Capítulo 3 Decisiones. #4
Intercambiaron una mirada cómplice.
—Después se deshicieron del cuerpo arrojándolo al agua, probablemente pensando que la descomposición y el tiempo borrará cualquier rastro.
El inspector negaba con la cabeza.
—Estaba muerto antes de entrar al agua. El golpe lo dejó fuera de combate a la primera… —dijo en tono reflexivo.
El agente intervino:
—A mí no me encaja como un crimen mafioso, ni siquiera podemos decir si fue uno o más participantes en el crimen.
El inspector esbozó una leve sonrisa.
—A mí tampoco me suena a obra de los albaneses, pero ahí lo tiene: el cadáver es nuestro.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Nos toca investigarlo. El juez nos ha asignado el caso, aunque esté en demarcación de la Guardia Civil y fueran ellos quienes localizaron el cuerpo.
Dejó escapar una sonrisa breve, casi irónica.
—Como fuimos nosotros quienes dimos la voz de alarma y ya llevamos entre manos un asunto de peso… nadie ha puesto demasiadas pegas en quitárselo de encima.
Hizo una pausa, midiendo sus palabras.
—Y le diré algo más: nos viene bien investigarlo. Es un buen comodín para ampliar plazos y justificar los refuerzos de cara al mando.
Su expresión se endureció.
—Dos muertos en tan poco tiempo… eso no lo quiere nadie.
Clavó la mirada en el agente.
—Y menos en Aragón, que presume de ser tierra tranquila.
Tomó la carpeta del informe forense de Octavio y la abrió con gesto mecánico.
—Mire esto. Dos disparos a bocajarro. Uno para matarlo y otro para asegurarse. Eso sí es propio de profesionales. Esta es la firma de la mafia.
El agente echó un vistazo rápido al contenido y asintió en silencio.
—De momento —continuó el inspector— dejamos en suspenso lo del cadáver del pantano. Hasta que tengamos la identidad, no es más que un problema por resolver. Todo a su tiempo…
El agente no se movió. Seguía de pie, expectante.
El inspector lo observó unos segundos. Lo conocía bien.
—Dígame. ¿Qué le ronda por esa cabeza? Suéltalo.
El policía dudó, buscando las palabras adecuadas.
—Señor… ¿Cómo supo el subinspector Jimeno lo del cadáver? No creo en corazonadas. Solo en pruebas y testigos.
El inspector alzó la vista hacia el techo, como si buscara allí una respuesta que no tenía.
Tardó unos segundos en hablar.
—Le diré una cosa… —murmuró al fin—. Es la primera vez que hago caso a un "iluminado". No es mi costumbre, créame. Pero acertó y eso me basta.
Cerró la carpeta con un golpe seco.
—No quiero saber más; el tema me da repelús. Sé que usted me entiende. Dicho está.
Volvió a fijar la mirada en el agente.
—Con eso le basta. Puede retirarse.
Su tono no admitía réplica.
Bielsa, Huesca
Jimeno estaba tomando una copa de vino de la tierra, un Somontano tinto crianza. Compartía una conversación animada con dos amigos del pueblo cuando sonó el teléfono, lo ignoró.
La llamada insistía, no cesaba, lo que inquietó a Jimeno.
Sacó el teléfono y vio que era un número desconocido: el hermano de Octavio.
—¿Qué querrá? —se preguntó, dudando si atender o no.
Uno de los paisanos le animó a hacerlo.
—Anda, coge el teléfono. No sea cosa importante, que por nosotros no dejes de cogerlo —dijo con ese deje aragonés de los Pirineos.
Jimeno cogió el teléfono y salió del bar a la intemperie.
—Hola, Martí. Soy el subinspector Jimeno. ¿En qué puedo ayudarle?
Martí fue directo.
—Le ruego que me escuche y no corte la llamada, por favor. Seré directo, Jimeno. ¿Mi hermano se le ha aparecido o se ha manifestado de alguna manera? Espero haber sido claro.
A Jimeno se le heló la sangre.
—Sí —afirmó con sinceridad.
Se hizo un silencio interminable.
—Entonces, los dos tenemos más cosas en común que una simple notificación de su muerte.
Se tomó unos segundos antes de continuar.
—Jimeno, debemos vernos, y cuanto antes, mejor. No sé qué es, pero algo impropio en mí me impulsa a buscar respuestas… y el inicio de esas preguntas me lleva a usted.
Jimeno palideció.
Tras una breve conversación con Martí, regresó al interior del bar y pidió otra ronda de vino para compartir con los paisanos. Esta vez lo necesitaba más que nunca.
