Capítulo 7 Desenlaces #4
—No entiendo qué hacen los albaneses en Zaragoza. No es normal, es una ciudad mediana y segura. Raro en ellos. ¿No te parece raro?
Marcelo observó el entorno antes de responder.
—Tienes razón. Algo han visto aquí. Quizá Madrid, Barcelona o el Levante estén demasiado controlados, tanto por la policía como por otros clanes. Los albaneses no funcionan como una organización única.
Se acomodó levemente en el asiento.
—Operan como estructuras familiares independientes. Se expanden donde encuentran negocio fácil y poca presión policial. Y Zaragoza… —esbozó una sonrisa fría— era terreno fértil.
Su compañero negó con la cabeza.
—Sí, pero aquí están demasiado expuestos. Dos homicidios en poco tiempo llaman demasiado la atención. Ellos lo saben.
Marcelo asintió despacio.
—Por eso no me encaja. No es su forma de actuar. Algo se nos escapa. Pero el negocio lo tienen perfecto: robos en viviendas, marihuana, prostitución, tráfico de drogas, blanqueo… todo muy diversificado.
—Y con apoyos externos —añadió el compañero—. Policías corruptos, grupos satélite como los rumanos y mercenarios para lo más sucio.
Marcelo completó la idea:
—Lo controlan todo sin mezclarse demasiado. Cada pieza cumple su función y el núcleo sigue siendo el clan. Sin filtraciones. Sin soplones.
Marcelo soltó una breve risa.
—Exacto. Nómadas del delito. Hoy aquí, mañana en otro país.
La llamada del equipo de seguimiento cortó la conversación.
—Marcelo, el de la mochila acaba de sacar dos gorras negras. Se las han puesto. Van a actuar.
Marcelo no apartó la vista del vehículo.
—No intervengas aún. Dejadlos trabajar. Quiero imágenes entrando y saliendo de los edificios. Luego avisad a Seguridad Ciudadana para inspecciones en los inmuebles.
Durante las siguientes horas, repitieron el mismo patrón.
Entraban en distintos edificios de la misma manzana y salían minutos después.
Rápidos. Discretos y profesionales. Alternaban las zonas y evitaban llamar la atención.
En total allanaron y robaron en el interior de siete inmuebles en una sola tarde. Sin violencia. Sin ruido. Actuaron como sombras.
Las imágenes comenzaron a llegar al móvil operativo de Marcelo.
Tenían rostros identificados. Entradas y salidas. Horarios. Vehículos. Objetos sustraídos. Ya no eran sospechas sino pruebas.
Marcelo levantó la vista y marcó el número del inspector Soldevilla.
—Jefe, lo tenemos todo atado. Estamos en el seguimiento. Cuando usted diga, procedemos a las detenciones.
Se hizo un breve silencio a través del teléfono.
—Procede.
Marcelo sonrió. Había llegado el momento.
Transmitió la orden de inmediato.
En cuestión de minutos, el dispositivo se activó.
Unidades camufladas y patrullas uniformadas cerraron discretamente las vías de escape en el centro de la ciudad.
Todo estaba medido. Nada se dejó al azar.
Los albaneses avanzaban confiados en el vehículo por las calles de la ciudad, directos a la trampa, sin percibir el cerco.
Hasta que fue demasiado tarde.
Los vehículos policiales bloquearon el turismo de alquiler. Sin escapatoria, sorprendidos, no huyeron.
Permanecieron dentro del coche, fríos. Guardaron un escrupuloso silencio. Uno a uno, fueron sacados e identificados bajo la mirada de Marcelo y su equipo.
El registro del vehículo confirmó lo esperado. Se hallaron bolsas ocultas: joyas, relojes de lujo y dinero en efectivo.
Todo procedente de los robos de esa misma tarde. Las viviendas estaban localizadas. Los autores, identificados y las pruebas, documentadas.
Marcelo se apartó unos metros y volvió a llamar.
—Inspector, los autores detenidos y efectos recuperados. El otro grupo ha quedado fuera del seguimiento, como indicó.
Escuchó atento al otro lado.
—Perfecto. Que crean que esto termina aquí. Que parezca que han caído en un control rutinario.
Marcelo lo entendió al instante.
Aquellos detenidos eran solo una pieza. El engranaje seguía en marcha.
El verdadero objetivo aún estaba libre. Pero no por mucho tiempo.
Comisaría de Policía, Zaragoza
La colaboración con los franceses llegó antes de lo esperado. La información fluyó en ambas direcciones con rapidez. Había confianza en los dos lados de la frontera.
Y eso lo cambió todo.
Jimeno permanecía solo en el despacho, rodeado de folios, mapas de carreteras y matrículas subrayadas en rojo.
Después de días cruzando datos, la investigación empezaba a cerrarse. La ruta francesa llegaba a su fin.
Se levantó de golpe y descargó un puñetazo sobre la mesa.
—¡Cojonudo!
La emoción le recorrió el cuerpo.
Acababa de descubrir una de las principales vías de salida de las actividades ilícitas del Metralla.
Ahora entendía cómo funcionaba aquella organización. Era como un pulpo. Tenían los tentáculos extendidos en todas direcciones.
Y él acababa de localizar uno de los más importantes.
Sin perder tiempo, cogió el teléfono.
—Inspector, los tenemos. He descubierto la ruta por la que sacan del país las joyas, el dinero… y quién sabe qué más.
Al otro lado se percibió el interés inmediato.
—Hoy no hago más que recibir buenas noticias. Primero Marcelo y ahora usted. Cuénteme.
Jimeno apartó varios documentos y ordenó las ideas.