Sonríe, es Dios Capítulo 4 Casos paralelos. #3
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Capítulo 4 Casos paralelos. #3

—Sí… no te preocupes. La investigación acerca de mi hermano será mi mejor terapia.

Entraron juntos en las dependencias policiales. El ambiente era sobrio, funcional. Un par de agentes cruzaron miradas con ellos antes de volver a sus tareas. No tardaron en ser conducidos hasta un despacho.

El sargento jefe de investigación apareció poco después. Se estrecharon las manos con la formalidad justa.

—Buenos días. Soy el sargento Enric —se presentó.

Estrecharon las manos.

—Subinspector Jimeno —respondió—. Y él es Martí, asesor civil en el caso.

Jimeno fue directo, sin rodeos. Expuso los hechos con precisión: el cadáver del pantano, las conexiones difusas, las sospechas que empezaban a tomar forma.

Luego condujo la conversación sobre el motivo de su visita.

—Enric, le pido un favor. Dos, en realidad. Primero, que alguien con experiencia patrullando en la ciudad eche un vistazo a estas fotos. El segundo… algo más orientativo: lugares de ambiente, puntos de encuentro del colectivo gay donde estas dos personas pudieran haberse movido.

El sargento aspiró hondo, valorando la petición.

—Lo primero ya lo tiene —respondió—. Llevo aquí más años de los que me gustaría admitir.

Se le escapó una leve sonrisa.

—Lo segundo, esperen, denme un momento. Ahora vuelvo.

Salió del despacho, dejándolos a solas.

La espera se alargó más de lo esperado. El silencio se hizo tenso. Martí, cabizbajo, metió la mano en el bolsillo. Sus dedos rozaron la pequeña estampa de la Virgen de Montserrat que siempre llevaba consigo.

La sostuvo sin sacarla. Cerró los ojos y, con un murmullo apenas audible, rezó para sí:

—Señor, he pecado y me duele. Perdóname y dame un corazón nuevo, para que viva con justicia… y pueda reparar el mal. Amén.

La puerta se abrió de nuevo.

El sargento Enric regresó acompañado.

—Jimeno, le presento a la compañera Yosune. Trabaja en estas dependencias.

La agente asintió con discreción. Su mirada era directa, profesional.

Martí sacó las fotografías. Primero la de su hermano. Luego la del otro hombre.

Enric no dudó.

—A este lo conozco —dijo, señalando a Octavio—. Hace años… era un yonqui. Se movía por zonas complicadas de la ciudad. Lo identifiqué varias veces. Nunca llegó a caer detenido; estaba en los sitios, pero sin estar… ya me entendéis —negó suavemente con la cabeza—. Un pobre diablo sin pena ni gloria.

Las palabras cayeron como una losa en los oídos de Martí.

Yosune intervino entonces, con un tono más medido.

—Podría darles una lista de locales de ambiente que pudieran frecuentar… pero no serviría de mucho. Es un entorno cerrado, desconfiado con quien no pertenece a él. No se puede entrar haciendo preguntas; no darían respuestas.

Hizo una breve pausa, evaluando la situación.

—Por la edad de las personas que buscan y por el tipo de perfil —añadió—, será mejor hacerlo de otra manera, a la mía.

Miró a Jimeno.

—Si no tienen inconveniente, iré con ustedes. Conozco los lugares… y a la gente adecuada.

Jimeno esbozó una leve sonrisa. Había ido en busca de indicios y empezaban a aparecer.

—Estupendo, Yosune. Únete a nosotros.

Zaragoza

—Marcelo, hemos pinchado el móvil del "poli corrupto".

Ese asqueroso aún no sabe nada ni huele que andamos tras él.

Están contactando con él desde la casa que localizamos.

Estamos seguros de que allí está el nido de Arben.

Las localizaciones de los teléfonos de prepago los sitúan siempre en la misma zona.

El subinspector dejó escapar una leve sonrisa.

—¿Le gusta apostar fuerte, jefe? Le hago una propuesta ingeniosa.

El inspector sostuvo su mirada apenas un segundo y asintió. Quería oír de qué trataba.

Marcelo no perdió el hilo.

—Le propongo algo sencillo. Una motocicleta recuperada por robo, antes de devolverla a su propietario…

la colocamos frente a la casa de los albaneses.

En batería, bien visible. Montamos una cámara discreta y la enfocamos hacia la fachada.

—hizo una pausa—. Sabremos quién entra y quién sale de la misma y, si el «Metralla» está dentro, no se nos escapará.

El silencio fue breve, pero denso.

No era una ocurrencia. Era una jugada arriesgada… pero eficaz.

—Hecho, Marcelo.

Se cruzaron una mirada cómplice, de las que solo nacen tras años trabajando juntos.

—Ahora solo falta que la Policía Local no pase por allí y compruebe que la moto es robada o, peor aún, que aparezca el dueño y la reconozca —añadió Marcelo con media sonrisa—. Perdón, no quiero tentar a la suerte, inspector.

El inspector desvió la vista hacia la pantalla del móvil. Tenía un mensaje entrante. Era Jimeno.

Frunció ligeramente el ceño. Lo leyó: una pista en Lleida.

Alzó la vista de nuevo.

—Marcelo, llevamos años trabajando codo con codo. Nunca me llamas por mi nombre. El día que me digas «Soldevilla», parecerá que hablo con un extraño.

