Capítulo 5 El mafioso. #3
—No te preocupes… Martí, ya pasó. No te guardo rencor. Abrázame.
Las lágrimas brotaron sin control por su rostro. Se aferró a él con desesperación. Sintió un gran desahogo interior lleno de energía.
—Lo lamento mucho, no sabes cuánto lamento todo lo sucedido, hermano.
Un fuerte escalofrío le recorrió por todo el cuerpo.
Se sobresaltó. Abrió los ojos y estaba solo en aquella fría entraña de la roca. Respiraba acelerado.
Tardó unos segundos en ubicarse.
Seguía en la ermita, abrazado al respaldo de madera de la bancada. Todo estaba a oscuras.
Encendió la linterna del móvil y apuntó hacia la entrada. La lluvia había remitido, pero el cielo seguía encapotado, pesado, como si aún no hubiera terminado.
Miró la hora, era el mediodía.
—Tan oscuro a estas horas —dijo para sí.
El hambre y el frío empezaban a hacer mella cuando tuvo la sensación de que había alguien a su espalda.
Se giró bruscamente. Nada. Solo sombras. El lugar daba miedo pero estaba vacío.
Entonces, una ráfaga de aire frío le recorrió la nuca.
Se volvió de nuevo, más rápido esta vez. Nadie. Martí se puso paranoico, veía fantasmas donde no los había.
El silencio era absoluto. El miedo, en cambio, ya no. Estaba aterrado, juntó las manos temblorosas y comenzó a rezar en voz alta, casi como un escudo protector:
—"Salve, Regina, mater misericordiae, vita, dulcedo et spes nostra, salve…
Su voz resonaba con eco en la piedra húmeda.
Ad te clamamus, exsules filii Evae… Ad te suspiramus, gementes et flentes in hac lacrimarum valle"…
Cada palabra parecía pesar más que la anterior, pero era lo único que podía hacer y conocía: la oración.
Y entonces… La luz apareció. Primero tenue, luego firme.
Los rayos de sol comenzaron a filtrarse por la entrada de la ermita, rompiendo la oscuridad.
Sintió un profundo alivio, entonces dejó de rezar. Respiró hondo. Las plegarias eran su mejor recurso para apartar sus temores.
—Vámonos de aquí —dijo, mirando a su alrededor.
Se levantó despacio, aún con el pulso acelerado, y salió al exterior de la grieta en la roca.
El aire olía a tierra mojada. Todo estaba encharcado y el río bajaba con fuerza cargado hasta rebosar de agua. La tormenta había cedido por un instante.
Martí aprovechó esa tregua para marcharse de aquel lugar apresuradamente.
Puso en marcha la motocicleta. El rugido conocido de su Norton le devolvió una calma frágil, casi mecánica, como si el motor pudiera ordenar también el desorden de su cabeza.
Se santiguó, besó los dedos de la mano y continuó con cautela su marcha, esta vez sin pensarlo de regreso a Bielsa.
La carretera, mojada y estrecha, lo obligaba a moderar la velocidad. Pero su atención no estaba del todo en el asfalto. Conducía en silencio, con la vista fija al frente, mientras dentro de él se repetía la misma escena una y otra vez: la última vez que vio salir de casa a su hermano.
Llevaba años oyendo hablar del bien y del mal, como si fueran conceptos abstractos, limpios, discutibles. Todos le decían que era lo correcto…
Apretó los dientes.
—El bien… —murmuró—. ¿El bien es callar? Es mirar hacia otro lado. Es dejar que el mal gane una y otra vez porque siempre ponemos la otra mejilla.
El viento frío le azotó el rostro.
—Y el mal… el mal triunfa siempre cuando nadie hace nada.
Aceleró.
—Dios… —dijo en voz alta—. Si estás ahí, hazme fuerte. Porque ahora mismo todo me hace dudar.
Reflexionó para sí, tenía un conflicto interno.
Entonces volvió a su cabeza nuevamente Octavio. Ahora regresaba a su vida y, además, con fuerza.
Martí frenó en seco. La moto quedó detenida en mitad de la carretera desierta.
—¡Joder! Es mi hermano, por Dios, ¿cómo lo he podido abandonar a su suerte? —se echó la mano al rostro, mientras un fuerte ardor le abrasaba el estómago—. Y el pobre inocente está muerto.
El cielo seguía cargado, oscuro y amenazante pero no rompía a llover.
Sacó el teléfono. Había poca cobertura. Marcó un número de teléfono con la esperanza de que contestara en esos instantes. Necesitaba saber…
—Buenas tardes, padre Miguel. Voy a ser directo con usted. Escúcheme bien. Necesito que me responda con total sinceridad.
Hubo una pausa al otro lado.
—Sabes que soy más que tu confesor —respondió el sacerdote—. Soy tu amigo, Martí, confía en mí. ¿En qué te puedo ayudar?
Martí no vaciló.
—Padre, soy homosexual. ¿Qué debo hacer? Sea sincero conmigo.
Con esa pregunta quiso obtener respuestas poniéndose en la piel de su hermano.
El silencio se hizo más largo de lo esperado.
—Martí —dijo por fin el cura—. Todos somos hijos de Dios. No podemos cambiar lo que somos. Solo Él juzga nuestros actos, nuestros pecados, pero no nuestra naturaleza.
Tragó saliva antes de continuar.
—Si esa es tu realidad, no seré yo quien te juzgue. No hay nada que perdonar ni confesar respecto a eso.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por el rostro de Martí sin que pudiera detenerlas.
Negó despacio con la cabeza.
