Sonríe, es Dios Capítulo 2 Espíritu. #2
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Capítulo 2 Espíritu. #2

Buscó el único bar del pueblo, situado en el centro del pequeño núcleo urbano. Mientras avanzaba, observó el lugar con extrañeza. No terminaba de entender qué podía haber llevado a Octavio hasta allí.

El pueblo se extendía sobre la ladera de un monte, con sus casas viejas de piedra, los tejados de teja y algunas viviendas reformadas como casas rurales.

Había una iglesia antigua, una plaza pequeña, una piscina municipal a las afueras y, a lo lejos, el torreón de una fortaleza medieval. Un lugar sin mayores pretensiones, al menos en apariencia para despertar el interés de Octavio.

—Buenos días, caballero. ¿Busca usted a alguien? —dijo un lugareño que pasaba caminando por allí—. Disculpe mi intromisión; veo que está algo perdido por el pueblo.

Afirmó con la cabeza.

— Soy vecino de Baldellou; si le puedo ayudar en alguna cosa, dígamelo.

Jimeno sacó el teléfono móvil del bolsillo y le mostró la fotografía de Octavio en la pantalla.

—La verdad es que sí. ¿Me podría ayudar mirando esta foto? ¿Le suena haber visto a este hombre por el pueblo?

El vecino miró la imagen durante unos segundos y negó con la cabeza.

—No, del pueblo seguro que no es. Aquí somos pocos y nos conocemos todos. Apenas llegamos al centenar de vecinos. Los forasteros que vienen los fines de semana o en vacaciones suelen ser gente originaria de aquí, de toda la vida, o turistas rurales. Pero esta persona no me suena de nada.

Jimeno le agradeció la ayuda y se dispuso a marcharse. A simple vista, aquel lugar no ofrecía nada relevante. Sin embargo, la duda seguía clavada: ¿qué hacía Octavio en un paraje como aquel?

—Acérquese al bar —añadió el hombre—. Está cerrado, pero el encargado suele andar dentro reponiendo género. Le atenderá sin problema. Y, si ese hombre ha pasado por aquí, seguro que lo ha visto en el bar.

Jimeno asintió. No tenía nada que perder.

El bar era el único punto de encuentro del pueblo, refugio obligado para vecinos y forasteros.

Entró en el local y encontró al encargado trajinando entre cajas de cerveza y refresco, distraídamente tras la barra.

—Buenos días. Disculpe la molestia —dijo, identificándose como policía—. Busco a una persona y pensé que, si estuvo en el bar, puede que lo reconozca.

Le mostró en el móvil la fotografía de Octavio.

El hombre la observó unos segundos y negó con la cabeza.

—No lo he visto. Aunque eso no quiere decir que no haya estado por aquí. ¿Ha pasado usted por el pantano?

Jimeno frunció el ceño.

—¿Pantano? —dijo, sorprendido.

El encargado sonrió.

—Claro. Es lo mejor que tenemos por la zona. Un reclamo turístico. Está a las afueras: es el embalse de Santa Ana. Hay un camino directo para llegar, está cerca del pueblo. Además, hay un camping… y bastante movimiento de turistas en verano.

El tono cambió levemente.

—Y también se celebra el Spirit Festival. Ya sabe… gente alternativa, espiritualidad, música. Y lo de siempre: algún camello, algún listillo haciendo dinero. Pero bueno, eso pasa en todos lados.

Jimeno no dijo nada. Aquello ya era una pista por sí sola.

Salió del bar con una dirección clara en su cabeza. Decidió continuar a pie hasta llegar al pantano.

Mientras avanzaba por el camino de tierra, repasaba mentalmente cada conversación mantenida con su confidente; buscaba encontrar cada detalle de cuanto le había informado.

De forma casi automática, arrancó unas ramas de tomillo del borde del sendero. El olor le ayudaba a pensar. Hasta que se encontró de bruces con el camping.

Al llegar al acceso, se encontró con un hombre trabajando: hacía unas reparaciones en la valla del camping.

Se identificó y formuló unas preguntas rápidas.

—Aquí viene gente de todo tipo —respondió el operario—. Turismo de naturaleza… pero también de lo otro. Ya sabe: marihuana, trapicheo… Nada nuevo.

Jimeno esbozó una leve sonrisa.

—¿Y durante el festival?

El hombre dudó antes de responder, mirando alrededor pese a estar solos.

—Más movimiento de personas. Mucha gente flipada viene buscando nuevas sensaciones al aire libre, en plena naturaleza. Espiritualidad, dicen… pero también hay de todo. Yo no me meto. Bastante tengo con lo mío.

No sacaría nada más de él. Jimeno lo entendió y se dispuso a marcharse.

—Oiga —añadió el hombre antes de que se alejara—. Cerca de la iglesia hay casas rurales de alquiler. Es posible que ese hombre se alojara allí; los dueños viven al lado. Pregunte. Puede que le suene.

Jimeno regresó al pueblo siguiendo esa indicación.

En la vivienda le recibió un hombre afable y atento. Bastó ver la fotografía para reconocerlo.

—Sí. Se alojó aquí varias veces. Hace años, sobre todo en las fechas del festival que se montaba en el pantano.

Se giró y sacó un libro.

—Mire el libro registro de la inscripción de viajeros que se hospedan. Todo está anotado.

Jimeno se inclinó sobre las páginas. Allí estaban reflejadas las inscripciones en varias estancias antiguas, en distintas fechas, y una última reciente.