Marcelo dejó escapar una risa socarrona.

—Fui legionario. Cabo primero en el Tercio Juan de Austria antes que policía.

La disciplina me cuesta soltarla. Me siento cómodo tratándolo de usted —hizo una leve pausa—.

Y con eso me basta para mantener un vínculo sano de amistad, Soldevilla.

Sabe que el respeto por el empleo que ostenta no merma mi afecto en lo personal.

Un golpe en la puerta cortó la conversación.

—Adelante.

Un agente del equipo entró.

—Inspector, he enviado a Europol la imagen robot del «Metralla», tal como ordenó. Además, he canalizado la petición a través del Centro Nacional de Inteligencia. Estamos buscando colaboración con los servicios serbios.

—Buen trabajo —respondió Soldevilla sin dudar—. ¿Y el intérprete?

—Ya está en Zaragoza. Acaba de llegar. En cuanto se instale, se incorporará al servicio.

El agente salió tan rápido como había entrado.

Marcelo, apoyado sobre la mesa, bajó la voz.

—¿Confía en el intérprete?

Soldevilla respondió sin titubeos.

—Es el mejor. Es serbo kosovar, de Mitrovica. Emigró cuando estalló la guerra de Kosovo y colabora más por convicción que por dinero.

Se detuvo un instante.

—Y créeme, el tipo odia visceralmente a los albaneses. Dudo que nos oculte información; más bien, todo lo contrario.

Lleida, Cataluña

Los tres tomaban cervezas en un bar discreto de Lleida. El ambiente era cálido, poco concurrido. Se oían conversaciones a media voz y el murmullo de la televisión de fondo.

—Es ese, el que acaba de entrar… esperad aquí —dijo Yosune.

Se levantó y se acercó a un hombre que acababa de cruzar la puerta. Se abrazaron con familiaridad. Hablaron unos segundos en voz baja.

Jimeno los observó desde la mesa. Había confianza… pero también cautela. Aquello le dio esperanza.

Poco después, Yosune regresó con él.

—Hola, bona tarda —saludó—. Soy Josep.

Los miró con calma, dispuesto a ayudar.

—Ustedes dirán. Estoy aquí por mi amiga Yosune para que les pueda ayudar.

Jimeno no perdió tiempo. Sacó dos fotografías y las dejó sobre la mesa.

—Investigo dos homicidios. Creo que están relacionados. Necesito saber si conoce a alguno de estos hombres. Fíjese en la fisonomía más que en la calidad de la imagen.

Josep observó una, luego la otra. Se detuvo en la del cadáver del pantano.

—Este —asintió despacio—. Aymerich. Un tipo raro. Sí, es él, sin duda.

Levantó la vista.

—Hace tiempo que no lo veo. No vivía en Lleida. Se compró una finca, creo que quería montar algo tipo comuna hippie. Ya sabe, cosas de iluminados. No sé si llegó a hacerlo, pero se quedó viviendo allí.

Martí se inclinó hacia delante.

—¿Sabe dónde?

Josep dudó. Sacó el teléfono y marcó un número de la agenda.

—Bona tarda, soc Josep, escolta'm… el "rarito"… sí, l'avi hippie. Vull saber on viu. ¿T’en recordes?

Escuchó atento. Asintió mirando a Yosune.

—Molt bé.

Colgó.

Yosune tradujo en voz baja:

—Le llaman «el abuelo hippie». Ha preguntado dónde vive.

Josep retomó:

—Está en Torrefarrera, cerca de Lleida. Vivía apartado en la finca que compró. Tenía VIH desde hace años, ahora es una enfermedad crónica. Vida tranquila: campo, yoga, huerto…

Sonrió con cierta ironía.

—No parecía un hombre problemático, más bien lo contrario. Es una pena saber que está muerto. Ojalá encuentren al responsable.

No tardaron en marcharse del lugar con la información recabada.

La proximidad de Torrefarrera con la ciudad de Lleida no les hizo dudar: debían continuar tras la pista, y los investigadores se encaminaron hacia el lugar.

Después de indagar en la población sin haber obtenido ninguna respuesta satisfactoria, se dispusieron a recorrer los puntos que algunos lugareños señalaron como posibles fincas de Aymerich.

El coche avanzaba por caminos de tierra entre perales y manzanos, en la zona agreste de Torrefarrera.

—Si quería desaparecer, no viviría en el núcleo urbano —dijo Martí—. Estará en una finca, aislado del mundo.

Jimeno asintió.

Tomaron un desvío entre los árboles frutales siguiendo indicaciones de un agricultor.

El coche dio un tirón. Luego otro. Hasta que se detuvo en mitad de la nada.

—Joder… ahora no —dijo Jimeno, golpeando el volante.

Mientras rebuscaba en la guantera, Martí y Yosune se bajaron del vehículo a estirar las piernas.

A unos cientos de metros vieron una casa: muros sin revestir, vallado precario.

Se acercaron a esta sin más pretensiones que echar una ojeada.

Instintivamente y sin saber por qué, Martí llamó a la puerta. Nada, no abrió nadie.

Yosune miró al suelo y vio muchas cartas acumuladas bajo la puerta. Se agachó y tomó una de ellas.

Se quedó mirándolas.