Capítulo 1 El confidente. #2
—A simple vista… dos disparos a quemarropa. Huele a ajuste de cuentas.
Jimeno aceptó la realidad con resignación; en ese mundo, nada era accidental.
Poco después, hizo acto de presencia en el lugar la autoridad judicial.
La jueza le dirigió una mirada cargada de la complicidad que solo los años de instrucción otorgan.
—Señoría, un placer volver a verla —saludó Jimeno—. El fallecido es un varón, con dos impactos de bala a corta distancia. La Policía Científica ya ha procesado la escena.
La jueza asintió, autorizando el levantamiento del cadáver.
—¿Identificado? ¿Alguna idea de lo ocurrido? —preguntó.
—Un único testigo —explicó Jimeno—. Intentó auxiliarlo, pero murió en sus brazos. Según su declaración, llegó a decir: «La lealtad es como la honradez: ni se compra ni se vende».
La jueza se detuvo un instante, procesando la frase.
—Parece un mensaje dirigido a alguien, ¿no crees? —comentó—. Pero, ¿a quién?
El policía dudó apenas un segundo.
—A mí, supongo. Pero no comprendo qué quería decir. No sé a qué se estaba refiriendo.
La mirada de la jueza se endureció.
—Explíquese. ¿Lo conocía?
Jimeno desvió la vista hacia el cadáver.
—Sí, señoría. Era mi principal fuente en una investigación abierta contra la mafia albanesa. Estaba elaborando un informe con toda la información recabada del confidente para presentarla en su juzgado.
La jueza le dio unas palmaditas en el hombro.
—Pues ya tiene por dónde comenzar. Esa es su línea de investigación: los albaneses —sentenció.
Jimeno esgrimió un leve gesto de complicidad.
—Alguien supo que hablaba con la policía, y ese es un pecado que se paga caro dentro del hampa.
La jueza lo miró a los ojos.
—Tenga cuidado, Jimeno. Tome cuantas medidas de autoprotección sean necesarias; son peligrosos. Esto huele a un trabajo de venganza, lleva el sello inequívoco de la mafia.
Hace pocas horas, aquel hombre le había asegurado que no tenía miedo a una posible venganza de los albaneses. Quería hacer lo correcto; con su delación había desgranado meticulosamente la organización criminal. Sus aportaciones eran una mina de oro para la policía.
Había dicho: «Sé dónde están, cómo se mueven y a qué se dedican».
El muerto tenía un nombre: Octavio. Este era su confidente, un contacto anónimo para todos, y nadie lo supo ni siquiera en la comisaría.
Fue leal a Jimeno desde el anonimato, colaborando con él hasta el último aliento. Quiso, por encima de todo, acabar con el mal, redimirse con sus actos; se lo debía según le dijo a Jimeno: a Dios.
Esa fue la única argumentación que expuso al subinspector. Y este lo creyó.
—Está ahí, esperando su juicio particular; a todos terminará por llegarnos —dijo una voz a sus espaldas—. Al final todos acabamos de igual manera.
Era el trabajador de los servicios funerarios.
Jimeno lo miró en silencio, mientras los operarios, con rapidez mecánica, enfundaban el cuerpo del muerto.
Pronto retiraron el cadáver. Al pasar junto a él, Jimeno lanzó una última mirada al bulto sellado de aquel pobre diablo.
—Al purgatorio… —murmuró al paso de la camilla.
—¿Cómo ha dicho? —preguntó el operario, deteniéndose.
—Al purgatorio —repitió Jimeno—. Murió en gracia, aunque quizá no estaba del todo limpio para la pureza que Dios reclama.
Los de la funeraria escuchaban en silencio cargando con el cuerpo inerte.
—Intentó hacer lo correcto y lo pagó con su vida. Estará allí, esperando, en el purgatorio, la resolución del juicio final. Es el primer paso hacia la ascensión al Reino de los Cielos, ¿no crees?
Ahora, Octavio iba camino de la sala mortuoria del Instituto Anatómico Forense, muerto a quemarropa de una forma vil, pero Jimeno estaba seguro de algo: no lo había delatado.
La comisión judicial se retiró hacía minutos, ahora lo hacía el cuerpo del cadáver y Jimeno más tarde y, en poco tiempo, la calle volvió a ser transitada, con su ritmo habitual, ajeno al suceso.
Barrio del Born, Barcelona
El teléfono vibraba con insistencia, pero él no atendió la llamada.
Arrodillado frente al altar, oraba con la convicción de que entre él y Dios no cabían intermediarios; era un diálogo íntimo, un alma desnuda ante el Altísimo.
La insistencia del móvil, vibrando oculto en el interior de su americana, fue incapaz de romper su recogimiento. Permaneció inmóvil, sumido en un silencio absoluto, ajeno a cualquier distracción terrenal, con los ojos cerrados.
Se entregaba con humildad, bajo la mirada atenta de la Inmaculada que presidía el templo desde un sobrio y humilde pedestal de piedra.
La basílica era austera y con encanto en su simpleza, sin ornamentos superfluos que distrajeran la fe.
Aquel lugar santo, edificado sobre los hombros de los humildes «bastaixos», los porteadores barceloneses del puerto en el siglo XIV, le despertaba una profunda admiración. Era su iglesia favorita sin género de duda.
