruscamente.

Frente a él estaba el padre Miguel. Inmóvil. Pálido. Con la sotana puesta y el crucifijo plateado brillando sobre el pecho.

—¡Padre! —exclamó.

Un fuerte apretón en el brazo lo devolvió a la realidad.

—Martí, despierta… Estás soñando —dijo Claudia, alarmada—. Estamos los dos solos. ¿Qué te ocurre? Estabas bien hace un momento.

Sin responder, este buscó el teléfono y marcó.

—Padre, necesito que seas sincero conmigo. Usted confirmó a mis padres las sospechas sobre mi hermano. ¿Qué les dijo exactamente?

El sacerdote guardó silencio unos segundos. Nervioso, dudó en responder.

—Tu padre vino a verme. Ya sospechaba la verdad y me preguntó directamente. No podía traicionar el secreto de confesión. Lo sabía.

Martí frunció el ceño.

—Entonces Octavio se lo había confesado antes.

—Sí… y no —respondió con cautela—. Solo me habló de sentimientos hacia un compañero de estudios. Nunca dijo quién era.

Martí apretó la mandíbula.

—Pero mi padre acabó sabiéndolo por usted.

Miguel estaba nervioso y lo transmitía por el tono de voz.

—Jamás rompí el secreto de confesión —replicó el cura con firmeza—. Solo le pedí paciencia. Le dije que Octavio era joven y estaba confundido. Nada más.

Martí bajó la mirada y tomó la mano de Claudia.

—Padre… ¿Quién era ese chico?

Al otro lado, se hizo un tenso silencio.

—Nunca se supo con certeza. Pero, tras la desaparición de tu hermano, hubo rumores en la universidad. Meses después, un estudiante de su clase se suicidó.

Martí sintió un vacío en el estómago.

—¿Cree que era él?

El sacerdote suspiró.

—No puedo asegurarlo… pero conocía a ambos. Y siempre lo pensé. Creo que aquel muchacho temió que Octavio hubiera revelado lo suyo… y no soportó la vergüenza.

Martí enmudeció.

—No me desentendí de ellos entonces, créeme —continuó el padre Miguel—. Intenté hacer recapacitar a tus padres, pero fue imposible. Eran personas que anteponen su forma de entender la fe al amor por su hijo.

Martí agachó con tristeza la cabeza al oír aquellas palabras de sus padres.

—Después de su marcha, busqué a Octavio. Trabajaba en un local de Sitges y había cambiado de vida. Intenté acercarme a él… pero me ignoró. Es cuanto puedo decirte, Martí. Ya pasó todo, vive… no te quedes anclado en el pasado.

La llamada terminó.

Martí dejó el teléfono con lentitud. Claudia había escuchado toda la conversación en silencio.

Se acercó y le acarició la mano.

—Martí, es habitual que alguien que ha perdido a una persona importante crea notar su presencia. Escuchar su voz, soñarlo con intensidad o interpretar coincidencias como señales.

Martí no respondió.

—La mente intenta dar sentido al dolor —añadió ella—. A veces no sabemos si buscamos respuestas… o consuelo.

Él levantó la vista.

—¿Entonces crees que todo está en mi cabeza? No, Claudia. Esto es real.

Claudia negó suavemente.

—Creo que el duelo convierte lo cotidiano en algo extraordinario. Y también que hay vínculos que dejan huella mucho después de que alguien desaparezca.

Martí bajó la mirada.

Por primera vez en mucho tiempo, empezó a preguntarse si lo que sentía era culpa… o la necesidad de reconciliarse con el recuerdo de su hermano.

—Claudia… no solo se me aparece mi hermano a mí. También al policía que investiga el caso. Él te lo confirmará. Octavio intercede, nos guía… busca justicia.

Ella lo miró, en silencio.

—Suena a locura —añadió él—, pero es real.

Zaragoza

Marcelo cambió de estrategia. Dejó de buscar al rey y empezó a vigilar a los peones.

No lograban dar con la guarida de Arben. El albanés se ocultaba con habilidad y evitaba exponerse.

La lógica indicaba que, tras los últimos arrestos, lo prudente era detener la actividad y esperar. Incluso cabía la posibilidad de una huida.

Pero Marcelo no era partidario de esperar.

