Sonríe, es Dios Capítulo 4 Casos paralelos. #2
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Capítulo 4 Casos paralelos. #2

El subinspector alzó la carpeta que llevaba en la mano, como si lo verdaderamente importante viniera ahora.

—Hay más, jefe. Ya tenemos identificado al topo.

El ambiente cambió de inmediato.

—Del Cuerpo. Un tal Pedro, miembro de Seguridad Ciudadana de la ciudad. Asuntos Internos ha tirado del hilo: deudas, vida desordenada… noches largas en prostíbulos, bingos, discotecas. Lo captaron por su alto nivel de gasto. Lo tienen bien agarrado por los huevos. Menudo fichaje.

El inspector alzó la mano, cortando en seco.

—No lo vayáis a detener todavía.

Marcelo frunció el ceño.

—¿Cómo dice? Es un hijo de puta, hay que sacarlo del uniforme cuanto antes.

Soldevilla lo interpeló.

—Quiero pruebas sólidas. Irrefutables —su voz se volvió fría—. Vamos a darle la vuelta. Que parezca impune a los ojos del «Metralla». Lo va a exprimir al máximo y eso nos dará ventaja mientras crea ir un paso por delante nuestro.

Vio cómo el subinspector cambiaba el semblante.

—No padezcas, Marcelo, sabes muy bien que odio a estos traidores tanto o más que tú. Cuando acabemos con esto, ese Pedro no será consciente de la montaña de cargos que se le viene encima…

Marcelo no ocultó su desacuerdo.

—Ese tipo no merece ningún trato de favor por nuestra parte.

El inspector lo miró fijamente, imperturbable.

—No lo tendrá. Ahora le haremos un seguimiento y jugaremos con esa baza a nuestro favor. Cuando deje de ser útil, le daré una única salida: colaborar… o hundirse con todos, compartiendo la misma prisión.

Se hizo un silencio tenso.

—Y cuando todo esto termine, si su colaboración es positiva —añadió, con un hilo de voz cargado de intención—, lo protegeremos lo justo para que llegue vivo a juicio. Irá a una prisión tranquila para militares o de mujeres.

Marcelo asintió despacio.Ya lo había entendido.

—Aceptará.

Prepirineo, Aragón

Los dos permanecían dentro del vehículo, en silencio. Jimeno escuchaba sin interrumpir. No tomaba notas. No hacía falta. Sabía que, en relatos así, lo importante no eran los datos… sino los detalles que le ayudarían a generar un patrón.

Martí tardó en empezar. Estaba angustiado al revivir aquellos momentos.

Cuando lo hizo, su voz sonó lejana, como si hablara desde otro tiempo.

—Todo empezó una tarde.

Su mirada reflejaba la aflicción.

—Estaba en mi habitación, estudiando para los exámenes de la universidad, cuando oí a mi padre gritar.

Inspiró profundamente antes de continuar.

—Jamás lo había visto perder el control. Nunca. Por eso aquellos gritos todavía resuenan en mi cabeza.

Jimeno permanecía en silencio, atento.

—Octavio acababa de llegar a casa. Al principio pensé que la bronca era por haber vuelto tarde. No fue el motivo: enseguida comprendí que era algo mucho peor.

Martí tragó saliva.

—Mi padre no dejaba de repetir una frase: «Dime la verdad, Octavio, toda la verdad». Él guardaba silencio, avergonzado o temeroso por su reacción.

Hizo una pausa.

—Había escuchado rumores. Se los había confirmado el padre Miguel, creo que con buena intención. Decían que mi hermano pasaba demasiado tiempo con otro muchacho del instituto y que no era precisamente para rezar.

Jimeno sintió un escalofrío. Revivir la escena le costaba

—Mi padre creyó que había fracasado como padre. Pensó que Dios estaba poniendo a prueba su fe. No quiso dar crédito a habladurías ni siquiera vio en las actitudes y comportamientos de Octavio nada inusual.

