Capítulo 3 Decisiones.
Barcelona
Salió del hospital acompañado del padre Miguel.
—Por Dios, Martí, ¿qué pensabas hacer? ¿Cómo se te ocurre enfrentarte a un delincuente en pleno atraco? Eso no es ser un buen cristiano, es la actitud de un lunático. Gracias a Dios ha quedado en un simple rasguño. ¿En qué pensabas?
Martí se llevó la mano al rostro, palpando el apósito.
—Unos cuantos puntos nada más, tanto como decir un rasguño. Por suerte, nada grave, gracias a la providencia.
Caminaron juntos hasta la boca del metro y, desde allí, continuaron hasta el domicilio de Martí. Había sido atendido en urgencias y le habían dado la baja médica por dos semanas.
Al llegar al portal, el sacerdote se detuvo.
—Es hora de que descansemos cada uno por nuestro lado. Sube a casa, cúrate esas heridas como te han indicado en el hospital y deja tu carga en manos de Dios; en Él encontrarás alivio y paz. Y recuerda algo, muchacho: ser valiente no es jugarse la vida por orgullo, ni siquiera por una causa justa.
Martí sonrió sin querer.
—La vida, la verdadera heroicidad es cuidarla. Dios no te pide que la arriesgues, sino que la protejas. Apártate del peligro y vive, cuanto más, mejor.
El padre Miguel le dio una palmada en el hombro.
—Anda, tira para casa. Hazme caso, Martí, descansa.
Antes de acceder al portal, Martí se dirigió al cura.
—Gracias por todo, padre. Siempre está conmigo cuando lo necesito.
Subió hasta su piso. Estaba agotado. Había sido un día muy largo y lleno de emociones: el atraco, urgencias, la declaración, las llamadas de los jefes…
Se dejó caer boca arriba sobre la cama, con un rosario entre los dedos.
Cerró los ojos y comenzó a rezar.
—Santa María, Madre de Dios, acompáñame en este momento y dame paz.
El cansancio lo venció pronto. Cayó en un sueño profundo, ajeno ya a todo lo ocurrido.
Pasaron las horas…
Un golpe fuerte contra el cabecero lo despertó sobresaltado.
Se incorporó de un brinco, desorientado. Miró hacia la pared: faltaba el crucifijo. La alcayata había cedido.
Se levantó y lo encontró en el suelo, al pie de la cama.
Lo recogió con cuidado y lo dejó sobre el escritorio. Al alzar la vista, reparó en el pequeño agujero de la pared, aún manchado de polvo blanco de yeso.
Se acercó a la ventana y miró al exterior. Atardecía. El cielo se teñía de un naranja denso. Pronto iba a anochecer.
Se santiguó.
Su mirada volvió al escritorio, al crucifijo intacto, apoyado sobre un papel. Algo le llamó la atención. Se acercó, lo apartó con suavidad… y entonces lo vio.
Un número de teléfono anotado en ese mismo papel. El del policía de Zaragoza.
Embalse de Santa Ana, Baldellou
El dispositivo se había establecido desde primeras horas del día anterior. Los agentes de la unidad de especialistas subacuáticos de la Guardia Civil trabajaban sin descanso.
El grupo de buceadores se deslizaba por las aguas del pantano a bordo de una lancha semirrígida. Contaban, además, con un equipo de georradar acuático de última generación, muy superior al antiguo sonar utilizado por otras unidades.
Estaban de suerte.
El sargento de la Guardia Civil se reunió con el inspector para informarle del avance de las labores de búsqueda.
—Le seré franco: el embalse es enorme e inabarcable para el equipo que tenemos desplegado. Haremos pasadas generales en zonas concretas y en puntos accesibles, próximos a la orilla. ¿Qué le parece?
El inspector escuchaba en silencio, asintiendo conforme a las indicaciones de los especialistas.
—Por suerte disponemos del georradar —añadió el sargento—.
Es nuevo; será el primer servicio en el que se utilice.
Si el cuerpo está abajo, la visibilidad es nula: fondos de barro que lo absorben todo, corrientes internas…
y una profundidad con relieve irregular que dificulta enormemente el trabajo de rastreo.
Apenas pasaron unas pocas horas desde el inicio de la búsqueda…
A unos cien metros de la orilla, la lancha se detuvo. Dos agentes, equipados con trajes de neopreno y botellas de oxígeno, se lanzaron al agua.
Desde la orilla, todos observaban en silencio. Entre ellos, ligeramente en segundo plano, Jimeno.
Minutos después, unas boyas naranjas emergieron en la superficie. Uno de los buceadores salió a flote y levantó el brazo: señal inequívoca del hallazgo de un cadáver.
—Ya tiene su cadáver. Estaba en lo cierto, inspector —confirmó el sargento—. Puede avisar a la comisión judicial para que proceda al levantamiento. Le facilitaré el vídeo de la inspección ocular, la geolocalización y el acta del hallazgo. No se quejará: más rápido de lo esperado.
El inspector respiró hondo y se giró en busca de Jimeno.
Sus miradas se cruzaron. Jimeno esbozó una leve sonrisa. El inspector respondió con un gesto breve, alzando el pulgar.
Fue un día agitado para todos los presentes en el pantano. Se extrajo el cadáver y se practicaron las diligencias oportunas en el lugar del hallazgo.
El cuerpo se encontraba sorprendentemente íntegro, apenas comenzando a mostrar signos de hinchazón y descomposición.