Decidió anticiparse y encontró un piso franco donde se alojaba un grupo de los malhechores de Arben.

Analizó los últimos movimientos de Arben y, sobre todo, sus medidas de seguridad en momentos críticos. A partir de ahí, marcó varios domicilios y centró la atención en un grupo concreto de sus hombres.

—Inspector, creo que los tengo. Viven en un piso pequeño y son varios. Apenas salen: compran comida y regresan. Son muy precavidos. Hacen contravigilancias. Diría que son cinco.

Soldevilla guardó silencio unos segundos.

—Marcelo… si en ese piso no hay nada ilícito, entonces es una guardería… o la escolta del Metralla.

Hizo una pausa. El inspector decidió arriesgar.

—Sigue a la escolta. Te llevará al objetivo.

Y así fue. El equipo se centró en ese punto. Sin rutinas. Solo en espera.

Durante dos días, los albaneses repitieron el mismo patrón: salir, comprar, volver. Nada más.

Al mediodía del tercer día, todo cambió.

—Salen cuatro sospechosos —avisó uno de los agentes—. Caminan calle abajo y parecen hacerlo con cierta tensión en sus movimientos. Subinspector, parece una contravigilancia. Iniciamos el seguimiento a pie tras ellos.

Eran profesionales. Se dividieron en dos grupos: dos delante y dos detrás, a unos cien metros.

Cubrían con la vista todo el entorno.

Uno de ellos se quedaba siempre rezagado, vigilando. Era un sistema casi perfecto.

Marcelo seguía la operación desde el vehículo.

Los albaneses giraron en una bocacalle.

El agente a pie lo vio claro. No entró. Siguió de largo. Esos detalles los daba la experiencia y la veteranía.

Después pasó el coche camuflado.

Marcelo, desde la distancia, detectó a uno de ellos apostado junto a un portal. Estaba esperando.

Cortó el seguimiento de inmediato para no ser visto y buscó una avenida paralela.

Decidió adelantarse. Se apeó del vehículo y caminó.

A lo lejos vio cruzar, por separado, a los dos primeros albaneses. Cruzó él también. Los tenía delante.

Y, detrás, a unos cincuenta metros… los otros dos.

Marcelo estaba en medio de ellos. Demasiado expuesto entre los dos grupos. Pero siguió caminando con despreocupación, era un profesional.

En el coche, la tensión era evidente. Lo seguían por el localizador. Listos para intervenir si hacía falta.

Los dos albaneses de delante se detuvieron al llegar a una intersección. Uno se quedó en el semáforo. El otro se giró bruscamente y caminó en dirección a Marcelo.

Con la mano dentro de la cazadora, caminó directo hacia el policía.

El hombre se acercó. Paso a paso caminando en dirección hacía él. Cruzaron un intercambio de miradas a escasos metros.

Marcelo sostuvo la mirada un segundo. El albanés lo rebasó. Sin decir nada.

Se reunió con los otros que caminaban justo detrás.

Marcelo siguió caminando. Al llegar a la intersección, el que estaba en el semáforo lo observó con una mirada fría.

Entonces el semáforo se puso en verde. Marcelo cruzó sin dudar. Sin mirar atrás. Sin acelerar. Sin fallar.

A unos metros vio una farmacia y entró. Esperó su turno. Compró analgésicos. Pidió una bolsa y salió tranquilamente del establecimiento con total naturalidad.

Uno de los albaneses observaba junto al escaparate.

Marcelo lo ignoró. Abrió la caja de los analgésicos y leyó el prospecto mientras caminaba. Todo fue una gran puesta en escena.

Los albaneses lo adelantaron. Primero dos. Luego los otros.

Marcelo mantuvo el paso despacio. Aparentemente despreocupado.

A unos doscientos metros, dos de ellos entraron en un edificio. Los otros dos permanecían en la vía pública, se separaron.

Uno cruzó la calle, permanecía atento desde el otro lado. El otro se quedó vigilando en el portal.

Marcelo se detuvo unos segundos. «Por los pelos», pensó. Memorizó cada detalle.

Y llamó por teléfono al inspector.

—Jefe, tenemos localizada la guarida del zorro. Sabemos dónde se oculta Arben.

Lleida

Salieron juntos de la notaría, abrazados, con una extraña sensación, mezcla de alivio, tristeza y felicidad a la vez.

