Sonríe, es Dios Capítulo 6 Jimeno. #2
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Capítulo 6 Jimeno. #2

La misma foto del apagón. —Señaló el rostro con el dedo—. Rasgos árabes y sin identificar en compañía de Radu Dumitru y viajan en un viejo Mercedes de color negro.

Jimeno reaccionó al instante.

—El degollamiento fue limpio. Preciso. Pero no hay antecedentes similares en la zona y tampoco en el país. No mata personas habitualmente de esa manera… pero sí animales.

Levantó la vista.

—Sacrificios. Corderos. Como en el ritual musulmán de la fiesta del cordero.

Miró al inspector.

—Ese es posible que sea nuestro hombre. El acompañante de Dumitru. ¿Seguís vigilando a Dumitru?

Este contestó de inmediato.

—Sí.

Jimeno asintió.

—Entonces tenemos el coche.

Señaló la fotografía.

—Solo hay que comprobar los daños en la parte trasera del Mercedes… y tendremos algo sólido.

El inspector sostuvo su mirada.

Ahora sí. Las piezas empezaban a encajar.

Residencia geriátrica, Barcelona

Martí tomaba café con Marisa, la encargada del centro geriátrico donde estaba ingresada su madre. Entre ambos existía una relación cordial, sostenida por los años y la confianza.

—Martí, me alegra verte. Hacía días que no venías por aquí —dijo ella con franqueza—. Gracias por venir tan rápido tras mi llamada.

Martí la escuchaba en silencio, sin apartar la atención.

—Tu madre no ha superado la sepsis derivada de la infección urinaria. Está muy débil, con fiebre alta y la tensión descompensada. Además, hay afectación orgánica.

El hombre no la interrumpió.

—Ha entrado en una fase de debilidad extrema. Ha dejado de comer y beber. Le estamos administrando suero y opiáceos para aliviar el dolor. Pero hemos esperado a tu llegada antes de proceder a la sedación.

Martí se puso en pie.

—Le agradezco todo lo que han hecho por ella estos años. Ahora, si me lo permite, voy a la habitación a despedirme.

Ambos caminaron juntos hasta la puerta.

Dentro, la anciana yacía en la cama. A ojos de Martí, estaba muy deteriorada: tez pálida, conectada al suero, consumida por la enfermedad.

Entró solo en la habitación.

Se acercó a la cama y tomó la mano fría de su madre.

La mujer reaccionó levemente al contacto y entreabrió los ojos.

—Octavio… fill meu… —susurró en catalán—. Hijo mío.

Martí se inclinó para que pudiera oírla mejor.

—No, mamá. Soy yo, Martí, tu otro hijo.

La anciana giró apenas la cabeza para mirarlo. Su mirada era triste, apagada, ya distante, como si empezara a desprenderse de este mundo. Las lágrimas le humedecieron los ojos y resbalaron por sus mejillas.

Martí, con ternura, se las limpió y besó su frente arrugada.

—Estoy aquí contigo. Descansa, mamá. No te esfuerces.

La mujer intentó hablar, pero le faltaba el aire.

—Ho sento molt, fill meu… Octavio, perdona'm… Lo siento, hijo… Perdóname.

Martí tragó saliva, conmovido.

—No sufras más. Octavio te ha perdonado. Te quiere, mamá. Es un buen chico y sabes que te quiere.

Ella siguió buscándolo con la mirada, insistente, como si aún necesitara cerrar una herida abierta.

—No, Martí… quiero oírlo de tu hermano —dijo, aferrando con más fuerza su mano.

Martí dudó un instante.

—Tranquila… pronto vendrá y te lo dirá él mismo.

El rostro de la anciana cambió. En su fragilidad apareció un último destello de lucidez.

—No mientas, hijo. Es pecado engañar a una madre.

Retiró la mano con esfuerzo y la extendió hacia el aire.

—Octavio, perdona a mamá… te quiero, hijo. T'estimo molt.

Martí intentó volver a sujetarla, pero ella ya no lo permitió.

—Descansa, mamá… estoy aquí a tu lado.

La mujer negó débilmente.

Con un último esfuerzo, giró ligeramente la cabeza hacia detrás de él.

—Martí… està el meu fill Octavio darrere teu… —susurró—. Mi hijo Octavio está detrás de ti.

Martí se giró bruscamente.

No había nadie.

Cuando volvió la vista a la cama, su madre miraba fijamente al vacío, con los ojos abiertos.

Yacía sin vida. Había muerto en la creencia de haber visto a Octavio en su último anhelo de vida.

Martí, con el pecho encogido, se santiguó despacio.

Y rezó en silencio por ella.

Hospital Miguel Servet, Zaragoza

Un jefe no solo manda o supervisa; es algo más: planifica, organiza, marca objetivos y, sobre todo, toma decisiones, incluso en situaciones difíciles.

Y esta era una de ellas. Había que enviar un mensaje claro e inequívoco.

—Lo fácil en este trabajo es mandar; lo difícil es liderar. Y esto solo se consigue de una forma: con mano dura.

Arben, en compañía de uno de sus hombres, entró en el hospital portando bajo su brazo una caja de bombones.

—No me gustan los hospitales; me traen malos recuerdos. Pero… lo que tiene que hacer un jefe por uno de los suyos no tiene precio.

Uno de los hombres de la organización estaba ingresado en ese hospital. Había sufrido un repentino dolor agudo en el bajo vientre y fue operado de urgencia por una apendicitis aguda, con un cuadro cercano a la peritonitis.

Entraron en la habitación respetando el descanso de los pacientes. Allí había dos camas separadas por una cortina.

El acompañante señaló con el dedo.

—Es ese, jefe.

