Capítulo 4 Casos paralelos.
Zaragoza
—Acaban de salir de la nave industrial. Son dos y hay un tercero esperando en el vehículo —dudó un instante—. Creo que es él, pero no puedo asegurarlo. Desde aquí no puedo acercarme más. No tengo la certeza.
Al otro lado, el inspector escuchaba en silencio. A continuación, dio la orden sin dudar.
—Si tienes la más mínima sospecha de que pueda ser Arben, síguelo. No vamos a tener otra ocasión como esta —pausó un segundo—. Debo de estar haciéndome blando… hasta creo en las corazonadas.
Soldevilla estaba esperanzado con los seguimientos.
—Muévete. Ojalá sea él. Creo que esta vez tendremos suerte. Síguelo y nos la jugamos a que sea el capo, ese maldito «Metralla» tiene que dar la cara.
La plantación principal había caído. Fue para la mafia un golpe importante, aunque no definitivo.
Del análisis del navegador del vehículo intervenido habían obtenido nuevas ubicaciones: pequeñas plantaciones y varias viviendas utilizadas por la organización como pisos francos y guarderías (escondites de droga y efectos robados).
La mañana había sido productiva y apuntaba alto. El equipo ejecutaba el plan con precisión, sin prisas. Sabía que con la pérdida de su mayor activo, el jefe debía salir de su refugio: tomar decisiones y supervisar los activos restantes.
Era el CEO de la empresa criminal.
Pero el jefe, Arben el «Metralla», seguía fuera del alcance policial, todo eran meras sospechas y conjeturas. Operaba por libre, no se le había ubicado con certeza.
El rol de Arben tenía mucho peso dentro de la estructura, pero se movía como un espectro sin dejar rastro, dificultando cualquier intento de localización. Ahora, por primera vez, tenían una opción real de seguirle hasta su guarida.
El vehículo ocupado por los tres mafiosos salió del polígono de Malpica a gran velocidad. Demasiada.
El seguimiento se complicó por momentos.
Aquella conducción inapropiada por las calles del polígono industrial iba a dar al traste con la operación, no pasó desapercibida para una patrulla de la Guardia Civil de Tráfico.
Esta se encontraba ubicada en la salida del polígono vigilando el tráfico en la incorporación a la autopista.
Los agentes observaron aproximarse un vehículo a una velocidad inadecuada y les dieron el alto. No se detuvieron; al contrario, aceleraron aún más, evadiendo a los agentes e incorporándose a la autopista a gran velocidad.
La patrulla de la Guardia Civil inició la persecución de inmediato.
Detrás de estos, le seguía un vehículo de incógnito sin perder distancia sobre ellos. Eran los hombres de Soldevilla.
La autopista se convirtió en un juego peligroso: tres carriles, tráfico denso, maniobras al límite. El vehículo zigzagueaba entre coches y camiones con una temeridad que no dejaba dudas. Huían porque llevaban algo.
—Solicitamos apoyo urgente —radiaron los guardias, indicando la posición y posibles rutas de huida.
Varias patrullas más se activaron en la zona.
Entonces los mafiosos cometieron el error garrafal: abandonaron la autopista para tomar una vía secundaria.
Fue demasiado tarde.
Una patrulla de la Benemérita ya había cerrado el acceso, bloqueando la circulación.
El vehículo, al encontrarse con la vía colapsada, frenó bruscamente. Las ruedas chirriaron; el olor a goma quemada se expandió en el aire. No fue suficiente. La inercia los empujó contra el coche que tenían delante.
El impacto fue seco, contundente.
Un alcance violento contra la parte posterior de otro vehículo detenido. El turismo quedó inmovilizado, con el capó chafado y una humareda saliendo del motor.
Dentro, los ocupantes quedaron aturdidos. Desorientados, intentaban reaccionar… pero ya era tarde.
Un guardia civil a cada lado de las puertas delanteras encañonó el habitáculo.
—¡Manos arriba! ¡No se muevan! Quietos, no hagáis tonterías y todo irá bien.
Las órdenes de los guardias civiles de tráfico fueron claras y contundentes.
Los agentes del vehículo camuflado descendieron unos metros atrás. Se identificaron ante la patrulla y, sin interferir, se integraron en el dispositivo de apoyo.
En cuestión de minutos, la zona se llenó de efectivos.
La intervención policial estaba cerrada in situ.
—Jefe… malas noticias —comunicó el agente responsable del seguimiento—.
La Guardia Civil ha abortado el seguimiento a los albaneses.
Hay detenidos, los tres ocupantes. Les han sorprendido trasladando droga: más de cinco bolsas de cogollos de marihuana, pero ninguno de los tres es el «Metralla». Lo siento.
Se hizo un silencio. Breve, pero tenso.
—No te precipites —respondió el inspector con calma—. Sé pragmático. Seguíamos a quien no era. Esta vez, dentro de lo malo, la suerte nos ha sonreído.
Hizo una pausa.
—Pero esto nos abre otra vía de oportunidades —añadió, con tono más firme—. Volvemos a Malpica. Vigilancia de veinticuatro horas sobre la misma nave. Ahora alguien tendrá que dar la cara, evaluar las pérdidas y reorganizar a la gente. Eso es cosa de un jefe.
La partida no había terminado.
