Capítulo 5 El mafioso. #2
La contemplación dio paso a la urgencia. Sus ojos rastreaban los márgenes de la carretera en busca del esperado refugio ante la tormenta que se avecinaba.
Lo encontró.
Un abrigo natural en la pared de la montaña, como una cueva sellada por un muro de piedra antigua.
Se desvió, detuvo la moto, colocó el caballete y la dejó estacionada con sumo cuidado. Corrió hacia el refugio justo cuando el cielo se desplomaba en un diluvio.
Al acercarse, comprendió dónde se encontraba: era una pequeña ermita excavada en la roca, con inscripciones gastadas por el tiempo y referencias a un santo que, según parecía, había vivido allí.
Entró despacio, observando el interior con curiosidad.
El silencio lo envolvió de inmediato, roto solo por el golpe constante de la lluvia en el exterior. El olor a humedad impregnaba cada rincón.
Empapado, sacudió el agua y se sentó en uno de los viejos bancos de madera gastada.
Se santiguó.
—De vuelta a tu casa, Señor… —dijo excusándose.
Apoyó los antebrazos en el respaldo delantero del banco y dejó que la mirada se perdiera entre las sombras.
Pensó en todo. En el pasado y en el presente. Pero, sobre todo, en el camino que lo había traído hasta allí: Octavio.
El paso de los minutos, mientras esperaba que escampara, hizo que, sin querer, sus ojos se cerraran.
Y, vencido por el cansancio, se quedó dormido en un sueño profundo.
Bielsa, Pirineo Aragonés
Jimeno preparaba la maleta con meticulosidad. Tenía decidido regresar a Zaragoza al día siguiente.
El teléfono móvil comenzó a sonar, insistentemente.
Dejó la ropa a medio doblar sobre la cama y contestó sin demora la llamada.
—Bon dia, Enric. Esperaba esta llamada. ¿Cómo estás?
Al otro lado, la voz del mosso sonaba contenida, pero firme.
—Jimeno, te llamaba para darte buenas noticias. No lo vas a creer… Tenemos al asesino confeso de Aymerich.
Jimeno frunció el ceño.
—Te escucho. Sorpréndeme.
Enric rió al oír esta última palabra.
—El asesino ha confesado. No hay sorpresa, era el obrero que construía la pérgola en la finca.
El silencio se hizo entre ambos durante unos segundos.
—Las pruebas son claras —continuó Enric—. El martillo tiene ADN del fallecido. Coincide con el golpe que causó la muerte, así lo ha determinado la autopsia. El martillo es el arma homicida.
Jimeno no dijo nada.
—La escena del crimen fue el patio. Allí está la sangre. Y en el maletero del vehículo del sospechoso encontramos restos biológicos. El perro marcó sin dudar.
—Sigue —dijo Jimeno, más frío.
—Ha confesado todo. Se llama Karim. Un chaval joven de la zona, gambiano. Trabajaba en la obra de la pérgola del jardín de la casa para una empresa.
Enric hizo una pausa.
—No lo vas a creer… el móvil no fue un robo ni un tema pasional. Fue miedo. Ignorancia.
Jimeno cerró la maleta despacio.
—Explícate.
—El dueño de la casa lo invitó a beber agua fresca en el interior de la vivienda. Compartieron la botella. Después, el chico mientras bebía y descansaba un rato vio unos informes médicos sobre la mesa… leyó «VIH».
El silencio volvió.
—Sabía que Aymerich era homosexual por comentarios de otros trabajadores —añadió Enric—. Salieron al patio y, según él, el fallecido lo siguió para supervisar la obra.
Jimeno apretó la mandíbula.
—El chico se asustó. Solo vio VIH escrito, para él es «SIDA» sin más. Sabe que en el África subsahariana es un estigma donde lleva a la muerte. Leyó los documentos de Aymerich por encima y su ignorancia le llevó a pensar que se había contagiado por beber del mismo recipiente. Entró en pánico.
—Joder… —murmuró Jimeno.
Enric siguió contando el relato.
—El muchacho salió de la casa en un mar de dudas, se dispuso a seguir con la obra de la pérgola sin quitarse el SIDA de la cabeza.
Se bloqueó. Pensó que estaba infectado. En esos instantes hizo acto de presencia Aymerich para ver cómo iba la pérgola.
Cogió el martillo y lo golpeó por la espalda. Sin más…
—¿Y Octavio? ¿Qué tiene qué ver en este crimen? —preguntó Jimeno.
—Ahí viene lo raro —bajó la voz Enric—. Mientras limpiaba huellas del homicidio, el móvil del muerto no dejaba de recibir mensajes. Era Octavio. Quería verlo en un sitio especial, con buenos recuerdos. Decía que iba a tomar una decisión importante en su vida y pedía consejo.
Jimeno sintió un escalofrío.
—El chico leyó el mensaje. Vio el lugar: Baldellou. Respondió haciéndose pasar por la víctima. Conocía la zona… había trabajado allí. Pensó rápido: tiró el cuerpo al pantano y quiso que pareciera cosa de Octavio.
Enric dio por concluido el relato.
—Te mando todo por correo. El caso está cerrado para nosotros. En unos días remitimos el informe al grupo de crimen organizado.
Jimeno guardó silencio.
Miraba la maleta.
—Enric… —dijo al fin—. Demasiado fácil.
Al otro lado, el mosso dudó.
—Todo encaja, Jimeno. A veces es así. La complejidad está en la apariencia… no en el motivo.
—Gracias, amigo. Te debo una.
Iba a colgar cuando Enric añadió:
—Por cierto… acertaste el lugar del crimen y el arma a la primera. Eres bueno en esto.
