Sonríe, es Dios Capítulo 3 Decisiones. #2
26%

Capítulo 3 Decisiones. #2

Interrumpió el policía.

—…Y sangre de su sangre. No olvide ese pequeño pero gran detalle —cerró la conversación Jimeno.

Martí, como era costumbre en él, sacó la motocicleta a pasear. Era domingo. Salía después de misa, y regresaba antes de la oración del Ángelus.

El día acompañaba. Soleado, templado, con un aire ya casi primaveral. Decidió recorrer la carretera de la costa; le apetecía acercarse a la playa. Tenía sus motivos.

Circulaba a velocidad moderada, disfrutando del paisaje. Ante él se abría la serpenteante carretera de las cuestas del Garraf, ese tramo costero cercano a Barcelona ciudad donde el mar y la montaña se funden en una simbiosis perfecta.

Por el retrovisor vio aproximarse un vehículo descapotable a gran velocidad.

Martí, hombre prudente, se escoró hacia la derecha, facilitando el adelantamiento en la siguiente recta. Pero el vehículo, en lugar de rebasar, se emparejó con él. Dentro iban dos mujeres jóvenes.

La pasajera, una mujer rubia y atractiva, sentada más cerca de la moto, se inclinó hacia él.

—¡Eh, guapo! ¿Dónde vas con ese trasto? —gritó, divertida.

Martí redujo ligeramente la marcha. La miró de reojo y respondió con una leve sonrisa.

—Vente con nosotras —insistió ella entre risas—. Lo pasaremos bien. Vamos a divertirnos a Sitges.

Martí negó con la cabeza. Su postura fue firme. No era hombre de ceder a impulsos y tentaciones.

La joven, entre carcajadas, se alzó la camiseta, mostrando los pechos desnudos en un gesto provocador.

—¡Mira lo que te pierdes!

El coche aceleró de pronto y desapareció carretera adelante.

Martí cerró los ojos un instante. Se santiguó.

—Perdóname, Señor…

Apenas había terminado la oración cuando la imagen de su hermano irrumpió en su mente.

Al abrir los ojos, el peligro ya estaba encima: un autocar invadía su carril al salir de una curva en sentido contrario.

Reaccionó instintivamente.

Giró el manillar con violencia hacia la derecha. La maniobra fue precisa, al límite.

Esquivó el impacto por centímetros y logró mantener el control de la moto, evitando también la caída mientras zigzagueaba casi sin control.

Finalmente, con mucha suerte y algo de pericia, logró estabilizar la motocicleta y continuar la marcha. Esta vez aminoró sustancialmente la velocidad, mientras el corazón le golpeaba el pecho con furia.

Había estado muy cerca de acompañar a Octavio en ese viaje.

Minutos después, aún con la tensión en el cuerpo, llegó a la pequeña playa del Garraf.

Allí, sentado sobre la arena y mirando al mar, se serenó. Entonces extrajo una vieja fotografía impresa. La miró con añoranza: en ella aparecía él de niño, junto a su hermano, sentados sobre la arena en ese mismo lugar.

Baldellou, Huesca

Jimeno no quedó satisfecho. Aquella aparición en el fondo del pantano —fuera lo que fuese— no había hecho más que empujarlo a seguir investigando.

Necesitaba una identidad, algo tangible a lo que aferrarse para saber de quién se trataba. Y tenía un punto de partida claro: el vecino que le había orientado la primera vez.

No dudó.

Regresó a Baldellou, se acercó hasta la vivienda de aquel buen hombre. Conocía el lugar y allí se personó.

Golpeó la puerta con los nudillos y aguardó en silencio a que abrieran. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió. Apareció una mujer de mediana edad, rostro cansado, mirada en alerta.

Jimeno se identificó con cortesía y fue al grano.

—Busco al propietario. Estuve aquí hace unos días y me gustaría poder hacerle unas preguntas.

Vio la expresión de extrañeza en el rostro de la mujer.

—Me atendió un señor mayor, con bigote canoso y trato afable. Supongo que deben de ser familia.

La mujer lo observó con atención.

—Se refiere a mi padre —respondió—. Por lo que dice… sí, es él.

El policía asintió.

—¿Podría avisarle? Solo necesito unos minutos de su tiempo. No me llevará mucho más.

El gesto de la mujer cambió repentinamente. La cordialidad se desvaneció de golpe.

—¿Mi padre? —repitió, incrédula.

Jimeno sostuvo la mirada.

—Sí. Necesito enseñarle una fotografía. Creo que podrá ayudarme.

Ella negó con la cabeza.

—Mi padre no está. No puede atenderle.

Jimeno insistió, firme.

—Será rápido. Es importante que lo vea y hable con él.

La mujer dio un paso atrás, como si necesitara distancia.

—Debe de haber un error. Está usted algo confundido, mi padre murió hace dos años.

El silencio cayó entre ambos.

Jimeno frunció el ceño, desconcertado.

—Eso no es posible. Estuve aquí. Hablamos. Me ofreció incluso un café. Me enseñó el libro de registro de huéspedes…

No pudo terminar la frase.

La mujer se giró sin decir nada y desapareció en el interior de la casa. Jimeno permaneció en el umbral, inmóvil, tratando de recuperarse tras lo ocurrido.

Pasaron unos minutos.

Cuando volvió, la hija llevaba un marco entre las manos.

Se lo tendió sin una palabra.

