Capítulo 1 El confidente. #3
—Una vez resuelva el caso del menor, se toma unas vacaciones con los días acumulados de trabajo. Es más, seré yo quien se los asigne y obligue a su descanso merecido.
El silencio que siguió fue el sello definitivo de un asunto zanjado en el despacho del comisario.
Barcelona
Caminaban, envueltos en un murmullo que apenas se distinguía del tráfico urbano. El padre Miguel rodeaba los hombros de Martí con un gesto protector, ofreciéndole el consuelo que solo un guía espiritual puede brindar.
Martí escuchaba con la mirada hundida en el suelo, aferrándose a las palabras del sacerdote como a una tabla de salvación.
Miguel, el cura, vestía con un rigor absoluto: negro, interrumpido solo por el blanco del alzacuellos y una pequeña cruz de plata prendida sobre su pecho.
—Martí, haz lo correcto —insistió en voz baja—. El rencor es obra del mal. Debes perdonar, y ese perdón debe ser sincero, desde el corazón. Conoces las enseñanzas sobre la fraternidad: todos somos hijos de Dios, vivos o muertos. Aunque llegue tarde, la compasión es un deber para todo cristiano.
Se detuvieron ante un portal antiguo. El padre Miguel lo sujetó por los brazos, apretó, obligándolo a sostenerle la mirada.
—Solo Él tiene derecho a juzgar a las personas. Piénsalo bien. La premisa más importante de un buen cristiano es el perdón. Y tú lo eres.
Martí asintió con un nudo en la garganta; se encontraba angustiado y contrariado. Para él, el padre Miguel no era solo un guía espiritual, sino el espejo en el que intentaba reflejar su propia fe.
El sacerdote compaginaba su labor pastoral con la docencia en filosofía y lenguas muertas en un instituto católico. Era una persona muy ocupada y comprometida, pero siempre encontraba un hueco para atender al siervo de Dios afligido.
Martí lo consideraba un buen amigo.
—En momentos así es cuando se templa el alma —continuó Miguel—. Llama de inmediato al policía. La muerte de un pecador no debe alegrar a un justo; un hermano debe ser compasivo, incluso con el alma del caído. Recuerda quién es: tu hermano.
Martí era el hermano mayor del confidente cuya vida se había apagado sobre el asfalto en una ciudad lejana.
Se podría decir de él que era una persona culta y con una gran formación a sus espaldas.
Tenía buena apariencia: era un hombre atractivo, apuesto y solitario.
La edad, con apenas cuarenta años, comenzaba a pasar factura en su rostro; tenía las sienes plateadas y podían apreciarse las arrugas de la frente.
La vida amorosa de Martí se reducía a la nada. El sacrificio espiritual lo había llevado a la comunión con Dios. Llevaba una vida marcada por el celibato como numerario en una orden religiosa.
Su existencia era una alegoría de la austeridad: no tenía grandes dispensas. Su vida rutinaria se enmarcaba siempre en la meticulosidad del trabajo y en la dedicación a la fe, su gran pilar, mostrando rigor en sus oraciones diarias.
Era un "as" en las finanzas y entregado a la banca donde trabajaba.
Santificaba el trabajo como el otro pilar de su vida.
Sin embargo, tras ese muro de disciplina se ocultaban dos grietas, dos pecados terrenales que guardaba en secreto: su devoción por la novela negra y su vieja motocicleta Norton, la única compañera que jamás le había fallado.
Las palabras de Miguel habían erosionado la coraza de rencor que había construido durante años. Había sido obstinado, intentando borrar a Octavio de su memoria hasta casi conseguirlo, pero ahora la duda florecía en su cabeza.
¿Qué clase de cristiano sería si no pudiera compadecerse de su propio hermano muerto?
Antes de que el arrepentimiento pudiera paralizarlo, sacó el teléfono.
La luz de la pantalla iluminó su rostro cansado.
Respiró hondo y marcó el número del policía de Zaragoza.