Jimeno colgó sin responder. Se quedó quieto por unos instantes. Pensando. Porque, por primera vez en días… todo encajaba demasiado bien.
Término municipal de Leciñena, Zaragoza
En un campo solitario, donde el silencio y los trigales eran la única compañía, aguardaban dentro del vehículo.
Habían detenido el coche en un camino rural, a la espera de una llamada importante.
Sonó el teléfono móvil y lo descolgaron.
—Jefe, no hay peligro. Buscaban entrar en la nave. Han desmantelado la plantación. La hemos perdido… los operarios han sido detenidos.
El «Metralla» tenía sentimientos encontrados: por un lado, su seguridad seguía intacta, no habían podido dar con él; por otro, en pocas semanas había sufrido pérdidas considerables, entre ellas los cultivos de marihuana.
Salió del vehículo para estirar las piernas. Sus dos acompañantes lo imitaron. Era su séquito de seguridad, siempre a su alrededor.
Hizo una pregunta directamente a sus hombres.
—¿Quién ha trabajado en las dos naves? ¿Y quién supo la recogida de marihuana del otro día por parte de mis hombres en coche? ¿Un nombre?
Los dos acompañantes se miraron mutuamente.
—¡Tripilla! —dijo uno de ellos.
Arben lo miró fijamente.
—¿Quién?
El compañero contestó:
—Jefe, ha dicho el "Tripilla", es Davi el de soporte técnico. El encargado de hacer funcionar todo: motores, electricidad… todo en general. El ingeniero, pero no lo creo capaz de ser un chivato.
El «Metralla» lo sujetó del brazo y con la mirada directa y fría hizo una última pregunta.
—¿Ponéis la mano en el fuego por él?
Se hizo un mutismo absoluto. Ninguno dio muestras de fiabilidad.
Arben caminó unos pasos, alejándose del coche. Miró al frente: campos extensos que le recordaban a la estepa. A lo lejos, unas pequeñas montañas rompían la monotonía del paisaje.
Se dirigió a la parte trasera del vehículo y ordenó abrir el maletero. De su interior extrajo un rifle Zastava M76, uno de los fusiles de precisión más utilizados en las guerras de la antigua Yugoslavia.
Con el arma en la mano, se internó unos metros en el campo, acompañado por uno de sus hombres.
—La policía no podía saber que íbamos a supervisar la nave, por lo tanto, tenemos un soplón desde dentro que conoce bien dónde se ubica el negocio del cultivo.
El acompañante soltó la mayor.
—Jefe, no es ninguno de nosotros. Ningún albanés rompe el vínculo con el clan. Está usted en lo cierto, el "manitas". Tiene que ser él.
Arben maldijo reiteradamente el nombre del "Tripilla".
—Ahora, necesito relajarme y pensar. Nada mejor que el amor que te dispensa un arma y el susurro de un disparo certero.
Uno de sus hombres fue cauto y advirtió a Arben.
—Jefe, es peligroso. Deberíamos volver al coche. Pueden oír los disparos y alertar a la Guardia Civil.
Arben lo miró con frialdad.
—¿Ahora eres tú quien manda?
El hombre bajó la cabeza, en silencio.
—Mira allí. ¿Ves ese rebaño de ovejas? —dijo Arben con una leve sonrisa.
El acompañante asintió.
—Este rifle, a esa distancia, ha matado a más serbios que los años que tienes tú. Tiene un alcance de ochocientos metros. Mira el perro… ¿lo ves?
—Sí, jefe, pero aun así, es peligroso. El pastor debe de estar cerca, no se separan de los perros.
Arben negó con desdén.
—Bobadas. Desde aquí no fallaré el tiro y daré por muerto al animal.
Se encaró el rifle al hombro. Echó el cerrojo hacia atrás y lo cerró con un golpe seco. Alimentó el arma. Se encaramó y ajustó el alza con el punto de mira.
El acompañante volvió a mirar el horizonte, inquieto. Oteó todo el entorno, asegurándose de que estaban solos.
—¿Ves al perro? —insistió Arben—. Aprende y mira, a esa distancia lo voy a tumbar de un solo disparo.
Colocó el dedo en el gatillo. Insufló el aire profundamente. Contuvo la respiración.
A través de los elementos de puntería, la silueta se vislumbraba borrosa.
Y, cuando estaba a punto de disparar…
—¡Mierda!
Retiró el dedo de inmediato del disparador y bajó el cañón del arma.
—¡Joder! No era un perro. Era el puto pastor que estaba sentado.
El hombre estaba sentado sobre una piedra, vigilante, junto al rebaño, ignorante de su destino, salvó su vida sin saberlo. Gracias a que la providencia hizo que se levantara en el último instante.
Arben se quedó inmóvil unos segundos. Había estado a punto de matar a un inocente.
—Alá ha intercedido por ese desgraciado —murmuró—. Hace un minuto era un hombre muerto… y ahora sigue vivo. Es un jodido afortunado. Así es la vida.
Se giró hacia su hombre.
—Vamos. Es hora de volver, tengo que hacer una visita a ese "Tripilla".
Hizo una pausa, detuvo la marcha y miró a uno de sus hombres.
—Debí escucharte… pero un jefe debe imponer su criterio ante sus subordinados siempre. Si flaqueo soy carne para los lobos.
El acompañante no respondió.
Solo caminó detrás de él, en silencio.
Ermita de San úrbez, Pirineo aragonés
—Por fin… te has dignado a venir a verme, hermano. Hace muchos años que esperaba tu visita. A pesar de todo siempre te quise y nunca te he culpado de nada.
Martí agachó la cabeza, vencido por el dolor acumulado.