Sonríe, es Dios Capítulo 1 El confidente. #4
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Capítulo 1 El confidente. #4

Quiso deshacerse del problema eliminando al animal, pero no pensó que el niño podría ingerirlos. De hecho, no supo que había provocado su muerte hasta que le leyeron los cargos acusatorios de homicidio en la comisaría.

El caso quedaba cerrado.

Jimeno, por fin, pudo tomar aire una vez resuelto el crimen.

Comisaría de Policía, Zaragoza

A pesar del ajetreo matinal en la comisaría, en el despacho de Jimeno reinaba una tensa calma. Frente a él se encontraba un colega, el inspector Soldevilla, enviado desde Madrid como jefe del grupo de crimen organizado.

Soldevilla revisaba los informes en silencio, con la minuciosidad de un cirujano. La fama del inspector le precedía; su capacidad de trabajo y resolución frente al crimen organizado era legendaria.

—Jimeno, agradezco su franqueza —dijo el inspector sin levantar la vista—. Sintetice sus pesquisas y, sobre todo, dígame qué le dice el olfato. Quiero que usted sea nuestro hilo conductor. He leído los informes y me parecen extraordinarios; ha hecho un buen trabajo.

Jimeno asintió, agradecido por el reconocimiento y la confianza depositada en él.

—Toda la investigación parte de una "notitia criminis" inesperada: la aparición de Octavio, un desconocido que se ofreció a colaborar con la policía. Era mi confidente y, salvo el comisario, nadie sabía de él en la policía; incluso creo que la mafia desconocía que era un colaborador policial.

Se tomó un pequeño respiro antes de continuar, la imagen del confidente aún pesaba mucho.

—Octavio era un varón barcelonés de unos treinta años largos que, tras salir de un programa de desintoxicación, se presentó ante mí como un hombre nuevo, dispuesto a redimirse enfrentándose a la mafia, tal cual, sin miedo a represalias.

—¿El muerto? —interrumpió Soldevilla.

—Exacto. Era astuto y muy seguro de sí mismo. En su época de adicción trabajó para una red albanesa en Lleida y Huesca, vigilando cultivos y realizando tareas de mula; funciones de poca entidad dentro de la organización.

El inspector frunció el ceño.

—No me cuadra. ¿Unos albaneses confiando mercancía a un adicto? Eso rompe mis esquemas habituales.

Hizo una mueca sin apartar la mirada de su colega.

—Lo entendería si lo hubiera conocido —replicó Jimeno—. Era reservado e ingenioso, un buscavidas al que alguien supo explotar nada más verlo.

Jimeno deslizó una fotografía sobre la mesa: un hombre de tez pálida y mirada apagada. A simple vista, transmitía tristeza, pero también bondad.

—En su último trabajo, lo enviaron a recoger un pedido en una estación de servicio de la autopista: una entrega de un camionero a las afueras de Zaragoza. La curiosidad y la necesidad hicieron el resto.

Jimeno negó con la cabeza mientras tomaba aire; se le hacía un nudo en la garganta hablar de Octavio.

—El oso siempre busca miel. Y Octavio no se contuvo: emergió su lado más adicto, al fin y al cabo era yonqui.

Abrió un paquete de cocaína de alta pureza.

No pudo resistirse; se metió en los lavabos de la estación de servicio y esnifó una pequeña cantidad de polvo blanco.

Instantes después, cayó desplomado por una sobredosis en un baño de la gasolinera.

Jimeno se detuvo unos instantes, dio un sorbo al café y continuó:

—Los albaneses son desconfiados por naturaleza.

En este caso, como en tantos otros, no se fiaron y siguieron la ruta de la droga desde la distancia.

Encontraron a Octavio en los servicios y lo dieron por muerto.

Se lo llevaron en el vehículo hasta que decidieron arrojarlo a una cuneta, en un camino del desierto de los Monegros.

Y luego… —Interpeló Soldevilla.

—Fue un milagro que un agricultor lo encontrara aún con vida y lo trasladara de inmediato al hospital. Tras recuperarse y rehabilitarse, lo primero que hizo al salir del centro fue venir a vernos. —«No me guía la venganza, sino la justicia» —decía—. «Soy un hombre nuevo».

Jimeno sin detener la exposición entregó la primera declaración del confidente.

—Se convirtió en la clave para desmantelar la red.

Nos facilitó todos los secretos: para ellos era un simple peón, un drogadicto; para nosotros, un hombre inteligente que supo conservar en su memoria todos los detalles de la organización.

Era nuestro activo más valioso. Ahora, su cuerpo, lamentablemente, está en la morgue.

El inspector suavizó el tono, intentando ser diplomático.

—Él conocía los riesgos. Sabía que, en cuanto descubrieran que seguía vivo, irían a por él. No deje que su esfuerzo caiga en saco roto; llegaremos hasta el final de esta investigación. Se hará justicia. Lo haremos por él, no le quepa duda.

Jimeno se mantuvo pensativo, mirando al vacío.

—Este caso no es uno más, inspector. Ese hombre murió buscando el bien, la redención a través de sus actos. Incluso en su último suspiro intentó decirme algo, un mensaje que aún no he logrado descifrar: «La lealtad es como la honradez: ni se compra ni se vende».

El Inspector lo miró y dijo:

—Vamos a trabajar confiados que no saben que era un confidente. Mi hipótesis es que fue visto y reconocido con vida, simplemente acabaron el trabajo.