Sonríe, es Dios Capítulo 7 Desenlaces #3
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Capítulo 7 Desenlaces #3

Las terrazas estaban llenas de excursionistas que apuraban cafés y cervezas mientras contemplaban las cumbres aún nevadas.

Jimeno conocía bien aquel pueblo. Había regresado muchas veces, casi siempre buscando perderse en sus senderos.

Para él, era un refugio. Desde allí partían rutas que se adentraban en bosques profundos, cañones y barrancos donde el agua del deshielo rugía con fuerza.

En invierno, la estación de esquí atraía a visitantes de ambos lados de la frontera. El resto del año, el valle se llenaba de quienes buscaban aire puro, descanso y silencio.

Pero aquella vez, Jimeno no estaba allí para descansar.

Fue directo a la comisaría de la policía municipal.

Allí habló con uno de los agentes.

El policía le explicó que Ibrahim, acompañado de un ciudadano del Este, había estacionado un vehículo de alquiler español en una zona prohibida a primera hora de la mañana.

Según dijeron más tarde en comisaría, habían ido a desayunar.

Ese día se instalaba un mercadillo semanal en el pueblo.

El coche fue denunciado y retirado por la grúa por no respetar la señalización.

Al regresar y ver que el vehículo no estaba, Ibrahim perdió el control. Provocó una pelea violenta en mitad del mercado.

La reacción fue desproporcionada.

Tuvo que intervenir una patrulla de la Gendarmería Nacional desplazada desde Vignec.

Entre gendarmes y policías municipales lograron reducirlo y detenerlo. El acompañante, en cambio, no participó. Se limitó a recuperar el vehículo. Pagó la multa y las tasas en efectivo.

Aquello encendió todas las alarmas en la cabeza de Jimeno.

Solicitó los datos del acompañante.

Cuando leyó el nombre, sintió un vuelco en el corazón, no podía ser…

—Arben… No era casualidad.

Se desplazó de inmediato al cuartel de la Gendarmería en Vignec.

Allí estaba Didier, un viejo amigo.

—Bonjour, mon ami. Comment ça va?

Se abrazaron con complicidad.

—He venido por trabajo —dijo Jimeno—. Hace un año detuviste a un argelino aquí.

Didier lo condujo a su despacho y le presentó a su superior.

Revisaron los archivos.

—Era extremadamente agresivo —explicó Didier—. Sin motivo, desató una pelea en el mercadillo.

Jimeno fue directo.

—¿Se identificó al acompañante? ¿Registrasteis el vehículo?

—No —respondió—. El coche ya no estaba cuando empezó el altercado. Y el acompañante no intervino. No hubo motivo para investigarlo.

Jimeno asintió.

—En los últimos meses… ¿habéis detectado vehículos españoles con ocupantes del Este hacia Toulouse?

Didier tradujo la pregunta.

Tras hablar con su superior, volvió.

—Dice que sí. Han visto coches españoles de madrugada con extranjeros. Pero no pueden asegurar que fueran de alquiler.

Jimeno aprovechó la oportunidad.

—Si hay cámaras de tráfico… nos ayudaría mucho acceder a esos registros. Incluso podemos formalizar la colaboración.

El gendarme volvió a consultar a su superior.

El jefe sonrió.

—Pas de problème — sin problema —, dió el visto bueno.

Jimeno pasó el resto del día allí. Recabando datos. Ampliando información. Tejiendo contactos. Porque cuanto más tiraba del hilo… más claro tenía que Arben no estaba improvisando.

Llevaba tiempo moviendo piezas. Y Francia… era una parte del tablero.

¿Qué movían a los dos lados de la frontera?

Bielsa, Pirineo Aragonés

Una vez cruzó la frontera y regresó a España, fue directo a casa. Necesitaba volver a un lugar reconocible, recuperar algo de normalidad tras tantos días de tensión acumulada.

Abrió las ventanas de par en par para ventilar el ambiente frío y cargado.

Después encendió la chimenea. El crepitar de la leña devolvió poco a poco la calidez al salón, junto con esa sensación íntima de refugio que solo proporciona el hogar.

Se sirvió una copa de vino tinto del Somontano y preparó un pequeño plato con queso curado. Se acomodó frente al fuego, dejando que el silencio ordenase las ideas que llevaba días amontonando en la cabeza.

Sobre la mesa tenía varias anotaciones dispersas: Francia, Ibrahim, los movimientos de los albaneses. Poco a poco, las piezas comenzaban a encajar.

El teléfono rompió la calma.

Jimeno descolgó sin apartar la vista de las notas.

—Jimeno, tengo malas y buenas noticias —anunció Soldevilla—. El juzgado ha dejado en libertad condicional a Dumitru. Consideran que el encubrimiento no justifica la prisión preventiva.

Jimeno cerró los ojos unos segundos.

—No es una mala jugada —respondió con serenidad—. Bajarán la guardia. Pensarán que todo terminó con Ibrahim.

El inspector sonrió al otro lado.

—Exacto. Y eso mismo le trasladé al fiscal. Escucha esto: Dumitru está completamente sometido a los albaneses. Les mueve el oro de los robos del método del «cariñoso».

Jimeno dejó la copa sobre la mesa tras un sorbo.

El inspector continuó.

—Se aprovechan de ancianos. Les dan afecto para robarles. No les quitan solo joyas… les arrancan recuerdos.

Jimeno pensó antes de hablar.

—A Dumitru ya lo tenemos. No me preocupa. Organización criminal, robos y blanqueo. Caerá cuando queramos.

