Sonríe, es Dios Capítulo 6 Jimeno.
59%

Capítulo 6 Jimeno.

Zaragoza

La mañana había sido agotadora. Mucho más de lo que Marcelo esperaba.

Desde primera hora recorrió a pie buena parte del centro de Zaragoza, desde la basílica del Pilar hasta la plaza de España, coordinado en todo momento con las patrullas de Seguridad Ciudadana.

La orden del inspector Soldevilla era clara: identificar a todos los miembros del clan Dumitru.

Los pedigüeños estaban repartidos por toda la zona centro.

Ejercían una mendicidad perfectamente organizada: accesos turísticos, entradas de centros comerciales, alrededores de la basílica… una red bien distribuida.

Marcelo pasó horas recabando filiaciones tomadas por los agentes y realizando él mismo identificaciones, comprobando documentación y cruzando datos.

Algo tramaba Soldevilla. No daba puntada sin hilo. Eran muchos años trabajando juntos.

Y, como de costumbre, no dijo nada hasta el final.

De regreso en comisaría, Marcelo se dejó caer en la silla con evidente cansancio.

—Inspector, espero que esto haya valido la pena. No sabe la mañana que me ha hecho pasar. Ya no tengo edad para tanta pateada.

Soldevilla sonrió.

—Anda, quejica. Siéntate y escucha.

Sacó unos folios de una carpeta y los dejó sobre la mesa.

—Mire esto.

Marcelo los repasó por encima.

—¿Oficios para Hacienda y la Seguridad Social? Qué está tramando, esto no estaba en los planes iniciales.

Alzó una ceja.

—¿De verdad cree que esa gente está dada de alta en la seguridad social mendigando?

El inspector soltó una breve carcajada.

—Sí. Como autónomos. Eso espero.

Marcelo frunció el ceño.

Soldevilla se inclinó hacia delante.

—Escúchame bien. Sospecho que los albaneses han llegado a un acuerdo con el clan Dumitru. El de la otra noche en la discoteca es el jefe del clan Radu Dumitru.

Dejó unos segundos de silencio.

—Blanqueo de capitales. ¿Le suena?

Marcelo empezó a encajar las piezas.

—Rumanos con residencia europea… cuentas legales… ingresos declarados…

El inspector asintió.

—Exacto. Los usan como mulas fiscales. Se dan de alta como autónomos, ingresan dinero negro fraccionado y lo justifican como actividad propia.

Marcelo negó con la cabeza.

—Qué hijos de puta… Arben es retorcido hasta para hacer cotizar a los pedigüeños de Zaragoza.

Tomó uno de los documentos y lo examinó con más detenimiento.

—Ahora lo veo claro. ¿Qué podían aportar unos mendigos a la mafia albanesa? Esto.

Soldevilla señaló los papeles.

—Identidades limpias. Cuentas bancarias. Apariencia de legalidad.

Marcelo soltó el aire.

—Y si Hacienda tira del hilo… el marrón se lo comen ellos. Insolventes, manipulables…

—Exacto —remató el inspector—. Marginales y desesperados. Perfectos para cargarles cualquier delito económico.

El despacho quedó en silencio unos segundos.

Marcelo esbozó una sonrisa amarga.

—Se las saben todas, jefe.

Soldevilla se recostó en la silla.

—Sí… pero ahora nosotros también empezamos a entender cómo juegan y se organizan.

Hizo una breve pausa.

—Y eso significa que ya no vamos un paso por detrás. Empezamos a caminar a la par de ellos.

Sus ojos se endurecieron.

—Esto es grande.

Basílica del Pilar, Zaragoza

Sentado en un banco, miraba hacia el altar, buscando la imagen de la Pilarica, la virgen patrona de Aragón. Era un día entre semana y no había masificación de visitantes, turistas ni creyentes.

Se había tomado la mañana libre. Estaba saturado.

La imagen del joven degollado dentro del vehículo y las posteriores declaraciones de los testigos le estaban pasando factura.

Jimeno buscó refugio en el templo. En el silencio de la basílica trataba de ordenar algo dentro de sí que temía perder.

Tres homicidios en menos de un mes.

No era la imagen de seguridad que hasta ahora proyectaban la región y la ciudad.

Jimeno era una persona emocional, aunque se protegía tras una coraza que solo existía de puertas afuera. En el fondo, era altruista, servicial e incansable en el trabajo.

Había reconstruido la trayectoria del vehículo. Visionado cámaras del parking donde estuvo estacionado y de las calles por las que transitó.

Habían realizado una inspección ocular minuciosa: vehículo, vía y entorno. Papeleras, contenedores, imbornales… todo revisado en busca del arma homicida.

También las posibles rutas de huida. Las declaraciones de testigos, familiares, amigos.

Tenían pistas.

Restos de pintura del vehículo contrario. Fragmentos de óptica trasera en el punto de impacto. Imágenes borrosas, casi inútiles, por la velocidad, la llovizna y la niebla.

Esperaban identificar el vehículo. Ese era su trabajo y no dudaba en conseguirlo.

Salió del templo y caminó por la calle Alfonso I, entre el bullicio de personas.

El teléfono sonó. Contestó al instante.

—Dime. Esperaba tu llamada.

—Jimeno, ya tenemos los primeros datos de la autopsia.

Se detuvo y escuchó en silencio.

—El autor sabía lo que hacía. Usó un cuchillo muy afilado. El corte es limpio, preciso… de izquierda a derecha y de una sola pasada. Un auténtico corte limpio y suficiente para matar a una persona.

Jimeno guardó silencio.