Martí bajó la cabeza.

—Al principio quiso creer que mi hermano había sido víctima de algún abuso sexual. Yo, al oír aquello, abrí la puerta de mi habitación con sigilo.

Jimeno no apartaba la atención de Martí.

—Octavio lloraba. Mi padre temblaba de rabia. Se arrancó el escapulario que llevaba al cuello y comenzó a rezar con los ojos cerrados, como si buscara fuerzas para escuchar una verdad que, en el fondo, ya temía desde hacía tiempo.

Martí cerró los ojos.

—Entonces mi hermano habló. Lo hizo con total franqueza.

Su voz se quebró.

—Dijo que el padre Miguel era un hombre bueno, que lo había ayudado a aceptarse, que por primera vez alguien le había hecho comprender que Dios también podía amarlo en cualquier circunstancia.

El silencio se volvió insoportable.

—Y entonces confesó aquello que llevaba años escondiendo en el mayor de los secretos.

Martí repitió las palabras tal como las recordaba:

—Papá, soy homosexual. He rezado para cambiar. Lo he intentado todo. Pero no puedo dejar de ser quien soy. Lo siento mucho, sé que te he fallado como hijo.

Se detuvo un instante.

—Sigo siendo el mismo, vuestro hijo… y también soy hijo de Dios.

Martí apretó los puños.

—Mi padre dejó de escuchar. Cegado por la ira, en ese instante dejó de ver a su hijo y solo vio a un pecador.

Jimeno bajó la mirada.

—Se abalanzó sobre él. Lo golpeó mientras le gritaba: «¡Pecador! ¡Hijo de Satanás!». Y lo peor es que Octavio no se defendía. Solo lloraba, aceptó todos y cada uno de los golpes recibidos como si él aceptara el castigo.

Martí respiró hondo con los ojos vidriosos.

—Después abrió la puerta de casa y lo empujó al rellano. «¡Fuera de mi casa! ¡Vicioso! ¡Que te recojan en Sodoma y Gomorra! Has deshonrado a esta familia y a Dios».

El silencio volvió. Después de unos angustiosos segundos, Martí se repuso y continuó el relato.

—Mi madre no dijo nada. Ni una lágrima. Se santiguó… y abrazó a mi padre.

Martí negó con la cabeza.

—Cuando salí de la habitación, desorientado, ella me llevó de nuevo dentro. Nos arrodillamos a rezar. Solo me dijo: «Ya eres mayor para comprenderlo. Octavio ha elegido al diablo antes que a Dios».

Suspiró.

—Nunca volvimos a pronunciar su nombre.

Miró a Jimeno.

—Mientras tanto, Octavio seguía en el rellano… suplicando perdón. Suplicando una oportunidad. Pero nadie abrió la puerta. Ni mi madre ni yo.

Se le quebró la voz.

—Y durante un tiempo llegué a creer que él era el culpable de todo lo males que acontecían a la familia.

Jimeno intentó intervenir, pero Martí continuó:

—Ahora lo veo claro. El pecado nunca fue amar a otro hombre. El pecado fue que sus padres amaran más una interpretación de su fe que a su propio hijo. Octavio fue una víctima, nosotros traicionamos a Dios en su nombre.

El silencio se hizo sepulcral.

Jimeno arrancó el coche. Durante unos minutos no dijo nada.

—Ahora sé qué estamos buscando.

Martí giró la cabeza y lo miró expectante.

—Vamos a Lleida. Necesitamos hablar con los Mossos.

Apretó el volante.

—Tu hermano salió de casa roto. Sin apoyo. Eso deja a cualquiera a la intemperie de la calle… En manos de lo peor.

Martí bajó la cabeza.

—Sus amistades de antes ya no le servían. Lo más probable es que acabara en malas compañías hasta llegar a la droga.

—Pobre Octavio —susurró.

Jimeno continuó.

