Sonríe, es Dios Capítulo 7 Desenlaces #2
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Capítulo 7 Desenlaces #2

Martí llegó junto a Claudia a Lleida, formaban un tándem inseparable desde que tomaron la loca decisión de unir sus destinos.

El tanatorio estaba poco concurrido, apenas unas cuantas personas dispersas entre coronas y el silencio incómodo de las despedidas.

Sin embargo, una figura destacaba sobre el resto de los presentes. Era un hombre que tomó la palabra para leer unas líneas en memoria de Aymerich y de lo que había significado en vida.

Martí se inclinó hacia Claudia y le susurró:

—Quédate con su cara. Cuando termine todo quiero hablar con él. Si era tan cercano a Aymerich, seguro que conoció a Octavio.

Fue una despedida distinta. No hubo símbolos religiosos ni sermones solemnes; sólo música, anécdotas de la vida del difunto y palabras afectuosas a su persona.

Cuando cerraron la tumba, colocaron una lápida sencilla con un único epitafio: "Pudo con todo y contra todos".

Martí vio al hombre alejarse y decidió acercarse a él. Era una valiosa fuente de información para conocer ese periodo en la vida de Octavio.

Estaba a punto de alcanzarlo cuando una mano se posó sobre su hombro.

—¿Es usted Martí, el hermano de Octavio? —preguntó un desconocido.

Era un hombre mayor, impecablemente vestido con traje oscuro. Martí no recordaba haberlo visto antes.

—Sí. ¿En qué puedo ayudarle?

El hombre señaló discretamente hacia Yosune.

—Disculpe la forma de abordarlo. La agente Yosune me informó que iba a asistir al entierro. Gracias a eso me he ahorrado tiempo… y dinero en localizarlo.

Martí frunció el ceño. No conocía a ese individuo de nada.

—Martí, no me he presentado. Soy Oliver. Trabajo para la notaría encargada del testamento del señor Aymerich. Actúo como albacea.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

El hombre sonrió levemente.

—Mucho. El señor Aymerich nombró heredero universal a su hermano Octavio.

Martí lo interrumpió.

—Mi hermano está muerto.

Oliver abrió su cartera y extrajo varios documentos.

—Lo sé. Pero el señor Aymerich lo desconocía cuando redactó el testamento. Y usted es el único familiar directo que permanece con vida.

Hizo una pausa.

—Si me permite…

Colocó los papeles sobre la tapa de mármol de un nicho y comenzó a leer:

—Finca rústica en Torrefarrera, con vivienda de 200 metros cuadrados habitables y un terreno de 1.

400 metros cuadrados anexos. Un local en Lleida destinado a bar musical.

Varios inmuebles en la ciudad de Lleida actualmente en régimen alquiler…

usted decidirá qué hacer con los inquilinos y un patrimonio económico considerable: depósitos, acciones y cuentas.

Martí permaneció en silencio.

—Necesito su firma para la notificación —añadió Oliver—. Y que se persone en la notaría lo antes posible. Ya sabe, debe aceptar la herencia si la quiere para usted.

Rebuscó de nuevo en la cartera y sacó un sobre envejecido.

—Esta carta iba dirigida a su hermano. Ahora le pertenece a usted. Le entrego mi tarjeta personal y le espero.

Se despidió muy afectuoso, casi con familiaridad y se marchó dejando descolocado a Martí.

Claudia se acercó a él sin saber qué había sucedido en la conversación entre los dos.

—Martí, ¿estás bien? Parece que hayas visto un fantasma.

Él lo negó.

—Claudia, creo que nuestra aventura empieza aquí… pero con una pausa en Lleida.

Claudia lo observó e intervino sin dejar explicarse a Martí.

—Mientras hablabas con ese hombre, seguí a la persona que dio el discurso. Tengo su teléfono. Hemos quedado mañana… y sí, conocía a Octavio. Es posible que por fin sepas todo lo que llevas buscando saber de tu hermano.

Lo miró con preocupación.

—¿Me estás escuchando?

Martí tomó sus manos.

—Te dije que quería una vida nueva… Pues creo que empieza aquí —hizo una breve pausa—. Y contigo. Empezamos una nueva vida en la riqueza y abundancia. ¿Crees en los milagros?

El sobre permanecía en su mano, aún sin abrir. Como si dentro guardara algo más que una herencia.

Algo… que podría cambiarlo todo.

Zaragoza

Llevaban días siguiendo el rastro de Arben. Se movía por la ciudad con extrema cautela, cambiando constantemente de vehículo y llevando las medidas de autoprotección al límite.

Desde la caída de Ibrahim y Dumitru, los albaneses ya no se fiaban de nadie ni de nada.

Sin embargo, los investigadores contaban con una ventaja inesperada: hasta ese momento, todas las detenciones parecían inconexas.

Las operaciones contra las plantaciones de marihuana no guardaban relación aparente con la detención de los ocupantes del Mercedes por el homicidio.

El «Metralla» seguía recibiendo información del topo policial, que aún no había sido detenido. Era el "as" en la manga que se había reservado Soldevilla. Y eso mantenía relativamente tranquila a la organización.

—La mafia cree que todo son piezas separadas —explicó el inspector—. Lo de las naves lo daban por hecho. Quizás crean que hay algún chivato dentro de su gente, estarán entretenidos buscando al falso topo. No creo que lo relacionen con Octavio.

