Sonríe, es Dios Capítulo 6 Jimeno. #4
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Capítulo 6 Jimeno. #4

Minutos después, el operativo estaba listo para intervenir.

—Si llamo al número de teléfono que figura en el registro de llamadas en el 112 y suena dentro del piso… entramos, daremos por bueno el aviso. ¿Entendido? —dijo Marcelo convencido de la veracidad de la llamada.

Los uniformados subieron primero ajustándose al plan.

El resto del equipo, oculto a la vista desde la puerta de acceso, esperó en el recodo de las escaleras.

Los policías uniformados llamaron otra vez al timbre de la puerta.

Una sombra tras la mirilla los observaba.

—¿Qué quieren? —dijo una mujer sin abrirles.

—Un mero trámite administrativo —respondió el agente—. Solo verificar sus datos y dejar constancia de que rehúsa la asistencia de emergencia en el acta de servicios.

Hubo un tenso silencio.

La puerta se entreabrió y una mujer sacó medio cuerpo fuera para negar la llamada desde ese inmueble.

Marcelo marcó el número desde el que se había hecho la llamada. El tono del móvil sonó dentro del piso con insistencia.

Aquella era inequívocamente la señal para entrar.

Uno de los agentes empujó a la mujer hacia dentro de la vivienda; el compañero trabó la puerta con su cuerpo.

Marcelo y el resto del equipo entraron a la carrera. Con rapidez, tomaron el piso habitación por habitación hasta asegurar la vivienda.

En una habitación encontraron y redujeron al conductor del Mercedes. El magrebí opuso gran resistencia. Fue necesario emplear la fuerza para finalmente dejarlo inmovilizado y detenido.

En el interior encontraron a tres mujeres rumanas.

Una de ellas, brutalmente golpeada y aterrada. Esta fue quien realizó la llamada de auxilio al 112.

Marcelo llamó al inspector de inmediato participando de la inesperada novedad.

—Jefe, tenemos a un argelino detenido. Posible autor del homicidio del joven universitario. Conducía el Mercedes. Y estaba armado.

Miró alrededor. Vio a las tres mujeres aterradas, llorando y balbuceando.

Lo entendió todo, aquel lugar no era un piso cualquiera. Era un punto de quiebre de las chicas. Las sometían y preparaban para ejercer la prostitución.

Un golpe de suerte… O algo más. Porque habían llegado justo a tiempo.

Centro ciudad, Zaragoza

Jimeno caminaba despacio bajo la llovizna que caía aquella tarde, deteniéndose frente a los escaparates y refugiándose de vez en cuando en los portales.

Pronto iba a anochecer, así que aprovechó los últimos restos de luz antes de que la ciudad quedara sumida en la oscuridad.

Era un hombre atractivo, con buen porte y saber estar. Una persona de hábitos firmes con rutinas inalterables. Vivía solo en un piso céntrico, ya pagado gracias a la herencia dejada por sus padres.

Seguía soltero por elección. No quería compromisos serios, algo que muchas mujeres de su entorno nunca terminaron de comprender. Aun así, Jimeno era feliz en su soledad; la necesitaba casi tanto como el aire para poder dedicarse de lleno a su profesión.

El trabajo era su verdadero refugio. Jimeno no entendía de horarios ni desconexiones. Le apasionaba lo que hacía y afrontaba cada caso con la meticulosidad de un perfeccionista.

Y cuando el desgaste empezaba a hacer mella, siempre escapaba a Bielsa. Allí, entre montañas y silencio, encontraba el único lugar capaz de desconectarlo del mundo.

Alzó la vista hacia la bandera ondeando en el mástil de la plaza de España.

En ese momento, el teléfono vibró.

—Jimeno, soy Martí. ¿Cómo estás?

La llamada le arrancó una sonrisa.

—Qué sorpresa. Bien… con mucho trabajo, pero avanzando.

Martí habló con calma.

—No quiero robarte tiempo. La semana que viene estaré unos días por Zaragoza. Si te parece, quedamos.

Jimeno asintió mientras caminaba.

—Perfecto. Avísame con tiempo. Me cogeré algún día libre. Quiero ser un buen anfitrión.

Se pusieron al día de sus quehaceres diarios. Se despidieron, quedando en verse pronto.

Iba a guardar el teléfono cuando volvió a sonar.

Otra llamada.

—Jimeno, tenemos novedades… y son muy buenas.

Era Soldevilla.

—Ya tenemos al asesino de tu muchacho. Un argelino. Fue él quien degolló al joven. Hemos recuperado el cuchillo; lo tenía oculto bajo el asiento del Mercedes. Y hay más.

Añadió el inspector sin dar tiempo a asimilar las buenas noticias.

—Las huellas del neumático coinciden con las del Mercedes. Además, los restos de pintura encontrados por transferencia encajan con el otro vehículo. Y le falta el resto de óptica posterior que tú conservas como prueba.

Jimeno sonrió.

—Entonces ya es nuestro.

El inspector estaba exultante.

—Y lo mejor de todo: llevaba un arma de fuego.

Jimeno no pudo articular palabra al oír aquello.

—Es el arma con la que mataron a Octavio. Las pruebas de balística lo han confirmado.

El mundo pareció detenerse un instante.

—Es… una noticia inmejorable.

Soldevilla continuó, con un tono más grave:

—Al diablo solo se le vence de una manera: no subestimando ni dándole margen para actuar. Solo la tenacidad lo derrota. Recuerda esto, Jimeno… él siempre sabe lo que vas a hacer.

La llamada terminó.

Jimeno quedó inmóvil bajo la lluvia con el teléfono en la mano. Porque, por primera vez, todo empezaba a cerrarse.