La Virgen con el Niño, tallada en piedra, resistía el paso de los siglos, acogiendo las súplicas de los fieles y la curiosidad distraída de los turistas que visitaban el templo en cualquier época del año.
Alzó la cabeza hacia las vidrieras coloridas insertadas en sus gruesas paredes. La luz se filtraba en tonos cambiantes, impregnando el aire de una atmósfera casi mística.
Entonces sintió un dolor seco y punzante en el pecho que le arrebató la concentración. Se incorporó de golpe, con la respiración cortada, y salió del templo apresuradamente buscando aire con desesperación.
Ya en la calle, se puso en cuclillas para recuperar el aliento.
El pecho le oprimía con fuerza. Tras unos instantes, se irguió, advirtiendo las miradas de los transeúntes que se habían detenido para asistirlo.
—Estoy bien, gracias. Es solo un simple mareo —dijo, restando importancia a un malestar que jamás había experimentado.
Alzó la vista hacia la fachada del templo de Santa María del Mar, imponente, encajada entre los viejos edificios del barrio del Born.
Se santiguó en señal de respeto y gratitud por la mejoría repentina.
En ese momento, el teléfono móvil vibró de nuevo. Esta vez no dudó en contestar. Era un número desconocido y acumulaba varias llamadas perdidas.
—Buenas tardes, ¿es usted Martí, el hermano de Octavio? —dijo una voz desconocida.
El silencio se volvió incómodo. Un escalofrío recorrió su cuerpo al escuchar ese nombre.
—Disculpe la llamada. Soy el subinspector Jimeno, de la Policía Nacional de Zaragoza. Espero no molestar.
Martí quedó paralizado al oír el nombre de Octavio.
Hacía muchos años que no tenía noticias de su hermano. Desconocía su paradero y qué había sido de él.
—Sí… dígame —dijo después de unos instantes en silencio—. ¿En qué puedo ayudarle?
El policía, tras una breve duda, decidió ir al grano.
—Tengo que comunicarle una mala noticia, difícil de asimilar. Su hermano Octavio ha fallecido. Fue asesinado hace un par de días en Zaragoza.
El silencio volvió; se hizo asfixiante.
—Entiendo —respondió Martí al fin, con la voz quebrada—. Si me disculpa, le devolveré pronto la llamada. Necesito asimilarlo y rezar por su alma. Disculpe, es un golpe muy duro para mí.
Colgó el teléfono y guardó el número del policía en la agenda.
Fue el primer contacto que hubo entre ambos.
En aquel instante, Martí supo que era el momento de ocuparse de su hermano; debía hacer lo correcto. Ignoraba aún la compleja historia que arrastraba Octavio, sus vínculos secretos y todo lo que permanecía oculto tras su muerte. Sin embargo, sintió que se lo debía: era su hermano y estaba muerto.
Comisaría de Policía, Zaragoza
El comisario fruncía el ceño, con los nudillos blancos por la presión de sus manos entrelazadas. Su expresión no dejaba margen a la réplica: estaba apesadumbrado, pero, sobre todo, furioso.
—Jimeno, como puede ver, esto ha llegado demasiado lejos. No podemos permitirnos otro cadáver más —sentenció, clavando la mirada en su subordinado—. Le pido coherencia y que entienda la situación: no tenemos los medios ni el personal, esto se nos va de las manos.
Jimeno intentó intervenir, pero el comisario lo frenó con un gesto seco.
—No insista. La decisión está tomada. A partir de este momento, vuelve a sus funciones habituales, a lo suyo: los delitos más graves de nuestro ámbito provincial.
Hizo una pausa deliberada antes de soltar el golpe definitivo.
—El caso pasa a la Unidad de Crimen Organizado. Vienen desde Madrid y son los mejores para investigar estos casos.
Jimeno acusó el impacto, sintiendo una punzada de frustración, pero mantuvo la compostura. Era un policía realista ante la situación.
—Señor, al menos permítanme informarles sobre el estado de las pesquisas y facilitar toda la información obtenida hasta la fecha. Le garantizo una buena y leal transición…
El comisario asintió, suavizando apenas el tono.
—Ese gesto le honra, Jimeno. Por eso lo quiero siempre junto a mí, en mi equipo. Es un buen policía y mejor persona.
Jimeno le agradeció el gesto con una mirada.
—Prosiga con la investigación pendiente del menor y resuelva satisfactoriamente el caso. Sé que lo hará.
Este aceptó el envite sin mostrar entusiasmo, pero tampoco disconformidad.
—Sí, trataré de resolver el envenenamiento del menor. Me centraré exclusivamente en ello.
El comisario asintió con cierta frialdad.
—Pero este asunto del confidente —negó despacio con la cabeza— se nos ha escapado de las manos.
Por suerte, solo usted y yo teníamos conocimiento de su existencia.
Es una red demasiado compleja, con ramificaciones internacionales.
Y para colmo, tenemos un muerto que, en esencia, era uno de los nuestros.
Jimeno miró extrañado al comisario.
—No era policía, lo sé Jimeno. Pero era nuestro confidente y debimos velar por su seguridad, después de todo, se exponía entregándonos en bandeja nada más y nada menos que a los albaneses.
Respiró hondo.
—Déjelo ya… Prepare las diligencias abiertas del caso y recopile la información que le facilitó. El equipo de Madrid aterrizará en Zaragoza en cualquier momento.
No hubo réplica posible de Jimeno.