Sonríe, es Dios Capítulo 2 Espíritu.
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Capítulo 2 Espíritu.

Fue una mala decisión; de eso no le cabía duda. Elegir aquel momento para viajar había sido un error. Una tormenta brutal azotaba el camino hacia el Pirineo oscense, convirtiendo la carretera en una trampa de agua y un peligro constante.

Los limpiaparabrisas, incapaces de seguir el ritmo del aguacero, apenas despejaban un campo de visión de unos pocos metros, y la tarde se había consumido bajo unos nubarrones tan densos que la noche se anticipó mucho antes de tiempo.

Redujo la velocidad al mínimo, conduciendo con cierta tensión. La carretera, estrecha y serpenteante, se le antojaba un infierno interminable ante sus ojos. Solo tenía un objetivo: abandonar la vía y encontrar un refugio seguro hasta que el temporal amainara.

Finalmente, una señal vertical de cruce a pie de carretera brilló a través del aguacero.

Siguió el desvío y, al margen derecho del tramo de carretera, descubrió lo que parecía un camino de tierra que conducía a una explanada junto a un pinar próximo.

Sin dudarlo, abandonó la calzada y detuvo el motor en aquel resguardo improvisado.

El silencio que siguió al apagado del motor se llenó pronto con el repiqueteo constante de la lluvia sobre la chapa de la carrocería y el parabrisas.

Respiró profundamente, más tranquilo. Buscó algo de música en la radio para romper la monotonía y se acomodó en el asiento. Relajado, escuchaba la melodía en el dial.

Poco a poco, el vaho comenzó a empañar los cristales del vehículo, creando un refugio íntimo.

Liberado al fin de la tensión de los últimos kilómetros, cerró los ojos y se dejó vencer por el sueño, perdiendo por completo la noción del tiempo en aquel remanso de paz forzada, al pie de la carretera, en tierra de nadie.

Barcelona

La tenue luz del escritorio apenas rozaba las páginas del pequeño libro que Martí sostenía entre las manos. Sentado en la penumbra, meditaba sobre lo que decían aquellas páginas a modo de guía, era una lectura profundamente espiritual de Camino, el libro insigne del fundador del Opus Dei.

La habitación era un ejercicio de austeridad: cama, mesita, armario y escritorio. No era carencia, sino elección; Martí, un hombre acomodado con grandes ingresos, había abrazado la humildad como faro de vida.

Su único lujo en el hogar era la ventana en su dormitorio; esta disponía de unas espléndidas vistas de la ciudad. Era un lienzo abierto al cielo que le permitía contemplar tanto la luz del día como el misterio de la noche.

Martí cerró el libro y fijó la vista en el cristal de la ventana.

Comenzaba a llover. En el silencio de su recogimiento, hizo un acto de contrición, repasando lo vivido en la jornada y preguntándose: ¿había sido mejor persona?, ¿más sacrificado en el trabajo?, ¿en qué había fallado?

Enumeró todas y cada una de las tareas desempeñadas a lo largo del día hasta que el cansancio terminó por vencerlo, cerrando los párpados en una paz absoluta.

Pirineo aragonés

—Jimeno… despierta. Shhh… despierta.

Su nombre llegó como un susurro, pegado al lóbulo de la oreja. Abrió los ojos a medias, dudando si seguía en el sueño.

—Jimeno, cuida de él. Debes protegerlo por mí. Me lo debes…

La voz era tan próxima que le erizó la piel al oírla. La reconoció de inmediato. La oyó con claridad junto a su oído.

Abrió los ojos de golpe y giró la cabeza hacia la derecha.

Nada. No había nadie junto a él.

El habitáculo estaba sumido en una negrura absoluta. Solo la lluvia, en el exterior del coche, tamborileaba con insistencia contra la chapa y los vidrios.

—Un sueño… la voz de Octavio—murmuró, intentando calmar el pulso desbocado.

Entonces, dos golpes secos resonaron contra el cristal.

—¡Ah! —Jimeno dio un respingo, soltando un grito.

Se giró bruscamente hacia el lado izquierdo, donde una silueta oscura se apreciaba tras la ventanilla empañada.

Un haz de luz de linterna atravesó el cristal, iluminando y cegando a Jimeno por un instante.

—Buenas noches —se escuchó—. Somos la Guardia Civil. ¿Se encuentra bien? ¿Algún problema? —gritó una voz desde el exterior.

Jimeno bajó la ventanilla. A pesar de la lluvia y la oscuridad, reconoció el uniforme del agente, que aguantaba el temporal con estoicismo.

—Estoy bien, agente. Me ha asustado. Ciertamente no les esperaba; me he quedado dormido esperando a que escampe el torrencial.

Seguiré mi camino en un momento cuando mejore la situación del tiempo.

—Es demasiado tarde para continuar así por estas carreteras —replicó el guardia—. Quédese aquí hasta el amanecer. Hay un desprendimiento un poco más adelante y la vía está cortada, con paso alternativo. Por su seguridad, espere unas horas a que aclare el tiempo.

Jimeno asintió, obedeciendo el consejo del guardia. Arrancó el coche al ralentí y subió la calefacción. Se dejó llevar por el murmullo de la música en la radio, esperando a que el cielo comenzara a clarear.

Bielsa, provincia de Huesca

La estampa era idílica: un pueblo encantador, enclavado en el Parque Natural de Ordesa y Monte Perdido. A su alrededor se alzaban las montañas pirenaicas, y el verde del paisaje cambiaba de tonalidad al ritmo de las nubes que lo cubrían todo.