Jimeno ya tenía la respuesta. El oro robado en España iba en dirección a Toulouse. Esa era la ruta.

—Yo estoy centrado en la ruta a Francia. No me equivocaría si le digo que por ahí se llevan el oro. Quiero saber cómo sale y quién lo mueve. Estoy cerca. En cuanto tenga algo sólido, se lo paso.

Soldevilla le habló con sinceridad:

—Fue un acierto contar contigo. Hacemos un buen equipo. Deberías plantearte venirte con nosotros. Me vendría bien alguien como tú en el equipo. Piénsalo, va en serio.

Jimeno sonrió.

—Sabe que mi vida está aquí. Pero le agradezco el ofrecimiento. Es un honor para mí.

La llamada terminó.

Jimeno se quedó solo, con el vino en la mano y el fuego consumiéndose delante de él.

Afuera, el frío del Pirineo comenzaba a envolver el pueblo y la niebla a cubrir sus calles. Y dentro de la casa, en la cabeza de Jimeno por primera vez en días… todo empezaba a tener sentido.

Aunque sabía que lo más importante aún estaba por descubrir.

Comisaría de Policía, Zaragoza

La rutina parecía un sueño inalcanzable.

Eso fue lo que pensó Jimeno nada más pisar el despacho. En poco tiempo se le acumularon los cadáveres sobre la mesa: cuatro.

Eso no era todo. Se había aventurado a colaborar con Soldevilla y había ido más allá; ahora tenía pendiente una trama internacional.

Sentado, organizó el trabajo: Octavio, los franceses y, ahora, el último cadáver.

Tocaron a la puerta y esta se entreabrió.

—Jimeno, tienes los fotogramas del hospital y el vídeo de las cámaras en el pen drive conectados al PC. El informe de la autopsia está en una carpeta encima de la mesa. Ojéalo y espabila; el comisario me ha preguntado un montón de veces por el caso —dijo el compañero de Policía Judicial.

Jimeno leyó los informes y las diligencias abiertas, visionó el vídeo y estudió los fotogramas.

Tomó notas y elaboró una breve hipótesis del crimen. Solo faltaba la motivación: no cuadraba ningún móvil con el perfil del muerto.

A los pocos minutos hizo acto de presencia el comisario en el despacho.

Llegó con cierto enfado; no se acostumbraba a tener tantos muertos en su demarcación policial. La ciudad siempre fue un remanso de paz para la criminalidad.

La mala reputación que estaba teniendo la ciudad y la presión política le quitaban el sueño.

—Buenos días, por llamarlo de alguna manera. Sé que no tenemos la culpa de tanto muerto, pero, por lo menos, lo esclarecemos. Jimeno, sé que avanzamos y no quiero presionarte —dijo, sincerándose el comisario.

Miró a Jimeno con semblante serio.

—Te pido un favor: anteponer el cadáver del hospital Miguel Servet a este lío con los franceses.

Jimeno sonrió con una mirada cómplice.

—Señor, en ello estamos. Tengo al sospechoso del crimen identificado. Es el «Metralla».

—¿Cómo? ¡No puede ser! —exclamó el comisario.

Jimeno se acomodó y narró su hipótesis.

—El muerto es vecino de aquí, un avispado técnico en electricidad, un tipo que parece montar y llevar el mantenimiento de la maquinaria en las plantaciones de marihuana.

El comisario apostilló:

—Es posible que trabajara para Arben. Por algún motivo lo habrá quitado del medio. A saber por qué... Quizá quería ir a la competencia.

Jimeno dudaba de esa explicación.

—No creo. El capo no se la juega por un tipo sin importancia en la organización. —Tomó aire antes de seguir—. Se presentó en el hospital con una caja de bombones. El mismo alimento que ingirió el paciente antes de morir.

Mostró el fotograma del hall de recepción donde se veía a Arben con una caja de bombones bajo el brazo.

—El análisis de la muestra corrobora que son de la misma marca de bombones. Por lo que Arben estuvo, antes de la muerte, junto a él. Le inyectó salfumán en la cabeza. Un salvaje. Propio de él.

El comisario se echó las manos a la cabeza.

—Por Dios, no siga, ya tengo bastante. Lo malo va a ser cazarlo. Es escurridizo como él solo.

Jimeno respondió con seguridad.

—Seño, caerá, está aquí. Lo seguimos y cuando lo estimemos oportuno lo detendremos. Tenemos el mejor equipo sobre el terreno… es cuestión de tiempo.

Zaragoza

Marcelo circulaba a una distancia prudencial detrás de un vehículo de alquiler ocupado por tres albaneses.

Se movían por las inmediaciones de la calle León XIII, una zona tranquila y acomodada de Zaragoza donde los robos en viviendas de alto nivel adquisitivo se habían disparado en los últimos meses.

Dentro del coche camuflado apenas hablaban. El silencio también formaba parte del trabajo.

De pronto, el turismo sospechoso se detuvo junto a la acera. Dos de los ocupantes se apearon con naturalidad, como simples peatones más.

En ese mismo instante, el compañero de Marcelo levantó discretamente la cámara y enfocó sus rostros.

El obturador digital capturó varias imágenes nítidas.

—Ya los tenemos —murmuró Marcelo.

Desde el segundo equipo de vigilancia, estacionado unos metros más atrás, descendieron dos agentes de paisano que iniciaron el seguimiento a pie, diluyéndose entre los transeúntes.

Marcelo permaneció dentro del vehículo, atento al tercer ocupante, que seguía al volante.

Su compañero rompió el silencio.