—Mire bien —dijo, seria—. Este es mi padre, unos meses antes de fallecer de un cáncer metastásico de estómago.

Jimeno bajó la vista.

El mundo se le encogió en el pecho. Era él. Sin margen para la duda.

Sintió cómo se le erizaba la piel. Un escalofrío le recorrió la espalda, lento, profundo. Alzó la mirada, pero no encontró palabras.

La mujer no esperó respuesta. Cogió el marco de las manos de Jimeno, se dio la vuelta y cerró la puerta de un golpe seco.

Jimeno quedó solo en el umbral, desconcertado y sin dar crédito. Con la certeza —ya imposible de negar— de que había hablado con un muerto.

Zaragoza

El inspector aceleró el paso, esquivando a los viandantes en la estrecha acera. Desde su posición apenas alcanzaba a ver al objetivo. Sacó el móvil y marcó.

—Necesito apoyo urgente. Lo pierdo. Que alguien se adelante a la intersección y me haga el relevo. Avisad en cuanto lo tengáis.

Colgó sin esperar respuesta.

Llevaban toda la mañana siguiendo a varios miembros de la banda criminal.

La organización usaba un método simple y eficaz: elegían barrios acomodados y concurridos, estudiaban rutinas de moradores y señalaban viviendas vacías con marcadores.

Un primer individuo se cercioraba de la ausencia de personas en las viviendas, colocaba discretos indicadores en las puertas —un fino hilo de pegamento casi invisible—.

Después entraba un segundo equipo, que identificaba las viviendas "limpias" y forzaba el acceso con técnicas y herramientas sofisticadas.

Metódicos. Fríos. Solo les interesaba el dinero y el oro. El resto no existía para ellos; en eso eran disciplinados: lo demás se abandonaba a su suerte.

El oro se fundía. Se convertía en lingotes y no dejaba rastro. Desaparecía hacia países del este, donde se almacenaba para, pasado un tiempo, especular con el precio hasta que el mercado marcara el momento de vender.

Octavio, antes de morir, había dejado un regalo especial: señaló al "capo", el número uno en el organigrama, el «Metralla». Nadie hasta la fecha sabía de su existencia en la zona.

No era una pieza menor: era el supervisor del mal. Dentro de la organización, aquel hombre lo controlaba todo —droga, robos, extorsión— y decidía sobre la vida o la muerte.

Un veterano de la guerra de Kosovo, al que apodaban así por tener restos de metralla aún alojados en la cabeza.

Dio una descripción precisa y, gracias a ello, los técnicos policiales elaboraron un retrato robot que permitió identificarlo como Arben.

La Unidad de Crimen Organizado lo tenía claro: conocían la estructura, los roles. Solo faltaban pruebas… y localizar el punto de acopio de lo sustraído.

—Inspector, han accedido al interior del edificio. En cuanto salgan, comisionamos la patrulla para verificar los domicilios donde han robado —informó uno de los agentes.

Todo se desarrolló según lo previsto.

Dos individuos salieron minutos después. Vestían ropa deportiva oscura, gorras de béisbol y mochilas negras. No levantaban sospechas; se mimetizaban con el entorno urbano.

A varias calles de distancia, un tercer miembro aguardaba en un vehículo correctamente estacionado.

Al llegar el resto del equipo al coche, uno de ellos se agachó y, con el móvil en modo linterna, revisó los bajos del turismo. Buscaba un posible localizador oculto en el chasis.

—Suben al coche e inician la marcha. Cesamos seguimiento a pie. Solicitamos seguimiento en vehículo.

El relevo entró en juego.

Una motocicleta retomó la vigilancia a distancia.

—Operativo activo. Mantengo el seguimiento con seguridad. En cuanto salga a la avenida, entra el dron —dijo el agente en moto.

La ciudad se convirtió en un tablero.

Accedieron a la avenida y, al llegar a la primera rotonda, como era de prever, los albaneses dieron tres vueltas completas. Observaban si les seguían. Medían los riesgos.

Pero nada.

Segunda rotonda: lo mismo.

Continuaron.

El dron tomó altura e inició un seguimiento preciso y sin riesgo.

La motocicleta entró de nuevo en acción y abrió el camino, manteniendo la distancia.

El inspector seguía detrás en otro vehículo camuflado, sin perder el ritmo. Fue un trabajo limpio, preciso y bien coordinado.

Accedieron a la autopista, dejando atrás el centro de la ciudad. Mantuvieron una velocidad constante, esta vez más relajados y distendidos en el interior del coche.

Sin saberlo los albaneses, tres dotaciones policiales seguían de cerca y con suma cautela sus pasos.

Minutos después, tomaron una salida hacia una barriada a las afueras de Zaragoza.

El vehículo no cesó de callejear sin un patrón aparente durante unos minutos hasta que, por fin, se detuvo al inicio de una calle.

Uno de los ocupantes se bajó del coche y quedó apostado a modo de vigilancia. Desde ese punto controlaba el acceso a la calle.

El coche, con el resto de ocupantes, continuó su marcha a baja velocidad. Avanzó despacio hasta situarse frente a una vivienda. La puerta del garaje se abrió automáticamente y desaparecieron en el interior.

La motocicleta pasó de largo frente al vigilante. El agente sostuvo la mirada el tiempo justo. A través del retrovisor, vio cómo el centinela observaba la moto con descaro. Memorizó la matrícula.