Sonríe, es Dios Capítulo 3 Decisiones. #3
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Capítulo 3 Decisiones. #3

El policía no reaccionó. Siguió calle abajo. Vio descender el portón del garaje. Aquella era la casa. Se fijó en el número y continuó hasta el final de la calle.

Confirmado. Tenían la ubicación exacta de la casa.

—Inspector, tenemos el piso franco. El centinela ha tomado la matrícula de la moto, tal y como estaba previsto.

El inspector esbozó una leve sonrisa.

—Perfecto. Dos pájaros de un tiro.

Hizo una breve pausa.

—Tenemos la guarida… y el cebo está lanzado.

Miró al frente, serio.

—En cuanto alguien consulte esa matrícula en la base de datos del aplicativo policial, saltará la alerta. Y sabremos quién es el topo.

El topo iba a caer… Y así fue.

Costa del Garraf , Barcelona

La pequeña cala, acogedora y casi desierta, apenas reunía a algunos propietarios de unas casitas alineadas junto al arenal y a alguna persona paseando.

Martí se puso en pie y caminó despacio hasta la orilla.

El oleaje, suave, avanzaba hasta rozar sus pies y se retiraba de nuevo, con un vaivén constante.

Sostenía la fotografía entre los dedos. La miró una vez más con cierta nostalgia, allí estaba, feliz, compartiendo un domingo de playa junto a sus abuelos.

Recordó lo felices que habían sido los dos hermanos en aquellos años.

Alzó la vista al cielo y cerró los ojos, evitando la luz directa. Apretó los nudillos con fuerza. La emoción le subió de golpe: impotencia, rabia, culpa.

—¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué lo abandonaste a la injusticia? ¿Por qué no fuimos castigados? —la voz se le quebró—. Bajo la excusa del pecado te abandonamos a tu suerte, Octavio, hermano, perdóname. Fui un cobarde por callar y no defenderte.

Cayó de rodillas sobre la arena y rompió a llorar, sin contención.

Un roce en la espalda lo sacó de su desahogo.

Se giró.

Un perro labrador blanco lo olfateaba con curiosidad, ajeno al momento, moviendo la cola alegremente.

—Disculpe, ya sujeto al perro con la correa. Espero que no le haya molestado —dijo una mujer, sujetando al animal.

Martí negó con la cabeza. Se secó las lágrimas con la manga y se levantó despacio. Luego se inclinó y acarició al perro.

—Es curioso… Los animales perciben la aflicción antes que nosotros y nos consuelan sin pedir nada a cambio.

La mujer sonrió, aunque en aquellas palabras reconoció a un hombre roto.

—¿Se encuentra usted bien? —preguntó con suavidad—. Si quiere, puedo hacerle compañía. Bueno… mi perro Champi y yo le hacemos compañía.

Martí negó con la cabeza.

—Se lo agradezco, ya me repongo, estoy pasando por decirlo de algún modo mis horas más bajas.

Martí tomó algo de aire y miró a la mujer.

—Este sitio me trae dulces recuerdos familiares y algunos ya no están para compartirlos.

La mujer se presentó sin dudar, tendiéndole la mano.

—Me llamo Claudia. Encantada.

Martí vaciló un instante; el gesto lo descolocó.

—Martí, encantado. —dijo sobreponiéndose. Me alegra ver que aún hay buena gente en este mundo. Le agradezco el gesto tan humano que ha tenido conmigo.

Claudia soltó una breve risa.

—Sin prisas, no te precipites. También puedo ser irascible y bastante antipática.

Ambos rieron.

Martí la observó un segundo, como midiendo sus palabras.

—¿Cree usted en Dios?

La pregunta la dejó en silencio. Parpadeó, sorprendida; no esperaba un cambio tan drástico en el rumbo de la conversación.

—Si me pides un sí o un no… no sabría qué responder —dijo al fin, con una leve sonrisa—. Pero puedo intentar explicarte cómo lo veo, siempre desde mi punto de vista y con mis peculiares matices.

La mujer aguardó unos instantes, indecisa. No pretendía incomodar a su interlocutor con la respuesta.

—Te lo agradecería, Claudia. Es importante para mí. Con tu respuesta busco una interpretación ajena a mi círculo.

Ella asintió, serena. Le resultó extraña la pregunta pero razonable la explicación.

—Para mí, la nada no existe. Todo tiene un origen en la vida, un orden en el porqué de la existencia de lo que en ella hay.

Martí miró atentamente sin interrumpir.

—A partir de ahí, Dios es lo que cada uno quiera entender: el todo… o la idea que los hombres han construido en torno a Él para imponer sus teorías tan dispares.

Martí guardó silencio. La miraba con atención, como si cada palabra abriera una grieta en sus certezas.

—Nunca lo había oído definirse así… —dijo con cierta sorpresa—. No es que dude de mi fe, pero… lo has explicado muy bien Claudia. Es una forma distinta de mirar lo que me han enseñado hasta hoy.

Claudia sonrió, sin imponerse.

—No pretendía hacerte dudar. Cada uno debe creer en lo que quiera, ¿no crees?

Este afirmó.

— Solo sé que, de existir algo parecido a lo que pensamos que es Dios, está en todo y en todos: en lo que nace y en lo que muere. En eso consiste el ciclo de la vida, todo vuelve a empezar.

Se le escapó una ligera sonrisa al observar cómo la miraba Martí.

—Dios forma parte de todo: de la materia, de la vida misma.

Martí la observaba, absorto.

