Sonríe, es Dios Capítulo 2 Espíritu. #3
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Capítulo 2 Espíritu. #3

—Hijo de puta… te estás riendo de mí.

El atracador, embriagado de ira, dio un paso brusco hacia Martí, con la pistola alzada.

Introdujo el dedo en el disparador y, antes de apretar, pisó la cartera sin verla y perdió el equilibrio.

El disparo estalló en el aire. Un fogonazo.

Un estruendo seco impuso un silencio aterrador en la sala.

Todos se tiraron al suelo instintivamente, aterrados.

El atracador quedó inmóvil unos segundos, con el arma aún humeante en la mano.

Miró alrededor y vio a todos tumbados.

Martí yacía en el suelo, inmóvil y sangrando.

El pánico se apoderó del atracador al ver aquella imagen.

Se dio la vuelta, salió despavorido y huyó corriendo, desapareciendo por la misma puerta por la que había entrado.

Durante unos segundos, nadie se movió ni habló.

Hasta que el cliente reaccionó y corrió hacia Martí.

—¡Por Dios! Esto es de locos, Martí. ¿Me oye?

Martí levantó la cabeza con cuidado.

Tenía el rostro cubierto de sangre. Un hilo rojo descendía desde la ceja. La bala le había rozado milagrosamente. Un centímetro más… y lo habría matado.

El cliente tragó saliva, aún temblando. Estaba completamente aterrado.

Martí estaba vivo.

¿Milagro… o pura suerte?

Utebo, Zaragoza

En apenas unos días, toda la información que aportó el confidente empezó a dar frutos. Se realizó un seguimiento de los elementos más activos del grupo criminal, cuya ubicación y modus operandi había facilitado Octavio.

El equipo policial, destacado en la localidad de Utebo, era el encargado de controlar las naves industriales donde se ocultaban las plantaciones de marihuana.

—Esta es la nave principal, sin duda —indicó con énfasis—. La más grande y la mejor protegida: varias puertas de acceso independientes, perímetro vallado y cámaras exteriores. Veremos qué encontramos dentro.

Miró la reacción del inspector.

—El resto de naves controladas son más pequeñas y menos vigiladas, repartidas por distintas localidades de la provincia.

El inspector guardó silencio unos segundos. En su cabeza, el plan ya estaba trazado.

—Inspector, el dispositivo está listo, todo preparado para intervenir. Esperamos las órdenes.

Se habían utilizado vehículos camuflados, esta vez con matrículas de particulares, evitando las profesionales adjudicadas al Cuerpo.

Toda precaución era poca para evitar infiltraciones a través de los tentáculos de la mafia.

Con esa seguridad y desconfianza se realizaron los seguimientos en las inmediaciones de la «nave nodriza», como los investigadores la habían bautizado.

Los equipos rotaron de forma constante. Se daba por hecho que la organización contaba con algún contacto dentro del entorno policial. El inspector Soldevilla no dejaba nada al azar.

De la compañía eléctrica se obtuvo un dato clave: un enganche ilegal con consumos desorbitados, incluso para una plantación de marihuana.

La nave, además, figuraba en régimen de alquiler, sin actividad registrada en el ayuntamiento ni trabajadores dados de alta en la Seguridad Social.

Demasiadas señales en la misma dirección. No cabía la menor duda, dentro se cocía una ilegalidad.

Con todos los indicios bien atados llegó a tiempo la orden judicial de entrada y registro.

—Gracias, Marcelo. Tenemos la orden judicial, en cuanto activemos el apagón general, tardarán unos segundos en poner en funcionamiento los generadores auxiliares.

Marcelo observó preocupado con este último dato.

—No hay que preocuparse de ello, estos sistemas están destinados a la plantación, no a las cámaras de vigilancia exteriores. Quedarán cegadas. Ese será nuestro momento para acceder. Será la señal.

El inspector hizo una breve pausa antes de continuar:

—Nuestros equipos, todos y cada uno de ellos saben lo que tienen que hacer. Actuaremos rápido y decididos. Hay que sorprender a los que estén dentro y evitar cualquier intento de destrucción de pruebas o sabotaje.

El subinspector Marcelo escuchaba sin interrumpir.

—Prioridad absoluta: las oficinas del altillo. Quiero a un grupo ocupando ese punto desde el primer segundo. Ese objetivo… y solo ese, es el prioritario. ¿Ha quedado claro?

Las órdenes estaban dadas y la operación, en marcha.

Operarios de la compañía eléctrica, en coordinación con la policía, cortaron el suministro en el área donde se ubicaba la nave.

Se produjeron unos segundos de apagón general. Lo suficiente.

Los agentes actuaron de inmediato. Con cizallas, abrieron la puerta del vallado y el resto de unidades se desplegó a la carrera, tomando posiciones en los distintos accesos. Nadie habló. Solo gestos y una espera tensa.

Los artificieros del TEDAX colocaron las cargas explosivas. Realizaron una detonación controlada, reventando anclajes y bisagras.

Las puertas cedieron de golpe, flanqueadas por la explosión, y las unidades de la UIP y del crimen organizado irrumpieron en el interior de la nave con rapidez y precisión.

Durante unos segundos, la nave quedó sumida en la oscuridad, hasta que los generadores arrancaron y devolvieron la luz de forma abrupta.

Para entonces, ya era tarde.