—Buenos días, Jimeno. Soy Martí, el hermano de Octavio.
Zaragoza
La investigación por la muerte del menor avanzó con rapidez. Las primeras pesquisas empezaron a dar resultados.
El análisis del contenido estomacal de la víctima reveló una masa semilíquida —quimo— con restos de carne procesada, compatible con algún tipo de salchicha procesada.
Aquello no encajaba: la madre era vegana.
En el registro del domicilio, Jimeno no encontró alimentos de ese tipo. Decidió volver a interrogar a la madre; esta podía tener la clave sin saberlo. Esta vez, las respuestas marcaron un punto de inflexión.
El niño era intolerante a la histamina y al gluten. Su dieta estaba estrictamente controlada. Comía siempre en casa, bajo la supervisión de su madre. Apenas ingería nada fuera del domicilio y siempre bajo control.
Asistía unas horas a la semana a un centro especializado para niños con alto grado de autismo, pero tampoco se le suministraban alimentos. Llevaban un férreo control sobre los pacientes.
Era un niño frágil desde su nacimiento, enfermizo. No había signos externos que indujeron a la madre a advertir con antelación la intoxicación; tenía, de por sí, la tez muy pálida y su comportamiento era impredecible por la enfermedad.
Pasaba la mayor parte del tiempo entretenido en el patio de luces del domicilio; jugaba con una pelota, acompañado de un pequeño perro de raza pinscher.
Algo empezó a encajar en el subconsciente del policía: patio, perro y juego. No había casualidades.
—Blanca, disculpe las molestias —dijo Jimeno por teléfono—. Necesito que me diga si ha tenido algún problema con los vecinos en las últimas semanas. Cualquier detalle puede ser importante. Quejas por los gritos o juegos del niño, por los ladridos del perro. Piense.
La mujer dudó unos segundos.
—No sé si tendrá algo que ver… pero algunos vecinos se han quejado de las molestias que, según dicen, causan los ladridos del perro. Ya lo vio usted: es tan pequeño e inofensivo que parece un ratoncito. No hace daño a nadie.
Jimeno se quedó en silencio. Colgó el teléfono sin añadir nada más.
El rumbo de la investigación había cambiado por completo. Dio un giro inesperado.
Días después, Jimeno se dio por satisfecho: tenía el caso prácticamente cerrado. Testigos, informes, pruebas… Todo encajaba a la perfección. Solo faltaba una última pieza: la detención del autor.
A primera hora de la mañana, una patrulla, junto con agentes de la Policía Judicial bajo su mando, se presentó en el edificio de la víctima con un objetivo claro: cerrar el caso.
El sospechoso vivía en una planta superior del domicilio de Blanca. Era un hombre de edad avanzada, un viudo solitario, conocido entre los vecinos por su mal carácter y sus constantes quejas por todo.
Las comprobaciones realizadas por el equipo policial confirmaron lo que ya intuía: las denuncias en el Ayuntamiento a Blanca por el animal.
En los registros de llamadas y actuaciones de la Policía Local figuraban múltiples denuncias por los ladridos del perro. Todas procedían de la misma persona: el sospechoso.
Los testimonios de los vecinos reforzaron la sospecha. Más de uno aseguró a la policía haberle oído amenazar con envenenar al animal si la situación no cambiaba.
La pieza definitiva llegó desde una droguería cercana, en ella los empleados reconocieron al sospechoso como cliente habitual. Confirmaron a los agentes que había comprado raticida días antes de la muerte del menor, pagándolo con una tarjeta de débito.
Dejó su rastro.
En el registro del domicilio del sospechoso, los agentes encontraron en la nevera restos de salchichas tipo Frankfurt. El análisis confirmó la coincidencia de los compuestos, como la grasa y los conservantes, con los hallados en el estómago del niño.
Durante el interrogatorio, el hombre no tardó en derrumbarse; acabó por reconocer los hechos.
Había arrojado trozos de salchicha envenenados al patio de luces con la intención de matar al perro poco a poco simulando una enfermedad.