—Y de todo este rollo que te he soltado, mi conclusión es que debemos estar seguros de una sola cosa: nadie puede erigirse en referente o guía para llegar a Dios.

Martí interrumpió —¿Por qué?

—Porque, de lo contrario, sería juez y parte sin siquiera haberlo visto personalmente ni por terceros —añadió ella.

Martí se quedó perplejo al oír aquello. Sintió en su interior una sacudida profunda.

Dio un paso certero hacia ella, le tomó los brazos con suavidad y, en un impulso, besó su frente. Nunca había besado a una mujer, ni siquiera creía tener el arrojo necesario para un acto como ese.

—Gracias, Claudia… ahora veo todo con mayor claridad. Nunca debes guiarte por otros.

Ella se quedó inmóvil, sorprendida por el gesto, sin comprender del todo a qué venía toda aquella escena.

Sin añadir una palabra, Martí se apartó y echó a correr hacia la moto. No miró atrás, pero gritó para que lo oyera:

—Discúlpame, Claudia. El destino hará que nos reencontremos, estoy seguro. Me ha liberado un gran peso interior oírte.

Arrancó con brusquedad la motocicleta. El motor rugió entre golpes de gas y, en cuestión de segundos, desapareció por la serpenteante carretera en dirección a la ciudad condal.

Claudia permaneció en la orilla, con Champi a su lado, observando el vacío que había dejado tras de sí el extraño Martí.

Cascada del Cinca, Bielsa

Llevaba varias horas caminando desde que había dejado el vehículo en el aparcamiento de La Pineta.

Avanzaba asfixiado por un sendero, subiendo un repecho pedregoso junto al curso del río Cinca, cuyo caudal se precipitaba montaña abajo con furia.

Ya quedaba poco para llegar a su destino.

—Un poco más —dijo Jimeno para sí.

Tras el último esfuerzo realizado, le esperaba una recompensa a la altura: la cascada, con sus caídas de agua desplegándose entre la roca; al fondo, las cumbres nevadas del Monte Perdido y Ordesa permanecían majestuosas listas para ser admiradas.

Atrás quedaban el valle con el frondoso bosque de pinos y hayas que había acompañado durante el trayecto su sacrificado ascenso, haciéndolo más llevadero.

Había subido decenas de veces, desde la adolescencia. Pero el tiempo no perdona, y el esfuerzo esta vez había sido considerable.

Buscó una roca donde sentarse. Estaba fría, cubierta de musgo. Sacó el bocadillo y una botella de agua de la mochila.

Colocó la mochila vacía sobre el pedrusco como base improvisada de su asiento para aislarse del frío.

Mientras comía, contemplaba el espectacular paisaje, absorto en su belleza. Pensó en hacer unas fotos para inmortalizar la imagen.

Sacó el teléfono… y desistió. Era mejor guardar aquella imagen en la memoria y disfrutar del momento.

Miró la pantalla del teléfono móvil y comprobó que no había cobertura en la zona.

Sonrió. Era la naturaleza en estado puro sin tecnología.

Llegó el momento de volver y descender de la montaña, la bajada fue más ágil de lo esperado y, en poco menos de dos horas, ya estaba de nuevo al volante, en dirección a Bielsa.

A pocos kilómetros de alcanzar el término municipal, el teléfono comenzó a vibrar sin descanso: mensajes y llamadas perdidas se sucedían en la pantalla. A pesar del insistente tintineo, no detuvo el vehículo.

Llegó a casa cansado y con dolor de pies. Tenía una sola fijación desde el descenso, entrar en la ducha, dejar caer un chorro de agua caliente y echarse una siesta, pero antes, echó un vistazo al móvil.

Tenía numerosas llamadas perdidas: el inspector y Martí.

Zaragoza

En apenas unos días, el equipo había reunido información suficiente para solicitar refuerzos: más medios, más personal y la asignación de dietas para sostener el operativo.

El inspector, a través de sus superiores, elevó los primeros informes preliminares. Tenía la intuición —casi la certeza— de que todo estaba a punto de estallar.

La desarticulación de la plantación, el seguimiento a la red de robos en viviendas y, sobre todo, los dos cadáveres no pasarían desapercibidos en los despachos de alto mando en la capital.

Pero ahora tenían un cabecilla, un peligroso delincuente internacional en el disparadero y en Zaragoza.

Aquello obligaría a mover ficha.

Sabía que apenas habían arañado la superficie del negocio mafioso. Era solo la punta del iceberg. Pero también sabía que, si lograban empujar un poco más, si conseguían encajar las piezas que aún quedaban sueltas, podrían asestar un golpe serio a la estructura mafiosa en Aragón.

Se abrió la puerta del despacho.

—Con su permiso, señor inspector, traigo el informe forense del cadáver hallado en el pantano de Baldellou.

El inspector levantó la vista.

—Si usted lo ha leído… dígame por encima qué tenemos entre manos. Hoy estoy espeso; no me apetece mirar un solo papel.

El agente esbozó una leve sonrisa.

—Le entiendo perfectamente. No es fácil bregar con superiores, jueces y, además, monitorizar toda la operación en persona. En fin, cada uno tiene lo suyo.

—Siga, por favor.

Esperó atentamente en silencio.

—Inspector, no fue un accidente fortuito, eso está claro. Alguien se le acercó por detrás y le asestó un único golpe limpio en la nuca, presumiblemente con un objeto contundente. Fue directo, con violencia… sin opción a defenderse.