Bielsa, Pirineo Aragonés
El subinspector Jimeno no perdió el tiempo. Apenas unas horas después de que Martí llegara al pueblo, se presentó en el hotel. Para él, cada minuto contaba; las vacaciones eran un lujo que ya no podía permitirse.
—Martí, le agradezco su predisposición —dijo en voz baja, vigilando el entorno con una rápida mirada—. Será mejor cenar aquí y hablar con discreción. Lejos de oídos curiosos… y de vecinos demasiado atentos como para afinar el oído a cambio de una ronda de vinos.
Hizo una breve pausa antes de continuar, como si escogiera cada palabra con precisión.
—No es necesario que revivamos lo que ya sabemos —añadió—. Aunque todo esto nos resulte difícil de encajar, no estamos aquí para encontrar explicaciones a lo inexplicable.
Se miraron los dos.
—Estamos aquí para descubrir la verdad de lo que le sucedió a Octavio. Y esa verdad, tarde o temprano, nos llevará a resolver el homicidio de él… y del desconocido del pantano.
Martí asentía una y otra vez, con una convicción nueva, casi dolorosa.
—He dado un paso del que no hay vuelta atrás —respondió con firmeza contenida—. Estoy a su disposición Jimeno. Para lo que sea. Vengo preparado para todo, incluso para lo peor. Usted dirige, y yo colaboro. Dispongo de los recursos y el tiempo necesario.
Sus miradas se encontraron nuevamente y, por un instante, compartieron un entendimiento silencioso: una alianza nacida de la necesidad.
Jimeno esbozó una leve sonrisa.
—Entonces no hay más que decir. Trabajamos juntos. Creo que… eso es lo que su hermano ha querido de nosotros. Nos ha reunido, nos da pistas y, quizá, trata de unirnos en algo más que una investigación. Sus motivos tendrá, ¿no cree?
Buscó su complicidad. Martí no dudó: extendió la mano.
El apretón fue firme. Más que un acuerdo, sellaba un compromiso tácito de lealtad y confianza.
Jimeno sostuvo ese gesto un segundo más antes de soltarlo.
—No será fácil —advirtió, ya con un tono más grave—. Tendrá que escarbar en recuerdos profundos que creyó olvidados, quizá preferiría mantenerlos enterrados. Pero necesito que haga un esfuerzo, olvide sus rencores. Todo cuenta a la hora de investigar, cada detalle…
Se inclinó ligeramente hacia él.
—Antes de marcharse de casa y después: rutinas, amistades, cambios. Cualquier detalle que recuerde de Octavio. Usted es un hombre metódico, Martí. Confío en que sabrá encontrar lo que otros pasarían por alto.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso. Como si ambos comprendieran que, a partir de ese momento, ya no había marcha atrás.
Martí pensó en el padre Miguel, en las horas de confesión y en los años de silencio y disciplina. Estaba preparado.
Se lo debía a su hermano.
Zaragoza
La mañana amaneció azotada por el viento del cierzo, este silbaba al filtrarse por las ventanas, haciendo vibrar los marcos con un sonido molesto y constante.
El inspector ordenaba su mesa de trabajo. El volumen de informes se acumulaba hasta empequeñecer el espacio disponible. Se dispuso a poner orden cuando fue interrumpido.
Sonó el teléfono móvil. Echó una mirada rápida a la pantalla.
—¡Jimeno! Qué sorpresa. Estoy a tope de trabajo, como ya te habrán informado. Lo de Octavio y todo lo que está saliendo está dando buenos resultados… y alguien tiene que canalizarlo y dirigirlo todo —hizo una pausa—. Tú dirás.
En ese momento, el subinspector Marcelo entró en el despacho.
—Un momento, ahora te atiendo —dijo el inspector, cubriendo el auricular.
Jimeno fue directo:
—Inspector, quería pedirle autorización para seguir investigando la muerte del pantano. Estoy de vacaciones por la zona y dispongo de todo el tiempo. No necesito recursos; me basta mi coche, el móvil y la placa. Además, tengo un colaborador, el hermano del fallecido.
El inspector y Marcelo se miraron. Una sonrisa cómplice bastó.
—Jimeno, no sabe el trabajo que me quita de encima —respondió el inspector con franqueza—. Me parece una idea excelente. Tire del hilo hasta donde le lleve. Tiene mi autorización. Cuente conmigo para lo que necesite. El comisario será informado por los cauces oficiales.
Jimeno añadió:
—Si le parece, el cadáver del pantano lo tratamos como una pieza separada del "caso Octavio". Cada investigación por su lado y vemos si acaban confluyendo o si es solo una coincidencia con un factor común: Octavio.
Soldevilla asintió, satisfecho.
—Perfecto. No se hable más —concluyó—. Pero recuerde, nada de dietas: está de vacaciones y sin derecho a reclamar ni un café siquiera —añadió con una breve risa.
Colgó.
—¿Qué me traes, Marcelo? Que sean buenas noticias.
El subinspector negó con la cabeza antes de hablar.
—Llevamos horas de apostadero, pero el «Metralla» no apareció. Eso sí… —hizo una breve pausa— vinieron un par de latinos en una furgoneta, fingiendo ser de reparto. Hicieron un barrido por la zona y después entraron al interior de la nave industrial.
El inspector entrecerró los ojos, procesando la información.
—Seguimos en alerta, Marcelo. Esos hacen de vigilantes. Son meros peones del último escalón.