Capítulo 6 Jimeno. #3
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…
Luego lo miró fijamente.
—Dime qué ocultas. ¿Qué te está consumiendo?
Martí permaneció en silencio, con la respiración irregular.
—Desde que supe de la muerte de Octavio…
El sacerdote asintió sin retirar la mirada.
—Y aun así sigues viviendo como si estuviera contigo.
El silencio se volvió pesado entre ambos.
De pronto, un golpe seco con un fuerte estruendo los sobresaltó.
La puerta se cerró de golpe.
Martí palideció y solo consiguió decir lo que le salió del alma.
—Está aquí.
El sacerdote no se giró.
—Lo sé.
Sacó un pequeño crucifijo y un frasco.
—Escúchame. No todo lo que adopta el rostro de un ser querido viene de Dios.
—Es él… lo sé. Es Octavio, no es la primera vez, padre.
El padre Miguel se levantó.
—Vamos a la nave principal. Allí estaremos más protegidos.
Caminaron sin separarse. El aire se volvió frío de golpe.
Las llamas de velas encendidas temblaron.
Se detuvieron frente al altar. Entonces, detrás de ellos apareció una figura translúcida. Inmóvil.
Era Octavio.
Martí sintió que las piernas no le respondían. La misma imagen que vio en las fotos de la autopsia hechas el día de su asesinato.
—Dios mío… —exclamó el padre Miguel.
Alzó el crucifijo de plata que colgaba de una cadena en su pecho.
—En el nombre de Cristo, dime quién eres.
La figura sonrió. Luego, esta se apagó.
—Ellos me abandonaron. Era un buen hijo de Dios.
Martí rompió a llorar.
El sacerdote lo entendió. No era solo un espíritu. Era culpa que se hacía presente ante ellos.
Levantó el crucifijo con firmeza.
—Seas memoria, espíritu o tiniebla… este hombre no te pertenece.
La oscuridad comenzó a extenderse. Las velas se apagaron una a una.
La figura empezó a desvanecerse. Pero antes de desaparecer, la voz susurró junto al oído del padre Miguel.
—Entonces… dile la verdad.
El silencio volvió al templo.
Zaragoza
La tarde se consumía lentamente.
El apostadero empezaba a hacerse insoportable para Marcelo. Vigilaban un domicilio donde sospechaban que varias mujeres de origen rumano permanecían retenidas antes de ser entregadas por Dumitru a la mafia albanesa.
Gracias a la investigación del asesinato del joven estudiante y a la pista del Mercedes negro, habían conseguido una orden judicial para intervenir el teléfono del jefe del clan Dumitru.
Y entonces, cuando menos lo esperaban, apareció.
El viejo Mercedes negro surgió en las inmediaciones del inmueble. Circulaba despacio, buscando un estacionamiento libre en la misma calle del inmueble.
Incluso a distancia podían apreciarse los daños en la parte posterior. No había reparado los daños.
Era en apariencia el mismo vehículo de homicidio. Había que recabar pruebas para despejar dudas.
—Atentos, tenemos un objetivo importante en el punto indicado —ordenó Marcelo por la emisora.
Desde su posición apenas tenía ángulo de visión.
Salió del coche con discreción y cruzó la calle.
En la acera opuesta, se agachó fingiendo atarse los cordones mientras observaba de reojo la maniobra.
Solo bajó una persona del Mercedes.
Y no era Dumitru.
Marcelo sacó el móvil y, con el zoom, tomó varias fotografías sin levantar sospechas.
El hombre permaneció unos minutos junto al vehículo, inquieto. Contestó una llamada, guardó el teléfono y caminó hacia el portal.
Antes de entrar, barrió la calle con la mirada. Luego desapareció en el interior del bloque.
Marcelo reaccionó al instante.
—«Búho Uno», vigila el acceso. Que nadie controle el coche desde dentro del edificio.
Recibida la confirmación, él y otro agente se acercaron al Mercedes.
Trabajaron rápido.
Reportaje fotográfico de los daños, parachoques y neumáticos. Y la recogida de muestras: pintura negra, transferencia del impacto…
—Perfecto, jefe. Ya tenemos todas las pruebas, enviaré el material al laboratorio —dijo el agente—. Y le he enviado la foto del conductor. No es del clan Dumitru, es magrebí.
Marcelo miró la pantalla y lo reconoció: es el mismo de la discoteca. Se le encogió el estómago.
—¡Bingo!
Ahora empezaba a encajar todo.
Mientras tanto, el dispositivo seguía con la vigilancia del inmueble.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Un vehículo patrulla de Seguridad Ciudadana se detuvo frente al edificio. Dos agentes bajaron y se dirigieron al portal.
Marcelo observó, tenso. Sin entender qué sucedía.
Los agentes llamaron al interfono de la puerta.
Nadie abrió. Insistieron varias veces.
Finalmente, un vecino de otra vivienda les franqueó el acceso al identificarse como policías.
Minutos después, regresaron los policías al vehículo patrulla.
Marcelo los abordó y se identificó como policía.
—Subinspector —dijo uno de los agentes—. Venimos por un aviso de posible violencia. Una mujer llamó al 112 diciendo que temía por su vida. Dio esta dirección… y se cortó la llamada.
Marcelo sintió un escalofrío.
—¿Y dicen que es arriba? ¿No será en la tercera planta, primero?
Los policías confirmaron.
—Nos contestó una mujer desde dentro. Dijo que no ha llamado.
Marcelo respiró hondo.
—¿Acento extranjero?
—Sí.
No dudó.
—¡Atención a todos los equipos! Chalecos y armas largas. Intervenimos.
Abrió el maletero, se colocó el chaleco y cogió la barra de uña (pata de cabra en el argot policial).