Sonríe, es Dios Capítulo 5 El mafioso.
46%

Capítulo 5 El mafioso.

Comisaría de policía, Zaragoza

Marcelo recorrió los pasillos de la comisaría a paso ligero, esquivando al personal que se encontraba a su paso.

La información que traía era nefasta; de esas noticias que suelen reventar operativos antes de iniciarse.

Al llegar al despacho de Soldevilla, no se detuvo a llamar a la puerta. La empujó de golpe, irrumpiendo sin previo aviso.

—Inspector, malas noticias. Me acaban de dar el aviso —soltó Marcelo, aún recuperando el aliento—. El topo ya tiene el mensaje de los albaneses.

Soldevilla puso cara de incredulidad.

—Le han pasado la matrícula de la moto que vigila el «nido» de los albaneses. En cuanto esa rata les confirme que consta sustraída, se desharán de ella. Ningún delincuente quiere un marrón aparcado en la puerta de su casa.

El inspector levantó la vista del escritorio, procesando la información con una calma gélida que contrastaba con la agitación de su subordinado.

Tras un breve silencio, habló con voz pausada:

—No hay problema. Nos adelantamos a su jugada. Llama ahora mismo a la Policía Local; diles que un vecino ha reportado una moto con apariencia de abandono en esa calle y pásales la matrícula. Que la retire la grúa municipal de inmediato. En cuanto entre en el depósito, recuperaremos la cámara.

Así se hizo.

El inspector llamó directamente al jefe de la Policía Local y le pidió el favor, insistiendo en la urgencia. La retirada se ejecutó en cuestión de minutos, justo cuando un albanés comenzaba a merodear la motocicleta.

Salió todo como el inspector había previsto.

Tras recuperar la cámara y extraer la tarjeta de memoria, un agente se sumergió en horas de visionado tedioso.

La paciencia dio sus frutos cuando, entre fotogramas borrosos, una imagen cobró nitidez: la fisonomía inequívoca del «Metralla». Era la imagen casi calcada de la foto robot que describió Octavio al delatarlo.

Esa misma mañana, cuando la investigación parecía estancarse, se abrió otra ventana más de oportunidad. El CNI remitió una notificación urgente: había respuesta del servicio secreto serbio, la BIA.

—Escuche bien, Marcelo. Nuestro hombre ya no es un fantasma: tiene rostro e historia propia y un refugio en Zaragoza. Lo tenemos.

El inspector deslizó la nota sobre la mesa.

—Se trata de nuestro hombre Arben, alias el «Metralla». Confirmado internacionalmente en búsqueda y captura —leyó en voz alta su historial—. Es un excombatiente del UÇK, el brazo armado kosovar, y viejo conocido de las autoridades serbias.

Miró a Marcelo antes de seguir.

—Perdió a su padre en la guerra de Kosovo y, desde entonces, lidera un clan familiar con ramificaciones desde Albania hasta Italia y España. Es un musulmán laico… y un hombre de una frialdad calculadora; lo definen como un psicópata patológico.

Marcelo asintió con rapidez.

—Encaja perfectamente con el perfil del hombre que seguimos. No me cabe duda: fueron ellos los asesinos de Octavio. No perdonan la traición. La lealtad es una regla básica en su juego. Se rigen por códigos tradicionales… y una fidelidad inquebrantable al Kanun.

Hizo una breve pausa, mirando fijamente al inspector.

—Bien… cuando usted diga, vamos a cazarlo.

Polígono industrial Malpica, Zaragoza

Permanecían dentro del vehículo camuflado, estacionado a una distancia prudente de la nave industrial.

Desde allí dominaban el acceso y la salida: un punto ciego bien elegido tras horas de observación, al amparo de una línea de estacionamientos en batería de trabajadores de la zona.

El tiempo no pasaba. Una vigilancia cansina, interminable pero imprescindible, basada en la intuición del inspector.

Los agentes apenas hablaban entre sí. El tedio empezaba a hacer mella tras largas horas de apostadero. Uno de ellos, en el asiento del copiloto, se había dejado caer hacia atrás, medio vencido por el sueño… hasta que algo lo sacudió de golpe.

Se espabiló de inmediato.

—¡Atento! Entra un vehículo.

Se incorporó y agarró el dispositivo de grabación para operarlo. Activó la cámara y forzó el zoom hacia la parte trasera del coche.

—Pásala, rápido… creo que son ellos.

El otro agente memorizó la matrícula al instante. Enseguida contactó con el resto del equipo y pasó los datos de la matrícula de aquel vehículo.

El coche se detuvo unos metros antes de llegar a la nave industrial.

La puerta del copiloto se abrió.

Bajó un hombre: cabeza rapada, barba canosa, complexión fuerte, estatura media. Vestía un chándal gris. Su mirada se imponía. No cabía duda: un albanés.

Se acercó a la acera y barrió el entorno con frialdad.

Sus ojos recorrieron la calle… y se detuvieron, apenas un segundo, en la zona donde se encontraba el coche policial.

Dentro, los agentes reaccionaron al unísono. Se agacharon y mantuvieron la respiración por unos instantes.

—Tranquilo… creo que no nos ha visto —susurró uno de los agentes.

El pulso seguía acelerado.

El agente volvió a alzar ligeramente la cámara.

El conductor del vehículo sospechoso se bajó del mismo. Caminó hasta la puerta metálica de entrada a la nave y se detuvo frente a una cámara de seguridad.

Esperó.

