Capítulo 7 Desenlaces
Playa del Garraf, Cataluña
Martí había dejado la moto a pocos metros de la cala. Volvía allí en busca de algo difícil de encontrar: una conexión con el recuerdo de su hermano.
Ese recuerdo seguía anclado en aquel lugar, en esa pequeña playa donde habían pasado veranos enteros en familia. Allí todo había sido más sencillo.
Se agachó, tomó un puñado de arena y, mientras caminaba hacia la orilla, la dejó escurrirse entre los dedos.
El agua terminó por mojarle los zapatos. No se apartó. Esbozó una leve sonrisa, como si aquel gesto tuviera sentido solo para él.
Un ladrido lo sacó de su ensimismamiento.
A unos metros, un perro de raza labrador blanco corría tras una pelota.
Martí reconoció al perro… y a la mujer que caminaba detrás de él.
Levantó la mano a modo de saludo.
Claudia recogió al perro, le puso la correa y se acercó caminando con una sonrisa en la cara.
—Buenos días, hombre triste. Por fin has vuelto a esta playa. Encantada de volver a verte, espero que no huyas esta vez de mí.
Martí sonrió, más relajado. Notó un cosquilleo en el estómago al escuchar de nuevo a Claudia.
—Sabía que encontraría un perro persiguiendo una pelota… y a alguien observando con atención al chucho. Me alegra verte de nuevo, Claudia.
Ella lo miró con curiosidad.
—Tengo que confesarte algo. Es la segunda vez que vengo a esta cala… y en las dos coincidimos.
Martí frunció el ceño.
—Entonces no soy el único que vuelve por algo en concreto.
Los dos se cruzaron la mirada.
—Mi hermano —añadió—. Murió hace poco. Aquí veníamos de pequeños en verano.
Claudia asintió.
—Lo siento.
—O quizá no es el destino —dijo Martí—. Quizá solo volvamos a donde fuimos felices.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Paseamos?
—Claro. Por qué no. Esta vez prometo no hablarte de Dios…
Caminaron en paralelo.
—Martí, ¿estás bien? —dijo ella.
Él rió levemente.
—No. Demasiadas cosas a la vez y en tan poco tiempo: nostalgia, dudas… y una pelea seria con la fe.
—Eso suena importante—. dijo la mujer.
—Lo es. Pero prefiero no convertir esto en terapia.
Claudia sonrió.
—Soy psicóloga. Sé escuchar, y a ti te escucharé sin cobrar.
Martí la observó con más atención.
—¿Tienes pareja?
Ella alzó una ceja.
—Eso ha sonado a interrogatorio o indiscreción.
Agachó la cabeza y apenas le salió susurrando:
—Lo siento…quería saber hasta qué punto llegaba esta amistad.
Ella soltó una leve carcajada.
—¿Y tú? —preguntó Claudia.
—No, nunca tuve pareja ni novia.
Claudia, sin retirarle la mirada, se sinceró con él.
—Yo en cambio me he separado. De forma… complicada. Pero ahora estoy soltera y espero a mi príncipe azul.
El perro tiró de la correa.
—Y hoy tengo que devolverlo. Al chucho, como dices tú. Es suyo, es de mi exmarido.
Martí observó cómo lo acariciaba.
—Has elegido un buen día…
Se hizo un incómodo silencio.
—O el lugar me ha elegido a mí.
Martí dio un paso más cerca. Se situó a escasos pasos de Claudia.
—Estoy en un punto de ruptura. Todo lo que era antes ya no encaja en mí, no sé si es locura o lucidez. Y conocerte así, de repente… quizás sea el destino.
Negó, incómodo
—No quiero seguir viviendo a medias —fue atrevido.— ¿Te gustaría romper con todo y unirte a mí en una aventura?... joder, esto es una locura.
Claudia lo miró con cautela.
—Eso no es locura. Es una crisis… pero no se resuelve en una mañana.
Martí asintió.
—He sido imprudente comentándolo.
—Sí —dijo ella—, pero también honesto, ja, ja, ja, ha sido una salida más que explosiva.
Él respiró hondo.
—He vivido contenido demasiado tiempo. Ahora quiero vivir de verdad. Todo será una novedad.
Claudia suspiró.
—Eso está bien. Lo que no está bien es pedirme que cambie mi vida contigo… sin conocerte. Hay una cosa denominada cordura.
Martí la miró.
—Claudia, subo la apuesta. Los dos necesitamos romper con el pasado. Empezar de cero. Vámonos juntos.
El silencio fue total.
Claudia se llevó las manos a la cara.
—Esto que voy a hacer, si es una locura…
Se miraron.
—Sí… nos vamos —dijo—. Antes de que me arrepienta. Ya no tengo nada más que perder.
Martí la abrazó y ella se vio sorprendida.
Luego le susurró:
—Sigue la carretera. Hay una explanada más adelante. Allí te espero.
Subió a la moto sin despedirse y salió sin mirar atrás a gran velocidad.
Minutos después, esperaba en la explanada.
Claudia apareció con el coche.
Se detuvo frente a él. Estaba sorprendida.
Martí se bajó de la moto.
Sin decir palabra, la tiró al suelo de una patada. Abrió el depósito. La gasolina se derramó bajo ella. Sacó un mechero. Lo encendió. Y lo lanzó hacia la motocicleta.
La Norton ardió al instante. Una columna de humo negro se elevó hacia el cielo.
Martí la miró por última vez y le lanzó un beso al aire a modo de despedida.
Luego corrió hacia el coche y subió.
Arrancaron.
—Era mi último vínculo con la vida anterior —dijo—. Tú pierdes al perro… yo ya he perdido todo lo demás.
La miró, con una media sonrisa.