—Pero eso ya pasó. Ahora tenemos un cadáver en un pantano que pide justicia y Octavio nos ha dado las pistas y una pregunta: ¿qué hacía él allí?

Martí escuchaba sin intervenir en ningún momento.

—Mi hipótesis, ahora, gracias a ti, es que se movía en otros ambientes… probablemente en círculos gays. Y que una relación cercana dentro de ese entorno sea el muerto del pantano.

Martí intervino en la misma línea.

—Debían tener un vínculo fuerte como para contactar con nosotros desde el más allá.

Jimeno asintió, los dos iban encaminados hacia un mismo punto de vista.

—Lleida es el punto de inicio lógico —añadió Jimeno—. Ciudad cercana. Lo bastante grande para perderse… y lo bastante discreta para no llamar la atención.

—¿Crees que el cadáver era de allí? —preguntó Martí.

—Creo que alguien lo conocía en ese lugar —cortó Jimeno—. Y que alguien quiso que desapareciera en ese pantano próximo.

El silencio se volvió más denso.

—Primero identificamos al muerto. Luego los vínculos con Octavio. Y cerramos el círculo con el asesino.

Martí sonrió, ahora no se trataba de leer novela negra sino de ser partícipe en un caso real. La confesión le sirvió de terapia, era la primera vez que contó la dramática escena familiar.

Se sentía mejor, descargó un peso que arrastraba desde hacía demasiado tiempo.

La carretera serpenteaba entre curvas.

—Relájate. Falta poco para que amanezca. Ahora, seguro que te encuentras mejor.

Martí contestó con una sonrisa.

No habían avanzado mucho cuando un todoterreno apareció de frente, invadiendo parte de su carril al salirse de la curva.

Jimeno giró el volante con violencia. El otro conductor reaccionó al mismo tiempo en sentido contrario.

Se evitaron por centímetros.

—¡Joder! ¡Maldito loco!

Se miraron, pálidos los dos.

—¿Estás bien?

Jimeno asintió.

Minutos después, la niebla cubrió toda la carretera cegando el campo de visión ante ellos.

—Martí… lo que faltaba. Niebla. Eres un gafe.

Una risa nerviosa rompió la tensión. Aminoró la marcha y encendió las luces antiniebla mientras avanzaban con prudencia.

Y entonces…

—¡UAGH!

Jimeno frenó en seco.

—¿Lo has visto? —dijo Martí.

Jimeno asintió, aún alterado.

—Sí… estaba ahí. En medio de la carretera. Lo vi sin ningún género de dudas. estaba a pie de carretera: Octavio.

Bajaron los dos del coche. Asustados y sin saber por qué.

A unos metros, en mitad de la calzada, yacía un sarrio muerto. Restos de plástico del parachoques de un vehículo indicaban un atropello reciente.

Jimeno lo apartó cogiendo las patas del animal y lo arrastró hacia la cuneta.

—Un rebeco del Pirineo… Hemos tenido suerte, podríamos habernos encontrado de frente con él.

Se incorporó.

—Suerte o algo más.

Martí lo miró con firmeza.

—No. Esto ha sido real. Nos ha traído hasta aquí… y no quiere que tengamos incidentes hasta que resolvamos esto juntos.

Jimeno no respondió.

—Vamos a Lleida —dijo al fin—. Habrá tiempo para fantasmas.

Arrancó el coche.

La niebla comenzaba a disiparse.

—Esto lo hacemos por Octavio —murmuró Martí—. Te lo debo, hermano.

Y esta vez, ninguno de los dos dudaba.

Lleida, Cataluña

El vehículo se detuvo frente a la comisaría de los Mossos d'Esquadra en Lleida. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

Jimeno giró ligeramente la cabeza y miró a Martí.

—¿Estás preparado para todo lo que venga a partir de ahora?

Martí bajó la mirada, como si la respuesta pesara más de lo esperado.