Capítulo 5 El mafioso. #4
Se negó en un principio. Pero uno de ellos se lo arrebató. Desistió y dio su aprobación, más por temor que por convicción.
Uno de los fornidos albaneses revisó la galería de fotos. Nada.
Miró y leyó la conversación. Sonrió.
—Tenga. Y disculpe la intromisión, señorita. Está prohibido hacer fotos dentro del local. Preservamos el derecho a la intimidad de nuestros clientes.
La chica contestó.
—No he hecho fotos —respondió ella, mostrándose molesta—. Estaba discutiendo con mi novio. No tienen derecho a revisar mi teléfono.
Los hombres intercambiaron una mirada entre sí.
—Disculpe. Ha sido un malentendido.
Uno de ellos se inclinó hacia ella.
—Pídase un cóctel en la barra. Invita la casa.
La agente asintió con una sonrisa controlada. Se alejó de ellos y fue directo hacia la barra en busca del cóctel.
Por dentro, el corazón le latía con fuerza.
—Por los pelos… —pensó.
Minutos después, en el coche camuflado, Marcelo esperaba más información.
—Tenemos que identificar a esos dos. Si el «Metralla» ha salido y se ha dejado ver en público es por algo importante. Espero que la compañera esté bien…
Entonces sonó el aviso de mensaje.
Marcelo leyó:
—"Funcionó tu estratagema, mi amor. Me convenciste. Vuelvo contigo. Besos."
Sonrió.
—Esta chica tiene talento. Mucho talento.
Miró hacia la discoteca.
La noche… acababa de empezar.
Bielsa, Pirineo Aragones
Jimeno llamó por teléfono a Martí; quería despedirse de él.
—Martí, ¿qué tal el viaje de hoy? Espero que la lluvia haya respetado tu ruta.
Al otro lado de la línea se escuchó una risa breve.
—La verdad es que la excursión fue acojonante. Me mojé, pasé miedo y acabé deseando dejar la carretera y volver al hotel. Pero, siendo sincero, he ordenado algunas ideas que últimamente rondaban en mi cabeza… y ciertas actitudes que tenía ante la vida.
El policía quiso animarlo.
—Espero que estos días te hayan ayudado a comprender mejor. Yo no puedo entrar en todo lo que atañe a tu vida, apenas nos conocemos, pero he de decirte que me he sentido muy cómodo compartiendo esta pequeña aventura contigo.
Martí sonrió al escuchar aquellas palabras.
—Al menos, ahora conoces un poco más la figura de tu hermano. Ni tan malo ni tan bueno.
Sentado en una butaca, con un libro en la mano, lo cerró y lo dejó sobre la mesita. Se puso en pie, corrió la cortina y contempló las montañas oscurecidas, mientras el cielo perdía la última luz del día.
—Jimeno, he aprendido mucho estos días, gracias en parte a ti.
Tengo dos vicios que, por primera vez, se han apoderado de mí y han desplazado a las oraciones: mi Norton…
y la novela negra. Leo y me dejo llevar por la aventura policial —dijo, tras dar un sorbo al agua con gas que bebía—. ¿Has leído Vivir para los muertos?
Jimeno negó.
—Es una historia parecida a lo que hemos vivido nosotros: crimen, mafia y espíritus, pero es ficción. Yo vivo un drama interno que es real: la angustia de la libertad.
Jimeno escuchaba en silencio.
—No me duele haber estado equivocado todos estos años, aunque fuera por ignorancia —continuó Martí—. Lo que me duele es haber vivido en paz dentro de una mentira. Porque ya no puedo culpar a quien me la enseñó… ahora sé que también quise creerla. Y eso duele más.
Se hizo un silencio.
Jimeno intervino:
—Martí, mañana vuelvo a Zaragoza. Tengo que seguir trabajando. Te prometo que no dejaré de investigar ni de presionar para resolver el crimen de Octavio. ¿Qué harás tú?
Tardó un instante en responder.
—Encajar en esta nueva vida que voy a empezar. Pero antes tengo que hacer justicia. Se lo debo a mi hermano —hizo una pausa—. Si quiero encontrar la paz, debo conocer cómo vivió… para entender por qué murió.
Jimeno tenía que colgar.
—Tienes mi teléfono. No dudes en llamarme. Y ya sabes dónde encontrarme si te dejas caer por Zaragoza.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Era el de dos hombres que sabían que, a partir de ese momento, sus caminos seguirán unidos, aunque tomarían direcciones distintas.
Comisaría del Cuerpo Nacional de Policía, Zaragoza
Soldevilla permanecía de pie, apoyado en el filo de la mesa, pensativo y en silencio. A su lado, Jimeno guardaba un escrupuloso mutismo.
—Gracias por tu colaboración, Jimeno. Has hecho un buen trabajo, pero ahora hay que ser astutos. Mientras no recibamos un informe oficial de los Mossos d'Esquadra, habrá que guardar silencio respecto a la autoría del crimen.
Jimeno asintió.
—Que en Madrid crean que se trata de dos crímenes relacionados entre sí. Ganaremos un tiempo precioso.
Había complicidad entre los dos.
—Confié en ti sin dudar. Supe de la presencia de Octavio en Baldellou días antes de su asesinato, y eso dejaba muchas incógnitas por resolver. Todo resuelto y gracias a tu trabajo.
Soldevilla abrió una carpeta y sacó un folio A3 doblado por la mitad.
—Mira. Este es el organigrama que he desarrollado como líneas maestras de la investigación. En rojo figuran los lugares y las personas que nos ha facilitado Octavio.
