Sonríe, es Dios Capítulo 2 Espíritu. #4
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Capítulo 2 Espíritu. #4

Corrió despacio la pequeña cortina de la ventana de la cocina. Echó una ojeada al exterior de la casa. El cielo se había cerrado por completo. Una tormenta se abatía sobre el valle sin previo aviso, violenta y repentina.

Comenzó a llover con fuerza: el peculiar clima de montaña, tan frecuente en la zona.

Jimeno cerró las portillas de madera de las ventanas. Era la costumbre; conocía la virulencia del viento. No había terminado de cerrar la última cuando otro apagón dejó la casa completamente a oscuras.

—Maldita sea —dijo, indignado.

Avanzó a tientas por la estancia hasta alcanzar el cuadro eléctrico, en la entrada. Accionó el automático.

Un primer destello, la luz parpadeó… y, durante unos segundos, lo vio.

Alguien estaba allí.

De pie, frente a él. Inmóvil. Completamente pálido, con los labios amoratados y empapado en agua.

Era en apariencia el mismo tipo que aparecía en el vídeo. Lo tenía en la imagen. Era él, sin duda.

La luz volvió a caer.

Jimeno se quedó helado. Respiró hondo, tratando de recomponerse.

Volvió a accionar el interruptor. Hubo otro destello y la estancia quedó iluminada, estable, sin rastro de nadie.

Se pasó la mano por la cara, tenso, con la piel fría.

—No es posible —susurró—. No puede ser.

Fue al baño. Abrió el grifo y se echó agua fría en el rostro, una y otra vez. Necesitaba despejarse. Se secó con una toalla, respirando hondo.

Alzó la mirada hacia el espejo.

Y se quedó sin aire.

Detrás de él, reflejado, el rostro de Octavio le devolvía una sonrisa muda.

Duró apenas unos segundos.

Se giró bruscamente.

Había desaparecido. No había nadie en el cuarto.

Jimeno retrocedió de golpe, con el pulso desbocado.

Esta vez no era sugestión. No era el cansancio. No era un sueño. Era, sin género de duda, Octavio. Le sonreía.

Regresó al salón, asustado, incapaz de quedarse quieto. El crepitar de la chimenea era ahora el único sonido constante que rompía el silencio de la morada.

Se movía de un lado a otro, intentando ordenar sus pensamientos tras lo vivido, aferrándose a lo único que conocía.

—Soy policía —se dijo en voz baja—. Pruebas. Solo valen las pruebas. Esto no es real… no puede serlo.

Se detuvo. Fijó la mirada en el teléfono móvil, estaba sobre la mesa; se iluminó la pantalla en silencio.

Jimeno se acercó. Miró.

La pantalla encendida mostraba una imagen.

La misma que había capturado del fotograma. El rostro del desconocido. El mismo que había visto en el destello cuando se fue la luz.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No puede ser real —murmuró—. Demasiada casualidad.

Jimeno estaba ahora aterrado. No daba crédito.

Solo en la casa, con la tormenta golpeando el exterior y el eco de lo que acababa de ver aún clavado en la cabeza. No era un hombre sugestionable. No creía en lo paranormal ni en supersticiones.

¿Pero aquello? Aquello había sido real, fuera de toda lógica.

—Gracias, Octavio… —dijo en voz alta.

Sonrió, tenso, casi incrédulo.

—¿Cómo no vi antes las señales? ¿Desde dónde coño me estás hablando?

Cogió el teléfono con manos algo temblorosas y marcó un número de su agenda.

La llamada se alargó más de lo esperado. Miraba la pantalla, inquieto, contando mentalmente cada segundo en espera de ser contestado.

Al fin, respondieron.

—¡Jimeno! Por Dios. ¿Sabe qué hora es?

No lo sabía. Había perdido toda noción del tiempo. Solo quedaba la urgencia.

—Disculpe, inspector. No sé ni qué hora es, pero esto es importante. Debe tener fe en mí.

Al otro lado, un silencio incómodo.

Jimeno fue directo.

—Octavio tenía contacto con alguien en Baldellou. Un hombre aún sin identificar. Se reunían allí. He seguido la pista: el nexo entre Octavio y ese pueblo. Sin duda es esa persona lo que lo vincula al lugar.

.

—No le sigo —respondió el inspector, con un tono seco—. Sea más claro.

Jimeno continuó:

—Coincidieron años atrás durante un festival anual que se celebra junto a un pantano en esa localidad. Algo alternativo… ya sabe. Pero esta vez, justo antes de venir a Zaragoza a colaborar con la policía.

Dudó un instante.

—Inspector… creo que ese hombre está muerto. Y que, por algún motivo, se vieron recientemente. Uno murió allí y el otro en Zaragoza. Creo que ambas muertes están relacionadas.

Hizo una pausa.

—Y que el desconocido está en el fondo del pantano. En ese mismo pueblo.

El silencio al otro lado se rompió con una inspiración profunda.

—¿Se da cuenta de lo que está diciendo? —la voz del inspector se endureció—. ¿En qué basa esa afirmación? Yo no trabajo con corazonadas.

Jimeno cerró los ojos un instante.

—Sé cómo suena. Pero usted no me llamó por casualidad. Buscaba respuestas, y ahí las tiene. Sabe cómo trabajo. Aunque estoy fuera del caso, conocí al muerto. Me tomé cierta licencia y me desplacé a ese pueblo, el mismo que me indicó, investigué. He estado allí. He visto cosas. He tirado del hilo.

El inspector lo cortó.

—Al grano, Jimeno.

Tragó saliva.

—La conexión de Octavio con Baldellou no está en la superficie. Está en el pantano. Hay algo oculto ahí abajo que quiere darnos respuestas. No sé explicárselo mejor… pero hay otro cadáver esperando ser encontrado.

Se hizo un silencio largo y tenso.

—¿Sabe lo que me está pidiendo? —respondió finalmente el inspector—. Movilizar recursos sin una sola prueba. A estas horas. Porque cree que hay un cadáver en el fondo de un pantano. Esto es una locura… y pretende arrastrarme a mí.

Jimeno no respondió.

—Si se equivoca, no se hunde usted solo, Jimeno, ¿lo sabe? —añadió el inspector—. ¿Está seguro de lo que me pide?

Esta vez no dudó.

—Sí, inspector.

Se escuchó un golpe seco al otro lado de la línea.

—Vayamos al infierno… y que salga el sol por Antequera. Jimeno, no me joda —dijo en tono grave.

Jimeno intentó añadir algo, pero fue interrumpido.

—No siga. Mañana, a primera hora, lo quiero en Baldellou. Maldito seas, ¿por qué debo confiar en usted si no lo conozco de nada?