—No… Miguel, no —susurró—. No lo soy. Pero buscaba oír esa respuesta.
Respiró hondo.
—Ni siquiera sé lo que soy en esta vida.
Su voz se quebró en un llanto desconsolado.
—Nunca he amado a una mujer. Nunca he amado a nadie. Solo he obedecido, trabajado. Y he rezado por todos y ayudado a todos… Santificando cada día de mi vida en el nombre de Dios.
Al otro lado, el padre Miguel se tensó.
—Hijo, creer va más allá… La fe debe teñir nuestra vida, no somos creyentes solo para que nos echen agua en la cabeza al bautizarnos, arroz en la boda o tierra encima al morir —sintió una honda preocupación por Martí.
—¿Dónde estás? Voy a buscarte. ¿Qué es lo que te pasa por la cabeza?
Martí se serenó.
—No, nada, estoy bien, padre —respondió.
El padre Miguel insistía.
—Por favor, dime dónde estás. No estás bien. Necesitas ayuda. Confía, no pienso abandonar a mi amigo cuando más me necesita. A Dios lo tendrás siempre, aunque no calme tu angustia y dolor.
Martí levantó la cabeza y respondió con una calma extraña.
—Estoy mejor que nunca, padre.
—Martí, no hagas ninguna locura, me tendrás siempre a tu lado —insistió el sacerdote—. La vida es cambiante, aunque ahora no lo parezca… Ten fe, aunque egoístamente sea solo en ti.
Martí cerró los ojos y colgó el teléfono.
Se quedó inmóvil unos segundos, con el teléfono todavía en la mano.
Luego lo guardó en el bolsillo de la cazadora. Elevó la mirada hacia un cielo que comenzaba a clarear a pasos agigantados. Se limpió las lágrimas con el antebrazo.
Miró hacia delante.
—No es Dios… —murmuró—. Ni la Iglesia.
Apretó con fuerza el manillar.
—Es el hombre. El que decide. El que juzga a los demás.
Volvió a arrancar la moto.
Y esta vez aceleró, decidido, de regreso a Bielsa.
Zaragoza
—Chavales, este tipo de servicio sí que os gusta… como si no os conociera —dijo Marcelo.
Era sábado por la noche y la movida empezaba a notarse, sin llegar aún al desenfreno. La entrada de la discoteca quedaba a escasos metros del vehículo camuflado. Una cola interminable de gente aguardaba ansiosa por entrar.
En el acceso de entrada, varios hombres vestidos de traje negro organizaban el flujo de clientes. Entre ellos destacaban dos controladores de acceso, fornidos, con una presencia que imponía. No había duda: eran los albaneses.
—Señor, esos dos trabajan para la mafia. Dentro hay otros dos más. Cuatro en total. No hemos detectado cámaras en el interior del local; no quieren testigos. Solo hay cámaras en la entrada —informó uno de los agentes.
Antes de morir, Octavio había dejado bien documentado el modus operandi de la organización: infiltrarse en el ocio nocturno hasta dominarlo por completo.
Primero, la extorsión al propietario. Después, imponían a sus hombres en la puerta y dentro del local. Controlaban accesos, drogas, alcohol adulterado y contrabando. Luego venía la fase final: el blanqueo masivo de dinero, dejando al dueño como una simple fachada.
Una maquinaria perfectamente engrasada y funcional.
Entonces, mientras los agentes recogían pruebas de manera rutinaria, ocurrió algo inesperado.
Un vehículo negro, con cristales tintados, se detuvo frente a la entrada.
Los agentes se tensaron al ver los movimientos.
Bajaron dos hombres. Los porteros albaneses despejaron el acceso de inmediato.
Del interior del coche descendió una tercera figura. Su sola presencia alteró el ambiente entre el personal de la discoteca.
Era él: el «Metralla».
Marcelo no parpadeó.
—Hostia… el bicho está aquí.
Sacó el teléfono de inmediato e hizo una llamada urgente.
—Soldevilla, soy Marcelo. Lo tenemos. Está en la discoteca. Es Arben en persona.
Al otro lado, el inspector tardó un segundo en reaccionar.
—Marcelo, hazte cargo. Monta un seguimiento discreto. Ni se os ocurra intervenir ahí dentro. ¿Entendido?
—Entendido.
Una leve sonrisa apareció en el rostro del inspector.
—¡Soldevilla! Ya era hora de que me llamaras por mi nombre.
Dentro del local, Arben se movía con total naturalidad. Era el dueño de aquel territorio y eso era palpable en el ambiente.
En la zona VIP, rodeado de mujeres y champán, protegido por una seguridad invisible pero efectiva, se encontraba distendido, bromeaba, reía y mandaba.
Una agente de policía vestida de paisano, integrante en el equipo de Marcelo, lo observaba desde la distancia, perfectamente camuflada entre la clientela.
Sin cámaras en el interior, se sentía relativamente segura.
Entonces, desde su posición lo vio.
Dos personas eran conducidas hacia la zona VIP por uno de los porteros.
Sin perder tiempo, sacó el móvil y tomó varias fotografías: rostros, posiciones, contexto. Lo capturó todo en unos instantes. Las envió de inmediato a Marcelo y las borró tanto del teléfono como de la memoria de este.
Después, abrió una conversación de mensajería y comenzó a escribir un mensaje aparentemente íntimo y subido de tono. El destinatario era Marcelo. Comprendió enseguida de qué se trataba: estaba en una situación peligrosa.
Entonces la mujer sintió dos toques en la espalda.
Se giró. Los porteros albaneses se plantaron ante ella.
Le indicaron que mostrara el teléfono.