Señaló con el dedo índice sobre el papel.
—El resto son las ramificaciones y derivadas de los resultados obtenidos al continuar las pesquisas. Es una mina de oro: los albaneses están tocando todos los títulos del Código Penal.
Jimeno fue directo.
—¿El objetivo mayor?
Soldevilla apartó el folio, rebuscó de nuevo en la carpeta y extrajo una fotografía.
—Arben, el Metralla. Veremos si es satán en esta tierra o un simple aprovechado del sistema. Pero te hago venir para que identifiques a unas personas.
Buscó entre los documentos de la carpeta y añadió otra fotografía:
—Aquí está. Tenemos a estos dos juntos con el capo Arben, en un reservado VIP de un local de fiestas.
Expuso la foto ante Jimeno. Ambos la miraron unos segundos en un silencio riguroso.
Entonces se oyó un golpe seco. A continuación, la habitación quedó a oscuras.
Jimeno reaccionó con rapidez y, en cuestión de segundos, activó la linterna del móvil.
—¡Joder! En buena hora se va la luz —murmuró el inspector mientras salía al pasillo, sumido en la penumbra.
Sin embargo, el pasillo y el resto de la comisaría seguían iluminados con normalidad. Volvió al despacho.
Jimeno apuntó con la luz al techo y vio fundidos los dos fluorescentes fijados a la plataforma.
Salieron juntos al pasillo. Jimeno llevaba en la mano la fotografía de las dos personas que acompañaban al albanés.
—Este sí. Lo conozco, es Radu, un patriarca gitano. Lidera el clan rumano de los Dumitru —dijo—. ¿Qué pintan juntos?
—El rumano se dedica a la mafia de pedigüeños en la ciudad, a pequeños hurtos y, entre sus hazañas más salvajes, la de arrasar un bosque de níscalos en Soria. El otro no me suena de nada, parece magrebí.
El inspector abrió la puerta para volver al despacho y coger la carpeta, mientras Jimeno aguardaba en el pasillo.
Al entrar, la luz regresó de inmediato, para sorpresa de ambos.
Soldevilla miró la mesa y vio que la fotografía de Octavio había quedado fuera de la carpeta, sobre los documentos.
Jimeno entró y vio al inspector pálido, con la mirada fija en la imagen de Octavio.
—Jimeno, ¿has sacado tú la foto?
El subinspector negó con un leve movimiento de cabeza.
—La carpeta está igual que estaba, salvo por la foto. Y los fluorescentes estaban fundidos; no había luz en ellos.
Los dos se miraron. Jimeno balanceó apenas la cabeza.
—No pregunte, Soldevilla… Sí, es lo que parece. Tenemos una pista desde el más allá. El acompañante de Dumitru tiene alguna responsabilidad en el crimen de Octavio.
Perplejo, Soldevilla miró a Jimeno sin dar crédito a lo que acababa de oír.
—¡Ostias, Jimeno! Dime que esto no es real —dijo, llevándose ambas manos al rostro y negando con la cabeza—. No puedo creer que te hiciera caso con el presunto muerto en el pantano.
Jimeno, serio, respondió:
—Porque confió en mí, creyó en la intuición policial y ahora sabe que el muerto apareció. Lo que usted ha visto hoy lo vengo viviendo desde el asesinato de Octavio… y no soy el único. Su hermano vino a mí; a los dos nos buscó y nos unió por un motivo.
Soldevilla lo sostuvo con la mirada.
—¿Un motivo? No sé por qué le escucho. Vas a volverme loco, Jimeno. Pero, a pesar de todo, sé que eres un buen policía: riguroso, resolutivo y nunca te aventuras sin evidencias. Hice mis deberes antes de llegar a Zaragoza con usted.
El inspector torció la cara mirando de reojo a Jimeno.
—Sé lo que vi y creo en ti. ¡Joder! Nos hemos vuelto locos… Somos policías, investigadores. Ni una palabra de esto a nadie; sería nuestro final profesional.
Jimeno sonrió.
—Ni una palabra. Prometido. Contamos con una gran ventaja: habrá que saber interpretar las pistas del espíritu de Octavio.
El inspector abrió la puerta del despacho e indicó la salida con un gesto de la cabeza.
—Loco, sal de aquí antes de que me arrepienta. Te llamaré más tarde.
Lleida, Cataluña
Paseaban por la orilla del río Segre, a su paso por la ciudad de Lleida. Yosune lanzaba una pelota de tenis con un movimiento enérgico y seco, mientras un pastor malinois de color canela corría infatigable tras ella. Era su perro fiel compañero.
—Te agradezco todo lo que has hecho por mí. Eres una buena persona —dijo Martí, caminando a la par de la mujer—. Has comprendido mi angustia desde el primer momento.
Lleida se había convertido en la última esperanza, el rastro final que había logrado seguir con certeza sobre la vida de su hermano.
Yosune, agente de la policía catalana, no solo tenía el olfato profesional necesario para encontrar información, sino que su implicación en el colectivo LGTBI de la ciudad le había permitido abrir puertas que para otros habían permanecido cerradas.
Gracias a ella, Martí comenzaba a vislumbrar el tipo de vida que llevó Octavio.
—Martí, en este sobre tienes descritas las amistades y circunstancias que rodearon sus días en esta ciudad, narradas por quienes compartieron su tiempo con él —dijo ella sin dejar de sonreír—. Te he preparado un resumen cronológico de todo lo que he podido recabar sobre él.
Martí lo aceptó con un gesto en el que se mezclaban la gratitud y el temor por saber más.