Arben se aproximó en silencio y observó, con una ternura aparente, cómo dormía uno de los suyos.

El enfermo advirtió la presencia en la habitación. Estaba aún dolorido, tenía el gotero con calmante que lo mitigaba.

Abrió los ojos y vio a las dos personas al pie de la cama.

A una de ellas la reconoció al instante. Era uno de los albaneses, al otro no lo había visto nunca.

Hizo una mueca que parecía una sonrisa forzada por el dolor.

—Así que tú eres el genio de mi empresa, el chico listo, mi soporte técnico —dijo Arben con sarcasmo—. Eres el Chispas... el manitas de todo. Mi amigo David se encuentra de baja y yo sin enterarme hasta ahora.

El enfermo sonrió con cierta molestia al escuchar los halagos del hombre desconocido.

—¡Señor Tripilla! Un empleado tan ilustre merece la visita en persona del jefe. ¿Qué menos? Mira, te he traído un pequeño detalle: bombones. Van rellenos de licor, hasta tienen trozos de cereza en su interior.

Arben le guiñó un ojo y le introdujo personalmente un bombón en la boca.

El Tripilla solo pudo sonreír y dar las gracias.

El jefe, sin mediar palabra, abrió nuevamente la caja de bombones y extrajo del interior una jeringa de grandes dimensiones.

Se acercó a la cabecera de la cama y, sin pensarlo dos veces, introdujo la larga y fina aguja hasta el fondo en la sien del enfermo.

Lo miró sonriente.

De un solo empujón con el pulgar, vació el contenido de la jeringa en el interior de la cabeza del Tripilla.

—No tengo tiempo que perder contigo.Mejor te sentencio aquí mismo.

Una muerte rápida, sin torturas ni padecimientos innecesarios.

¿Qué te parece, Tripilla? Eres un privilegiado, morirás en el acto, eso sí, te diré un pequeño secreto, no recuerdo si el contenido de la jeringa es amoniaco o salfumán… fue lo primero que encontré por casa.

El paciente se retorcía entre gemidos y espumarajos que echaba por la boca.

—Tripilla, eres un jodido blandengue, muere con dignidad. ¡Cojones! Que trabajas para Arben.

Mientras guardaba la jeringa, lo miró por última vez.

—Te veo en el infierno, maldito chivato.

Cementerio de Montjuic, Barcelona

Se despidió de los últimos asistentes al sepelio junto a la puerta del panteón familiar. Allí lo esperaba el padre Miguel, atento y cercano, como siempre.

Martí agradeció en silencio su presencia. En momentos así, el sacerdote representaba mucho más que un apoyo espiritual: era un amigo.

Y la amistad, en ciertos dolores, pesaba más que la fe.

—Padre, me he quedado solo en este mundo. Soy el último de mi familia y no tengo descendencia que conserve nuestra historia. Siento un vacío profundo… como si mi paso por esta vida no hubiera dejado huella, como si solo estuviera decorando el paisaje.

El sacerdote le apoyó una mano en el hombro.

—Te hablaré con franqueza, Martí. Eres una buena persona. Has sacrificado gran parte de tu vida por los demás y por Dios. Has sido un hijo ejemplar, un hombre íntegro. Todo lo has hecho bien.

Hizo una pausa.

—Pero ha llegado la hora de una metamorfosis.

Martí lo miró, desconcertado.

—Necesitas cambiar. De aires, de rutina… incluso de trabajo si hace falta. Buscar nuevas relaciones que llenen tu vida… y quizá una mujer con la que compartir esta etapa.

Martí no terminaba de comprender.

—Vive, hijo —continuó el padre Miguel—. Sé egoísta por una vez. Piensa en ti. Estoy convencido de que eso es lo que Dios quiere de tí. Bastante sacrificio hacemos ya algunos… y tú no eres sacerdote.

Esbozó una leve sonrisa.

—Dar un giro a tu vida no es renunciar a Dios. Es aprender a quererlo de otra manera.

Se abrazaron y se despidieron.

Martí subió a la moto y salió del cementerio en dirección al Born. Iba abatido. Las palabras del sacerdote le golpeaban la mente, incapaz de decidir si eran un consejo… o una sentencia.

Buscó refugio donde siempre: en el silencio de una iglesia.

Entró en la basílica de Santa María del Mar.

Se sentó en un banco lateral, inclinado hacia delante, con las manos entrelazadas. Intentó aferrarse a recuerdos felices, algo limpio a lo que sostenerse.

El tiempo pasó sin que lo percibiera. El frío del templo le recorrió el cuerpo. Se encogió sobre sí mismo.

Entonces escuchó una voz.

—No tendrías que haber venido hoy.

Martí abrió los ojos.

Su hermano Octavio estaba sentado al otro extremo del banco.

Exactamente igual que el día de su muerte: camisa de cuadros, el cabello húmedo, la piel pálida, las ojeras profundas.

Martí cerró los ojos con fuerza.

—No eres real.

Pero escuchó de nuevo su voz.

—Eso dices siempre… y aquí sigo.

Sintió una mano sobre el hombro.

Se sobresaltó.

—Hijo… tranquilo, soy yo. —Era el padre Miguel.

El sacerdote lo observó detenidamente. En sus ojos no había solo cansancio: había miedo.

—¿Cuánto tiempo llevas sin dormir?

Martí fue sincero con él.

—A ratos… descanso a ratos. ¿Qué hace usted aquí?

—Cuidar de mis ovejas —dijo con suavidad—. Y hay una que lleva demasiado tiempo cargando con pecados ajenos. Ven conmigo.

Lo condujo a la sacristía.

Se sentaron juntos.

—Recuerda que debes ser sincero conmigo.

Hizo la señal de la cruz.