Sonríe, es Dios Capítulo 3 Decisiones. #5
33%

Capítulo 3 Decisiones. #5

Tenía que orar a la otra "moreneta", la virgen negra de Torreciudad. Y mostrar respeto al lugar y a quien lo había inspirado en su fe: el fundador de la Obra de Dios, el Opus Dei.

En el interior del imponente templo permaneció en silencio.

Apoyado en el respaldo del banco, alzó la mirada. Ante él, una gran escalinata conducía al altar mayor. A su espalda se alzaba un retablo deslumbrante de alabastro y platería, saturado de escenas que evocaban el espíritu del santuario.

En lo alto, dominando todo, la Santísima Trinidad; más abajo, Cristo crucificado; y, a sus pies, la Virgen María. El conjunto, imponente, rompía sin embargo la armonía del templo, revestido de un tosco ladrillo rojizo.

Esta vez no se inclinó ni se santiguó. Enderezó la espalda, alzó la barbilla y gritó:

—Perdí un hermano en vuestro nombre. ¿Por qué?

Su voz desgarradora rompió el silencio en el templo, expandiéndose en un eco por la grandiosa nave. El silencio de oración se quebró; la calma del lugar se volvió tensión.

Un sacerdote se acercó de inmediato hacia dónde se encontraba Martí. Con cortesía contenida, le pidió que guardara respeto o abandonara el lugar de inmediato.

Martí lo sostuvo con la mirada. Sin responder, sacó una fotografía del bolsillo de su chaqueta: él y su hermano, juntos.

La alzó frente al sacerdote y la mantuvo allí unos segundos, mientras el hombre, desconcertado, trataba de entender aquel gesto.

—¿Dónde estuvo el respeto para él?

Luego se dio la vuelta y caminó despacio hasta el rincón donde los fieles encendían velas y susurraban plegarias pidiendo la intercesión divina.

Acercó la fotografía a una llama. El papel se prendió y encogió, ennegreciendo entre chispas, hasta que la dejó caer, convertida en ceniza negra.

—Polvo eres y en polvo te convertirás.

Salió del santuario, montó en su moto y arrancó sin mirar atrás. No le debía nada a la Iglesia. Ni a Dios.

—Te lo debía Octavio.

Mientras Martí avanzaba por las carreteras aragonesas comprendió algo trascendental: la vida que había construido durante tantos años se estaba desmoronando a marchas forzadas.

Ahora, tomaba conciencia de que todo aquello que había sostenido con convicción, los pilares sobre los que había cimentado su existencia, comenzaban a resquebrajarse.

Las dudas florecían por primera vez en su interior. Sin embargo, lejos de combatirlas, decidió aceptarlas. Era un hombre inteligente y comprendió que no todo debía reducirse a elegir entre la fe o el mundo.

Perdió un hermano por la intolerancia, pero no fue en vano: ahora comprendía que, para avanzar en su vida, debía cerrar ese trauma del pasado.

No tenía dudas… Octavio le estaba guiando.

Bielsa, Pirineo Aragonés

—¿Ve esas montañas a la espalda del pueblo? —dijo Jimeno mientras caminaban hacia el casco urbano—. Pues detrás de ellas está Francia. Sí, como lo oye usted, basta con cruzar por un túnel excavado en la roca y ya está en otro país.

Martí dejó escapar el aire, todavía arrastrando el cansancio de un viaje largo y tortuoso. Aun así, no pudo evitar sentirse sobrecogido por las hermosas vistas que tenía ante sí.

—Es usted un hombre afortunado —respondió—. Vive en un vergel esplendoroso. Verde hasta donde alcanza la vista. Un pueblo hermoso en un entorno casi perfecto.

Jimeno soltó una risa breve.

—No es oro todo lo que reluce. El clima aquí cambia en un suspiro y el frío cala hasta los huesos. Pero, mientras la niebla no baje, es justo lo que ve: sin trampa ni cartón, un lugar de ensueño. —Le hizo un gesto para recoger su equipaje—. Vamos, se va a alojar en mi casa.

Martí negó con la cabeza.

—Se lo agradezco, Jimeno, pero tengo una reserva en el hotel. No puedo abusar de su hospitalidad; no me conoce de nada para abrir su hogar a un desconocido.

El policía se encogió de hombros.

—Como quiera. Aun así, le acompaño. Déjeme, le llevo el equipaje; tiene cara de no haber dormido en días. Dese una ducha caliente, coma algo y, después de una siesta, llamame. Tenemos que ordenar ciertos asuntos relacionados con la muerte de su hermano y…

Martí esbozó una sonrisa.

—Es la primera vez que oigo a un policía dar consejos sensatos —dijo, dejando escapar una leve carcajada—. Normalmente solo dan órdenes e instrucciones para prohibirlo todo.

Jimeno no respondió de inmediato. Sacó una fotografía y la sostuvo entre los dedos.

—Antes de que se instale tengo una foto que debería ver. —Le tendió la imagen—. Dígame si le suena de algo o conoce a esta persona. Sé que hacía años que no veía a su hermano, pero mírala bien y dígame.

Martí observó la foto con detenimiento. Sus ojos recorrieron cada detalle antes de negar lentamente.

—Lo siento. No lo he visto en mi vida. Podría ser cualquiera… algún rollo, quizá una pareja de Octavio. Él era gay.

El silencio cayó de golpe.

Jimeno se quedó inmóvil, con la mirada fija en la fotografía, como si acabara de dar un vuelco al relato de la investigación.

—No… no lo sabía —dijo, sorprendido.

Alzó la vista, ahora con una chispa nueva.

—Pero esto cambia las cosas. Nos abre una línea de investigación distinta. Ya tenemos por dónde empezar a tirar del hilo. —Le dio una palmada en el hombro—. Martí, bienvenido a Homicidios.