Jimeno se acercó un instante antes de que lo introdujeran en la bolsa mortuoria y lo retiraran del lugar.
Al verlo, lo reconoció de inmediato: aquel rostro y aquella ropa coincidían con la imagen que tenía grabada en su cabeza desde su aparición en el domicilio de Bielsa. No había dudas. Sacó el móvil y buscó la fotografía.
—Inspector, es él. Mire la foto.
El inspector observó la pantalla y asintió.
Iba a decir algo cuando sonó el teléfono móvil de Jimeno.
—Conteste, Jimeno. Luego hablamos.
Jimeno miró la pantalla: llamaban desde un número desconocido.
Descolgó.
—Dígame.
Al otro lado, una voz serena respondió.
—Buenos días, Jimeno. No sé si me recuerda. Soy Martí, el hermano del fallecido Octavio. Hablamos hace unos días…
Se hizo el silencio.
Hospital Universitario Miguel Servet, Zaragoza
No hubo peor carta de presentación: fractura de tibia y peroné, tres costillas rotas y la pérdida de visión en un ojo.
Dumitru, patriarca del clan de los gitanos rumanos, lloraba con rabia contenida y en silencio ante el cuerpo destrozado de su sobrino, al pie de la cama.
Aquello era el resultado de la presión de los albaneses. No habían esperado siquiera la respuesta de Dumitru. Se habían anticipado.
Habían querido dejarlo claro desde el primer momento… y, por si fuera poco, tuvieron la osadía de personarse en la habitación del hospital.
—Señor Dumitru, lamento el estado de salud en el que se encuentra su familiar. Considere que el mensaje de mi jefe ha sido bastante explícito para su convencimiento —dijo uno de los hombres—. Y su respuesta… la quiere oír de su boca, en persona.
Miró a Dumitru buscando un gesto.
—Cómo usted ha podido ver, mi jefe es una persona seria y convincente cuando se trata de negocios. Pronto le diré una fecha para la entrevista. Hágame caso, será beneficioso para las dos partes.
Dumitru, a pesar de su tez oscura, palideció de golpe. Se le hizo un nudo en la garganta, incapaz de articular palabra. Se echaba mano al mostacho de forma reiterada conteniendo en ese gesto su nerviosismo e indignación.
El nombre de Arben, el «Metralla», pesaba más que cualquier amenaza.
—A partir de ahora —continuó el matón, señalando a su acompañante—, este buen amigo que está junto a mí va a ser tu sombra: asesor, guardaespaldas, intermediario…
y lo que haga falta para que acierte en tus decisiones futuras.
No se preocupe, no todo va a ser malo, él cuidará de usted e informará de sus pasos al señor Arben.
El hombre señaló al individuo que lo acompañaba.
Era un matón que infundía miedo nada más verlo, un magrebí de mirada fría e inquietante. Su rostro lo decía todo.
Este dio un paso al frente y descargó un manotazo seco sobre la espalda de Dumitru.
—Nos llevaremos bien… si eres buen chico.
El mensaje no dejaba margen de interpretación: ese individuo había sido quien había dejado al sobrino, destrozado, en la cama del hospital.
Barcelona
Se había levantado temprano: asistió a la primera misa de la mañana, desayunó con calma y dedicó un rato a poner a punto la Norton y limpiarla.
Pulía concienzudamente el tubo de escape, los guardabarros y los radios de las ruedas, frotando con la gamuza hasta hacer desaparecer la última mota de polvo que aún permanecía en ella.
Estaba resplandeciente, mejor que recién salida del concesionario.
Conservaba aquella motocicleta como el primer día en que rodó por el asfalto. Era su delirio, un pecado inconfesable que guardaba con celo en un garaje de su propiedad.
—Impoluta. Es toda una belleza en mis manos —se dijo para sí mismo.
La Norton Commando, una motocicleta clásica británica de piezas originales y un llamativo color rojo, era inconfundible para los amantes de las motos clásicas.
Una máquina de 750 cc, del año 1973, que seguía circulando en perfecto estado más de cincuenta años después. Más antigua incluso que su propio propietario.
Finalizó el trabajo de limpieza y puesta a punto. Se separó de ella unos metros, como el pintor que admira su cuadro buscando la mejor perspectiva desde la distancia.
La arrancó y la dejó encendida al ralentí. Escuchaba el zumbido del motor y le parecía la sinfonía del órgano de la basílica de Montserrat.
Hasta que el teléfono sonó, rompiendo aquella armonía.
—Buenos días, agente. No se preocupe, nada que no valga la espera. Dígame, le atiendo —dijo Martí.
Apagó el motor, dejando en el interior del habitáculo una ligera humareda y un fuerte olor a gasolina quemada.
—Martí, debemos vernos. Es importante. Está relacionado con su hermano y, créame, no puedo informarle por teléfono.
Martí, sorprendido, no entendía qué podía aportar a la investigación. Hacía décadas que desconocía su paradero y, por extensión, su modo de vida.
—Ahora estoy de vacaciones en la zona de Huesca. Si se anima a venir a verme, me desplazaría hasta Zaragoza para el encuentro.
Miró la moto y, a continuación, el móvil.
—Contactaré con usted. Déjeme que lo piense. Aun así, le agradezco su atención en momentos como estos. No sabía nada de él, pero era mi hermano a ojos del Señor.