En cuestión de minutos, la nave, repleta de plantas de marihuana, quedó asegurada por los agentes.

El asalto fue rápido, limpio y fulminante. Sembró el desconcierto entre los hombres que se encontraban vigilando y trabajando en el interior.

Aquello era mucho más que un cultivo de droga. Era la matriz del negocio: una infraestructura perfectamente organizada, con todos los engranajes funcionando al completo —cultivo, almacenaje y distribución—.

Marcelo, excitado, contactó con su jefe.

—Inspector, todo ha salido según lo previsto.

Lo importante: ningún agente herido. Cinco detenidos en el interior.

Hay más de cinco mil plantas de marihuana y el material destinado al cultivo es muy sofisticado: riego, iluminación, filtros, generadores…

Una inversión colosal. Era sin duda la guinda del pastel.

Al otro lado del teléfono, el inspector Soldevilla sonreía.

—Enhorabuena, Marcelo. Gracias por el esfuerzo y por las horas de dedicación. Ha sido un gran trabajo.

No había terminado de hablar cuando el subinspector lo interrumpió:

—Eso no es todo. Llegamos, como ordenó, directos al altillo. Las oficinas estaban vacías, sin documentos ni rastro de rutas de distribución, planos o agendas.

—¡Joder! —exclamó Soldevilla.

—No desespere. Aún queda lo mejor, inspector. Agárrese… porque no se lo va a creer. No está todo perdido, ni mucho menos.

El inspector se tensó.

—Joder, siga. Me tiene en ascuas, Marcelo.

El colega, pletórico, no esperó.

—En el interior de la nave había un vehículo de alquiler, utilizado por dos de los detenidos, los albaneses. Estos sujetos eran los encargados de controlar las naves y el resto de negocios. Hasta ahí, todo normal.

Tomó aire.

—Lo interesante… está en el navegador del vehículo que utilizaban para la supervisión.

—Siga, Marcelo.

—Hemos revisado el historial del navegador del coche desde el primer día del alquiler. Han dejado registradas todas las rutas de distribución, con direcciones incluidas y grabadas —hizo una pausa—. Creemos que son ubicaciones de otros activos: almacenes, puntos logísticos, quizá más plantaciones.

Soldevilla sonrió e hizo una pregunta inocente: “son fiables”.

—Los dos son hombres de máxima confianza de Arben, el capo.

El inspector no pudo evitar dar una palmada.

—Eso es oro puro. ¿Cómo han podido dejar algo así? Un fallo garrafal de seguridad.

Marcelo respondió tras un instante:

—Confianza o comodidad. Se creían seguros. Pensaron que tendrían que volver a esos sitios más a menudo y lo dejaron todo ahí, guardado. Y ya sabe cómo acaba eso.

Hizo una breve pausa.

—Al final, lo que mata al profesional no es el riesgo… es la confianza.

Bielsa, Huesca

Entre sorbo y sorbo de café, Jimeno no apartaba la vista de la pantalla del ordenador portátil.

Encadenaba vídeos en distintas plataformas y redes sociales, uno tras otro, buscando cualquier rastro que confirmara la presencia de Octavio en el festival de Baldellou.

Las horas empezaban a pasar factura. Los párpados le pesaban y los bostezos se le escapaban sin remedio. Aun así, insistía.

El sueño pudo con él. Cerró los ojos por unos instantes.

Un fuerte portazo lo sobresaltó: una corriente de aire había cerrado bruscamente la puerta.

Aquello hizo que se despertara casi de inmediato. Miró la pantalla del ordenador y fijó la vista en uno de los vídeos que había visto anteriormente.

Algo le hizo detener la imagen. Retrocedió la secuencia y la pausó.

Se inclinó hacia la pantalla, forzando la vista al máximo. Allí, en un lateral de la imagen, casi fuera de foco, creyó reconocerlo.

La imagen era pobre, granulada. En el centro se veía a un grupo practicando yoga; al fondo, el pantano. Pero en un extremo observó dos figuras que conversaban: se conocían.

Una de ellas podía ser Octavio.

Reprodujo la secuencia varias veces. Ampliaba, detenía, volvía atrás. El cansancio jugaba en su contra, pero, tras observar repetidamente, aquella silueta le resultaba inconfundible.

—Eres tú… —murmuró.

Y entonces se escuchó un chasquido seco.

Jimeno dio un respingo.

La luz se apagó al instante, dejando la casa a oscuras. La pantalla del ordenador portátil quedó en negro.

—El automático, joder… —susurró.

Se levantó a tientas, localizó el cuadro eléctrico y lo rearmó al momento.

La casa volvió a la vida con un zumbido tenue. Regresó al portátil, lo encendió y recuperó el vídeo.

Allí estaba Octavio. Ya no tenía dudas. Pero había algo más en la imagen que llamó su atención.

—¿Quién eres tú?

El acompañante de Octavio. Un segundo hombre, apenas visible, pero clave en ese punto de la investigación.

Capturó el fotograma. Lo amplió todo lo posible, aun a costa de perder definición. La imagen, pixelada y borrosa, era suficiente para distinguir la fisonomía.

Se levantó y llevó la taza al fregadero. Fue entonces cuando lo oyó.

Un quejido lejano, profundo. Parecía un trueno.

El viento comenzó a azotar el exterior de la casa.