Martí caminaba en silencio, atrapado en sus dudas. Claudia le cogía la mano y caminaba a su lado.

—Has hecho lo correcto —dijo Claudia, intentando reconfortarlo—. Ese hombre dejó muy clara su voluntad. Solo quiso compensar, aunque fuera tarde, a quien amó y estuvo a su lado cuando más lo necesitó.

Afuera los esperaba Yosune junto a su pareja. Habían quedado para comer en un restaurante del centro de Lleida.

Gracias al caso había germinado una amistad entre las dos parejas.

Ya sentados a la mesa, la mosso d'Esquadra asumió el papel de anfitriona. Hablaba de la ciudad, del Segre, de la calma de Torrefarrera y la vida que podían construir allí.

—En esa finca podéis empezar de nuevo una vida en común —dijo con una sonrisa—. Es un buen lugar para vivir. Os lo garantizo.

Martí escuchaba distraído.

Hasta que el tono cambió.

—Hice algunas averiguaciones sobre tu hermano, como me pediste.

Martí alzó la vista.

—Vivió una temporada en distintos puntos del Garraf. Trabajó en bares y locales nocturnos. No tenía mucho dinero, pero salía adelante. No tuvo problemas a la hora de alojarse, compartía pisos y alquilaba habitaciones. Era un auténtico buscavidas… y bastante promiscuo, todo hay que decirlo.

Martí frunció el ceño. Esa última parte le incomodó.

—Hasta que conoció a Aymerich —dijo la joven.

—¿Eran pareja?

Ella lo matizó.

—No exactamente —respondió Yosune—. Aymerich era mayor. Pero le tomó cariño a Octavio. Tenía un local en Sitges y acabó dándole trabajo. Terminó recogiendo a tu hermano. Vivían juntos.

Claudia apretó la mano de Martí al notar la tensión.

—Tu hermano encontró allí una especie de familia en él —continuó Yosune—. Y Aymerich, a alguien que lo cuidara de verdad. Fue una época muy marcada por lo espiritual, los festivales, ese ambiente de libertad.

Martí tragó saliva.

—¿Y después?

Yosune respiró hondo.

—Llegó la enfermedad. VIH. En aquella época… era una sentencia de muerte. Quien lo padeció era socialmente un apestado.

El silencio se impuso.

—Toda esa felicidad se vino abajo. Pero Octavio lo cuidó sin miedo, con cariño. No le importó el riesgo ni el desconocimiento de la enfermedad.

Claudia no dejó de apoyar con sus gestos a Martí; sufría al verlo tenso.

—Octavio fue fiel. Estuvo con él hasta donde pudo —continuó—. Durante ese tiempo empezaron a consumir marihuana, entiendo que uno por el dolor y otro para evadirse. Pero Octavio cayó en una depresión, y no le bastó la marihuana: terminó por engancharse a la heroína.

Martí bajó la mirada.

—Aymerich intentó ayudarlo. Le dio a elegir: las drogas o quedarse con él.

—Y se fue… —murmuró Martí.

—Sí. Desapareció sin despedirse. Aymerich entró después en un tratamiento experimental. Sobrevivió. Tiempo más tarde, eso ya lo sabes… Octavio salió de un centro de desintoxicación y decidió dar el paso de buscarlo.

Martí cerró los ojos.

—Pero no llegó.

—No —negó Yosune—. Un hombre, cegado por la ignorancia, mató a Aymerich en un arrebato de ira… e intentó cargar el crimen sobre Octavio. Este se quedó esperando en Baldellou, esperanzado con una oportunidad en su nueva vida.

Bajó la voz.

—El final de la historia ya lo conoces. Una pena, los dos pudieron tener un final feliz y en cambio…

Claudia abrazó a Martí.

Él permaneció inmóvil. Ahora lo entendía todo.

—Pobre diablo… —acabó diciendo—. Un infeliz al que su propia familia empujó al infierno por una fe mal entendida.

Apretó los puños.

—Y yo… yo también formé parte de todo eso. Pero después de su muerte, me ha buscado, guiado y ayudado. Hasta después de muerto es un chico noble.

Claudia intervino.

—Quédate con ese legado que te dejó: la vida que él deseó para ti. Tus propias decisiones.