—Vino solo —añadió el propietario—. Y le diré algo… Este no es un buen sitio para la soledad. Aquí, quien viene solo, o busca desaparecer o esconder algo.

Jimeno alzó la vista, atento.

—Estamos en la franja —continuó el hombre—. Territorio difuso. Cerca de Lleida, a la vez, lejos de todo. Aquí pasan cosas, más de lo que parecen… y todas acaban en el pantano.

Hizo una pausa, casi con orgullo.

—Leo mucha novela negra, agente, y le aseguro que sé reconocer patrones criminales.

Jimeno esbozó una media sonrisa.

—Siéntese. Mire bien las fechas en que estuvo alojado.

El policía repasó las anotaciones. Dos coincidían en el mismo periodo, en años distintos.

—El festival —dijo el hombre, sin dudar—. Siempre venía por lo mismo.

El vecino insistió en invitarlo a tomar café y Jimeno aceptó de buen grado.

Minutos después, el anfitrión entró con una taza de café en la estancia. El aroma humeante llenó la habitación.

Jimeno sostuvo la taza entre las manos, pensativo.

—Tiene las fechas —añadió el hombre—. Busque imágenes, vídeos… Hoy en día todo queda grabado.

El festival tiene cierta repercusión, habrá imágenes en las redes sociales. Los asistentes suelen grabarse, hacer fotos y estás siempre acaban en la red, a vista de curioso. Puede que aparezca alguna pista.

Jimeno levantó la vista. Por primera vez desde que llegó, la investigación tenía una dirección concreta. Todo gracias al vecino espabilado.

Ambos cruzaron una mirada cómplice.

—No descarte que le acabe fichando para mi equipo de investigación, tiene madera de investigador—bromeó Jimeno.

El hombre rió.

—Llega tarde, agente. Ya me lo han ofrecido muchas veces... Suerte con la investigación; recuerde echar un ojo a las redes sociales.

Tenía trabajo que hacer y aquel hombre lo había puesto sobre la pista. Al final quedó satisfecho con las pesquisas realizadas sobre el terreno.

Jimeno subió al vehículo e inició el viaje de vuelta hacia la alta montaña, le esperaba su pueblo, Bielsa.

Banco Ibérico de Negocios, Barcelona

Sentado tras el escritorio de trabajo, Martí atendía importantes asuntos financieros con un cliente.

Se implicaba en cada operación más allá de lo estrictamente profesional: no era sólo financiación, sino la posibilidad de sostener un negocio del que dependían varias familias.

—Martí, es usted una buena persona —dijo el cliente, cabizbajo—. Le agradezco el interés que ha mostrado por ayudarme. Es la primera vez que atravieso una situación así… El primer tropiezo desde que fundé la empresa.

Martí le restó gravedad con un gesto tranquilo, intentando aliviar su carga de culpa.

—Este banco está para eso: asesorar y garantizar la liquidez de las empresas. Nuestro objetivo es uno solo: dar soluciones.

El hombre asintió, algo más animado.

—Gracias a su plan, podré reducir costes a medio y largo plazo sin afectar la calidad del producto. Volveré a ser competitivo. Usted ha reordenado todo… minimizando el daño.

En ese instante, un golpe seco irrumpió en la sucursal.

La puerta se abrió de par en par.

Un individuo entró de forma violenta. Llevaba el rostro cubierto con una máscara blanca de Anonymous y empuñaba una pistola.

El silencio se quebró de inmediato.

Clientes y empleados se pusieron en pie casi al unísono. No hizo falta explicación: era un atraco.

El asaltante se abalanzó sobre un empleado, lo inmovilizó por el cuello y le encañonó la cabeza.

—¡El director! —gritó, fuera de sí—. ¡Que salga ahora mismo o lo mato!

El rehén, temblando, señaló hacia Martí.

—Allí… es él… Por favor, no me haga daño; tengo familia a mi cargo.

Martí comprendió entonces la situación.

Se levantó despacio, alzando las manos, y avanzó con cautela hacia el intruso.

—Por favor… baje el arma —dijo, con voz contenida—. No es necesario llegar a esto. Suelte a mi compañero, se lo ruego. Llévese lo que quiera, pero no haga daño a nadie.

El atracador lo observó unos segundos.

Después, empujó al empleado y lo soltó de forma brusca.

Giró el arma y apuntó directamente a Martí.

—Bien. Parece que lo entiendes. Ahora vas a la caja fuerte, la abres y me traes todo el dinero. ¡Ya!

Martí negó con calma.

—No hay dinero. Este no es un banco convencional. Trabajamos de manera distinta: financiando y asesorando empresas, no manejamos dinero en efectivo. Puede llevarse equipos, ordenadores, teléfonos… lo que necesite.

El hombre dudó, desconcertado.

Martí dio un paso más, sin bajar las manos.

—Aún está a tiempo de elegir —añadió, con serenidad—. El dinero no vale más que su alma. Deje el arma y elija otro camino. Confíe en Dios.

Extendió ligeramente el brazo, como si quisiera apartar la pistola.

El resto de presentes contenía la respiración, paralizados entre el miedo y la incredulidad.

—¿Pero tú eres idiota? —dijo el asaltante—. ¿Crees que me importa el alma?

Martí insistió, sin alterar el tono.

—No hay dinero.

Metió la mano despacio en el bolsillo de su americana, sacó la cartera y la dejó caer al suelo, frente a él.

—Ahí tiene doscientos euros y una tarjeta. Puede sacar mil euros al día. El PIN es 0033… la edad de Cristo. Lléveselo. Tiene mi perdón.

Aquello lo descolocó por completo.