—Ahora estamos en igualdad de condiciones.
Ella sonrió y sin demora le apremió.
—Venga. Me voy contigo al infierno, canalla. Date prisa antes de que me arrepienta y cambie de opinión.
El coche se alejó, serpenteando por la carretera.
Y el fuego quedó atrás, consumiéndose todo en la distancia.
Comisaría de Policía, Zaragoza
Soldevilla repasaba con Jimeno los interrogatorios. Tenían detenidos a los dos principales sospechosos del crimen del estudiante que degollaron: el argelino y Dumitru.
—Jimeno, el principal sospechoso es el suyo. — dijo Soldevilla —. Recuerde que todavía no tenemos el informe pericial completo para acusarlo formalmente por la muerte de Octavio.
Jimeno asintió. Lo tenía presente.
—No debería tardar en llegar ese maldito informe. He pedido máxima agilidad. Aunque sepamos que es el arma, eso no demuestra aún que él apretara el gatillo.
Jimeno sonrió y estrechó la mano del inspector.
—Suerte, inspector. A ver qué conseguimos en los interrogatorios.
Se separaron y entraron en salas distintas.
Jimeno se sentó frente a Ibrahim. A su lado, el abogado.
—Señor Ibrahim, en presencia de su letrado, procedo a informarle de los motivos de su detención y de los derechos que le asisten…
Finalizada la lectura, el abogado intervino:
—Mi cliente no va a declarar. Lo hará, en su caso, ante la autoridad judicial.
Jimeno asintió.
—Está en su derecho. Pero yo también en el mío de formular preguntas.
El abogado aceptó sin más.
—Ibrahim —dijo Jimeno—, responderá únicamente que no desea declarar. ¿Entendido?
—No voy a declarar.
Jimeno abrió la carpeta.
Por el pinganillo escuchaba a la vez, la declaración de Dumitru que venía desarrollándose en la sala contigua.
—Se le acusa del homicidio de un joven tras un accidente de tráfico. El señor Dumitru declara que usted conducía el vehículo.
Ibrahim tensó la mandíbula.
—No voy a declarar.
Jimeno colocó fotografías sobre la mesa.
—Este es el Mercedes. Este, el vehículo de la víctima. Daños compatibles de una colisión entre ambos. Estuvo allí.
—No voy a declarar.
—Huellas de neumáticos en el lugar del accidente. Coinciden con el Mercedes en el que usted viajaba supuestamente . Restos de óptica en el lugar del crimen. Coinciden con el mismo vehículo en el que usted viajó.
—No voy a declarar.
Jimeno no se inmutó.
—Y esta es la navaja que usted portaba. Compatible con el arma homicida como así lo demuestra el informe de la autopsia. ADN de la víctima en la empuñadura.
—No voy a declarar.
Entonces, escuchó la voz de Soldevilla por el pinganillo:
—Ya tenemos el informe del arma de Octavio. Es la misma. Úsalo.
Jimeno cambió el tono.
Se inclinó hacia delante.
—Ibrahim, escuche bien. A partir de este momento se le informa de una nueva acusación: el asesinato de Octavio con el arma de fuego hallada en su poder.
El efecto fue inmediato. Ibrahim se quedó paralizado.
Se giró hacia su abogado, nervioso.
—Ese muerto no me lo como yo…
El letrado, frío, respondió:
—No va a declarar tampoco por este nuevo cargo.
Jimeno interrumpió al abogado de Ibrahim y se dirigió directamente al detenido.
—Ibrahim, se te acusa de dos homicidios, por no llamarlos asesinatos. Te enfrentas a prisión permanente revisable. Más de veinticinco años fijos e inamovibles de cárcel, y el resto, hasta los cuarenta años, lo decidirán los tribunales por ti.
Ibrahim estalló.
—¡Quiero declarar! ¡Cambio de abogado! ¡Quiero uno de oficio! Llévense a esta mierda de abogado de mi vista, uno de oficio.
El abogado intentó contenerlo, pero fue inútil. Los agentes tuvieron que intervenir y separarlos. Sacándole a continuación de la sala. Dejó de ser abogado del acusado y se abrió una ventana de oportunidad.
Jimeno mantuvo la calma. Se anticipó y solicitó el abogado de oficio antes de un arrepentimiento en frío.
Al momento, se tomó un receso en el interrogatorio mientras llegaba a comisaría el nuevo letrado.
Se entrevistó con el inspector e intercambió la estrategia a seguir a partir de ese momento.
En compañía del nuevo abogado entraron en la sala de interrogatorios.
Leyó los derechos y las imputaciones de los graves delitos a Ibrahim, por lo que sin demora le hizo una invitación abierta a declarar.
—Adelante. Le escucho señor Ibrahim. Usted nos dirá…
Ibrahim respiraba agitado. El enfado era notorio.
—El "Metralla" me contrató. Yo solo controlaba a Dumitru. El albanés me dio la pistola… dijo que un profesional no usa navaja.
Se hizo un silencio.
Jimeno asintió. Había caído en su trampa y ahora desviaba un asesinato hacía Arben.
Minutos después, Soldevilla apareció en la puerta.
—Buen trabajo, Jimeno. Los tenemos. Esta vez, de verdad. Ibrahim se comerá de entrada el segundo crimen y si no obtenemos nuevas pruebas además de la declaración contra Arben, el desgraciado se comerá el crimen de Octavio.
Cementerio de Lleida.
—Te lo agradezco de corazón, Yosune. Gracias por avisarme. Debía asistir al sepelio de Aymerich por mi hermano —dijo Martí—. Se lo debía, aunque solo es un mero gesto.
La agente de los Mossos había acudido acompañada de su novia, una amiga cercana del difunto. Agradecieron el gesto.