La tarde pasó rápidamente entre tragos y anécdotas. Cuando salió del local, ya anochecía. Se despidió con gestos torpes de sus amigos y emprendió el camino de vuelta a pie.
Llegó como pudo a la casa.
El vino había hecho mella en él. La cabeza le daba vueltas, sin orden ni descanso.
Le costó acertar con la llave, pero logró abrirla y entrar.
La casa estaba fría.
La chimenea se había apagado: un tronco negro descansaba sobre un lecho de cenizas. Ni rastro de ascuas incandescentes.
Fue directo a la habitación. Se quitó el anorak, dejó los zapatos a un lado y, tras coger una manta del armario, se dejó caer en la cama sin desvestirse.
Cayó rendido.
Sumergido en un sueño profundo, donde el tiempo parecía haberse detenido, salvo su cabeza, que no paró de dar vueltas sobre sí como una noria.
Una corriente de aire frío sopló en su oído. Primero fue un leve susurro, como si naciera dentro de su propia cabeza.
—Búscalo.
Era apenas un hilo de voz.
Jimeno dormía.
Se repitió de nuevo. Esta vez, el aire parecía penetrar en su oído. Lo escuchó con claridad.
—Búscalo.
Había alguien junto a él.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, pero no abrió los ojos. No se movió. Su respiración se alteró, se volvió pesada, profunda. El corazón le latía con fuerza. Sus dedos se tensaron bajo la manta, como si algo en su interior reconociera el peligro antes que su mente.
Se hizo un silencio aterrador en la habitación.
Y entonces… ¡Zas!
Un fuerte portazo sacudió las paredes de la habitación.
El policía se incorporó de golpe, jadeando, con el corazón desbocado y la garganta seca.
Durante unos segundos no supo dónde estaba. La habitación giraba, deformada por la mezcla de resaca y miedo. La oscuridad lo envolvía todo.
Palpó en el bolsillo del pantalón, sacó el teléfono móvil y encendió la linterna.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
Su voz salió insegura, demasiado alta para el silencio que la rodeaba.
Nadie respondió.
Encendió la luz de la mesita de noche y observó la habitación. Esta estaba vacía como cabía esperar.
Jimeno se levantó despacio, inseguro, apoyándose en la pared recorrió la casa, estancia por estancia.
No había nadie. La casa estaba completamente vacía.
Una pesadilla.
Santuario de Torreciudad, Huesca
Libre. Esa fue la palabra que le vino a la mente tras casi cuatro horas de conducción por carreteras comarcales.
La motocicleta Norton pedía descanso; él también necesitaba parar y estirar las piernas. El viaje se hizo pesado y aún quedaba un tramo hasta llegar al destino.
Dejó atrás Barbastro en dirección a Aínsa en la provincia de Huesca. A ambos lados del asfalto, las viñas daban la bienvenida a la comarca. Tierra de vino, de silencio, comenzaba el prepirineo aragonés.
Las casualidades, a veces, no lo son tanto. Aquella fue una de ellas. En plena ruta hacia Bielsa, Martí se encontró de frente con el desvío al santuario de Torreciudad.
La moto empezó a dar tirones. Vibró y terminó por apagarse.
La empujó hasta el arcén y la dejó cuidadosamente apoyada en el guardarraíl. Se sentó un momento, respirando hondo, con la mirada perdida en la carretera, pensando en una solución mecánica.
A su espalda, se podía apreciar en la distancia, el embalse de Graus. Y, dominándolo todo como una fortaleza, el torreón del campanario de la basílica de Torreciudad.
Martí no era un hombre hábil con las manos, desconocía la mecánica salvo lo usual en el mantenimiento de la moto. En lo suyo —los estudios, los números, la banca— era metódico y preciso, bastante bueno. Pero fuera de ahí… lo justo.
Aun así, conocía bien su motocicleta. Había leído sobre motores Norton clásicos, revisado y aprendido cada detalle del modelo Commando, como la suya.
La examinó con calma. Repasó mentalmente las posibles averías: gasolina, lubricación. Todo parecía correcto.
Probó con lo más simple: la bujía. Por suerte llevaba una de recambio, la probó y funcionó.
La moto arrancó de inmediato, dejando una humareda en el lugar. Se incorporó al asfalto y continuó la marcha.
Al pasar junto al cartel del desvío a Torreciudad, dudó un instante. Pero lo interpretó como algo más que una avería. Era una señal demasiado clara para obviarla.
Giró el manillar cambiando el rumbo bruscamente. Abandonó la ruta prevista y tomó el desvío hacia el santuario.