Hizo una breve pausa.

—Para mí, está claro que supieron que Octavio seguía con vida y acabaron el trabajo sin más. Ahora, según las escuchas culpan al descerebrado de Ibrahim por su forma de actuar impulsiva y matona.

El inspector consultaba en unos folios las transcripciones de las escuchas telefónicas entre los albaneses y el topo.

—Arben cree que todo empezó por la llamada de la chica retenida en el piso de las prostitutas. Llegó a la conclusión que la joven asustada denunció porque pensó que Ibrahim iba al piso para matarla. Y poco faltó.

Marcelo escuchaba e intervino.

—Pero, aun así, los albaneses extremaron las precauciones. Dejaron de utilizar los teléfonos intervenidos. Ahora la comunicación pasó a través de las redes sociales. La organización ha modificado hábitos y rutinas.

El inspector cerró el debate.

—Ellos se fían ciegamente de Pedro, tienen la falsa creencia de que es su seguro de vida. El policía cree controlar todos los movimientos en comisaría y esa falsa convicción de control lo percibe erróneamente la mafia.

Los albaneses eran precavidos, inteligentes y despiadados a la vez. Desarticular a la mafia y al cabecilla era muy difícil. Casi imposible.

Pero aquellos policías eran la élite del Cuerpo.

—Inspector, lo que me inquieta es saber cómo actúa Arben. Por qué después de los golpes que les hemos dado… siguen aquí. No han huido y comenzado en otro destino. Eso es impropio de ellos. Quedan expuestos.

Miró al inspector.

—Algo importante los retiene. Además, están seguros que el clan de Dumitru está a salvo. ¿Podría ser eso?

Soldevilla asintió.

—Puede ser. La red de blanqueo sigue intacta, eso es una señal para ellos que no vamos tras la organización en general. Los testaferros de Dumitru continúan operativos. No hemos levantado la liebre… algo más hay detrás.

Se recostó ligeramente.

—Los golpes aparentemente son cuestión de azar policial. Una mala racha, mala suerte en cadena.

Luego, el inspector clavó la mirada en su hombre y añadió:

—Haya lo que haya… usted lo va a encontrar.

Su tono fue firme.

—No tengo la menor duda —respondió Jimeno.

Porque si algo retenía al «Metralla» en Zaragoza… era porque aún no había terminado lo que había venido a hacer.

Comisaría de Policía, Zaragoza

Jimeno no levantaba la vista de los documentos que tenía sobre la mesa. Intentaba cerrar el caso del homicidio y, al mismo tiempo, profundizar en el perfil del detenido.

El argelino seguía siendo una incógnita. ¿Actuaba por libre? ¿Trabajaba para Arben?

Aún quedaban demasiadas piezas sin encajar.

Repasaba la información remitida por las autoridades francesas: antecedentes, causas abiertas, identificaciones, reseñas policiales y modus operandi. Un historial extenso y preocupante.

Había un detalle que se repetía en todos los informes: el sujeto era extremadamente violento. En el argot policial, un tipo con muy poca cuerda.

Jimeno se centró en los últimos movimientos registrados en Francia. Identificaciones, seguimientos y pequeñas detenciones en Toulouse y su entorno.

Algo lo había llevado hasta allí.

No terminaba de entender por qué había abandonado la relativa seguridad de Marsella y Niza, donde había desarrollado la mayor parte de su historial delictivo. Y apareció a caballo entre Toulouse y Zaragoza.

Entonces, un nombre llamó su atención: Saint-Lary-Soulan. El lugar donde se produjo su última detención.

Jimeno conocía bien aquel pueblo del Pirineo francés. Tenía amistades allí. Si algo relevante hubiera ocurrido en la zona, probablemente podría averiguarlo. No dudó.

Habló con el comisario, que autorizó el desplazamiento con reservas.

—Recuerda, Jimeno: dietas hasta Bielsa. A partir de la frontera, cruzas en tu día libre y bajo tu responsabilidad. Oficialmente no estamos autorizados. El procedimiento burocrático nos llevaría semanas.

Jimeno asintió.

No pensaba dejar escapar aquella oportunidad.

Jimeno se disponía a abandonar el despacho cuando sonó el teléfono interno; este insistía sobre la mesa.

—Jimeno, tenemos un homicidio en el hospital. Un paciente ha sido asesinado en la cama cuando se encontraba bajo supervisión médica.

Intervino de inmediato, sin dejar que el compañero terminara.

—¡Joder! Puedes hacerte cargo. No creo que sea tan complejo como para saturarme con otro muerto más.

El compañero volvió a insistir.

—Jimeno, no es un caso más… Creo que tenemos al asesino identificado en el lugar. Es Arben.

Jimeno enmudeció.

Vallée d'Aure, departamento de Hautes-Pyrénées (Francia)

Entró en el pueblo, dejando atrás la estrecha carretera de montaña. A ambos lados se alzaban casas de piedra perfectamente conservadas, con balcones de madera repletos de flores y tejados de pizarra oscurecidos por el paso de los inviernos.

Todo en aquel lugar parecía construido con una armonía casi imposible entre tradición y elegancia.

Era uno de esos rincones del Pirineo donde el tiempo parecía avanzar más despacio.

Las calles empedradas rebosaban vida. Turistas con mochilas caminaban entre tiendas de productos artesanos, panaderías y pequeños comercios.