Sonríe, es Dios Capítulo 7 Desenlaces #5
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Capítulo 7 Desenlaces #5

—La Gendarmería me facilitó listados de matrículas españolas detectadas en rutas secundarias hacia Toulouse. Las crucé con datos de Tráfico y filtré las que pertenecen a empresas de alquiler.

Pausó para tomarse un leve respiro.

—Después analicé modelos, horarios de paso y franjas con menor presencia policial. Y ahí apareció el patrón que buscaba.

El inspector guardó silencio.

—Cambian fechas, conductores y puntos de recogida, pero el sistema es siempre el mismo. Tienen dos coches mula: uno en Zaragoza y otro en Lleida. Se alternan para evitar rutinas, pero todos los trayectos confluyen en Bielsa.

—Siga. Escucho —dijo impaciente Soldevilla.

Jimeno revisó una hoja.

—Las joyas robadas —en viviendas por albaneses y en la vía pública por rumanos con el método del «cariñoso»— se trasladan a un punto intermedio en la autopista. Desde allí las recogen los vehículos mula. ¿Destino? Francia.

Jimeno siguió el relato con evidente alegría.

—Por las rutas pirenaicas secundarias. Poco tráfico. Poca vigilancia. Desde Bielsa directo a Toulouse.

El inspector intervino.

—Y ahí entra el argelino.

—Exacto. Ibrahim estaba enseñando la ruta y los contactos a Arben cuando lo detuvieron en Saint-Lary. Llevaban una carga importante. Era la primera vez que la ejecutaba bajo la supervisión de Arben y cayó.

Soldevilla encajó la pieza.

—Viaje de prueba. Arben quería comprobar la fiabilidad de la ruta y conocer a los contactos.

Jimeno caminó despacio por el despacho.

—En Toulouse tienen un intermediario. Un corso fichado por la policía francesa. Se encarga de fundir las joyas. Luego convierten el material en lingotes y lo almacenan en depósitos bancarios en Suiza y otros destinos europeos. Esperan a que suba el precio y venden.

Al otro lado se escuchó una risa contenida.

—Brillante, Jimeno. Muy buen trabajo.

Jimeno interrumpió los halagos.

—Ya hemos enviado un informe urgente a la Gendarmería y una comisión rogatoria a los jueces de Toulouse. Ahora toca esperar al próximo transporte. Cuando crucen la frontera, los franceses van a tirar del hilo hasta la fundición y los responsables.

Jimeno dejó escapar el aire.

Por primera vez en mucho tiempo, el cerco se estrechaba de verdad.

El «Metralla» seguía libre. Pero ya no se movía en la sombra. Ahora tenían a su disposición el mapa de sus fechorías.

Toulouse, Francia

La Policía Judicial Interdepartamental de Haute-Garonne seguía de cerca a Pietro, un conocido delincuente corso que actuaba como enlace entre el argelino y los hombres de Arben.

Pietro era una pieza clave en la cadena logística de la organización. Se encargaba de asegurar los cargamentos y entregarlos personalmente en una pizzería italiana utilizada como tapadera.

El local encajaba a la perfección en el barrio de Arnaud-Bernard, uno de los más populares y cosmopolitas de Toulouse, conocido por su ambiente animado, sus terrazas y la mezcla constante de culturas.

La pizzería Francesco's gozaba de buena fama. Siempre estaba llena y los repartidores entraban y salían sin descanso con pedidos.

Al frente del negocio estaba Francesco.

Un hombre bajito, corpulento y completamente calvo. Su rostro sonrosado y sonrisa fácil lo hacían parecer una buena persona. Nada más lejos de la realidad.

Vestía siempre chándal negro y apenas salía del local. Lo controlaba todo desde allí: empleados, proveedores, pedidos y sobre todo la caja.

Atendía con una cordialidad exagerada y un marcado acento napolitano que terminaba por ganarse a cualquiera.

Pero todo en él era una construcción falsa. Una máscara. Detrás del pizzero amable se ocultaba un expresidiario peligroso. Curtido en los avatares de la cárcel y en las calles de Marsella.

Ni siquiera era italiano. Era español y de Málaga. Su verdadero nombre era Francisco.

Había cumplido condena por tráfico de drogas en una prisión napolitana, donde aprendió mucho más que el idioma y las recetas de cocina.

—No te engañes, Sophie. Ese tipo es un hijo de puta miserable. No dudará en abrir fuego si se ve acorralado —advirtió uno de los agentes de la policía francesa mientras vigilaban desde la distancia.

Llevaban días observando.

Y tenían claro algo.

—Los repartidores están moviendo cocaína. Sale del local en los pedidos.

La agente escuchaba al compañero.

—A esta gente hay que tenerla controlada, no admirarla. Van con todo: droga, armas, robos…

La conversación se cortó en seco.

Pietro salía de la pizzería.

Llevaba una bolsa de deporte que no tenía al entrar. Francesco lo acompañó hasta la puerta. Junto a ellos apareció un tercer hombre: un magrebí de aspecto duro.

En cuestión de minutos llegó una motocicleta de gran cilindrada con dos ocupantes.

Después, un todoterreno de alta gama, con los cristales tintados.

Se detuvieron a la entrada del local.

Pietro subió sin despedirse al vehículo. De inmediato, el convoy arrancó.

Los policías intercambiaron una mirada entre sí. Algo importante sucedía ante sus ojos. Y arrancaron tras ellos.

Sabían lo que llevaban. No era comida. Era oro.

Y aquella noche… podía caer toda la ruta.