Capítulo 5 El mafioso. #5
—Lo hago, en parte, por él —continuó Yosune, mientras el perro regresaba con la pelota—. Sé que sufrió mucho. El final que tuvo fue tan injusto como la carga que vuestra familia le obligó a soportar.
Martí se cubrió el rostro con las manos, ocultando una mueca de dolor. Permaneció inmóvil, rezando en silencio por el alma de Octavio, mientras los ladridos del perro rompían la quietud de la tarde.
Yosune esperó unos segundos antes de continuar.
—No todo es blanco o negro, Martí. La vida de tu hermano estuvo llena de grises… de matices que quizá nunca quisisteis ver. Pero todos los que lo conocieron coinciden en algo: en el fondo, era un buen hombre.
Se agachó para acariciar al perro, que movía la cola ajeno a todo.
—Aymerich fue durante años uno de sus mejores amigos. No eran pareja ni había una historia de amor entre ellos. Solo amistad. De la verdadera.
Martí levantó la mirada.
—Cuando a Aymerich le diagnosticaron el sida, muchos le dieron la espalda. En aquella época, la gente tenía miedo incluso de acercarse. Pero Octavio no huyó. Lo cuidó cuando nadie quería hacerlo. Lo hizo sin miedo.
Martí apretó el sobre entre las manos.
—Aymerich buscó refugio en la espiritualidad. Octavio, en cambio, tomó un camino distinto. Pero ahora puedes entender algo —añadió Yosune—. Tu hermano no huyó de Dios… huyó de lo que le hicieron creer que era Dios.
La agente hizo una breve pausa.
—Hubo personas que conocieron la peor versión de tu hermano… y aun así lo quisieron. Eso también define quién era realmente.
Martí bajó la cabeza.
Por primera vez en muchos años, el recuerdo de Octavio dejó de parecerle el de un pecador expulsado de casa.
Y empezó a parecerle el de un hermano.
Zaragoza
La noche se presentó envuelta en neblina y llovizna fina, pero aquello no supuso ningún inconveniente para un grupo de jóvenes dispuestos a salir de fiesta y disfrutar de la noche en la zona por excelencia de tapas y cervezas: el Tubo.
Después de horas de desenfreno, el grupo regresó tambaleándose al aparcamiento donde tenían estacionado el coche.
Subieron entre risas, con ganas de prolongar la juerga. Arrancaron y, enseguida, conectaron la música a todo volumen.
Pronto, las lunas comenzaron a empañarse, dificultando la visibilidad. La mezcla de alcohol y desatención convirtió la conducción en algo peligroso.
El conductor, eufórico, tarareaba la canción que escuchaba en la radio junto al resto de ocupantes.
Con el antebrazo limpió parte del parabrisas por el interior, intentando abrir un pequeño hueco del vaho que lo cubría por completo, apenas podía distinguir lo que se movía por la vía.
La iluminación en la calle era tenue. La noche, cerrada.
Delante de ellos circulaba despacio un viejo Mercedes oscuro, de los años noventa.
En su interior viajaban dos hombres.
El conductor, atento a la circulación, guardaba silencio. El acompañante, abstraído. Mantenía una llamada importante por teléfono.
—Dumitru, el trato está cerrado. Ahora trabajas para nosotros. Ya sabes lo que significa…
Un golpe fuerte y seco los alcanzó. La comunicación se cortó ipso facto.
El impacto fue violento. El coche de los jóvenes embistió la parte trasera del Mercedes.
Durante unos segundos reinó el silencio entre los ocupantes.
El conductor del Mercedes fue el primero en reaccionar. Se giró hacia su acompañante.
Lo encontró aturdido, con la cabeza apoyada contra la ventanilla rota. No llevaba el cinturón.
La sangre le descendía por la cara.
—¡Dumitru! ¿Estás bien? ¡Contesta!
El hombre apenas reaccionó. Se llevó las manos al rostro y sintió la sangre caliente entre los dedos.
—Hijos de puta… —murmuró.
El conductor salió del vehículo de inmediato.
Detrás, el coche de los jóvenes permanecía detenido, con el capó destrozado y el humo escapando bajo la llovizna. La música seguía sonando dentro.
Los ocupantes estaban aturdidos, pero conscientes.
Entonces, una sombra apareció junto a la ventanilla del conductor.
El joven bajó ligeramente el cristal.
Vio a un hombre de pie al lado de su ventanilla. Una figura siniestra y un rostro terrorífico.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Un destello metálico brilló en la oscuridad de la noche. Con un movimiento rápido imperceptible.
El chico se llevó las manos al cuello. La sangre brotó entre sus dedos a borbotones. Intentó respirar, pero sólo emitió un sonido ahogado en su propia sangre.
Cayó sobre el volante.
La música seguía sonando.
El agresor huyó sin decir palabra. Subió al Mercedes. El coche arrancó y desapareció en la oscuridad.
La calle quedó en silencio.
Pronto se escucharon desgarradores gritos desde el interior del vehículo, llamaron a emergencias.
En pocos minutos se oyeron sirenas. Las patrullas y las ambulancias se acercaban al lugar.
Los primeros en llegar fueron los agentes de la Policía Local, alertados por un accidente con heridos y un vehículo fugado.
Pero no fue un accidente. Era algo mucho peor.
Un homicidio.
El teléfono móvil sonó sobre la mesita de noche de manera insistente. El policía dormía plácidamente.
Jimeno despertó sobresaltado. Miró la pantalla. Tardó unos segundos en reaccionar.
—Subinspector, disculpe la hora. Tiene un muerto que atender. Degollado en la vía pública. Parecía un accidente… pero es un homicidio.
La llamada terminó.
Jimeno permaneció sentado en la cama, en silencio. Se pasó una mano por el rostro.
La oscuridad del dormitorio pesaba.
Bebió un sorbo de agua. Se levantó de la cama despacio y fue directo al baño.
—Jimeno… volvemos al trabajo —susurró.