—Buscó la carótida y la yugular con exactitud. Profundidad justa. Muerte rápida. Apenas unos segundos de consciencia.

El ruido de la calle se desvaneció.

—¿Sabes qué significa eso?

Jimeno miró la silueta de la basílica al fondo antes de responder.

—Sí.

Tragó saliva.

—Puede parecer un arrebato… pero no lo es. No estamos ante un aficionado. Es un consumado criminal con mucha sangre fría.

Reanudó el paso.

—Ese corte lo hace alguien acostumbrado a matar. Con la sangre fría que has descrito… o bien, alguien que ha aprendido a hacerlo de forma mecánica.

Se hizo un breve silencio.

—¿Perfil? —insistió el compañero.

Jimeno dudó un instante.

—Varón, más de cuarenta. Fuerte. Ha matado antes. Se mueve en entornos violentos… probablemente criminales.

Esta vez no dudó.

—Puede ser del Este… o magrebí. Pero musulmán.

El interlocutor añadió:

—Alguien con experiencia en sacrificios animales… o matarife en un matadero halal.

El comentario dejó un silencio incómodo, pero Jimeno respondió:

—No nos centremos en lo religioso, era esa mi sospecha, algún musulmán albanés o magrebí. Lo importante es la técnica que usó. Sabía dónde cortar… y lo hizo sin dudar. Me inclino por lo segundo.

Colgó tras dar indicaciones.

Y siguió caminando entre la gente. Con una sola imagen fija en la mente.

Un cuchillo.

Comisaría de Policía, Zaragoza

El inspector se personó en las oficinas donde trabajaba Jimeno nada más tener conocimiento del crimen.

Conocía bien su reputación y su valía. Cuando el subinspector se enfrentaba a un caso así, no era motivo de tranquilidad; al contrario, significaba que había algo más bajo la superficie: vasos comunicantes entre casos aparentemente distintos.

Nada era casualidad desde su llegada a Zaragoza.

Todos los casos en los que trabajaba Jimeno acababan conectando, de una forma u otra, con las investigaciones del inspector. Y él lo sabía.

—Jimeno, sé de tu valía —dijo mientras se quitaba la chaqueta—. Pero recuerda una cosa: mientras estemos en Zaragoza, cuentas con todo mi equipo.

Jimeno agradeció el gesto con una leve inclinación de cabeza. Acto seguido, deslizó sobre la mesa varias fotografías del escenario y el informe preliminar de la autopsia.

—Un grupo de universitarios —explicó—. Habían terminado los exámenes y salieron a celebrarlo. Alcohol, lluvia y una distracción al volante. Un accidente por alcance aparentemente menor… y el desenlace.

El inspector observó las imágenes en silencio.

—El conductor del otro vehículo se bajó —continuó Jimeno, con la voz endurecida—. Uno de los chicos bajó la ventanilla para hablar… y el tipo, sin mediar palabra, le abrió el cuello de lado a lado. Limpio. Preciso. Como si estuviera sacrificando un animal.

El inspector alzó la vista.

—¿Qué dice la autopsia?

Jimeno señaló el informe.

—Corte único, profundo y ejecutado con precisión. El forense cree que sabía exactamente dónde cortar para provocar una muerte casi inmediata. Tenía experiencia… y la sangre fría para ejecutarlo.

El inspector apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Consultaré la base de datos. Un ataque así no es habitual. A simple vista diría que hablamos de un magrebí con historial violento. Un tipo impulsivo. De mecha corta.

Jimeno asintió.

—Es lo que pienso. Empezaré a construir el perfil. En paralelo, busco el vehículo: un Mercedes antiguo, negro.

El inspector levantó la mano.

—¿Mercedes negro?

Jimeno continuó antes de que hablara.

—No creo que tenga relación con los albaneses.

El inspector arqueó una ceja.

—¿Qué tan seguro estás?

—Mucho —respondió Jimeno—. Los albaneses son pragmáticos. Evitan llamar la atención. Su violencia es selectiva. Esto… no encaja en su rango de actuación.

Se acercó a la ventana.

—Degollar a un desconocido en plena calle, tras un accidente de tráfico, eso es otra cosa. Es ira… o alguien con una forma muy concreta de entender la violencia.

El inspector permaneció pensativo.

—Puede que no encaje con ellos, pero trabajan con otros matones a encargo. Y esos otros hacen el trabajo sucio.

—No lo creo —insistió Jimeno—. Esto no es profesional en ese sentido. Es algo más impulsivo.

El inspector lo miró.

—Voy a invertir los papeles contigo, Jimeno.

Este lo miró, desconcertado.

—Yo no creo en fantasmas. Creo en lo que veo.

Se sostuvieron la mirada.

—Al grano —dijo Jimeno—. Suéltalo ya, sea lo que sea que me tengas que decir o se te pase por la cabeza.

El inspector esbozó una sonrisa maliciosa.

—El día del apagón en mi despacho. La foto. Dumitru y aquel acompañante. Casualidad o no… el rey gitano se mueve en un Mercedes negro. ¿Y si Octavio… anticipó este crimen?

Jimeno bajó la cabeza, con una media sonrisa incrédula.

—Joder… menos mal que no soy el único que está perdiendo el juicio.

Sin decir más, el inspector salió del despacho.

Regresó minutos después con una fotografía. La dejó sobre la mesa.

—Recuerda que al mostrarte la foto nos quedamos a oscuras y luego vino… pues bien, la misma foto la he traído. Este es el tipo que acompañaba a Dumitru en la discoteca de Arben.