La puerta se entreabrió. Asomó desde su interior un joven latino. Intercambiaron una mirada y entraron juntos. La puerta volvió a cerrarse.

Minutos después, el albanés que permanecía vigilante junto al vehículo recibió una llamada. Escuchó, asintió y colgó.

Abrió la puerta trasera del vehículo.

Una tercera figura descendió del coche.

Era un varón alto. Delgado. Camiseta ceñida, pantalón negro. Rostro duro. Ojos claros y penetrantes.

Y un detalle importante.

La cabeza completamente rapada… con una leve deformación en la sien.

El agente tragó saliva. Sacó el móvil, comparó con la imagen facilitada del CNI.

No había duda. Era Arben. Nervioso, realizó una llamada a su superior.

—Marcelo… —susurró—. Lo tenemos. Es el objetivo, está aquí.

Esgrimió una leve sonrisa al oír la tan esperada novedad.

—El «Metralla» está en la nave de Malpica. Seguro. Confirmado.

El operativo se activó como un resorte con un único objetivo: capturarlo.

La autopista parecía encogerse a medida que los vehículos policiales se aproximaban al polígono a gran velocidad.

Lo tenían al alcance.

Dentro del coche, Soldevilla apretaba la maneta de la puerta. Marcelo conducía al límite.

—Estamos llegando. En cinco minutos en el punto —dijo por teléfono.

No terminó la frase cuando algo cambió en el polígono industrial.

El conductor albanés salió de la nave. Nervioso. Dio órdenes rápidas y subió inmediatamente al coche.

El otro abrió el maletero y sacó un bote. Pintura.

—Inspector, parece que se disponen a salir. Motor en marcha…

La frase murió en esos instantes.

El coche chirrió ruedas y arrancó marcha atrás. Implementando una salida a gran velocidad.

Fue directo hacia el vehículo policial.

—¡Joder! ¡Vienen a por nosotros! —fue lo último que escuchó.

La comunicación se cortó.

Soldevilla reaccionó de inmediato, algo no iba bien.

—¡A todas las unidades, urgente! ¡Agentes en peligro!

Los coches policiales volaban hacia la nave.

En el punto de contacto, el coche atacante frenó en seco centímetros antes de colisionar con el vehículo camuflado.

Y entonces, el portón de la nave se abrió.

Una motocicleta negra salió disparada huyendo.

El piloto, vestido de negro, casco cerrado, cruzó entre los coches como una sombra. Se diseminó a gran velocidad entre las calles del polígono.

Imparable.

El copiloto se apeó del vehículo y lanzó el contenido del bote contra el parabrisas del coche policial. Pintura blanca.

Fueron cegados en unos instantes. La visión de lo que acontecía desapareció tras una cortina opaca de blanco.

El coche albanés huyó en dirección contraria.

Los agentes salieron del vehículo, armas en mano, desorientados. Los habían perdido de vista, fracasaron.

Y entonces llegaron los sonidos estridentes de las sirenas. El azul destellante inundó la escena.

Soldevilla apareció corriendo en dirección hacia ellos. Vio a sus hombres ilesos.

Los abrazó.

—Se nos ha escapado… —dijo uno—. El «Metralla». Ha huido en moto.

Soldevilla asintió, triste por el fracaso pero feliz por encontrar sanos a sus hombres.

Sin perder tiempo, el inspector reorientó el nuevo objetivo y asaltaron la nave industrial.

Dentro, el olor lo confirmaba: marihuana.

Detuvieron a cuatro hombres, simple mano de obra a disposición de los albaneses. Aun así, no dejó de ser otro golpe certero a la organización.

Marcelo se acercó con visible enfado.

—Se nos ha ido. Ese criminal es astuto, ha huido. Ha sido todo una cagada, jefe.

Soldevilla negó.

—No del todo. Él estaba en un sitio inoportuno. El objetivo era la nave y esta cayó. Ese es el mensaje que ha recibido Arben. Piensa que estábamos aquí por el negocio, ¿cómo ir a por él? Nadie supo a qué venía. Él se cree impune.

Miró la nave. Luego la carretera.

—Ellos creen que íbamos a por la plantación… y así ha sido.

Hizo una pausa. Pero Marcelo trató de ponerse en el lugar del «Metralla».

—Él no sabe cuál es nuestro objetivo… y sabemos dónde vive.

Sus ojos se endurecieron.

—Y eso juega a nuestro favor.

Ermita de San Úrbez, Pirineo aragonés

Martí aprovechó su estancia en la comarca para recorrer en moto la zona pirenaica, cruzando de un lado a otro la frontera por carreteras de alta montaña.

Jimeno, en cambio, permanecía en el pueblo, apurando sus últimos días de vacaciones mientras esperaba noticias del sargento de los Mossos, tal y como habían acordado.

Martí buscaba un paraje único, un lugar donde el entorno abrupto le permitiera aislarse por completo de la realidad.

La vieja Norton rugía como un caballo salvaje bajo él, fiel, mientras los bosques, los ríos y la sensación de soledad lo envolvían a medida que avanzaba por solitarias carreteras.

Se adentraba por una vía estrecha, una carretera comarcal de montaña, disfrutando de la libertad que le transmitía el momento mientras se encaminaba en dirección hacia la cascada de Aso, entregado a esa libertad silenciosa que sólo los motoristas saben apreciar en cada curva.

Entonces, sin aviso previo, comenzó a llover.

Apretó el acelerador buscando algún refugio próximo.