El río Cinca rodeaba el pueblo y era la guinda del pastel, lo que confería al paraje un ambiente bucólico.

En aquella zona, el clima de alta montaña determinaba el día a día de los lugareños: un tiempo imprevisible, caprichoso y, a menudo, traicionero.

Por suerte para Jimeno, amaneció el día sin nubarrones, aunque con frío. Apenas había rastro del temporal de la pasada noche. Esto no afectó a su ánimo. Se sintió feliz al encontrarse nuevamente en su pueblo.

Caminó tranquilo por las estrechas calles del casco urbano hasta llegar a la casa que había heredado de sus padres.

Era una vivienda antigua, reconstruida después de la Guerra Civil, muy vistosa y fiel al estilo de la zona: muros de piedra, puertas y ventanas de madera envejecida y un tejado de pizarra negra.

Abrió la puerta y recibió un fuerte olor a humedad.

El ambiente en el interior estaba cargado; la casa llevaba meses cerrada, fría y oscura, sin ver la luz del día.

Abrió puertas y ventanas para dejar entrar el aire helado de la montaña, que se colaba por cada rincón de la vivienda en forma de corriente.

Después, Jimeno, sin perder tiempo, amontonó troncos de encina en la chimenea y encendió el fuego. Avivó las llamas hasta que el calor comenzó a extenderse por la estancia.

Cerró las ventanas exteriores y se quedó en silencio, mirando el fuego y escuchando el crujido de la madera, mientras las chispas se consumían en el aire. Empezaba a entrar calor y la casa recuperaba la calidez de un hogar.

Apenas vio el fuego estable, salió de la casa y se encaminó al centro del pueblo a comprar algunos víveres que necesitaba.

—¡Buenos días, Jimeno! Hacía tiempo que no te veía por el lugar —le dijo el tendero al verlo entrar.

Era cierto. Hacía casi un año que no volvía al pueblo. El trabajo lo había absorbido por completo, sin apenas margen para el descanso.

Mientras lo atendían en el pequeño colmado, sonó el teléfono móvil. Miró la pantalla: era el inspector Soldevilla.

No lo descolgó.

Estaba decidido a desconectar del trabajo; al fin y al cabo, se encontraba disfrutando del inicio de sus vacaciones. La llamada insistió varias veces más.

Ya fuera de la tienda, respiró hondo. No pudo contenerse y contestó.

—Buenos días, inspector. ¿En qué puedo ayudarle?

Fue directo, sin rodeos.

—Hola, Jimeno. Discúlpame si interrumpo tu descanso, pero tengo una duda sobre el fallecido, Octavio. Querría que me echaras una mano. Hemos indagado y rastreado sus últimos movimientos. ¿Sabes qué hacía Octavio en un pueblo llamado Baldellou?

Frunció el ceño. No tenía ni idea de qué le estaba hablando.

—No conozco ese pueblo. Es la primera vez que oigo hablar de él. No sé qué haría Octavio en ese lugar; tal vez tuviera relación con alguna plantación de la zona o con algún conocido.

Se hizo un breve silencio al otro lado del teléfono. El inspector trató de ponerlo al día.

—Hemos triangulado su teléfono y seguido todos sus movimientos anteriores al asesinato. Nos extrañó mucho su estancia allí, justo antes de regresar a Zaragoza y ser asesinado.

Jimeno escuchaba atento.

—Algún interés debía de tener ese lugar para él —guardó silencio unos instantes—. En fin, tenía que agotar todas las vías; ya lo investigaremos en otra ocasión. Lo dejo en "stand by". Ahora no dispongo de personal suficiente para enviarlo a ese pueblo.

Jimeno trataba de recordar en vano y, al mismo tiempo, le extrañaba que Octavio no lo hubiera informado sobre su estancia en aquel pequeño pueblo.

—Bien, Jimeno. Si a ti no te suena de nada ese pueblo y no lo puedes relacionar, desechamos de momento esa pista.

Hubo un breve silencio.

—Lo siento, inspector. No puedo ayudarle. No recuerdo que me hiciera alusión a ese lugar. Algo de interés tendría en él, seguro.

El inspector, con un tono más distendido, agradeció a su interlocutor la colaboración.

—En fin, disculpa de nuevo mi intromisión en tus vacaciones. Disfruta, compañero.

Jimeno colgó el teléfono y se quedó un instante inmóvil, con él aún en la mano. Maldijo haber atendido aquella llamada. De inmediato, le dejó una duda razonable que absorbió su pensamiento.

Para el inspector, Octavio en sí era una pista desechable; para él, en cambio, seguía siendo una herida sin cerrar. Por un instante pensó que, estando en la misma provincia y de vacaciones, quizá una escapada a Baldellou no le vendría nada mal.

Al día siguiente, sin saber aún por qué, Jimeno conducía rumbo a aquel pueblo desconocido.

Baldellou, Huesca

—¡Joder, vaya viaje! Espero que haya merecido la pena venir hasta aquí; esto está muerto —murmuró Jimeno nada más llegar a la entrada del pueblo.

A esas horas apenas había nadie en las calles. Solo algunos ancianos, absortos en sus quehaceres.

Era media mañana y el sol brillaba en un cielo limpio, aunque el aire frío le recordaba que la primavera apenas acababa de empezar.